Un exhaustivo viaje por la primera temporada de Jessica Jones, la segunda y arriesgada apuesta de Marvel y Netflix.

Cuando supe que se estaba haciendo una serie sobre Jessica Jones no estaba muy seguro de qué esperar: el entrañable personaje autodestructivo de Brian Michael Bendis y Michael Gaydos es una verdadera joya que aprecio mucho por su excepcionalidad dentro del universo Marvel. Porque las series que protagoniza Jones contienen un material oscuro que trata temas de violación, violencia y sexualidad con lenguaje profano y todas las posibles burlas autorreferenciales que, justamente, uno no esperaría encontrarse en un cómic habitual de superhéroes. Y claro, la idea de que se fuera a trasladar este mundo retorcido a la pantalla chica de la mano de Disney, no auguraba nada especialmente atractivo (a pesar de que todo esto se anunciaba como una producción de Netflix). Además, esta serie venía siguiendo, de muy cerca, la increíble primera temporada de Daredevil que muchos apreciamos considerablemente. Y así, en efecto, Jessica Jones, parecía un proyecto más en el entusiasmo de los superhéroes que podía marcar el principio del fin en la enorme calidad con la que nos ha deslumbrado Marvel, fuera del papel, en los últimos tiempos.

Sin embargo, me complació enormemente aplacar mi recelo frente a una adaptación que, a pesar de sus errores, logró dar vida a un personaje poco conocido con respeto e inteligencia. Jessica Jones cambia muchos aspectos de los cómics de Bendis integrando nuevos elementos y proponiendo una visión fresca de un personaje particularmente difícil de retratar. Aquí no hablamos de Daredevil, un héroe de larga carrera que tiene una amplia gama de historias y villanos con los que se puede jugar en la adaptación. Jessica Jones es un personaje joven (cumple apenas 15 años), las tramas en las que está involucrada en el material base son pocas, su perfil está bien definido por contados escritores y la preeminencia de las series fundadoras de Bendis –desde Alias hasta The Pulse– no dejaban mucho espacio para las maniobras de los guionistas. Pero Netflix lo hizo de nuevo: este programa es completamente distinto a Daredevil y, sin interrumpir la continuidad de los universos, se afirma como una de las mejores series basadas en comics del año. En los siguientes párrafos les explico, gustosamente, mi opinión previniéndoles, de antemano que, como voy a hablar de los 13 episodios, habrá muchos spoilers. Lectores curiosos del neo-noir detectivesco, del thriller psicológico y las historias cotidianas de antihéroes, sean bienvenidos bajo advertencia.

El origen

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Jessica Jones llegó a nuestras pantallas, básicamente, por la encarnecida insistencia de una productora que se enamoró del personaje. Melissa Rosenberg, reconocida escritora de las primeras –y mejores– temporadas de Dexter,  llevaba ya varios años tocando puertas por todos lados para que se adaptara, en pantalla chica, la historia de una heroína que ella misma describió como “un personaje femenino increíblemente dañado, complejo y oscuro que patea traseros”. Y claro, el mismo Bendis estaba ilusionado en su momento: en la carta que redactó para los lectores en la entrega final de The Pulse podemos leer lo siguiente: “Gracias por todas las cartas y mails que han escrito sobre Jessica. Su apoyo incondicional a Jessica ha sido notado por Hollywood. De hecho, estuvimos a punto de lograr un programa de televisión de Jessica Jones, tal vez algún día aún lo hagamos”. Y ese día finalmente llegó, casi diez años después, cuando Rosenberg les presentó la idea a los directivos de Disney que adquirieron Marvel y que querían, ambiciosamente, expandir el universo cinemático de la casa de cómics al medio en ascenso del streaming.

Y así, de pronto, se anunció la creación de cuatro series inspiradas por personajes de Marvel (Daredevil, Jessica Jones, Luke Cage y Iron Fist) que culminarán, finalmente, en una mini-serie de crossovers con The Defenders. Como bien dijo Adam Rogers en su increíble artículo para Wired, “los universos compartidos representan algo que era raro en Hollywood: una nueva idea”. Y esta nueva idea se está convirtiendo en una ambición recurrente. Porque estamos entrando en la era de los universos interrelacionados con el reboot de Star Wars, los proyectos cinemáticos y televisivos de DC Comics y, por supuesto, las locuras de Marvel. Así, al anunciar estas nuevas series, la expansión del Universo Cinematográfico de Marvel (MCU, por sus siglas en inglés) se convirtió en la más grande empresa de paracosmos que jamás haya existido. Y, discretamente, desde su pequeño rincón de un Nueva York devastado por la invasión alienígena, salen de callejones sórdidos y apestosos increíbles personajes oscuros que se integran a esta mitología; personajes como Daredevil y Wilson Fisk, personajes como Jessica Jones y Kilgrave.

El material de base

Alias

Tal vez, lo que más me gusta de Alias y The Pulse es que son cómics que asumen toda la tradición que les precede con singular irreverencia. Como hizo Garth Ennis con The Boys, estas series muestran un mundo que ya está completamente plagado de superhéroes, supervillanos, mutantes y la existencia admitida de peligros cósmicos y dimensiones paralelas. En este contexto alocado del multiverso se juega el drama cotidiano de una heroína fracasada, que nunca llegó a integrar los equipos de superhéroes más codiciados (como los mediáticos Avengers), y que pasa sus días trabajando como detective privada de poca monta entre dramas adolescentes en pueblos racistas que rechazan a los mutantes, esposos infieles, falsos superhéroes o adictos clandestinos que inhalan la carne fresca de mutantes caídos en desgracia.

Alrededor de estos dramas cotidianos, los Avengers salvan otra vez el universo, Galactus ataca la Tierra, la guerra Kreel-Skrull se termina, Jonah Jameson mantiene su eterna pelea por desenmascarar al polémico Spider-Man, la locura cósmica y las tramas de grandes héroes siguen su camino trascendental. Pero Jessica mantiene un perfil bajo, trata con los tugurios del multiverso en Nueva York, con las sobras que caen al piso después de las gestas heroicas de los grandes héroes. A pesar de ser respetada por los superhéroes (en especial por su amiga pasivo-agresiva y paternalista Carol Danvers y por el moralino intachable de Steve Rogers), Jones se niega a regresar a su pasado de heroína fallida. Frente a las grandes gestas, ella prefiere el alcohol, los cigarros y torturarse a sí misma con viejos reproches.

Así, Alias representa un evento extraordinario en la mitología de Marvel: se trata de una trama crítica frente al enorme universo expandido de superhéroes que busca sacar provecho de las historias cotidianas que se tejen, los dramas que nacen y las tragedias que ocurren una vez que las grandes capas han dejado de ondear al viento. Y claro, en estas tragedias cotidianas se presentan temas directamente relacionados con nuestro mundo: sexualidades confusas, embarazos no deseados, drogadicción, traumas psicológicos, delirios de grandeza, racismo, ira, y la más cruda violencia cotidiana. Es la oscuridad misma de la miseria humana que se encarna en esas páginas excepcionales creadas por los grandes guiones de Bendis y los insuperables dibujos de Gaydos; una oscuridad que, a pesar de su carácter profundamente cinemático, resulta difícil trasladar a otros medios. Porque Alias se enmarca en un momento específico de la historia de Marvel y cita una cantidad considerable de tramas paralelas que el MCU no puede representar en su totalidad; porque Alias es fundamentalmente autorreferencial, es una crítica ácida al universo de Marvel y a la caracterización clásica del superhéroe que representa.

Es por eso que hay algo fundamentalmente decepcionante en la serie de Netflix: al no tener los derechos sobre X-Men, no se puede hablar de la política detrás de la cuestión mutante, al no tener los derechos sobre Spider-Man –y con la muerte de Ulrich en Daredevil–, no se pueden tratar todos las tramas del periodismo investigativo y, al querer representar todo con un tinte más realista, es imposible hacer referencias abigarradas y continuas a la dimensión cósmica del multiverso. Sin embargo, la serie de Netflix logró capturar la esencia del cómic adaptándose a las deficiencias del medio. Tal vez se perdió mucho del encanto del material de base. Tal vez. Pero eso no desmerita la calidad de un programa que hace un verdadero esfuerzo sobrehumano por dar vida a sus más ínfimos personajes, que encarna con exactitud la existencia compleja de Jones, que reinventa su relación problemática con Cage y que, finalmente, nos trae a uno de los mejores villanos que el MCU ha visto hasta ahora.

La serie

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Jessica Jones delimita bien su marco narrativo. La serie comienza con el problemático trabajo de Jones como detective privada en una escena tomada del primer número de Alias y termina con el establecimiento continuo de su oficina de investigaciones junto a un Malcolm reinventado (que, en el cómic, es, en vez de ser drogadicto, es un geek insistente). Esto demuestra ya la intención de la serie de seguir el esquema de la serie gráfica en cuanto a las referencias al género detectivesco (que se afirma en el programa con los saxofones ambientales, los claroscuros y las sombras detrás del vidrio difuminado de una puerta). También muestra que Jessica Jones se separa decisivamente, para crear una mitología propia, de Daredevil. No es hasta el último episodio en donde vemos un guiño con el personaje de Claire Temple (Rosario Dawson) de la posible conexión futura entre el diablo de Hell’s Kitchen y la alcohólica ex-heroína.

Así, Jessica Jones crea su propio mundo, evoca géneros distintos a la serie que la precedió desplazándose del drama de acción mafiosa de Daredevil hacia un thriller psicológico que afronta, sin empacho, los temas más espinosos del cómic. Porque, si bien Disney prohibió la utilización de la palabra “fuck”, la aparición de desnudos explícitos y a gente fumando en pantalla, ninguno de los otros temas del cómic fue censurado. Aquí se habla –cosa que nunca había pasado en una adaptación audiovisual de Marvel– de violación física y psicológica, de aborto, de temas sexuales explícitos, de trata de personas y se adorna todo con una violencia gráfica que supera incluso la de Daredevil. Más estilizada, menos cruda en ocasiones, la violencia de Jessica Jones es, sin embargo, puro gore abundante: miembros cercenados, autoempalamientos, tiros de gracia, tortura y ese maravilloso intento de asesinato romántico por mil pequeños cortes.

Y todo esto está llevado, claro, por las dos excelentes actuaciones contrastantes: Krysten Ritter (Breaking Bad, Don’t Trust the B—- in Apartment 23) que hace una sobresaliente interpretación atormentada, delicada y brusca de Jessica Jones y David Tennant (también conocido como el décimo doctor de Dr. Who) que trae a la pantalla chica a un villano espeluznante. Con una larga historia, Purple Man es un personaje clásico, un oponente sesentero que le causó algunos problemas a Daredevil en esa época lejana. Sin embargo, se le recuerda más en la historia de origen de Jessica Jones como ese sádico controlador de voluntades que la torturó psicológicamente durante ocho meses. Cosa curiosa, en el cómic, Kilgrave jamás toca a Jones: el abuso es completamente abstracto, la somete a su voluntad, la hace observar mientras tiene sexo con colegialas desprevenidas y luego le ordena que ruegue durante horas por una satisfacción sexual impuesta que nunca le concede. Hay una enorme violencia en este acto de violación de la voluntad sin violación física. Y, en la serie de Netflix, el personaje se reinventa, se borra gran parte de la historia de Jones como superheroína fallida (a pesar de que se hace un buen guiño al uniforme y al nombre de Jewel) y se recrea a Kilgrave con otro ángulo, otro origen y otro realismo.

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Kilgrave es tal vez, junto con Loki, el mejor villano que ha producido el Universo Cinematográfico de Marvel.

Aquí, Kilgrave no se crea por un extraño accidente: para darle sentido redondo a un villano junto a la aparición de Nuke –Sgt. Simpson–, de Luke Cage, y de Jones incluso, esta trama propone la experimentación de una misteriosa empresa llamada IGH que los une a todos. Aunque nunca llegamos a saber cómo se cierran estos cabos sueltos –y por eso esperamos que pueda haber una segunda temporada antes de The Defenders–, entendemos muy bien que las historias de origen azaroso (como la de Daredevil) no funcionan tan bien en este esquema realista y que, finalmente, no se puede hablar de mutantes sin tener a la mano la franquicia de X-Men. Entonces, no quedan más que las grandes conspiraciones de alocados experimentos para justificar la común excepcionalidad de estos seres que se enfrentan en un mundo de tintes más cotidianos. Es por eso también que, siguiendo la veta realista, se remplazó la piel morada de Purple Man con interesantes juegos cinematográficos de luz purpurea, con trajes de diseñador (marca distintiva sin hacerlo guasonesco) y con discretos maquillajes. Y esto no le quita absolutamente nada a lo aterrador del personaje. La cara normal, casi gentil y caballeresca de un Kilgrave contento, su extraña civilidad contrastan, repentinamente, con su faceta de niño mimado, resentido y despreciable que está acostumbrado a someter al mundo a sus deseos.

Las torturas que impone con completa naturalidad son totalmente aterradoras: desde las –aparentemente– más insignificantes, como impedir que alguien parpadee, hasta las más sádicas, como hacer que su madre se apuñale con unas tijeras por cada año de abandono. Kilgrave muestra aquí que el que lo tiene todo puede perder contacto con todo tipo de relación humana, con todo tipo de compasión. Y la idea aquí es que, como nada se le niega, Kilgrave no tiene que luchar por nada, no tiene que ser agradable, no tiene que tratar con nadie: para él el resto de la humanidad es instrumental a sus placeres. Lo que es interesante es que, a pesar de su enorme poder, es una persona emocionalmente vulnerable, que se siente traicionado y abandonado por sus padres, que nunca llega a entender por qué lo trataron como lo trataron. Y esa vulnerabilidad se expande hacia la única persona que llega a ser inmune a su virus. Su obsesión por Jessica Jones es un juego retorcido de poder: el que todo tiene sólo puede desear aquello que se le escapa.

Kilgrave es tal vez, junto con Loki, el mejor villano que ha producido el MCU: una presencia completamente terrible, un cuerpo tangible pero de poder invisible, un capricho convertido en máquina de destrucción cada vez más masiva. Y sí, como bien dijo Donna Dickens en Hitfix: “Si el Joker quiere ver el mundo arder, Kilgrave lo quiere consumir”. Además, como señaló también la tremenda Roth Cornet en la misma conversación, hay un elemento de las películas clásicas de paranoia setentera americana, un asunto cercano a Invation of the Body Snatchers: la amenaza es tan grande e invisible que todos se convierten en potenciales villanos.

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La relación de Cage con Jones se vuelve aquí tan problemática por cuestiones de culpa y viejos aferres frente a traumas del pasado.

Y claro, la vida de Jones gira en torno al trauma padecido en su tiempo con Kilgrave (aquí no se especifica pero, en el cómic, el hombre púrpura la tortura durante ocho meses) y a los efectos duraderos que tiene el saber de ese poder inmenso y omnipresente. Toda la serie se construye alrededor del impacto psicológico que produciría una violencia psíquica de este calibre. Y lo interesante es que aquí se muestra que no hay mayor tragedia que otra: como en la vida, no se trata de establecer una competencia por el trauma más legítimo. Todas las víctimas de Kilgrave fueron violadas en la intimidad de su mente: desde la señora obligada a sonreír hasta el sometido junkie, el hombre que abandona a su hijo o la colegiala que mata a sus padres. Todo se juega en torno a la capacidad de olvidar, el regreso a los lugares confortables de la infancia y la necesidad de soltar viejas aprehensiones. La relación de Cage con Jones se vuelve aquí tan problemática por cuestiones de culpa y viejos aferres frente a traumas del pasado. ¿Es necesariamente despreciable Jones al dormir con Cage y no decirle sobre el asesinato de su esposa? ¿Es, finalmente, su culpa? ¿Escogemos realmente a quién deseamos? ¿Somos responsables de lo involuntario?

Todas estas interrogantes plantean un esquema reflexivo bastante interesante en una serie que no deja de sorprender por la capacidad de interconectar historias sin perder nunca el hilo de la trama principal. Malcolm se convierte rápidamente en otro mecanismo de culpa que tortura a Jones y que funciona bastante bien a pesar de la extraña trama secundaria de los gemelos vecinos que nadie entendió muy bien. Trish Walker (¡habemus Hellcat!) remplaza a Carol Danvers (que tendrá su propia película, Captain Marvel, en 2019) como la amiga exitosa que sirve de consuelo cotidiano y eventual salvada de pellejo. Finalmente, aparece Hogarth como personaje femenino (interpretado a la perfección por la tan querida Carrie-Ann Moss) que se integra violentamente a la trama a través de su despiadada y calculadora personalidad: el triángulo amoroso que mantiene al inicio de la serie y que parece, en un principio, completamente gratuito– se justificará, con lujo de detalle, en esa increíble escena ya mencionada de violencia romántica y realización encarnizada de los mil cortes metafóricos. Además de que, claro, la aparición de Hogarth ya deja suponer la eventual relación de Luke Cage con Iron Fist en alguna versión alternativa de Heroes for Hire.

Así, los personajes secundarios tienen tanta presencia como los antagonistas principales: sentimos profundamente la muerte del detective Clemons y entendemos tanto el dolor de Cage como el de los miembros del grupo de recuperación de Kilgrave. Todo lo que parece dejado al azar, todo lo que nos muestra cómo Kilgrave logra escaparse una y otra vez, se relaciona en verdad con tramas secundarias bien definidas: desde el berrinche de la hermana loca hasta la truculenta historia de divorcio y extorsión que empuja a Hogarth a liberar al villano. Los cabos sueltos no parecen ser inconsistencias narrativas sino promesas de reencuentro, todo mantiene su tono y su medida hasta un último enfrentamiento que es excelente por su simpleza.

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Carrie-Ann Moss interpreta a la perfección el personaje de Hogarth.

Jones finalmente vence a Kilgrave cuando abandona la esperanza de atraparlo vivo, cuando arriesga la vida de su amiga más querida, cuando accede a sonreírle por voluntad propia, deshumanizándose a su nivel, entregándose a sus deseos. Y ahí no sucede una épica escena de pelea (que ya se había dado contra Cage) sino que todo se termina con un torzón de cuello. La ejecución pronta y cruda de Kilgrave va a contrapelo de todos los esquemas a los que nos tienen acostumbrados las tramas de superhéroes: grandes enfrentamientos épicos, edificios derrumbándose, golpes interminables, balanzas que se inclinan, por suspenso, de un lado hacia otro. Nada de eso, aquí todo acaba como la venganza rápida que era necesaria, con un chasquido y un alivio que no termina por sanar todo el daño hecho. En esta trama más apegada a la realidad, en este sentido del mundo como lo conocemos, en este bello retrato alternativamente aéreo y callejero de un Nueva York vivo y real, el daño causado por un villano terrible no se termina en júbilo y un vaso de champaña. Cuando se rompe el cuello de Kilgrave, los vivos siguen en luto por sus muertos, los traumas siguen causando estragos, las torturas siguen surcando conciencias. Lo que nos muestra finalmente Jessica Jones es cómo, en la guerra, los dolores siguen cuando los cañones callan.

Lo bueno
  • La adaptación que lucha por mantener la esencia de Jones a pesar del medio.
  • Los guiños autorreferenciales que son pocos pero que funcionan bien.
  • Las actuaciones, en particular las de Moriarty, Moss, Tennant y Ritter.
  • La increíble recreación de Kilgrave como uno de los mejores villanos del MCU.
  • Que el realismo de la serie no se siente incómodo.
  • Que Claire Temple se hizo ojitos con Luke Cage.
  • Que se anticipa, en grande, Iron Fist.
  • Que salió un genial Nuke y la presencia de Hellcat para remplazar a Danvers.
  • Que, a través de este realismo, se tratan temas jamás tocados por Marvel en pantalla.
  • Las reflexiones que propone sobre la culpa, la memoria y la responsabilidad.
  • Que se ponen las bases para expandir el MCU, entre la escala cuántica y cósmica, en un universo más cercano al nuestro.
Lo malo
  • La historia secundaria de los vecinos gemelos y el muy molesto personaje de Robyn que nunca encaja.
  • La falta de relación con Daredevil que se entiende por la necesidad de independencia pero que, aun así, se extraña.
  • Por la extensión de la serie y el formato Netflix, que algunos episodios se pueden llegar a sentir repetitivos.
  • Que se diluye por momentos la tensión del principio, como pasó con Daredevil.
  • Que Jessica no fumara y no gritara sus barrocas mentadas de madre.
Veredicto

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Si hay algo que le faltaba a las películas de Marvel era humanizar más a sus personajes, tanto villanos como superhéroes. Por momentos –y sobre todo ahora– las películas parecen fundamentarse en un problema que parece más una excusa y que todos sabemos que se resolverá; todo parece una carrera de obstáculos en busca de la siguiente trama. Con el universo televisivo, Marvel encontró el perfecto complemento para balancear estas deficiencias y convertirlas en parte necesaria del funcionamiento de su mundo. Porque lo que mostró Alias es una jerarquía en los superhéroes y sus aventuras: mientas algunos luchan contra peligros cósmicos y viven en lujosas mansiones o exuberantes edificios, otros sobreviven en las cloacas o venden sus cuerpos. Daredevil y, aún más, Jessica Jones, nos muestran este mismo camino de destrucción que dejan las grandes hazañas de los grandes superhéroes, los peligros a los que se enfrentan, en un escala cotidiana, los habitantes desprevenidos de una ciudad traumada por la invasión alienígena.

La mafia o un hedonista obsesivo con poderes mentales son casos demasiado pequeños para los grandes Avengers… y no por eso dejan de ser relevantes. Como mostró el grupo de apoyo de supervivientes de Kilgrave, no hay una escala de merecimiento en el trauma: toda violencia, por más ínfima que sea, deja cicatrices. Las series de Netflix, hasta ahora, nos muestran los estragos que ignoran los grandes superhéroes del mismo mundo, nos sitúan entre el universo cuántico y el universo cósmico de Marvel en la escala que más reconocemos, la de los dramas cotidianos, la violencia banal y los estragos emocionales. Jessica Jones sirve para afirmar que, en el universo excepcional de las grandes gestas épicas, todavía habitan hombres indefensos.

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Título: Marvel’s Jessica Jones.

Duración: 13 episodios.

Fecha de estreno: 20 de noviembre de 2015.

Cadena: Netflix.

Elenco: Krysten Ritter, Mike Colter, David Tennant, Carrie-Ann Moss, Rachael Taylo, Erin Moriarty, Eka Darvil, Wil Traval.

País: Estados Unidos.

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