La última parte de la tetralogía de  James Bond encabezada por Daniel Craig nos dejó entre polémicas y decepciones.

Siempre me gustaron las películas de Jame Bond. Es tal vez una cuestión generacional: los noventa fueron una explosión continua de cintas de acción y el agente secreto de Ian Fleming no se quedó atrás con las malísimas pero entrañables películas que estelarizó Pierce Brosnan. Sin embargo, en los cuatro años que pasaron entre la terrible Die Another Day (2004) que marcó el fin de la era Brosnan con Halle Berry como chica Bond, y el estreno de la primera cinta de Craig, Casino Royale (2006), algo cambió fundamentalmente en el personaje que todos conocíamos tan bien. Porque la primera cinta de Craig reinventó el mito de Bond cambiando muchos de los parámetros anteriores: la acción pasó a segundo plano para privilegiar los elementos densos de la historia, el realismo buscado, las intrigas entre instituciones de vigilancia, la oscuridad de una historia enredada y trágica. Aquí, a diferencia de la única película de George Lazenby, el final trágico del único amor capaz de cambiar a Bond se siente en toda su dimensión violentamente fatídica y seria; aquí Bond no era ese ser refinado y poco físico de Sean Connery sino un hombre brutal domesticando la poca compasión que le quedaba después de su vida como máquina de matar.

Y claro, mucho tuvo que ver en esto la inclusión de Paul Haggis en la escritura del guión. Porque la dupla de Neil Purvis y Robert Wade ya había gastado la repetitiva fórmula de Bond con las dos últimas cintas de Brosnan y la inclusión de este talentoso escritor (reconocido por su trabajo con Clint Eastwood en Million Dollar Baby, Letters from Iwo Jima y Flags of our Fathers) le dio un giro fresco e inaudito a las aventuras del 007. Es por eso también que Casino Royale puede verse en una dupla bastante orgánica con Quantum of Solace y es por eso también que, cuando salió Haggis de la escritura de guiones para Bond y entró Sam Mendes a la dirección, algo se rompió en la continuidad que se estaba logrado. Y no me malentiendan, Skyfall (2012) me pareció una muy buena cinta de Bond que continuaba el aspecto sombrío y brusco del 007 de Craig. Sin embargo, se perdió una cierta continuidad en la trama general de esta reinvención de Bond y, en particular, en lo que se refiere a la máxima organización criminal de este universo. Porque Haggis estaba construyendo un excelente proyecto en el que se adivinaban los hilos secretos de SPECTRE sin nunca mencionar a la terrible cofradía criminal que, durante toda su mítica historia, tantos dolores de cabeza le causó al más famoso espía británico. Y bueno, ahora que, por fin, buscaron retomar este hilo abandonado en la primera cinta de Mendes, el resultado está lejos de ser brillante.

Una larga historia de maldad

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Desde la primera película de Bond, SPECTRE estuvo en las sombras detrás de muchos villanos insignes (Julius No de Dr. No [1962], Rosa Klebb de From Rusia With Love [1963], Emilio Largo de Thunderball [1965]) hasta que, finalmente, se descubrió algo más que la mano que acaricia al gato persa en You Only Live Twice (1967) revelando la identidad y el rostro insigne de Ernst Stavro Blofeld, el número uno de la organización criminal más grande del mundo. Desde ahí Blofeld tuvo diversas interpretaciones, unas más ridículas que otras, desde las última películas (oficiales) de Connery como Bond, la extrañísima complacencia para el público japonés You Only Live Twice (1967) y la locura sin sentido de Diamonds are Forever (1971), en la única cinta interpretada por George Lazenby, On Her Majesty Secret Service (1969), en una extraña muerte caricaturesca a manos de un ya cuarentón Roger Moore en For Your Eyes Only (1981) y, finalmente, después de muchas disputas para los derechos de su imagen, en el peculiarmente burlón remake no oficial de Thunderball (fuera de las producciones Eon), Never Say Never Again (1983), en el que fue interpretado por el genial y mítico Max Von Sidow. Y bueno, la idea misma de SPECTRE y de su mandamás se convirtieron en un tropo común de parodia en el imaginario popular: como buen fanático de su tiempo, Mike Myers creció viendo las primeras épocas de Bond y de ahí creó la mejor burla de Blofeld con Dr. Evil en su genial Austin Powers: International Man of Mystery  (1997).

El problema eterno con las apariciones en pantalla de este personaje fueron, sin embargo, las disputas de derechos de autor que surgieron desde la escritura de la novela Thunderball que se basó en un guión previo escrito por Fleming, Kevin McClory y Jack Whittingham. McClory y Whittingham demandaron a Fleming por no darles crédito explícito en la escritura de la historia y finalmente ganaron la batalla legal por los derechos fílmicos de la novela y de algunos personajes y organizaciones incluyendo a SPECTRE y Blofeld. El zafarrancho legal continuó hasta hace exactamente dos años cuando, el 13 de noviembre de 2013, MGM finalmente solucionó el asunto para lanzar oficialmente la producción de la última película en la serie de cintas protagonizadas por Daniel Craig. Y digo todo esto porque la reaparición de SPECTRE y Blofield en pantalla se anunciaron como un enorme evento para los fanáticos de Bond: son elementos insignes de la mitología del 007 que causaron grandes problemas en la historia cinemática del personaje y que, se dice incluso, agravaron los últimos problemas de salud de Fleming llevándolo a la muerte por paro cardiaco en plena disputa por su posesión legal.

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La película marca el regreso del mítico Ernst Stavro Blofeld, interpretado por Christoph Waltz.

Y claro, de ahí viene también mi terrible decepción con esta cinta: acumulando el enorme logro de Haggis que cimentó las bases para la aparición de SPECTRE desde el final de Casino Royale y el misterioso principio de Quantum of Solace, sumando la expectativa que causó volver a ver a Blofeld en pantalla personificado por ese enorme creador de villanos (Christoph Waltz) que Tarantino trajo a Hollywood, todo parecía indicar que esta cinta cerraría con broche de oro la reinvención más original del 007 en una tetralogía brillante, oscura y profundamente contemporánea. Pero no fue el caso. Spectre no es nada más la cinta más endeble de la tetralogía de Craig, sino que destruye completamente todo lo que se logró con las tres cintas anteriores: éste es un regreso sin clase a los viejos lugares comunes de las cintas de Bond, un regreso que nadie esperaba, que nadie deseaba y que desentona completamente con una nueva época del super agente que privilegiaba el realismo, la densidad oscura de las historias y el tono serio de la anécdota.

Una terrible decepción

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En Skyfall, el nuevo Q, personificado por un joven, serio y geek Ben Whishaw le entrega al 007 una serie de nuevos gadgets con los que el agente no parece estar muy sorprendido: una Walter PPK que sólo dispara bajo su mano y un pequeño transmisor de radio. Frente a la mirada despreciativa de Bond, Q le pregunta “¿Qué esperabas? ¿Una pluma que explota?”, mostrando así la distancia admitida de esta nueva época de Bond con las locuras abigarradas de Goldeneye (1995). Porque la emblemática cinta que produjo uno de los FPS más memorables de la historia, fue el principio de la época Brosnan y marcó la continuación de un 007 con mujeres irrealmente esculturales, gadgets rebuscados y persecuciones increíbles en lugares inimaginables. Skyfall era un giro frente a las dos anteriores películas, un abandono de la temática de la corporación criminal invisible para pasar a un villano de motivos personales y rebuscados métodos pero, aun así, todo parecía indicar que el oscuro realismo de Bond seguiría más o menos por el mismo camino en la conclusión de Mendes.

Y no sé exactamente qué fue lo que pasó en Spectre. No sé si se les acabaron las ideas a medio guión, si no tuvieron tiempo para realizarlo o si, de pronto, quisieron arrojar por la borda la originalidad de esta nueva etapa de Bond para hacer un collage informe de referencias poco creativas y mal emplazadas. Ahí tienes de nuevo los coches con gadgets inútiles, los relojes que explotan (mezcla exacta de la pluma de la que se burlaba Q y del reloj láser de Never Say Never Again y Goldeneye), el humor con tempo deficiente de las cintas de Roger Moore, la rigidez de Lazenby o de la última cinta de Connery en un Craig al que 10 años han pasado factura, la irracionalidad de las chicas Bond (que pasan de presenciar un evento traumático al máximo estado de calentura en lo que acelera un Aston Martin DB10), un henchman terriblemente banal que no tiene, ni siquiera, el agrado de un signo distintivo (como el sombrero de Oddjob o las mandíbulas de Jaws) y, lo que es aún más indignante, un villano acartonado y ridículo que no hace honor a la enorme expectativa que generó.

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El guión no sigue el oscuro realismo de las películas anteriores, convirtiéndose en un collage informe de referencias poco creativas y mal emplazadas.

Claro, no es realmente la culpa del pobre Waltz: con este personaje no había mucha tela de donde cortar. Porque la segunda cinta de Mendes encuentra todas sus deficiencias desde el guión. Algún crítico dijo, con mucha certeza, que Bond no era Batman y que no eran necesarias genealogías complejas para entender a este personaje. Y ese era el gran acierto de Casino Royale: el empezar una nueva franquicia con la pérdida de virginidad de Bond, el primer acto que lo convertía en el ser espectacular del mito, su inicial, torpe, violento y brutal asesinato para acceder al estatuto de doble cero. No era necesario ir más lejos en la historia del agente y, ciertamente, sigue sin ser necesario remontar a su infancia para explicar su desapego frío, el vicio del Martini o la coquetería patológica: Bond es un personaje que siempre ha sido Bond y que no necesita los lazos con el pasado que explican, por seguir el ejemplo, las acciones del hombre murciélago de Ciudad Gótica. Sin embargo, en esta cinta se empecinaron con cerrar la historia del 007 en un ciclo que incluyera un origen y los fantasmas de una infancia inventada en tres líneas de diálogo.

De pronto, todo toma sentido de la forma más banal y se cae en la parodia que ya había pensado antes Mike Myers: el más malo resulta ser el hermano menospreciado del más bueno. Y todo se cierra con una metáfora de cucos que sacan a otros pájaros del nido para explicar cómo dos medios hermanos terminaron siendo rivales. Una coincidencia enorme para justificar la necesidad neurótica de explicarlo todo con historias de origen. Además de que lo que pretende este Blofeld es completamente ridículo y deshace lo que se creó en las otras películas: Le chiffre no era un especulador que jugó con dinero ajeno (incluyendo, justamente, el de SPECTRE) sino un peón del mismo grupo (¿?), Silva no era un vengativo ex-operativo con un trauma materno con M sino un loco al servicio de Blofeld, Vesper no se suicidó por culpa sino que se mató cumpliendo una orden de Spectre para romperle el corazón al 007, etc. Así, cuando Waltz dice que ser el autor de todo el sufrimiento de Bond como venganza por arruinar sus planes, toda la tetralogía se convierte en el capricho de un hermano traumado porque su papá no lo quiso tanto como al huérfano inglés “de los bellos ojos azules”.

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Las escenas en México y Sudáfrica parecen puro capricho narrativo.

Este tipo de construcción abigarrada, sin sentido y despreciativa hacia las otras películas de la serie nada más muestra la rapidez de un guión que no se pensó más que como una excusa para dar conclusión a algo que no debería tenerla. En el intento de hacer el “bond definitivo”, el que termina con todo, Mendes olvidó algo fundamental: las historias del 007 son eternas porque pueden repetir al infinito, en distintas cronologías y traumas británicos sociopolíticos, el esquema de un personaje que no tiene principio ni fin. Y esta película quiso terminar con Bond, cerrar su historia, volviendo banales las cintas anteriores y retomando, de la peor manera, a una organización y a un personaje como Blofeld para desperdiciarlos en una vendetta personal que no tiene nada de intrigante. Digo, es la organización fantasma que, como el meteorito más viejo, se ocultó para encontrar el mejor momento para impactar al mundo. Y el mejor momento fue una oportunidad de renovación de inteligencia entre las más grandes potencias mundiales que, por puro capricho narrativo, incluyen a México y Sudáfrica. Ahora resulta que Blofeld esperó el momento para tener el auxilio del poderoso CISEN porque la CIA y el MI6 no bastaban.

Todo esto es un poco ridículo y disminuye el impacto mítico que debería tener SPECTRE como organización. Para matar a un empleado como Mr. White que representa la máxima amenaza, lo vigilan y lo envenenan lentamente con talio para que pueda, con los pocos meses de vida que le quedan, revelar todos los secretos de la organización. Controlan las farmacéuticas, tienen hilos en todos los gobiernos pero necesitan de esquemas elaborados para obtener el control de la inteligencia sudafricana. Pueden asesinar a quién quieran, en cualquier lugar, pero recurren a las torturas elaboradas –que casi llegan al nivel de la mesa con láser de Goldfinger (1964)– o a planes abigarrados que, de nuevo, imitan la clásica disyuntiva de Batman: el héroe debe elegir entre parar al villano o salvar a sus seres queridos. Y el resultado final es que todo esto suena completamente falso, construido y repetitivo, torpe, aburrido y banal. La facilidad con la que Bond sortea todo, la completa ausencia de suspenso y la prisa que tiene la cinta por concluir quedan, además, terriblemente contrastadas por las dos horas y media de duración de una cinta que nos arrastran con pies de plomo por la áridez de su realización.

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La belleza de Léa Seydoux como una de las chicas Bond y las persecuciones a la antigua, son de las pocas cosas rescatables en la cinta.

Finalmente, ésta es una película que se adecúa perfectamente a los modelos anteriores de Bond. Pero, por eso mismo, falla en concluir una tetralogía que quiso, respetuosamente y con gran inventividad, recrear el mito del 007 cambiando los patrones de locura habituales en el mito del súper agente. Spectre hubiera funcionado perfectamente a mediados de los ochenta o como trama de una película de Brosnan. Y, sin embargo, en esta época, sólo suena redundante, anacrónica y falsa, sólo logra recordar lo peor de la historia de James Bond y mostrar que, al final del día, esta película se hizo como un excusa más para vender boletos tirando al piso todo lo que se construyó en la era Craig. Como la idea de tomar el día de muertos para hacer un exotismo en sepia que muestra una estilización bastante vacía de una importante festividad mexicana, esta película es puro cascarón sin contenido, es simplificación de la simplificación, significantes sin carne y hueso duro de necedad comercial. Aquellos que apreciaron todavía lo poco que pudieron salvar algunas actuaciones, la belleza de Léa Seydoux o las persecuciones a la antigua, me podrán decir que exagero en mi amargura, que no todo estuvo tan mal y que se divirtieron en el cine. De acuerdo a todo eso, pero no me pueden negar que, después de las tres cintas anteriores y con tanta expectativa, se esperaba mucho, muchísimo más. Bond desenfundó por última vez su PPK, la levantó en el aire y causó gran bullicio sólo para terminar disparándose, estrepitosamente, en el pie.

Lo bueno
  • La presencia de Léa Seydoux que, a pesar de la pobreza del guión, logra salvar algo de su personaje.
  • La acción que, como siempre, no necesita de mucho contexto.
  • Que se volvió a agotar una fórmula y que no tendremos alguna cinta aún peor en un futuro cercano.
Lo malo
  • La enorme decepción que produce.
  • La absoluta banalidad de una trama que busca explicar todo sin darnos nada.
  • La extremadamente pobre rendición de SPECTRE y Bofeld.
  • La estupidez apresurada de todo el argumento.
  • El exotismo banal con que se retrata, una vez más, México.
  • Los patrones repetitivos y las referencias mal emplazadas.
  • Que nada en esta cinta tiene sentido más allá de la admitida necesidad de vender boletos.
Veredicto

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Recordemos rápidamente dos escenas. En una, Bond está tomando un Martini con la Dra. Swann en el vagón-comedor de un tren que va, nadie sabe por qué, a un lugar perdido en el desierto del norte de África. En otra, Bond descarga su pistola sobre el vidrio antibalas que protege a Ernst Stavros Blofeld. En las dos escenas hay algo que salta a la vista: en la primera, Bond y la Dra. Swann están vestidos de gala para encontrarse en una cena casual en un tren que va a ninguna parte; en la segunda, los tres disparos del arma de Bond forman en el vidrio, desprevenidamente, el símbolo de SPECTRE que sirvió para la promoción de la cinta. Estos dos momentos nos muestran exactamente lo que es esta película: un pretexto banal explicado mediocremente por un guión mal escrito para repetir viejos símbolos y mostrar lujos innecesarios. Esta cinta se amolda perfectamente a los viejos esquemas repetitivos de las cintas de Bond pero carece de un elemento fundamental que volvía estos esquemas entrañables: el momento en que fueron hechos. Hay muchas películas de Bond que son, francamente, ridículas pero que causan, a pesar de ellas, un gusto de recuerdo, un halo de nostalgia por la Guerra Fría y una era distinta del cine británico popular. Con los cambios hacia un realismo más crudo, con las promesas de las cintas anteriores y con lo que se había logrado construyendo al personaje encarnado por Craig, Spectre es la primera decepción mayor del año. Una película intrascendente, anacrónica y ridícula que cierra con broche mediocre la más osada reconceptualización de un personaje mítico. Una verdadera pena y una verdadera lástima. Esperemos que ésta sea la única decepción de un año nostálgico que, fuera de esta pifia, nos ha dado grandes recreaciones.

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Título: Spectre.

Duración: 148 min.

Fecha de estreno: 5 de noviembre de 2015.

Director: Sam Mendes

Elenco: Daniel Craig, Léa Seydoux, Monica Bellucci, Christoph Waltz, Ralph Fiennes, Dave Bautista, Ben Whishaw.

País: Reino Unido, Estados Unidos.

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