El documental de Werner Herzog plantea sus peculiares preguntas sobre el humano, mientras se pasea por distintos hitos tecnológicos del internet en nuestras vida.

De pronto hay que pararse a pensar un poco sobre la existencia del adjetivo “herzogiano”. Suena raro, suena incómodo, suena inapropiadamente feo: en eso, la forma es el contenido. Porque Werner Herzog encarna una imagen peculiar de él mismo, siempre al frente de la mirada inquisitiva que anima todos sus documentales; una imagen de genio loco, de marcado acento, de originalidad espontánea, de intuitiva grandeza y de curiosidad inagotable. Herzog es un enorme pensador de la ficción, por supuesto, pero también y antes que nada, es uno de los más grandes documentalistas vivos. Al centro de toda su amplia obra de retratos reales está esa mirada única con la que imprime todo, con la que observa lo nimio y lo espectacular, con la que narra, en el mismo tono que nunca se hace monótono, las preguntas que lo acechan. Y estas preguntas se van bamboleando entre los más oscuros rincones de la existencia humana contemporánea.

En Herzog, todo regresa al humano, a su enfrentamiento titánico con la naturaleza, a sus más grandes logros y sus más terribles perversiones. Desde esquiadores que retan la altura y hacen carpintería en sus tiempos libres (The Great Ecstasy of Woodcarver Steiner) hasta tribus nómadas del Sahara (Herdsmen of the sun); desde la existencia de niños soldados (Ballad of the Little Soldier) hasta la vida de los sordos y ciegos (Land of Silence and Darkness); desde los sueños olvidados en cuevas milenarias (Cave of Forgoten Dreams) hasta los hombres aislados en lo más remoto de la Antártida (Encouters at the end of the World), Herzog se ha volcado con pasión hacia el humano en sus más distintas acepciones contemporáneas. Como él mismo dijo:

“Mis películas sólo son antropológicas porque tratan de explorar la condición humana en este momento particular del planeta. No hago películas con imagines de nubes y árboles, trabajo con humanos porque me interesa la forma en que funcionan dentro de distintos grupos sociales.”

Ahora, tenemos el gusto de observar un documental en el que Herzog plantea sus peculiares preguntas sobre el humano, mientras se pasea por distintos hitos tecnológicos del internet en nuestras vidas. Por eso, Lo and Behold, Reveries of the Connected World no es un documental sobre la historia del internet, ni una bien fundada investigación en torno a los avances de la inteligencia artificial o los proyectos más ambiciosos de Elon Musk y demás genios tecnológicos: esta cinta es una recopilación muy humana, muy sensible, de los miedos y maravillas que produce algo tan vasto, tan enormemente poderoso como el internet en la mente de un humanista como Herzog. Ésta cinta es un punto de vista y en eso puede parecer bastante estrecha. Pero aquí el director no se engaña ni trata de hablar en absolutos frente a algo completamente inabarcable; aquí tenemos lo único que se nos puede dar frente a la inagotable locura autopropagada del internet: una opinión humilde y apasionada.

El asombro

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Todo comienza con algo sencillo: ¿dónde inició el internet? ¿En qué lugar se creó la primera transmisión entre máquinas? ¿Cuál fue su primer mensaje? Con un repaso histórico de la mano de uno de los pioneros del internet, Herzog presenta su película con la descripción de la primera computadora que emitió un mensaje. Esa mítica transmisión quedará grabada para la posteridad con el asombro que le provoca al cineasta: al querer transmitir LOG IN, la máquina se pasmó en la G, por lo cual el primer mensaje de todo el internet fue LO. De ahí el título de la película y no puede haber nada más apropiado: Lo and Behold es una expresión que significa, literalmente, “detente y admira”, “observa y admira”, “admira y sorpréndete”. Y ésta va a ser la pauta para el resto de los diez capítulos que componen la cinta: un recorrido en el que, a cada momento, por la oscuridad y las maravillas del internet, Herzog se detiene brevemente y admira, sorprendido, esta inabarcable creación humana que ha cambiado tan radicalmente, la vida humana.

Primero, claro, está la sorpresa. Las grandes voces comienzan a juntarse en el principio de todo: tenemos a Bob Kahn explicando los primeros pasos de la red y tenemos a Ted Nelson, en una maravillosa entrevista, explayándose sobre una conectividad posible por la que sigue luchando. En este primer momento de pura reverencia hacia la increíble capacidad creativa de los pioneros, vemos también la sorpresa de Herzog frente a herramientas únicas para reunir conocimiento humano de los lugares más diversos e inesperados: programas en línea que simulan plegamientos de proteínas para que los usuarios, sean quienes sean, resuelvan complejísimos problemas confirmados por la naturaleza; algo así como un vasto experimento en el que todos pueden participar, como un juego, creando nuevo conocimiento científico.

Y Herzog está maravillado por la increíble capacidad de expandir los horizontes de la ciencia fuera de la academia para contribuir a un esfuerzo global de conocimiento. Ahí entra también la mente brillante de Sebastian Thrun –a quien también entrevistamos por aquí– intentando impartir cursos de ingeniería y robótica mucho más allá de las privilegiadas aulas de Stanford. Y ahí también brillan por su ausencia todos los movimientos de conocimiento libre que incluyen a grandes seres humanos, mártires de una causa de puro beneficio humano, como Aaron Swartz. Pero no le podemos pedir a Herzog que vaya más allá de sus pequeñas curiosidades, porque esta película no se trata de una visión abarcadora, sino de una observación íntima y minuciosa. Así, con la sorpresa y la maravilla, con el asombro y los aplausos, viene la otra parte de toda intimidad: el miedo, las pesadillas y la oscuridad.

El pesimismo

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El reverso de la sorpresa alegre de Herzog está en algunos rincones oscuros del internet. Aquí no llegamos a las terribles posibilidades de corrupción, ni a las redes ocultas de pedofilia, tráfico de armas o contratos asesinos. El documentalista sólo repasa los miedos que lo acechan en las juventudes desperdiciadas por la adicción a los juegos en línea de Corea del Sur o la enorme capacidad morbosa de un medio de comunicación que no respeta ningún tipo de privacidad. Y claro, estos hitos importantes que preocupan a Herzog no son, en realidad, los rincones más oscuros de la red. La comprensión del enorme documentalista de la cultura gamer es todavía rápida y paternalista, su sorpresa ante la morbosidad espantosa del internet es ingenua y tierna. Pero con esto, Herzog nos está diciendo más de él mismo que del mundo que vivimos. Suya es la sorpresa ante estos horrores, suya es la incomprensión frente a fenómenos que eran imposibles de imaginar hace cincuenta años.

Pero, sin duda, estas primeras sorpresas apuntan hacia dos cuestiones centrales en la reflexión pesimista de Herzog: nuestra dependencia del internet, por un lado, y la imposibilidad de aislarse de él, por otro. Porque no basta cerrar una red social o desactivar los datos del celular, vivimos inmersos en un mundo construido alrededor de nubes, servidores, cifras y números virtuales. El retrato aquí de una comunidad que se aísla voluntariamente del internet parece un sueño idílico que se mantiene en un equilibrio frágil, entre viejas neurosis y trabajo científico que necesita del silencio de ondas, bujías, electricidad y telecomunicaciones. Y esta comunidad parece, en el documental de Herzog como un contrapunto o una advertencia. Si mañana desapareciera el internet por una llamarada solar masiva ¿qué pasaría con el sistema de intercambio del mundo? ¿Cómo conseguiría la gente servicios, comida, agua, gas y gasolina? ¿Qué pasaría con los bancos y los sistemas monetarios? ¿Con el intercambio y el tejido social?

Lo que sugiere aquí Herzog es que pocos de nosotros podrían sobrevivir a este colapso y que los prevenidos o aquellos que no confiaron ciegamente en la dependencia de satélites y computadoras van a heredar un mundo destruido por nuestra necesidad de confort. La idea es completamente fatalista y, de pronto, entre astrónomos y todo tipo de expertos en física y biología, Herzog logra transmitir una duda y el principio de una incomodidad. Es cierto y el examen parece evidente: las enormes maravillas del internet se tambalean siempre en la fina línea de nuestros frágiles medios de comunicación. Los factores externos que rebasan nuestro control –como, simplemente, las constantes erupciones del Sol– pueden desestabilizar nuestro precario sistema sin que tengamos forma de detenerlo. Y la reflexión pesimista sobre nuestra dependencia de la conectividad llega, con otro bamboleo, a otros sueños necesarios: si nos quedamos sin planeta, si se termina nuestra civilización, ¿podemos encontrar una nueva esperanza en la tecnología? ¿Podremos establecer colonias en otros planetas?

La oscuridad

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En un momento álgido de la cinta, Herzog explora la posibilidad de colonizar otros planetas. En particular se enfoca en los esfuerzos de Elon Musk por desarrollar un programa espacial privado con SpaceX. Pero aquí también –y eso es muestra de la pura oscuridad actual de Herzog– el retrato de los esfuerzos por colonizar Marte no son nada positivos. El documentalista admite lo grandioso de la empresa pero también lo enmarca en la paranoia de Musk –que incluso admite, en algún momento, sólo tener pesadillas cuando duerme y lo insuficiente de nuestros esfuerzos por remplazar el planeta que estamos destruyendo a pasos agigantados. Musk plantea que éste es un momento privilegiado para desarrollar tecnologías antes de que sea demasiado tarde, antes de que una llamarada solar acabe con nuestros sistemas o se colapse la civilización por causas humanas. Marte aparece entonces como un bote salvavidas necesario que es, sin embargo, insuficiente: cuando se hunda el barco vamos a necesitar regresar a un ambiente propicio, y las colonias artificiales sólo nos dejan pensar la salvación de nuestra especie en puntos suspensivos, en una pequeña balsa roja en el océano hostil del Universo.

Así, entre las maravillas de la robótica y nuestra compenetración con las máquinas, entre la posibilidad de una inteligencia artificial que se manifieste espontáneamente en internet y la reflexión sobre la red soñando con ella misma, el panorama de Herzog es de sorpresa y de miedo. Todo podría ser entonces juzgado como una visión fatalista, poco documentada o superficial sobre el estado actual de la interconexión tecnológica. Pero Herzog salva la película de ser un juicio prejuicioso al ponerse a él mismo como la figura central del documental. Esta película no tiene las pretensiones de profundidad investigativa que mostró Herzog en Grizzly Man o, jugando a Truman Capote, en Into The Abyss, sino que se admite como un mosaico descosido, como un compendio de reflexiones sueltas sobre las preguntas que acechan al documentalista y las grandes entrevistas que logra para seguir preguntando. Es evidente que Herzog se inclina más hacia la preparación para el desapego de la tecnología. Es evidente su postura hacia la lectura como necesidad para el crecimiento intelectual de todos y su repudio de las redes sociales –que, en esta cinta, ni menciona–. Es evidente, finalmente, el miedo patente que siente hacia las posibilidades de invasión a la privacidad, sobre el poder de los hackers –a pesar de la simpatía que se muestra, en esta cinta, por el gran fantasma, Kevin Mitnick– y la vigilancia en conjunto por parte de individuos o estados.

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El miedo de Herzog es evidente pero no viene aquí a regañarnos o transmitirnos sus terrores: Lo and Behold no pontifica ni juzga sin declarar sus intenciones. Esta cinta es la apertura sincera de una de las voces más singulares de la historia del cine sobre uno de los temas más apremiantes de la historia contemporánea. Herzog admite, con justa modestia, que nadie tiene idea de lo que va a suceder con esta sociedad interconectada, que nadie puede predecir los avances de la inteligencia artificial ni las consecuencias de un cataclismo en nuestras comunicaciones. Como bien dice un entrevistado, “aquél que te diga que sabe qué va a pasar en el futuro con el internet es alguien con quien no vale la pena hablar”. Y Herzog encuentra perfectamente con quien hablar, mostrando al final más dudas que certezas, mostrándose a sí mismo como un escéptico fatalista maravillado y preocupado, dejando todo pendiente, dejándonos con ganas de más respuestas cuando termina la cinta alrededor de una fogata con un grupo de exiliados de la tecnología tocando el banjo. Como bien dijo Chris Plante para The Verge, el fuego fue el primer instrumento que nos llevó a este camino de maravillas y dependencias. Herzog regresa a lo primario para preguntarnos sobre la vanguardia tecnológica en nuestras vidas. Y con el placer de esas viñetas, nos quedan inquietantes preguntas y un sentido de incomprensión que son la justa medida de nuestra relación actual con estos años salvajes de la interconexión digital.

Lo bueno
  • La eterna voz de Herzog.
  • La enorme calidad de las entrevistas.
  • El enfoque personal e íntimo a un problema enorme y universal.
  • La construcción caótica del documental que refleja la complejidad del tema.
  • Las enormes entrevistas a Ted Nelson, Elon Musk y Kevin Mitnick que se llevan la película.
  • Las tomas pacientes y curiosas de Herzog.
  • Las sorprendentes dudas que levanta en un tema inagotable.
Lo malo
  • Que por momentos quisiéramos un acercamiento menos expansivo y más profundo.
  • Que muchos temas quedan sin tocarse como, por ejemplo, el asunto de las redes sociales o de los movimientos de conocimiento libre.
  • Que no dura más.
  • Que no se puede contratar a Herzog para narrar tu vida diaria.
Veredicto

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Lo and Behold no es el más grande documental de Herzog, ni de cerca. Pero también sería tendencioso juzgarlo separadamente de toda la obra de no-ficción de este prolijo creador. Porque este documental, como gran parte de las creaciones de Herzog, aparece como una extensión de su realizador. La cámara no se despega del ojo que la dirige, la edición se construye en una clara estructura dubitativa y curiosa, en todo momento escuchamos detrás del lente la voz única del documentalista haciendo las preguntas más molestas e inquietantes. Todo esto nos muestra que Herzog no explora al mundo sino a los humanos que lo habitan, relaciona toda opinión con un cuerpo, toda voz con una mente y un momento. En esta construcción profundamente humana de nuestra relación con la tecnología, Herzog se refleja en el miedo y la esperanza de sus entrevistados. Así, al compartirnos una visión tan íntima, tan real y palpable de las personas detrás de la tecnología, podemos empezar a cuestionar todas nuestras paranoias de deshumanización. De pronto, todo lo digital tiene detrás a alguien y la reunión alrededor del fuego para tocar instrumentos musicales se relaciona íntimamente con los billones de humanos comunicando alrededor de una red global de computadoras. Herzog se expone con este documental, se vuelve el centro de sus preguntas y nos regresa así a las consideraciones más maravillosas y aterradoras de un instrumento humano que aún no terminamos de comprender. Y todo queda por aprender: porque para quemarse con una estufa tuvimos que inventar primero el fuego.

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Título: Lo and Behold, Reveries of the Connected World.

Duración: 98 min.

Director: Werner Herzog.

País: Estados Unidos.

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