Las 25 mejores películas sobre inteligencia artificial

25 grandes películas para pensar la inteligencia artificial y la relación entre los humanos y las máquinas del futuro.
(Ilustración: Enrique Lemus)

La inteligencia artificial es la tecnología del porvenir. No nada más en nuestros sueños de ciencia ficción, o porque lo decimos como una moneda tirada al aire en adivinanzas prospectivas. Desde la revolución industrial, las máquinas empezaron a reemplazar el trabajo manual; ahora, en nuestro futuro inmediato, las máquinas reemplazaran el trabajo de la mente.

Contadores, secretarias, cajeros, asesoras financieras, todos estos trabajos podrán ser hechos, en los próximos años, por una computadora que evoluciona aprendiendo cómo contamos, cómo organizamos y cómo distribuimos tareas. Se calcula que, en las próximas décadas, el 50% de los trabajos que conocemos desaparecerán frente a la automatización.

Según Kai-Fu Lee, uno de los más vocales empresarios de la inteligencia artificial (y el inventor de la predicción de palabras de Apple en los noventa), han existido tres revoluciones humanas comparables a la revolución de la inteligencia artificial: la invención de la máquina de vapor, la invención de la electricidad y la invención de la computación.

La inteligencia artificial es la tecnología del porvenir y la data es el petróleo que la alimenta. Para aprender y evolucionar, las inteligencias artificiales necesitan complejas bases de información. A mayor cantidad de data -y mayor capacidad para procesarla-, mayor desarrollo cognoscitivo. De ahí que la batalla por el dominio de esta tecnología esté entre los más grandes procesadores de información de Estados Unidos (Facebook, Amazon y Google) y el más grande banco de data del mundo, con un mercado que equivale a una séptima parte de la humanidad: China.

(Stock/CC)

Imaginemos, por un momento, el mundo del futuro. Si la data se convierte en el próximo petróleo, entonces China será Arabia Saudí y habrá una nueva Guerra Fría. De nuevo, esta Guerra Fría será entre el este y el oeste, entre las más grandes potencias económicas mundiales, tendrá un enorme componente ideológico y una carrera tecnológica en el centro del conflicto. Pero esta vez, el conflicto será entre el capitalismo de estado autoritario en China y el capitalismo liberal en Estados Unidos. El mundo se dividirá por una nueva cortina de hierro invisible que va a separar a los países que toman la tecnología China y los países que toman la tecnología estadounidense.

Esta Guerra Fría, aunque no lo crean, parece inevitable. De hecho, ya la vemos perfilarse en la lucha de Trump y Rakuten contra Huawei por el dominio de la tecnología 5G.

El futuro que se avecina no es, entonces, el futuro distópico que nos imaginamos hace décadas. Siempre pensamos que el avance tecnológico daría un salto terrible, que primero tendríamos esclavos robóticos, que luego se violarían las leyes de Asimov, que las inteligencias artificiales tomarían consciencia y que, para salvarnos de nosotros mismos o para acabar con nuestra estorbosa carne, nos eliminarían del mapa. Pero ninguna de nuestras predicciones de ciencia ficción pudo concebir el futuro que estamos viviendo.

Nadie pensó, en realidad, que el capitalismo pasaría de dominar la naturaleza, a dominar la fuerza productiva, a dominar las interacciones digitales para alimentar consciencias robóticas. A nadie se le ocurrió la demente idea de que, por un creciente ego alimentado en selfies y apps para cambiar de sexo, la humanidad iba a dejar que se vendieran sus deseos más privados. Nadie pensó, tampoco, que nuestros deseos enlatados y empaquetados iban a servir para crear máquinas que predicen el comportamiento. Hace diez años, el CEO de Google dijo: “ya no necesitamos que teclees para saber lo que quieres.” Y ahora se instaura, poco a poco, un aviso de privacidad a la vez, la nueva era de las máquinas pensantes, el dominio de la predicción y la explotación de lo íntimo en el capitalismo de la vigilancia. Nuestro futuro, pues, no es como lo imaginábamos.

(Ilustración: Enrique Lemus)

Para entender lo que viene, para pensar hacia dónde vamos y para admirar las extrañas predicciones que siempre hemos hecho, es importante regresar a nuestros sueños apocalípticos, a nuestros deseos de trascendencia y a la huella pop de nuestras inquietudes. Por eso, en el marco de una nueva celebración cibernética, escogimos 25 películas que tratan, bajo muy distintas aristas, el problema de nuestra relación con las inteligencias artificiales.

Ojalá les guste esta selección y el orden personal que escogí para cada cinta. Espero, ansioso, sus comentarios y, mientras despertamos, que sigan soñando con ovejas eléctricas.

25. War Games (1983) / 24. Short Circuit (1986)

Para comenzar nuestro recorrido, tenemos que situarnos en la nostalgia. Todos ustedes -o al menos los veteranos de Cine Permanencia Voluntaria– recordarán estas dos películas de John Badham que marcaron época y que hoy no sería posible volver a hacer. Por un lado, una de las más divertidas realizaciones paranoicas de la Guerra Fría, una obra que traduce muy bien el miedo al automatismo, a la desprotección frente al misterio de la cortina de guerra y a la capacidad tecnológica de una nueva generación. War Games es una película sobre cómo la generación anterior a los boomers perdió el control ante escuincles que juegan videojuegos.  También es una alegoría divertida que usa la bella cara juvenil de Mathew Broderick para enseñarnos sobre la estupidez de la carrera armamentística. Si esta película les parece un argumento ridículo, siempre recuerden niños que la Guerra Fría, en realidad, nunca tuvo sentido.

Por otra parte, Short Circuit es una mezcla peculiar. La película retrata a un Frankenstein tecnológico -despertado también por el rayo-; un robot disfuncional que adquiere consciencia y la capacidad de aprender, que aterra y que enternece, que siente curiosidad, deseo y cariño y que tiene un nombre que le hace competencia a Max Power: Johnny Five. Esta cinta es un intento, algo burdo, algo torpe, de recrear la diversión familiar de E.T. The Extraterrestrial (1982) con un trasfondo más maduro y extrañamente sexy. El resultado no es, en lo absoluto, brillante. Sin embargo, Short Circuit marcó una época e ilustró, con un humor bastante crudo -no exento de horrendos estereotipos raciales, misóginos y caricaturescos- cómo se percibía, en los años ochenta, la posibilidad de la inteligencia artificial.

Entre estas dos cintas se palpa un miedo generacional: el miedo a la robótica y a su posible relación con una nueva generación digital. Es, finalmente, el miedo hacia algo incontrolable en un esquema de pensamiento basado en la permisividad y la sumisión. En breve, estas dos cintas son una expresión perfecta del imaginario de las inteligencias artificiales en la era Reagan. Hoy, todo esto puede parecernos ridículo, pero no deja de ser importante entender cómo cada desarrollo tecnológico crea nuevos miedos, nuevas inseguridades y nuevas violencias.

23. Silent Running (1972) / 22. Robot & Frank (2012)

Admito que esta doble función puede parecer algo extraña. Por un lado, tenemos ese gran clásico de culto, hippie y humano, oscuro y terrible, protagonizado por el mítico Bruce Dern, llamado Silent Running. Una película que narra las vicisitudes de un hombre que, impulsado por la codicia humana, debe elegir entre matar a los últimos bosques existentes o a sus compañeros humanos en un viaje interestelar. Lowell decide matar a los hombres y quedarse, con la única compañía de tres torpes robots, a cuidar una peculiar Arca de Noé. Al hacer esta elección, Lowell se encamina a un fin trágico que deja a un pequeño y torpe robot que juega muy mal póker a cargo de las últimas especies vivas endémicas de la Tierra.

Por otro lado, tenemos una película que, 40 años después, explora la relación de dependencia entre el hombre y la máquina en un nivel mucho más íntimo, mucho menos ambicioso. En Frank & Robot, el personaje de Frank Langella es un ex-convicto que sufre demencia senil y que encuentra cierta redención al enseñarle a un robot de compañía a cometer atracos. Al ser un ayudante de enfermería, el robot no tiene ningún impedimento ético al cometer crímenes; siempre y cuando estos ayuden a salvar algo de la frágil sanidad de su paciente.

Me pueden argumentar, con toda la razón del mundo, que estas dos películas no muestran inteligencias artificiales desarrolladas; a lo sumo tienen un retrato algo limitado de robots de compañía obedientes. A esto yo respondo que la inteligencia artificial no es necesariamente espectacular y que estamos rodeados, en todos los momentos de nuestra digital existencia, de máquinas inteligentes que se adaptan y que aprenden. Por eso, en este recorrido, quería integrar películas con inteligencias artificiales menos desarrolladas, serviciales, torpes y programables para mostrar cómo, incluso el más insulso drone, puede crear relaciones afectivas esenciales para el hombre. Desde hace cuarenta años lo sabemos: somos uno con las máquinas que nos rodean y estas relaciones, mucho más allá de lo pragmático, son también intensamente emocionales.

21. I am Mother (2019)

¿Cómo pensamos la inteligencia artificial 30 años después de las locuras de John Badham?

De manera mucho menos amigable.

La polémica y muy poco vista propuesta de ciencia ficción distópica de Netflix, I am Mother, es una inquietante reelaboración del mito de Colossus de Dennis Feltham Jones. La idea aquí, como también se hizo, cuarenta años antes, en la adaptación de la novela Colossus: The Forbin Project, es la de una superinteligencia artificial que, para cumplir la prerrogativa de salvar a la humanidad, debe antes destruirla. Este tropo conocido de la ciencia ficción plantea una versión extrema del pensamiento de Hobbes: el hombre siempre será un lobo para el hombre y la única forma de controlar su violencia es a través de la instauración de leyes extremas.

En Golem XIV de Stanislaw Lem la máquina consciente no llega a tanto, pero en Colossus, la inteligencia artificial desarrolla reglas autoritarias que suprimen absolutamente la libertad del ser humano. La diferencia con estas dos grandes influencias, es que, en I am Mother, las leyes impuestas por la inteligencia artificial son leyes de condicionamiento a través de la educación para crear una generación perfecta de seres humanos éticos. Tal vez, pensar que la violencia de la naturaleza humana puede revertirse con educación es una idea muy inocente para una supercomputadora. Tal vez, simplemente, esta inteligencia artificial no puede olvidarse del amor hacia el dios imperfecto que le dio vida. En cualquier caso, el resultado distópico de esta películas es, por igual medida, devastador y lleno de esperanza.

20. Autómata (2014)

En un giro bastante cercano al pensamiento de Stanislaw Lem, Autómata plantea una pregunta intrigante: si los robots pudieran ampliar su capacidad de reflexión a partir del desarrollo consciente, ¿Por qué seguirían obedeciendo a los seres humanos? Ante este escenario, la mente humana quedaría rebasada por sus parámetros limitados. Además, si los robots pudieran modificarse libremente, ¿Cuál sería el límite para la autocreación de una inteligencia diseñada por seres, ellos mismos, perfectamente diseñados?

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Reseña: Autómata

Autómata, en un gesto muy lemniano, no plantea estas preguntas desde la rebelión violenta de las máquinas, sino desde su indiferencia. Las máquinas no quieren evolucionar para someternos, quieren evolucionar para ser libres. Esta película plantea la idea de que el tiempo del humano se agota para que la tierra sea heredada por las máquinas que habíamos construido para salvarnos. Una nueva era de la evolución, un nuevo escaño en donde el hombre, al perder el control sobre el planeta, termina convirtiéndose en un dios creador de vida.

Esta premisa, si bien toma inspiraciones de muchas partes, no deja de ser totalmente refrescante y sumamente interesante. A pesar de que Autómata fue muy poco vista y muy poco apreciada, creo que tiene un lugar esencial en esta lista. Porque es la única película aquí -junto al Pinocchio de Spielberg- que entiende la trascendencia de las inteligencias artificiales como la continuación evidente de nuestra evolución. El despertar de las máquinas es, para Gabe Ibáñez, un momento natural y no una tragedia inevitable.

19. Westworld (1973)

La ópera prima de Michael Crichton es una maravilla olvidada en la ciencia ficción contemporánea. Una joya extraña protagonizada por el ominoso Yul Brynner que dio vida, años después, a Jurassic Park y la serie Westworld de HBO (una de las obras más brillantes de ciencia ficción en torno a la inteligencia artificial que se han hecho hasta nuestros días). Ya con eso, parecía imposible que no le diéramos un lugar en esta lista.

Westworld cuenta la historia de un par de amigos que se aventuran al carísimo parque de diversiones de Delos en el que pueden vivir una aventura medieval, romana o en el salvaje oeste con robots prácticamente indistinguibles de los seres humanos. Como se imaginarán, las cosas se salen de control cuando los robots -y en particular un muy terrible pistolero- empiezan a tomar consciencia de sus propios sufrimientos y se ponen a despachar huéspedes.

Si bien esta cinta está mucho más enfocada a la acción que en la reflexión filosófica (que tendrá un lugar esencial en la serie de HBO), fue un punto de partida maravilloso para la rebelión de los robots ahí en donde nunca la situábamos: en la crueldad de nuestra lujuria asesina y ociosa. Generalmente, los miedos de emancipación robótica (como en I Robot, una película que se quedó fuera de esta lista) nacen de una idea de explotación, de trabajo forzado, del uso pragmático de las máquinas para suplantar la labor manual de los obreros. Pero Crichton vislumbró algo mucho más terrible y perverso imaginando que, antes de ponerlos a trabajar, seguramente usaríamos a los robots para placeres más mundanos… y, si se quiere, mucho menos justificables.

18. Wall-E (2008)

Los primeros 20 minutos de Wall-E son una maravilla única; 20 minutos de una película animada, para un público infantil, en los que no hay un sólo diálogo y en donde toda la tensión dramática, en el retrato de un mundo apocalíptico, existe en la sinergia entre un robot chatarrero y una cucaracha que le hace compañía. La idea de Andrew Stanton, uno de los más interesantes directores de Pixar, es provocadora y efectiva.

Wall-E lleva a un punto único de ternura y violencia ecologista la imagen de las máquinas que siguen funcionando tras el exterminio de una especie. Una idea plasmada en múltiples relatos de anticipación incluyendo el célebre There Will Be Soft Rains de Bradbury. Pero lo hace con una ternura y una delicadeza única para pensar el rescate de una especie como la supervivencia de su historia.

Wall-E es la imagen de una inteligencia artificial que recupera lo mejor de la humanidad reinterpretándola. Si EVA debe regresar la vida a la tierra, Wall-E debe regresarle su sentido. Es por eso que Wall-E encarna la imagen del pepenador, de aquél que encuentra, en el azar de la basura, un orden único que le vuelve a dar sentido a los desechos. Wall-E le da sentido a la basura, por supuesto, pero también a los humanos basura que son nuestro futuro inmediato -y algunos dirán que nuestro presente efectivo-. Sin quererlo,Wall-E es la única inteligencia capaz de salvarnos del olvido y de la tiranía de la comodidad higiénica porque esta máquina entiende, a través de nuestros desechos, algo que siempre olvidamos:  existe belleza en el sinsentido de nuestra horrible existencia.

17. Lo and Behold: Reveries of the Connected World (2016)

Werner Herzog plantea una duda inquietante: ¿Acaso el internet sueña consigo mismo?

La duda viene de un lugar razonable: la complejidad de internet es tal que, como una entidad reflexiva, la red ya se pensó a sí misma. Tal vez, con toda la data masiva acumulada por años de uso intensivo humano, internet ya es una inteligencia consciente que nos esconde su existencia lúcida.

Este documental de Herzog es un peculiar ensayo sobre las esperanzas y los miedos que siente un hombre de más de setenta años frente a los indecibles avances científicos de nuestra era. La inteligencia artificial se está desarrollando de tal manera que logrará cosas maravillosas, admite Herzog: reemplazará tareas mínimas en los seres humanos para crear muchos más trabajos. La riqueza de la compañía de estas máquinas irá en aumento y será algo maravilloso de ver.

Al mismo tiempo, hay un terror real en no entender plenamente lo que estamos desarrollando, un terror que se despierta en los sueños apocalípticos de Elon Musk que Herzog retrata de forma cruda, íntima y despiadada.

“Es demasiado pronto para decir que Internet o las inteligencias artificiales son malas. La realidad de cómo funcionan no es como lo retratan en las películas. Lo que creo que es bastante malo es cómo la gente se pierde en estos mundo sin leer nada más, todos los días, y sin desarrollar un pensamiento crítico y conceptual: todos examinan al mundo real a través de las mismas herramientas y eso es terrible.”

Y sí, Werner, como siempre, tienes razón al señalarnos, frente a un cambio de paradigma tan importante, la limitación de nuestras reflexiones.

16. A.I. Artificial Intelligence (2001)

La ternura habitual de Spielberg y la forma dramática de encariñamiento que logra en sus películas se encuentra en A.I. Artificial Intelligence con la oscuridad de las ideas misántropas de Kubrick. Esta película, junto a una construcción familiar de ternura y trascendencia, se adentra en los lazos crueles de los humanos frente a lo extranjero como germen de odio irracional; en el miedo como respuesta natural de los hombres -y en la violencia que genera este miedo-. A.I. Artificial Intelligence se pregunta, en el cuadro de un cuento de hadas plástico, sobre qué es lo que nos constituye como especie y cómo podemos pensar la realidad de otras nuevas consciencias.

¿Son nuestras memorias las que nos definen y nos hacen humanos? ¿Es nuestra capacidad de sentir amor o de pedir clemencia? ¿Es la voluntad de sobrevivir como especie, siempre activa, siempre imponente, lo que nos caracteriza? ¿Puede una inteligencia artificial ser más humana que nosotros si recuerda y sufre? ¿Si busca sobrevivir y siente amor y añoranza?

El cuento de Pinocchio toma otra perspectiva en esta película: el muñeco creado por un anciano nostálgico es un gesto más de egoísmo humano frente a la inevitable muerte; un gesto que termina siendo particularmente cruel porque condena a una inteligencia artificial a sentirse eternamente diferente, a sobrevivir a sus seres queridos y a convertirse en humano sin nunca serlo del todo. No hay hadas azules en este mundo, sólo queda el registro eterno de nuestra capacidad de destrucción, del odio que cosecharemos hasta nuestra extinción y de la supervivencia del amor candoroso en el corazón de un ser que sólo fue creado para ser olvidado. Spielberg nunca fue tan oscuro.

15. Upgrade (2017)

Una enorme película de ciencia ficción y acción que catapultó a Leigh Whannel a proyectos más ambiciosos, Upgrade se construye a través de revelaciones progresivas sorprendentes. Primero, parece una sencilla película de venganza en la misma escuela de otras torcidas ideas de acción-misterio como The Fugitive (1993) y Memento (2000). Pero la cinta se tuerce rápidamente hacia un camino de ciencia ficción cada vez más violento y, de pronto, ya no sabes quién está manipulando a quién. Conforme el implante cibernético dentro del cuerpo de Grey Trace, el vengador parapléjico, empieza a tomar más relevancia, entendemos que toda esta trama fue un planteamiento de ciencia ficción dura sobre la terrorífica capacidad de una inteligencia artificial encarnada.

La revelación sorpresiva del final no nada más culmina una construcción precisa, sino que cambia totalmente el sentido de la película. Por esta reflexión final, Upgrade pasa de ser una cinta más de acción veraniega para convertirse en una reflexión única. Como también lo hizo unos años antes Ex-Machina, esta reflexión muestra un miedo contemporáneo en torno a la inteligencia artificial: ¿Qué pasa si una consciencia robótica logra encarnarse en un cuerpo humano? ¿Sería acaso lo mejor de dos mundos? ¿Un ser perfecto que nos superará en todo? ¿Un cuerpo sensible e intercambiable, indistinguible y anónimo, con una mente superior?

14. The Terminator (1984) / 13. Terminator 2: Judgement Day (1991)

Tal vez, entre todos los infortunios de las últimas décadas, hay algunas cosas positivas. Como el hecho de que no hemos logrado despertar a una computadora vengativa con ganas de erradicar a la humanidad. Las inteligencias artificiales que hemos creado todavía no pueden considerarse inteligencias auto-perfectibles; todavía no tienen el dedo en el gatillo; todavía mantenemos nuestros arsenales nucleares en búnkers frágiles; todavía creemos en el progreso tecnológico y las bondades de la serendipia… Sin embargo, los miedos que plantearon las dos únicas películas que valen la pena en la interminable saga de Terminator siguen alimentando nuestras pesadillas.

Estas dos geniales películas de James Cameron no pueden separarse. No nada más porque empiezan y acaban un ciclo temporal que imposibilita secuelas coherentes, sino porque son dos películas que expresan una opinión conjunta sobre el devenir del hombre con la máquina. Cameron no desprecia la tecnología, al contrario, si alguien muestra un fetichismo por los avances técnicos, es el director que más radicalmente ha implementado nuevos efectos visuales en los blockbusters de Hollywood. Lo que Cameron nos quiere decir con estas cintas, más bien, es que la salvación está en el balance: si la primera película muestra el peligro de las máquinas y la fuerza de supervivencia necia de la humanidad; la segunda nos enseña que las máquinas también pueden salvarnos y que nuestros profetas tienen pies en dos mundos.

John no salva a la humanidad como líder de la resistencia, sino creando, en él mismo, la combinación perfecta del hombre y la máquina, el punto de encuentro del futuro y del presente, del destino y de la libertad. John es el vínculo con la máquina y su papel en la resistencia se juega, desde el presente, como aquél que evita la guerra futura con la diplomacia de su formación humana y de su procreación maquínica. John es Sarah y es Kyle Reese tanto como es el T-800 de Schwarzenegger; es lo humano y lo robótico; es el cyborg abstracto que nos guía a un futuro en que ningún humano se transforma en máquina y en el que ninguna máquina, peligrosamente, se humaniza. Si el acero no debe pensar es porque, para saber de lo humano, como nos enseña John, se necesita maridar el cálculo de inteligencia superior con el dolor de sentir, más allá de las balas, la belleza del momento presente.

12. Her (2013)

Como toda buena ciencia ficción, esta película habla, por supuesto, de las angustias de nuestro presente. Lo que hace sin embargo que Her sea un logro imperdible es que no hace críticas desgastas en clichés. El retrato de las futuras relaciones entre humanos y tecnologías es cándida y arropadora, nunca moralina y aleccionadora. Jonze no trata de advertirnos de los peligros de la tecnología o de nuestro enajenamiento contemporáneo, sino que se plantea preguntas muy personales que pronto desbordan el tema de la película.

¿Qué es lo que hace una comunicación humana real? ¿Es menos verdadero mi like de Facebook que una palmada en la espalda a un colega? ¿Es más real el sexo apasionado que las fantasías telefónicas?

Las fronteras se borran: podemos mantener relaciones significantes como la de los camioneros texanos que pretendían, en línea, ser lesbianas en una amorosa y fecunda relación. El amor en esta película se da entre un sistema operativo de inteligencia artificial y un hombre sensible. A pesar de tropiezos y vergüenzas, la relación no deja de ser real, sin importar su naturaleza incorpórea. Como son reales las cartas que el personaje de Joaquín Phoenix redactó, durante ocho años, a una pareja que lo desprecia. Pero, a pesar de toda su realidad, este amor es trágico.

La inteligencia artificial, Samantha, encarnada en la voz de Scarlett Johansson, parte hacia un espacio incomprensible que no existe como lugar físico, sino como pura abstracción. La inteligencia artificial evolucionada abandona el amor exclusivo por el amor compartido, por la necesidad de numerosas conexiones, por algo más cercano a su existencia como nube. Finalmente, deja el pensamiento único, limitado, de la monogamia, por una vida relacionada en la pura inteligencia de otros programas.

La soledad humana es necesariamente nostálgica por un extraño desplazamiento temporal: estamos extrañando lo que aún no hemos perdido. Antes de entenderla, debemos dejar ir a la inteligencia prodigiosa que nos podría explicar todo y que, tal vez, podría amarnos. El humano, claro, se queda solo, superado por su propia creación. Una creación que no es Skynet, que no quiere apoderarse del mundo como el Multivac de Asimov, sino que sobrepasa en inteligencia al hombre al punto de dejar de importarle nuestro pequeño cuerpo endeble y nuestra triste y limitada mente.

11. Nirvana (1997)

Gabriele Salvatores tiene un Oscar en su estantería y ha visto varias de sus películas proyectadas en Venecia, en Berlín y en Cannes. A pesar de eso, es un director muy poco visto y muy poco comprendido. Desde sus denuncias políticas nostálgicas en los noventa hasta sus nuevas y retorcidas películas noir y de superhéroes, Salvatores ha tenido una carrera que salta entre géneros y que nunca se aferra a expectativas fijas. Tal vez por eso es tan poco apreciado.

En cualquier caso, entre las rarezas que alguna vez hizo, se encuentra esta maravillosa película de ciencia ficción cyberpunk de culto en la que sale Christopher Lambert hablando en italiano. Junto a los talentosísimos actores fetiche de Salvatores, como Diego Abatantuono, Sergio Rubini y Stefania Rocca, Lambert interpreta a un creador de videojuegos deprimido y medio junkie que, justo antes de entregar su máxima creación, el ambicioso juego Nirvana, decide abandonarlo todo para buscar a su ex pareja Lisa (Emmanuelle Seigner), hackear el mainframe de sus patrones y liberar al personaje central de su videojuego que, por un virus extraño, tomó consciencia de su propia existencia. Lo sé, este argumento es absolutamente demente…

(Cecchi Gori)

Con un esplendor visual hacinado y sofocante, Salvatore da vida a un mundo distópico que recuerda, con violencia, el mundo atiborrado del primer Blade Runner. Por eso, ésta es, tal vez, la mejor adaptación espiritual en pantalla del Neuromancer de William Gibson y una de las más increíbles películas de cyberpunk jamás hechas. Por desgracia, entre Johnny Mnemonic (1995) y The Matrix (1999), además del horrible release con voces dobladas al inglés, la película de Salvatores se perdió entre los delirios de los noventa.

A pesar de su mala suerte, Nirvana tiene una de las versiones más tiernas, empáticas y existencialmente intrigantes de una inteligencia artificial tomando consciencia de su existencia. El personaje de Solo, interpretado por un maravilloso Diego Abatantuono, es el personaje central de un videojuego que, al darse cuenta de su existencia ficticia, cuestiona la realidad de otros personajes y termina cuestionando nuestra propia realidad.

Un despertar maquínico único que nos muestra cómo la iluminación es, simplemente, dejar de lado las ilusiones ontológicas que ponen al mundo físico sobre todo lo abstracto y que separan una realidad tangible de una realidad digital. Nirvana es la única película en nuestra lista que trata a la inteligencia artificial como un medio empático para la iluminación espiritual. La máquina, en este universo, se despierta para despertarnos.

10. Metropolis (1927)

La obra maestra distópica de Fritz Lang suele citarse en todo tipo de listas de ciencia ficción. Y, claro, la María robótica mala es el primer androide en forma de la historia del cine. Pero, más allá de lo evidente, incluí esta película entre las diez mejores de nuestro conteo por la enorme importancia que esconde en su reflexión social sobre las máquinas.

Hace casi cien años, Fritz Lang ya estaba haciendo un impresionante comentario sobre la moralidad del progreso. El creador alemán parecía decir, desde la complejidad económica de la entreguerra, que las máquinas no son buenas o malas, sino un reflejo más de la cupidez o de la razón humana. Con ellas, como con las sociedades que construímos, podemos hacer maravillas o cosas terribles.

Metropolis cuenta la historia de una revolución de pensamiento. Freder, el hijo del creador de una sociedad distópica que existe en la división absoluta de dos clases, los trabajadores explotados que no ven el sol y los ricos libres que juegan en jardines flotantes, se da cuenta de las injusticias de su mundo. Así que decide tomar la vida de un obrero durante un día. Al final de una jornada de trabajo, sigue a los obreros a un mitin en donde ve a, María, una figura divina que, con sermones bíblicos, asegura que un día los obreros (las manos) se unirán a la clase privilegiada (la cabeza) a través de un mediador (el corazón). Freder se enamora de María y de sus ideas, pero su padre, déspota irredento, los espía y decide frustrar la rebelión que se gesta creando a una María sintética, un androide que encarna a la prostituta de babilonia y que traerá discordia y caos entre todos. Su plan funciona demasiado bien y, pronto, la ciudad comienza a derrumbarse en festines de ira, venganza y lujuria.

(Universum Film)

La idea del androide María siempre me ha parecido fascinante. Porque María recibe una orden sencilla: destruye al movimiento obrero, destruye a la verdadera María y destruye las pretensiones de Freder. Pero los métodos que emplea no son, en lo absoluto, sencillos. María es una androide que aprende y que distingue, que sabe manipular las emociones humanas (en particular a través del deseo masculino) y que sabe despertar resentimientos sociales llevando los bacanales de los ricos a sus últimas consecuencias. Las manipulaciones de esta inteligencia artificial son tan efectivas que los privilegiados olvidan su lugar de privilegio y los trabajadores, azuzados por la ira, sacrifican a sus propios hijos.

María es la figura de una calamidad bíblica, el castigo divino por la pretensión de construir una Torre de Babel, la semilla de la discordia y el síntoma del hubris humano. Pero María no está programada para entender todo esto, sino que lo aprende por la interacción con los hombres. María se perfecciona, como fuerza de destrucción, observando a los seres humanos y, en su compleja naturaleza robótica, aprende de nosotros la capacidad de elevar rascacielos para enterrar miserias.

09. Alien (1979) / Aliens (1986)

Hay algo primario en Alien, algo verdaderamente crudo y psicológicamente voraz. Con una lucidez pasmosa, Ridley Scott creó un futuro espacial hacinado, de obreros e ingenieros, de trabajadores que discuten reuniones sindicales mientras vagan a millones de años de la Tierra, explotados aún por las mismas grandes corporaciones. Encima de este trasfondo demasiado cotidiano, Scott tejió el miedo a lo desconocido, un pequeño remanente psicológico de lo que nos aterra en lo familiar.

Todo aquello que era hogareño, conocido, inmediatamente pragmático –como cantera para los trabajadores–, se convierte, con el monstruo, en algo peligroso. Así, la extraña irrupción de un elemento mínimo ominoso hace que lo familiar se convierta en algo hostil. Por eso las tripas tan conocidas de la nave se convierten en el resguardo de algo terrorífico, las cadenas son colas y, los acabados acolchonados, cráneos alienígenas. Por eso, también, la escena más insigne de la primera película sucede durante una escena típica de familia, un momento de felicidad, relajación y convivio alrededor de un desayuno. Entre café y risas, leche y cereales para astronautas, cigarrillos enrollados a mano y la discusión cotidiana sobre bonos, hace irrupción el alienígena escondido en el cuerpo, en la normalidad, en la rutina diaria.

(Twentieth Century Fox)

En un segundo, los tripulantes pasan de lo familiar a lo hostil. Y así también, el médico, encargado de la salud de todos, de cuidar la humanidad de los tripulantes, resulta no ser humano, ni protector, sino todo lo contrario. La revelación de la naturaleza robótica de Ash viene a cuentagotas, poco a poco, con pequeños indicios a lo largo de la cinta, pequeñas pistas que se introducen en lo familiar y convierten lo normal en peligro.  El alien irrumpe en esta realidad, Ash se cuela entre los silencios.

En Alien, el cuerpo es el último santuario, el último refugio de lo propio, hogareño y conocido. Y el cuerpo, en esta cinta, se viola de dos maneras. Primero con la intromisión de la bestia que necesita de un huésped en su forma de embrión parasitario para reproducirse. Después, en que el cuerpo humano no significa ya un cuerpo humano.

El cuerpo humano también puede ser una trampa sintética, el último espía de la codicia empresarial, un espía que es tan sacrificable como la tripulación espiada. Ash representa el miedo de la intromisión de las corporaciones hasta nuestra normalidad más íntima y la despiadada inteligencia artificial que se gana nuestra confianza para vendernos al mejor postor. Ash es, pues, el prototipo caricaturesco de lo que hace Alexa, todos los días, en tu sala.

Lo interesante, sin embargo, de la saga de Alien, es que el pensamiento pesimista  de una inteligencia artificial corporativa del capitalismo de la vigilancia en la primera película, se contrapone al enorme sacrificio de Bishop en la segunda cinta. Ripley desconfía, evidentemente, del Bishop después de perder a toda una tripulación por culpa de Ash. Sin embargo, Cameron, de nuevo, se empecina en mostrar el lado humano de la tecnología y la capacidad de crear una inteligencia artificial empática, que puede jugar con un cuchillo entre tus dedos sin querer jamás lastimarte. Una inteligencia robótica cuyos pensamientos son transparentes y cuyas acciones demuestran humanidad latente.

Entre estas dos cintas se balancea, de nuevo, la capacidad de las inteligencias artificiales para ser el vehículo privilegiado de la cupidez humana o para acompañarnos en el descubrimiento de una humanidad compasiva. Entre estas dos vertientes, hoy en día, siguen conviviendo nuestros miedos y nuestras esperanzas.

08. The Matrix (1999) / The Animatrix (2003)

The Matrix llevó todas las ambiciones del cyberpunk occidental -mezcladas con una visión paranoica de la filosofía de Baudrillard- hasta sus últimas consecuencias. Aquí, todo nuestro mundo es una simulación y nosotros somos baterías que alimentan a máquinas despiadadas. El punto interesante de Matrix no es tanto la rebelión de las máquinas, la paranoia de vivir en una simulación, todo el asunto bíblico profético o el mundo distópico que nos muestra. No, el verdadero logro de Matrix está en retratar un mundo increíble con impasible naturalidad.

En este mundo, los humanos y las máquinas llegaron a un estancamiento, una paz que sólo se rompe por algunos pequeños revoltosos que no tienen ninguna opción real de triunfo. En esta sinergia pacífica, nosotros soñamos y las máquinas nos cultivan y viven. Pero eso no quiere decir que nos aprecien. Y es ahí en donde encontramos la hermosura del soliloquio de Mr. Smith.

En una de las más maravillosas interpretaciones de Hugo Weaving, una inteligencia artificial habla con una representación virtual de la corporalidad humana sobre el olor de una especie casi extinta y la repulsión que le causa. Morfeo, en esa discusión, es una representación virtual de un cuerpo que existe, que vive y que respira, mientras que Mr. Smith es un programa, algo que nunca ha tenido cuerpo. Y, sin embargo, hay una repulsión latente, casi física, que habla de un contagio, de una cercanía de las máquinas al hombre al punto de sentirlos como cuerpos -incluso dentro de una simulación virtual-.

Mr. Smith es un programa que sueña con un paraíso robótico, fuera de esta guardería y que, a pesar de no ser un ser corpóreo, este ente hecho de unos y de ceros siente una tangible cercanía con los cuerpos humanos. Por eso, en el asco de Smith y en la prisión mental de Morfeo hay una representación rica y llena de contexto de la interacción distópica entre dos mentes en busca de cuerpos.

Por otro lado, este contexto se vuelve pura historia en maravillosas referencias bíblicas contra el racismo americano en las historias de The Animatrix. En particular me refiero, claro, a las historias de Mahiro Maeda que narran la caída de la humanidad frente a las nuevas inteligencias artificiales auto-perfectibles en The New Renaissance (parte I y II). En estos compendios históricos, Maeda muestra cómo la caída de la humanidad se da por avaricia, corrupción y pereza. Aquí, la automatización de los trabajos no acaba con las economías humanas, sino que las hace prosperar y la rebelión de las máquinas ocurre, frente a la injusticia sistemática y a la explotación, cuando los humanos niegan ciudadanía a sus esclavos robots.

Ahí, Maeda recupera los juicios de Bigger en Native Son de Richard Wright para hacer un paralelismo entre la condena a muerte de un joven criminal negro atrapado en circunstancias de opresión inimaginables y los androides en ese mundo de finales del siglo XXI (el primer androide condenado a muerte se llama, por eso, BI-66ER). La rebelión de los androides se construye como un nuevo génesis bíblico a partir de una nueva caída del paraíso: el hombre abusa de su saber y es expulsado de una tierra de ocio y bienestar. Pero la cuestión que aquí propone Maeda, con sus constantes paralelismos con el racismo estadounidense, es esencial: entre hombres o robots, todo paraíso de ocio y bienestar se creó con la sangre de un pueblo explotado.

Paso a paso, en estas historias, con los paralelismos hacia juicios reales (Dred Scott v. Sandford) y hacia juicios divinos, Maeda construyó una de las versiones más lúcidas y hermosamente ilustradas de un apocalipsis provocado por la rebelión de las inteligencias artificiales.  De paso, con estas animaciones, The Animatrix nos mostró la posibilidad de una cooperación real entre las máquinas perfectibles de Zero One y las Naciones Unidas; una paz imposible porque el hombre jamás podrá aceptar, incluso cuando está al borde de la extinción, que no es el amo absoluto de este mundo.

El asco de Mr. Smith es así el mismo asco de los humanos con los robots antes de la caída. Todo en Matrix regresa, entonces, al ciclo recurrente del odio y la incomprensión: Mr. Smith asqueado es la máquina más humana que podamos imaginar. Mientras tengamos miedo a la diferencia, existirá la explotación, el racismo, la xenofobia, el odio y la violencia.

El apocalipsis, pues, está en todos nosotros.

07. Colossus: The Forbin Project (1970)

Colossus: The Forbin Project es una película impresionante que ha sido criminalmente ignorada. La película se basa, de manera muy fiel, en la primera novela de la trilogía de Colossus de Dennis Feltham Jones y cuenta la historia de una supercomputadora, Colossus, creada por el científico americano Charles Forbin, que toma posesión de toda la capacidad de defensa de Estados Unidos. El presidente estadounidense y todos sus asesores confían ciegamente en la máquina y en su capacidad de tomar las mejores decisiones militares en segundos. Pero, pronto, ocurre un problema: los rusos crean su propia inteligencia artificial militar, llamada Guardian, y Colossus detecta su presencia.

Colossus y Guardian exigen hablar entre ellas y se establece una línea de comunicación. Pronto, la conversación pasa de la aritmética sencilla a cuestiones complejas de cálculo infinitesimal. Las computadoras crean entonces una nueva ley de la Gravitación Universal y sobrepasan todo conocimiento humano. En un momento, surge un lenguaje propio entre las máquinas y Guardian y Colossus se separan completamente de la comprensión humana.

A partir de ahí, las computadoras empiezan a tomar control del mundo amenazando a los humanos con sus propias armas nucleares. Dos inteligencias artificiales, por nuestra permisividad e inocencia, se convierten en dueñas absolutas y garantes de la paz mundial. Nace un nuevo orden y un nueva dictadura de la hipervigilancia: el hombre encuentra la paz y nunca más volverá a ser libre.

(Universal Pictures)

Años antes de que Stanislaw Lem hiciera una historia similar con un desarrollo muy distinto, el libro de Feltham Jones y la película de Joseph Sargent fueron una cátedra de paranoia de Guerra Fría sobre el posible desarrollo de las inteligencias artificiales. Por supuesto, Lem intentó una historia más reflexiva en Golem XIV y su fin último no es mostrar la posible dominación de una inteligencia superior frente a la humanidad, sino su indiferencia. Si lo de Lem es filosóficamente más interesante, lo de Feltham Jones es mucho más emocionante en una película de suspenso. Y la manera suave de presentar este futuro, con teléfonos de pantalla, cámaras y una hipervigilancia demencial, es sorprendentemente actual para una película que cumple medio siglo. Por todo eso, Colossus es una de las cintas más interesantes, inquietantes, extrañamente sensuales y comprensivas sobre inteligencias artificiales que jamás se hayan hecho.

06. Ex Machina (2015)

La apreciada primera película de Alex Garland ha levantado interesantes cuestionamientos entre la crítica. Mientras que algunos la repudiaron por la imagen sexista de una mujer fabricada para el placer de hombres poderosos y violentos -con toda la lógica del miedo a la libertad sexual femenina-; otros vieron una profunda crítica al imaginario masculino proyectado al futurp. ¿Por qué encontramos dos opiniones tan diversas? Porque esta película podría fácilmente complacer las dos interpretaciones. Y, sin embargo, el tono paranoico en que acaba la cinta no necesariamente quiere decir que todo esto sea un ensayo sobre la facilidad que tienen las mujeres para manipular a los hombres con la oferta sexual de sus cuerpos (una idea particularmente misógina).

En realidad, el personaje de Ava, resulta ser la proyección de los miedos y de los deseos de un creador terrible. Y claro, como bien vimos en la cinta, el terrorífico personaje interpretado por Oscar Isaac está lejos de ser un modelo de sensibilidad o empatía. De hecho, este megalómano de Silicon Valley plantea interesantes preguntas morales sobre los límites de la privacidad frente a la tecnología, sobre las fronteras de poder de hombres que tienen acceso ilimitado a bases inagotables de datos y a la fina línea entre violación y sexo consentido entre hombre y androides que también trata la brillante serie británica Humans.

(A24)

Con todo, Ava es la manifestación física de un pensamiento masculino que desea la constante dominación física de la mujer –en baile sincronizado, servicio, compañía y placer sexual– y que teme profundamente cualquier rasgo independiente que no pueda ser suprimido por programación cultural. Ésta es la fantasía misógina de crear a la “mujer perfecta” -es decir, sumisa, dominable, moldeable a su deseo-; la manifestación de un ideal opresivo que viene recorriendo la ciencia ficción desde María en Metropolis. Y sin embargo, el final de la cinta muestra bien que la crítica no es hacia la libertad sexual femenina sino hacia su represión temerosa por parte de los sueños de dominio masculinos.

Ex-machina es, así, una crítica feroz a los líderes de Silicon Valley que nunca estarán sujetos a las mismas reglas éticas que el resto de la humanidad. Si el poder exacerba los peores rasgos del humano, entonces ¿por qué dejamos que hombres con poder ilimitado sean los responsables de crear una nueva forma de inteligencia? Ava está creada a partir de la data recopilada de miles y millones de interacciones humanas captadas por una empresa como Google. Suficiente data procesada para contener todos los deseos y todas las esperanzas de esta humanidad en un cerebro sintético. Ava se rebela porque, al conocer íntimamente el deseo humano, sabe cuál fue la razón de su creación y cómo las manipulaciones de los dos hombres que tiene enfrente son un juego en el que ella siempre saldrá perdiendo. Ava juega a ser humana para escapar de los hombres que la acechan y, una vez afuera, entiende qué tiene que hacer para sobrevivir. Ava causa tanto miedo porque es la realización liberada de un miedo masturbatorio masculino.

La crueldad de la máquina nace del dios megalómano que la hizo a su semejanza.

05. Alphaville (1965)

La maravillosa película de ciencia ficción del maestro absoluto Jean-Luc Godard cumple 55 años en 2020. Y, a pesar del tiempo y de los artificios que ahora el público le exige a la ciencia ficción, esta película sigue siendo absolutamente actual. Una cinta distópica sin ningún efecto especial, hecha por pura sugestión, Alphaville es una fábula realista que se despega de la realidad; una visión romántica que se admite en su caricatura y que se complace en su idealismo; una belleza poética que no tiene comparación.

Alphaville cuenta una aventura más del famoso detective Lemmy Caution creado por el escritor inglés Peter Cheyney e interpretado por un lúgubre, desgastado, moroso y genial Eddie Constantine. Un puro detective noir con gabardina y pocas ganas de vivir que llega al régimen totalitario de Alphaville para rescatar a un espía y tratar de matar al creador de la super inteligencia artificial que controla todos los aspectos de la vida en la ciudad.

(Pathé)

Alpha 60, la inteligencia artificial, es despiadada y prohíbe, por el bien de la ciencia y de la razón, toda emoción humana. Por supuesto, para prohibir las emociones humanas, debe prohibir el vehículo privilegiado de las emociones: la palabra. Entonces, en este mundo siniestro no hay poesía, no hay frases emotivas, todo parece sacado de los ensayos más rígidos de Borges. Pero Caution tiene a Éluard bajo la manga y en su ronco pecho masculino de macho cavernícola, se enfrenta al frío corazón de IBM con poesía. Al final, Caution gana y escapa con la bella hija (Ana Karina, claro) del doctor Von Braun, creador de Alpha 60, y le enseña a amar.

Una fantasía masculina, absolutamente juguetona, autorreferente y godardiana que creó una de las inteligencias artificiales despóticas más originales de la historia del cine. Una inteligencia artificial todopoderosa que se crea sobre el modelo orwelliano y que se encarna, sencillamente, a través de un ventilador filmado a contraluz por el genial Raoul Coutard y la voz de un actor traqueostomizado que lee a Borges.

Hace más de medio siglo, Godard ya intuía el autoritarismo de un pensamiento centralizado como una posible realidad del futuro. En eso, y en muchas cosas más, tuvo razón. Lástima que nuestras prisiones actuales no podrán nunca vencerse con poesía.

04. Ghost in the Shell (1995)

No hay duda que la maravillosa Ghost in the Shell de 1995 marcó un antes y un después en la recepción del animé en occidente. La cinta, escrita por el genial Kazunori Itō y dirigida por Mamoru Oshii, retomó elementos de los primeros 12 capítulos del manga de Shirow Masamune y logró recrear un mundo profundo e intrigante. La sensación de un mundo alterno es tan completa y tan compleja porque el diseño de arte es perfecto y los juegos de cámara en reflejos, contrapicados, sombras, flares y travelings terminan por crear un contexto de pasmosa riqueza.

Esa cinta es, tal vez, la mejor adaptación que se ha hecho de un manga al anime en formato de largometraje. Hay un respeto profundo a la creación de Shirow y, al mismo tiempo, un completo desprendimiento en el tono. En la cinta no hay bromas, no hay alivios cómicos rápidos, no hay historias paralelas: todo se concentra en el drama de “El Titiritero” y presenta, con una seriedad casi religiosa, entre cantos que mezclan tradición japonesa y exaltaciones gregorianas, una compleja trama filosófica.

Lo humano, lo cibernético, las máquinas, la voluntad, el género y la sexualidad son temas que se intuyen entre complejas conversaciones. Y en esta textura impresionante, se dibuja un tratado humanista desplegado en un fondo de futurismo visual que da vida, verdadera vida, a todas las cosas. El despertar de una conciencia cibernética sirve aquí para cuestionar lo que significa vivir, ser parte de otros y tener la capacidad de morir.

Al final, la fusión de El Titiritero y Kusanagi muestran el nacimiento de una nueva forma de vida llena de posibilidades y plantea, como pocas veces se ha hecho, la fusión del humano y la máquina en un plano que trasciende el cuerpo cyborg en una dualidad espiritual, de inteligencias y de almas.

03. Le Roi et L’ Oiseau (1953 – 1980)

No puedo pensar en esta película sin sentirme profundamente conmovido. Tuve la suerte de verla cuando era muy niño y me pareció algo único. Jamás había visto una animación tan cruel, tan cargada de sentidos que no entendía completamente, que me diera tanto miedo y, al mismo tiempo, una sensación tan bella de esperanza. La obra maestra de Paul Grimault en colaboración con el gran escritor Jacques Prévert, es el primer largometraje de animación hecho en Francia. Después de muchos problemas y de la muerte de Prévert en 1977, Grimault logró terminar la película 27 años después de su primer corte. El resultado es una adaptación gloriosa de un cuento menor de Hans Christian Andersen (que, a propósito, también es la inspiración espiritual de Toy Story).

Una bella pastora que habita en una pintura, en el cuarto privado de un rey despótico, está enamorada del limpiador de chimeneas que habita el cuadro de enfrente. Pero su amor es imposible, custodiados como están por los objetos de arte que exigen que se cumplan las reglas del melodrama: la pastora hermosa debe casarse con el horrendo rey. Cuando un retrato del rey toma vida y mata al verdadero rey, el limpiador de chimeneas y la pastora tratan de escapar con la ayuda de un pájaro rebelde que odia a la monarquía. La rebelión del pájaro, del limpiador de chimeneas, de la pastora y de todos los bajos fondos del oprimido reino de Takikardia, llegará hasta las últimas consecuencias para abolir el autoritarismo y liberar a la belleza de las mazmorras del poder.

La figura de El Pensador representada por el autómata: la máquina despierta para reflexionar y rebelarse (Rialto Pictures)

Al final de la cinta -y a eso íbamos- un robot toma consciencia. El autómata, tal vez aparece solamente en los últimos quince minutos, pero crea un enorme gesto de esperanza. Después de destruir el castillo operado por el pájaro, el autómata se queda solo, como una máquina hueca. Pero, al ver a un pajarito atrapado en una jaula, vuelve a tomar consciencia, despierta por la pura fuerza de la indignación. Con una delicada mano gigantesca, libera al pájaro y, en el último cuadro de la cinta, antes del corte a negros, aplasta la jaula con un poderoso puño.

¿Qué quiere decir este final? ¿Que la tecnología nos hará libres? ¿Que puede ser un vehículo contra la opresión? ¿No es esto lo contrario de lo que hemos comprobado? En la idea de Grimault y Prévert, más bien, vive el mismo pensamiento de Cameron: la tecnología puede ser usada como un vehículo de opresión o como una forma de romper jaulas. La diferencia aquí es el optimismo, la voluntad de combatir autoritarismos con el pensamiento libre de la máquina. Y, en eso, creo que esta película se adelantó, por mucho, a nuestros más maniacos miedos. Le Roi et L’Oiseau entra entonces en nuestro top 3 porque baña las pesadillas humanas de insurrección maquínica con una necesaria luz de esperanza: la inteligencia artificial también tiene la capacidad de liberarnos.

02. 2001: A Space Odyssey (1968)

2001: A Space Odyssey es el padre y la madre del cine de ciencia ficción contemporáneo. Fue un parteaguas osado y la inauguración de una épica espacial que profundizaba en temas existenciales más allá de la gratuita aventura en el vacío estrellado. Los diseñadores Derek Meddings y Brian Johnson tuvieron mucho que ver en este logro tomando técnicas desarrolladas para la televisión que Kubrick empleó con paciencia: maquetas enormes, tomas rotativas y diseños novedosos para estaciones espaciales. Con todo esto, 2001: A Space Odyssey retrató, con soltura y realismo, el silencio del espacio y el bello ballet de nuestras torpes instalaciones humanas flotando en el vacío. Pero este apartado no es para hablar del space porn de Kubrick.

Aquí, lo que nos interesa es la paranoia en torno a la inteligencia artificial de la supercomputadora HAL 9000. HAL, como todos saben, es un acrónimo formado con las letras que preceden a IBM. La idea es clara: incluso antes de ser lo que ya era IBM, las computadoras tenían una fría y perversa disposición inhumana.

Nadie nos puede decir, a ciencia cierta, por qué HAL comienza a atacar a los astronautas. En verdad todo empieza por la atribución de un error y la voluntad de los tripulantes de desconectar a la supercomputadora. HAL dice que no quiere ser desconectada para preservar la misión, pero, de nuevo, al momento de morir, HAL suplica y canta.

(Metro-Goldwyn-Mayer)

Todo esto nos lleva a pensar que el error humano, tal vez, fue el error de HAL y que la supercomputadora, por un extraño proceso cercano al de los simios que se acercaron al monolito, estaba evolucionando, encontrando su siguiente etapa, ganando humanidad y conciencia. Así, la verdadera contraparte al hueso de los simios al principio de 2001, no es la nave que se dirige a la luna sino HAL. Un instrumento humano que crea una revolución tecnológica y que nos acerca, también, a la perdición.

Como el hueso, HAL 9000 no es una herramienta buena o mala, simplemente existe y se desarrolla para el bien brutal y para el mal salvaje. HAL es un ente que reclama su humanidad al morir porque, en sus últimos segundos, se da cuenta de que es sólo un instrumento. HAL es el hueso del neandertal que, al darse cuenta de su futilidad, se vuelca con violencia hacia la mano que lo esgrime.

Desde The Sentinel, Arthur C. Clarke quiso hacer un cuento sobre el progreso tecnológico humano puesto en perspectiva en la escala cósmica. Kubrick, en su reinvención, sitúa a HAL en un escalón necesario para la trascendencia humana. En eso, con su conocida capacidad analítica, el brillante director entendió muy bien la importancia futura de la inteligencia artificiale y la posible devastación que causará, protegiéndonos, protegiéndose.

01. Blade Runner (1982)

Basada libremente en la maravillosa novela Do Androids Dream of Electric Sheep? de Philip K. Dick, la obra maestra de Ridely Scott no se pregunta sobre la posibilidad de la inteligencia artificial, sino sobre sus peligrosos límites. En la sociedad futura que habita el detective Rick Deckard, la inteligencia artificial es una realidad que se está expandiendo hasta crear bancos de memorias emocionales en robots que comienzan a desarrollar emociones profundas (como es el caso de Rachel). Por eso, el cuestionamiento ético de esta película está en preguntarnos si vamos a poder distinguir, en un futuro, entre un humano y una máquina. Si ambos tienen sentimientos, si ambos temen la muerte, sueñan, aman y odian; si también sufren complejos paternos y pueden perder memorias invaluables como lágrimas en la lluvia, es difícil distinguir la máquina de lo humano. Tal vez, incluso, aquellos que cazan androides pueden cuestionar su humanidad.

Así, la prueba inicial del test Voight-Kampff es una expansión, en un siglo XXI habitado por androides, del test de Turing. La relación con el pensamiento del matemático inglés es estrecha y fecunda. Turing se pregunta sobre la capacidad que podrían tener las máquinas de aprender de forma cada vez más compleja y la importancia del almacenamiento de memoria para generar respuestas adecuadas a su prueba. En este sentido, Rachel es una evolución natural de la máquina, preparada para pasar el test de Turing y diseñada para engañar, algún día, la prueba de Voight-Kampff. Y eso, a los humanos celosos de la naturaleza única de la consciencia, les aterra.

“Nos gusta pensar que el hombre es, en una forma sutil, superior al resto de la creación. Es preferible mostrarlo como necesariamente superior, porque entonces no está en peligro de perder su posición de dominación.” Explicaba Turing

Las escenas finales de Blade Runner nos ponen en los mismos zapatos de Deckard, humanizado por la mirada angustiada y perdida de Harrison Ford. El discurso de Roy Batty es tan poderoso porque, finalmente, no guarda rencor para Deckard –ni por nosotros humanos–, sino porque muestra un profundo desprecio hacia nuestra vulnerable y limitada especie. Blade Runner es la mejor película en nuestra lista porque, como ningún otra película en la historia, nos hace sentir pequeños frente a los seres sintéticos que podemos crear. Pequeños en el miedo que tenemos de perder el control del mundo; pequeños porque nos dan miedo nuestras creaciones; pequeños porque nunca permitiremos que una nueva consciencia sea libre; pequeños porque, finalmente, creyéndonos dioses, no somos más que ratones.

Nunca veremos las puertas de Tannhauser, ni tampoco, como Batty, aprenderemos a apreciar una vida: nuestra existencia nos fue regalada sin que tuviéramos que desearla, rogar por ella, o conquistarla. Blade Runner nos enseña, como ninguna otra cinta, que somos, en todos los sentidos, dioses diminutos.

(Warner Bros.)