El enfrentamiento entre los dos superhéroes de DC es uno de los eventos cinematográficos más esperados de los últimos años, pero ¿está a la altura de las expectativas?

Batman v Superman: Dawn of Justice (BvS) es, sin duda, la película más esperada del año. Y eso que éste es un año particularmente surtido para la afición geek: tenemos un estreno de Star Wars sin los Jedi, el regreso de los X-Men y la introducción de Apocalypse, una película de Deadpool, una guerra civil, múltiples estrenos de género y una nueva película del universo de Harry Potter. Pero nada de esto se compara con la llegada a las pantallas de una cinta que pone, por primera vez en un largometraje, a los dos personajes de cómic más icónicos de la historia. Batman y Superman no son nada más los héroes estrella del universo DC, sino que representan algo muchísimo más poderoso en el imaginario cultural. Se han escrito numerosas tesis de reflexión sobre este dios caído a la Tierra que aprende a ser humano y ese huérfano con problemas patológicos que se viste de murciélago para enfrentarse a los maleantes de su ciudad. Y claro, después de una larga historia de publicación, con miles y miles de páginas escritas, estos personajes tienen vida propia, consistencia y espesor: existen más allá del papel, se sostienen con su propio peso, viven fuera de las creaciones individuales que los han revivido y reconstruido a lo largo de las décadas.

Orígenes geniales

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En los años ochenta, llegaron genios creativos como Frank Miller, Neil Gaiman y Alan Moore a cambiar completamente lo que todos consideraban normal en la industria del cómic. De pronto aparecieron novelas gráficas que retomaban a estos icónicos personajes y los ponían bajo una nueva luz, los hacían cuestionarse a ellos mismos, los mostraban poniendo en duda su integridad y sus tambaleantes estructuras morales. De pronto, Superman se preguntaba sobre los límites del poder y la importancia de una pertenencia nacional; de pronto, un Batman viejo reflexiona sobre su papel como justiciero y su inclinación psicológica hacia la violenta adrenalina; de pronto, se enfrentan cuestiones políticas, luchas ideológicas, reflexiones filosóficas sobre violencia y justicia en el mundo colorido de los superhéroes. Y esto sucedió, claro, en DC. Por algo se habla de una rivalidad que va mucho más allá de las preferencias individuales: ser de Marvel o de DC marca completamente tu personalidad, te define –o al menos lo hacía en esa época– como persona. Siempre estuvo la superioridad de ventas de Marvel enfrentada a la capacidad renovadora de DC; siempre se comparó la aparente inocencia conciliadora de modas de la casa de Stan Lee con la enorme creatividad compleja y solemne de la casa del Hombre de Acero.

Este año, entonces, tenemos frente a nosotros una última etapa de esta interminable rivalidad: los universos de Marvel y DC se enfrentan en una guerra por la supremacía de la taquilla. Marvel, por ahora, tiene una enorme ventaja temporal: ya se establecieron las dos primeras fases de su universo fílmico y, con todo y altibajos, hay sólidos fundamentos para llevar cada vez más lejos, en el delirio cósmico, sus ambiciosas pretensiones. Y DC quiere hacer lo propio: después de lograr establecer un universo televisivo más sólido y productivo que el de Marvel –si exceptuamos sus geniales incursiones en Netflix–, la casa de Batman quiere también crear un largo proyecto de universo fílmico. Pero DC sólo ha empezado a crear los cimientos de ese universo con Man of Steel y, fuera de la recepción divisiva de esta cinta, el problema al que se enfrentan ahora es el de lograr igualar las ambiciones del universo de Marvel saltándose pasos intermedios y llegando, lo antes posible, a la Liga de la Justicia. Para DC, no hay tiempo que perder en esta carrera competitiva por el cariño del público en enormes universos extendidos. Porque, finalmente, no sabemos cuánto durará esta tendencia de películas interconectadas, cuánto tiempo más tendremos para no perder paciencia frente a sagas que se construyen durante décadas, ni cuánta capacidad tendrá el público para guardar en su memoria tramas cada vez más complejas.

Finalmente, el problema principal de Batman v Superman: Dawn of Justice es que se nota esta premura en la necesidad de competencia frente a Marvel. Esta película es una apuesta enormemente ambiciosa que quiere saltarse introducciones y creación de personajes para adentrarse, rápidamente, a la construcción de un universo futuro. En ese sentido, esta película sirve más como un tráiler extendido para las dos partes de Justice League y las demás películas de origen que se guarda DC bajo la manga. Hay una falta de respeto fundamental a los enormes personajes que pone en pantalla desde el momento en que los considera como una excusa mercadológica: tanto Batman como Superman pierden fuerza y profundidad aquí en servicio de un proyecto a largo plazo que inicia sobre cimientos tambaleantes. Aquí se nota, a leguas, la premura en el desarrollo y en las decisiones precipitadas, aquí hay una enorme dependencia de un público informado y geekero al mismo tiempo que hay ruegos porque la película sea aceptada por todo el mundo. Aquí Zack Snyder quiso hacer la torta y también comérsela. Y claro, como buen perro entre tortas dividido, el resultado es particularmente decepcionante a pesar de la enorme emoción que me causa como fanático del material original.

Secuencias rescatables

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Continuemos entonces con un tono positivo. ¿Cuáles creo que fueron los aciertos de esta película? ¿Qué momentos me parecen, más allá de toda preferencia individual, funcionar en muchos niveles y rescatar algo de la dignidad que se pierde en el conjunto? Bueno, pues no es muy difícil decirlo: como tantos otros entusiastas de los cómics, llegué a ver esta película con enormes ganas de salir saltando de alegría. Quería que me gustara esta película. Quería, con todas mis fuerzas, ver una maravilla deslumbrante. Y, por un momento, pensé que todo lo que había leído de críticas molestas se derrumbaría ante la imponente realidad de la cinta. Porque claro, el tono de inicio es espectacular. Al comenzar la cinta vemos la inspiración evidente de The Dark Knight Returns de Frank Miller con una secuencia de origen de Batman que, a pesar de ser completamente innecesaria –porque, ¿quién en el mundo no sabe todo el asunto de los padres asesinados, el hoyo en el piso y el murciélago en la noche?–, está increíblemente bien filmada. Encontramos los mismos encuadres de la novela gráfica: el acercamiento a la pistola disparando, el símbolo privilegiado del collar de perlas, la marquesina del cine anunciando al Zorro…

Y luego pasamos a una enorme secuencia de acción que conecta las dos películas del universo DC con una fuerza e impacto inusitados. Esos primeros momentos en que Bruce Wayne llega apresurado a Metrópolis para salvar a los empleados de su edificio de finanzas, no nada más están increíblemente bien realizados, sino que ponen un tono intrigante a la cinta. Uniéndose a toda la reflexión iniciada en los ochenta en torno a lo que los superhéroes dejan en su devastación habitual, BvS empieza siguiendo un tono actual en las adaptaciones de cómics. Continuando la popularidad actual de autores como Brian Michael Bendis (The Pulse) y Garth Ennis (The Boys), manteniendo también cerca al Batman de Miller, esta cinta inicia con las preocupaciones en torno a la devastación que vimos en The Man of Steel. Aquí, a través de la perspectiva de un Bruce Wayne muy terrestre y humano observamos el rastro de destrucción que sembraron Zod y Kal-El en su enfrentamiento final.

Por supuesto, el enorme logro que representa esta secuencia nace de una comprensión elaborada de críticas recibidas por The Man of Steel. La primera película de Snyder no dio, exactamente, el Superman que siempre tuvieron en mente los fanáticos. A este héroe no parecía importarle mucho eso de tronar cuellos o de matar a miles de civiles como daño colateral. Y entonces miles de comentarios le llovieron a Snyder: ¿por qué este hijo de Krypton parecía tener tan poco aprecio por la vida? ¿Por qué recrear a un personaje fundamentalmente luminoso de una manera tan oscura? ¿Quién iba a llorar a las víctimas de la batalla alienígena de Metrópolis? ¿No sería también responsable Kal-El por estas muertes? Y ésta fue la respuesta de Snyder a las críticas: crear el meollo del conflicto desde la perspectiva de la destrucción causada en la primera película. Gran acierto, completamente a tono con la reflexión en torno a los superpoderosos desde los años ochenta y noventa, gran manera de unir las dos películas y gran manera de crear una buena secuencia de acción para darle cuerpo al resto de la cinta.

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Esos primeros momentos en que Bruce Wayne llega apresurado a Metrópolis para salvar a los empleados de su edificio de finanzas, no nada más están increíblemente bien realizados, sino que ponen un tono intrigante a la cinta.

Entonces sí, hay que decirlo, BvS está llena de grandes detalles. En un momento, sinceramente creí que toda la película sería un logro sin precedentes: de pronto se estaba armando toda una confrontación mediática y política que cambiaba el enfoque de la famosa novela gráfica de Miller de Batman hacia Superman; de pronto Ben Affleck no estaba haciendo un mal trabajo; Gal Gadot como Diana Prince tenía una presencia seductora e intrigante; el trabajo inicial de Jesse Eisenberg como un Lex Luthor convertido en millonario de Silicon Valley empezaba a tener consistencia (en especial en el maravilloso discurso disconexo que da en la biblioteca); y todo parecía anticipar una enorme confrontación de proporciones épicas.

En esos momentos iniciales hay, incluso, una secuencia que, a pesar de sorprender a muchos despistados, seguramente complació a más de un fanático. Porque esa intromisión apocalíptica de un Batman convertido en Mad Max en un futuro en el que llega Darkseid a la Tierra (señalado por su enorme símbolo de Omega en el piso y la aparición de sus Parademons), con la presencia escondida de Barbara Gordon y un reino despótico de un Superman oscurecido por el dolor de la pérdida, es de los mejores momentos de la cinta. Ahí tenemos una llegada anticipada de The Flash tratando de advertirle a un Bruce Wayne de un posible universo sobre las tragedias que se avecinan –o que podrían llegar a avecinarse–. Todo esto tiene un sentido ominoso que plantea ya, sin aparente conexión a la trama de la película, unas pistas intrigantes sobre los viajes temporales de Flash, sobre posibles crisis futuras y sobre la llegada del temible tirano-dios de Apokolips.

Caer sin estilo

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Como dijo el hombre que, famosamente, caía de un edificio: “hasta aquí todo bien”. Pero lo importante, señalaba Mathieu Kassovitz, no es la caída sino el aterrizaje. Después de un establecimiento inicial que daba un tono oscuro e intrigante a la cinta, empiezan a aparecer los problemas en un mosaico vistoso que, poco a poco, va perdiendo coherencia y empieza a diluir su impacto. De pronto, las relaciones afectivas de Superman se diluyen por la poca profundidad en la exploración de su relación con Lois Lane, Ma y Pa Kent y el resto de la humanidad; de pronto, se empieza a perder la simpatía natural hacia Batman con un retrato muy oscuro de un Caballero de la Noche a quien no le importa despedazar con fuego pesado a sus enemigos ni mandarlos a la muerte en la cárcel después de torturarlos; de pronto, el interés creciente que se había logrado con las estrategias retorcidas de Lex Luthor se empieza a diluir en un personaje cada vez más inconexo, cada vez más patético y cada vez más francamente irritante.

Porque, con la necesidad que tiene Snyder de llegar a la batalla final, con la enorme premura de elaborar en esta cinta más de lo que se puede esperar de un largometraje de dos horas y media, se empieza a perder la coherencia. El resultado es que vemos las estrategias de Luthor como un plan simplista y francamente absurdo para librarse de Superman o de Batman –ya empieza a dar igual– por razones completamente incomprensibles. Primero se nota que Lex está motivado por un odio-temor hacia lo diferente y lo incomprensible; después suponemos, más bien, que él quiere ser el hombre más poderoso de Metrópolis y que esto es nada más que una pelea territorial; finalmente, se nos explica que nada de esto es la razón profunda sino que el némesis clásico de Superman está impulsado por un trauma religioso y una infancia infeliz con un padre abusivo. Y ninguna de estas explicaciones basta para darle completa coherencia a sus maquinaciones, como tampoco sirve para justificar cómo funcionan o cómo fallan.

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De pronto, el interés creciente que se había logrado con las estrategias retorcidas de Lex Luthor se empieza a diluir en un personaje cada vez más inconexo, cada vez más patético y cada vez más francamente irritante.

Por ejemplo, planteemos una incoherencia. En esta cinta Superman rescata tres veces a Lois Lane de una muerte inminente. En cada una de las ocasiones, el hombre de acero parece tener un ominoso radar interno para saber que su novia está en apuros incluso si ésta se encuentra en otro continente, del otro lado del mundo. Aceptando que tal vez su oído es más sobrenatural de lo que sabemos o que tiene un lazo afectivo que lo alerta, como sexto sentido, de los peligros que corren sus seres queridos, nos queda preguntarnos entonces ¿cómo es que no puede utilizar estas mismas habilidades para encontrar a Ma Kent? ¿Cómo es posible que este dios entre los humanos se someta al pequeñísimo Luthor simplemente porque no puede averiguar dónde se encuentra su madre? ¿Cómo puede saber del paradero de Lane en África, o de sus apuros bajo el agua, o de su caída libre y no enterarse de que secuestraron a su madre y la tienen en algún lugar cercano de Metrópolis?

Si suspendemos, una vez más, la incredulidad y aceptamos esta premisa frágil nos tenemos que seguir preguntando por qué Batman finalmente decide parar su impulso asesino psicópata y le perdona la vida a Superman. Si su plan, de entrada, es matar al hijo de Krypton –porque, en este universo de Snyder, Batman es un sociópata asesino–, ¿por qué frena su violencia irracional con la mención del nombre de su madre? Como bien dijo Drew McWeeney para HitFix, esto parece la reacción completamente fortuita de un guionista que no tiene idea de los cómics de origen y que, de pronto, se dio cuenta de que Ma Kent se llama igual que Martha Wayne. De alguna forma, los guionistas pensaron basar todo el meollo de la película en esta coincidencia frágil. Es aquí en donde Batman pasa de ser un adversario a ser el mejor amigo de Superman en segundos, aquí es dónde se nivela el dios con el hombre por la razón básica de que ambos tienen una madre. Y esto parece un recurso argumental de lo más fortuito y barato: no importan las razones ideológicas de la pelea, no importa la creencia profunda de los personajes porque una coincidencia banal evita que se arranquen las tripas. En ese momento, todo lo que se planteó anteriormente, todas las discusiones sobre poder y justicia quedan relegadas a un segundo plano y pierden interés frente a la importancia de traumas personales que ni siquiera se desarrollaron en profundidad.

Y no me malentiendan, la secuencia de pelea entre Batman y Superman me pareció genial. Mucho más elaborada que la misma secuencia final calcada de The Dark Knight Returns, con todo el asunto de la kriptonita y la elaboración de armas que apreciamos por un cameo más de Wayne ejercitándose y cocinando tecnología. Pero la frágil constitución de este enfrentamiento en los motivos de Lex, en el chantaje que fundamenta la violencia de Superman hacia su contraparte de Ciudad Gótica y, finalmente, en la resolución fácil y banal del conflicto, hacen que se pierda todo interés en lo que debería ser un clímax poderoso. Rápidamente vemos que lo que tanto esperamos no dura mucho más que las secuencias quemadas por los tráilers. La batalla es breve y no tiene fundamentos; como tampoco los tiene todo el resto del establecimiento político una vez que se observa con mayor detenimiento.

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La relación entre Lois Lane y Kal-El no ha sido suficientemente elaborada, y el personaje de ella es prácticamente irrelevante en la trama de la película.

En efecto, si quieres establecer un marco realista con audiencias en el congreso de Estados Unidos y problemas de geopolítica mundial, te topas con el problema de que tu realismo es fácilmente cuestionable. Sobre todo en el marco de solemnidad en el que Snyder se expresa. Porque en ningún momento se han hecho audiencias del congreso estadounidense para dilucidar masacres de civiles en los conflictos internos de un país africano. Y, dado el caso en que este interés naciera de la persecución de Superman, me parece difícil que se le culpe al hombre de acero por una masacre que se perpetró con armas de fuego y balas. ¿No sería el uso de pistolas, justamente, una prueba de que Superman no tuvo que ver nada con este conflicto interno? ¿No se derrumban las pruebas de su involucramiento en África? ¿No sería más bien pertinente decir que le salvó la vida a una periodista americana en medio de un conflicto que no le corresponde? O bueno, si aceptamos todo esto, ¿no podríamos considerar que, de entrada, es un poco provocador e hipócrita, de parte del gobierno, hacerle un memorial tipo 11 de septiembre a las víctimas de la pelea de Metrópolis y ponerle enfrente una estatua gigante de Superman? ¿Lo idolatran así después de causar miles de bajas civiles en suelo americano pero lo juzgan por no tener nada que ver en un conflicto interno de un país africano en guerra civil? ¿Estamos hablando del mismo gobierno estadounidense aquí? ¿Tiene todo esto algo de sentido?

Finalmente, Snyder parece hacer, frente a la pérdida constante de sentido en su película, lo único que sabe hacer: aventar otro villano, crear otro conflicto y meter entonces en todo un relajo cada vez más incoherente, otro pedazo de la historia de Superman que no tiene absolutamente nada que hacer ahí. Se acaba de forma irracional un conflicto irracional para que se introduzca, con calzador, a un Doomsday creado con la sangre de Luthor y el cuerpo de Zod en una cámara kriptoniana de génesis (¡¿?!). Entiendo que Snyder tenía la difícil tarea de crear un precedente para la Liga de la Justicia y que ese precedente no podía ser un conflicto entre los héroes más importantes de la organización. Pero meter a un espantosísimo Doomsday de CGI que resulta una calca del troll de Moria de The Fellowship of the Ring para lograr la cohesión de los personajes, no nada más es forzado sino que resulta, francamente, una pésima idea. Nadie puede invertirse en la muerte de Superman como sucedió en esa maravillosa serie de inicio de los noventa. Y esto es porque la relación entre Lois Lane y Kal-El no ha sido suficientemente elaborada –y no basta una escena coqueta de bañera y un anillo de compromiso enviado por correo para lograr lo que hicieron décadas de historia en los cómics–, además de que todo es tan confuso y rápido que no puede asentar el tono. Por si fuera poco, todos sabemos que Superman va a resucitar para las películas de Justice League y que, muy probablemente, su resurgimiento no sea ni cercanamente tan complejo como en los cómics.

Entonces tenemos el clímax esperado del choque de titanes que nos prometió un título que falla por sus propias incoherencias; tenemos un nuevo clímax que resulta aún más falso que el primero y que se arruina con un CGI espantoso y la intromisión de una línea argumental que no tenía nada que hacer ahí; y finalmente llegamos a una conclusión terrible con una muerte de Superman que no puede causar nada del impacto emocional que quiere lograr. Digo, por si faltaran argumentos, Batman dice tres palabras en el entierro después de pasar toda la cinta queriendo arrancarle la cabeza y Wonder Women anda por ahí sin  nada del contexto de los cómics porque resulta que conoció sólo dos minutos, en medio de una pelea, al hombre de hierro. ¿Qué nos queda entonces? Un producto tan confuso como confundido que quiso abarcar demasiado en una película de dos horas y media, una cinta que mezcló grandes historias (Miller) con líneas argumentales que no tienen nada que ver (Doomsday) para pavimentar de la manera más artificial el camino a la Liga de la Justicia. Y esta falsedad se complementa, finalmente, con la manera espantosamente acartonada en que se nos presenta a Flash, Aquaman y Cyborg como archivos de la computadora de Lex (que ya tienen, claro, sobrenombres y logos perfectamente adecuados).

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Se acaba de forma irracional un conflicto irracional para que se introduzca, con calzador, a un Doomsday creado con la sangre de Luthor y el cuerpo de Zod en una cámara kriptoniana de génesis.

Así que sí, a pesar de la emoción inicial que me causaron ciertas escenas, a pesar de que encuentro muchos logros y grandes secuencias en esta cinta, a pesar de que creo que los fanáticos más radicales de DC van a alabar lo que hizo Snyder, esta película me pareció terriblemente decepcionante. Cuando vemos la primera secuencia de la destrucción de Metrópolis, el soundtrack de Zimmer con Junkie XL parece completamente atinado y pauta la acción con confianza. Después de mucha locura sin sentido, hasta el soundtrack empieza a desfasarse prometiendo algo épico en una cinta que va perdiendo, poco a poco, toda su fuerza emocional. Así, la música termina como la cinta, en un ridículo absoluto con la cara de un Luthor ya completamente sobreactuado anunciando la llegada de Darkseid sin ningún contexto y sin ninguna necesidad. Y esto nos muestra el desencanto progresivo que crea esta película, prometiendo algo completamente diferente de lo que finalmente logra y banalizando grandes personajes con la esperanza diferida de tratarlos más a fondo en películas posteriores. El problema de esto está en que, después de esta película, la confianza en Snyder cae un poco más bajo –Sucker Punch no se olvida– y el interés cinemático por estos enormes personajes decae con nuestras esperanzas frustradas. Esperemos que el resto del establecimiento de DC logre, al menos, mostrar más integridad, más confianza y más sutileza para atrapar a fanáticos viejos y a nuevos espectadores.

Lo bueno
  • Ciertas secuencias filmadas con una genial capacidad para la acción y los encuadres que recuerdan a Frank Miller.
  • Un principio de establecimiento político que finalmente no se concreta.
  • La presencia de Affleck que se redime como Batman.
  • La aparición de Diana Prince, su misterioso halo, ¡y el látigo!
  • La secuencia onírica-premonición central que es genial.
  • Que este error no es permanente y que esta película no es más que un principio para DC.
Lo malo
  • El corto rango de actuación de Henry Cavill.
  • La completa inutilidad del personaje de Lois Lane.
  • Que maten, en diez minutos, a Jimmy Olsen (¡¿por qué?!).
  • Las incoherencias internas de la cinta.
  • Que, finalmente, se pierde toda intensidad emocional.
  • La ambición de querer meter demasiado con pocos argumentos.
  • Un Alfred superfluo que no le llega a los talones a las encarnaciones anteriores.
  • La falsedad acartonada de cómo se presenta a los miembros de la Liga de la Justicia.
  • Las demás, confusas e innecesarias, secuencias de sueño y visiones.
  • La locura final de Doomsday que no tiene ningún sentido.
  • La rápida degeneración del personaje de Lex Luthor que termina siendo patético.
  • Que Batman es un psicópata asesino.
  • Que Superman y Batman son aquí una excusa tomada a la ligera.
  • Que ninguno de los personajes principales llega a la profundidad que merece.
  • Que la emoción creada es proporcional a la decepción recibida.
Veredicto

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Cuando leo las críticas llenas de odio que provocó esta película siento que tal vez no merece tanto encono. Digo, Fantastic Four fue mil veces peor película que ésta. Lo que sucede, creo, es que se creó demasiada expectativa y Batman regresaba a las pantallas después del gran trabajo de Christopher Nolan en su trilogía. Todo esto logró un ambiente particularmente hostil para el estreno de una de las películas más esperadas del año. Y las reacciones parecen acorde a todo esto. Sin embargo, hay que decir que no todo aquí es malo, que hay secuencias interesantes y que se avecina un futuro intrigante para DC en el cine. Lo que sí es que ésta no puede ser considerada, bajo ningún ángulo, como una película lograda, como una buena cinta o como algo que haga justicia completa a los personajes que presenta. Algo aquí falla: la cinta de Snyder es un mosaico desigual que va perdiendo combustible a medida que se enreda en sus propias contradicciones. Hay aquí grandes ideas que no culminan y pésimas ideas que sirven como clímax; aquí hay buenas actuaciones que se sostienen frente a construcciones desiguales de personajes finalmente banales.

BvS es un intento ambicioso que no se dio el tiempo de verse críticamente; es un fundamento apresurado que falla completamente en el tono solemne que quiere instalar; es un desfile de ideas básicas sobre justicia y poder que no concreta ninguno de sus desarrollos reflexivos. Finalmente, Snyder apuntó alto y, como el Prometeo que cita Luthor, terminó siendo castigado por su insolencia. No basta la enorme historia de estos personajes para sostenerlos en pantalla, no basta la voluntad de una casa productora para crear grandes sagas, no basta un reparto lujoso para darle el sustento que le falta a un argumento torpe. Ojalá que este inicio dubitativo sirva para afianzar el resto de las producciones de DC y que se logre una necesaria competencia, en el cine, con los dos monstruos del cómic. BvS decepciona, sin duda, pero todavía esperamos que las promesas en el futuro opaquen los terribles errores de este desigual presente.

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Título: Batman v Superman: Dawn of Justice.

Duración: 151 min.

Fecha de estreno: 25 de febrero de 2016.

Director: Zack Snyder.

Elenco: Ben Affleck, Henry Cavill, Jesse Eisenberg, Amy Adams, Diane Lane, Laurence Fishburne, Jeremy Irons, Gal Gadot, Holly Hunter.

País: Estados Unidos.

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