¿Vale la pena esta cuarta y última parte de la adaptación cinematográfica de The Hunger Games?

Tengo que empezar por decir que nunca he leído los libros de Suzanne Collins y que, por eso, no me considero un conocedor del mundo que habita la ajetreada Katniss Everdeen. Por más que me parece muchísimo más difícil –y tal vez menos interesante– hablar de una adaptación sin conocer el material de base, les voy a dar aquí mi más sincera opinión como espectador, por así decirlo, externo. Porque no podemos dejar de reseñar una de las sagas juveniles más exitosas de la historia, una trama que ha fascinado a millones de personas, una distopía que ha sentado bases para todo un modelo, mediocre en comparación, de escritura de ciencia ficción adolescente.

Y sí, The Hunger Games es, sin duda, un enorme fenómeno cultural. El primer impulso del crítico pomposo es el de despreciar esta narrativa por su carácter masivo, por la mala fama que se han conseguido, a pulso, las distopías juveniles y por las comparaciones enojadas con Battle Royale. Pero, hay que decirlo, más que una copia ilegítima, la clásica cinta de culto japonesa sentó las bases para que este fenómeno tuviera un trasfondo mucho más interesante que todas las otras exitosas distopías actuales. Porque ni Divergent, ni The Maze Runner logran el interés político que despiertan estas cintas, ninguna profundiza tanto en personajes que no se vencen en diagramas maniqueos, ninguna intenta vencer sus deficiencias narrativas con reflexiones que van más allá del suspenso barato. Y eso es algo que hay que rescatar en The Hunger Games: si Battle Royale fue una metáfora para el miedo a la juventud en un Japón cada vez más cerrado hacia la eficiencia (desde los recuerdos agitados de un Fukasaku sesentero), esta saga quiere abrirse a reflexiones más amplias sobre la tendencia humana a la guerra, la eficiencia política de los discursos de propaganda y las víctimas eternas que se encuentran siempre, sin deberla ni temerla, entre bandos armados. Más allá de que estas reflexiones puedan resultar evidentes, más allá de que no llegan a una profundidad pasmosa, son algo inesperado y gratificante en una franquicia que los productores han querido explotar en ventas y que se empaquetó, mercadotécnicamente, para un público adolescente al cual Hollywood no ha cesado de despreciar en inteligencia.

Una historia oscura

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The Hunger Games: Mockingjay Part 2 empieza ahí en donde dejamos a Katniss en la última entrega: con otro trauma acumulado y las cuerdas vocales destrozadas por el ataque de un Peeta convertido en mascota asesina del gobierno de Snow. Y toda la trama comenzará a desenvolverse a partir de la decisión de Katniss de no seguir siendo solamente un producto de propaganda, el joven símbolo quiere integrarse a la lucha; especialmente después de ver que nada servirá a reducir bajas, que nada convencerá en los discursos hasta que Snow muera. Así, todo se convertirá en una carrera frenética en la que Katniss, paralelamente a la invasión rebelde al capitolio, intentará alcanzar a Snow para entregarle, personalmente, una flecha bien apuntada al corazón. Pero, claro, no todo saldrá como lo esperaba la ansiosa y trajeteada protagonista.

Y sí, como muchos críticos han señalado, lo que más le afectó a esta conclusión, lo que más frenó el ritmo y contribuyó a reducir el clímax fue la terrible decisión de dividir el último libro de Collins en dos películas. Costumbre ya común en Hollywood (Twilight, Harry Potter o, en un caso más extremo, The Hobbit), este tipo de particiones raramente contribuyen a la fluidez narrativa del producto final y se muestran, más bien, como una estrategia de venta bastante cínica. En The Hunger Games ya era notable el cambio de dirección entre las cintas: la primera película (única dirigida por Gary Ross y, en mi opinión, la mejor) y las últimas tres (dirigidas todas por Francis Lawrence) son dos partes que funcionan casi por separado. La primera cinta llega a una conclusión y tiene un tono marcadamente distinto, las demás se encadenan una sobre la otra, hasta este último episodio final, como una larga cinta de más de siete horas de duración. Y esto merma considerablemente el efecto dramático de la conclusión de la saga: desde el final de Catching Fire parece que cada corte a negros es un gancho evidente para llevarte a comprar el siguiente boleto, se siente menos construcción orgánica y más planeación mercadotécnica. Por decirlo de otro modo, parece más Maze Runner que Star Wars.

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Dividir el último libro en dos partes mermó considerablemente el efecto dramático de la conclusión de la saga.

Así, la primera parte de Mockingjay fue, sin duda, la entrega más débil de la saga por la necesidad de alargar los interludios y dejar suficiente acción narrativa para una conclusión satisfactoria. A pesar de contener una interesante reflexión sobre el papel de la propaganda en la guerra (cuestión que se acerca a los futuros geniales de Verhoeven –como en Robocop, Total Recall y Starship Troopers–), esta cinta no logró la coherencia de las otras cintas porque tuvo que dejar de lado el tropo necesario de la saga, a saber, los mismos juegos del hambre. En la última entrega se entiende esta ausencia anterior por la coherencia que quería darle Collins a sus novelas organizando, en la parte final de la guerra, unos últimos juegos, los juegos improvisados y despiadados adentro del capitolio entre las trampas de los planeadores (Game makers) y la avanzada rebelde. Y se entiende también la utilización de estos últimos juegos en el esquema narrativo como un símbolo más de los despiadados medios del capitolio: sólo, al parecer, los tiranos podrían pensar estrategias defensivas y de cohesión tan macabras como las arenas de gladiadores mezcladas con los reality shows contemporáneos de los que se inspiró Collins.

Por supuesto, esto abre la posibilidad al final de esta última entrega en el que vemos a la pragmática presidenta rebelde Coin (Julianne Moore) que quiere retomar los mismos medios violentos del capitolio para castigar, sin juicio, a los culpables de tres cuartos de siglo de atrocidades. La idea entonces es que la causa no legitima los medios y que la disputa no es en torno a una ideología –la libertad que promulga Coin y la paz que promulga Snow– sino al sistema político que la sustenta. Aquí la lucha es entonces entre un poder central que gobierna todos los medios de producción y a cambio ofrece la seguridad de los habitantes de Panem, y una democracia participativa en la que todos tendrían derecho a votar por sus líderes. Es difícil aquí, sin haber leído los libros, tratar de descifrar, más allá del elogio a la democracia, las ideas políticas que trata de vendernos Collins. Sin embargo, son ciertamente menos maniqueas que, por ejemplo, las apologías al individualismo que encontramos en The Giver o Divergent. Porque estas luchas por instaurar un sistema político no terminan en celebraciones rápidas, clamor popular e imágenes de libertad festiva (como Ewoks bailando en torno a una fogata), sino que llegan a una conclusión mucho más oscura.

Beneficios y desperdicios

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Lo que hace a esta saga una distopía juvenil que se distingue del resto es que, justamente, la oscuridad de sus conclusiones no permite necesariamente al espectador un alivio certero al final de las cintas. El hecho de que toda la historia se centre en Katniss permite señalar los traumas de la guerra desde una perspectiva más personal que no deja pleno aliento a las celebraciones de victoria. Porque nadie sale ileso de una guerra, porque los traumas perduran y porque todo el sufrimiento no se extingue, mágicamente, con un gobierno derrocado. A pesar de no tener los pensamientos íntimos de la protagonista que, tengo entendido, construyen su personalidad en el libro, Lawrence hace un buen trabajo mostrando los dilemas morales de una heroína cada vez más dañada por sus experiencias bélicas. Y creo que ese es el sentido final del extraño epílogo. A pesar de romper completamente el tono y llevarnos a la conclusión de que todo se arregla cuando el adolescente asienta cabeza y forma una familia (que sería una interpretación primera y débil), las últimas palabras que dice Katniss a su recién nacido contienen todo el peso del trauma. El tono optimista se diluye en la cruda realidad de lo vivido: no basta tener una existencia libre en una pradera idílica con el ser amado sino que se tiene que recordar, constantemente, las bondades de la humanidad para no caer en la completa desilusión y el nihilismo. Después de los juegos del hambre quedan los juegos mentales tediosos, repetitivos y necesarios, de intentar vencer los peores recuerdos con memorias, si no felices, al menos halagadoras de una humanidad vivida como guerra, autodestrucción, tiranía del uno por el otro y crueldad inagotable.

Así, a pesar de algunos diálogos apresurados y evidentes, a pesar de que se ha perdido toda la novedad de ciertos recursos emocionales que funcionaban muy bien en la primera entrega y que ahora se diluyen en lo repetitivo (la masa de personas heridas o de soldados condenados haciendo el gesto de los tres dedos al aire al ver al Sinsajo, por ejemplo); a pesar de que el final es predecible (el pragmatismo radical de Coin no podía llegar a otra parte frente al idealismo de Katniss), esta cinta llega a una conclusión necesaria y no del todo mala. Porque la película logra sus momentos de tensión (en especial esas claustrofóbicas escenas en las cloacas), captura bien el final desesperado de Katniss y logra quitarle toda tonalidad de romance adolescente al triángulo amoroso. En realidad Katniss no escoge a Peeta sobre Gale sino que su romance se convierte en cuestión de necesidad: no hay nadie más con quien compartir su vida y el amor es cuestión aquí de trauma mutuo y soledad en compañía.

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La película logra sus momentos de tensión, captura bien el final desesperado de Katniss y logra quitarle toda tonalidad de romance adolescente al triángulo amoroso.

Y bueno, es cierto que todos los grandes actores reclutados, desde Julianne Moore hasta una última aparición en pantalla del querido Philip Seymour Hoffman, pasando por, Woody Harrelson, Jeffrey Wright y Stanley Tucci, se desperdician en cameos rápidos y que todo esto está inscrito en un marco narrativo previsible para el entretenimiento dominical. Es cierto que los papeles secundarios de Jenna Malone, Natalie Dormer y Sam Claflin no terminan nunca de cuajar en una historia que parece apresurarse para concluir. Y sin embargo las actuaciones de los antagonistas principales (el querido Donald Sutherland y Jennifer Lawrence) sostienen bastante bien la tensión de la trama a pesar de las facilidades del guión.

Esta saga tenía ya que concluir para liberar a Lawrence hacia otros roles que puedan soportar mejor su enorme capacidad como actriz (y no me refiero a las cosas por las que la premia Hollywood sino, por ejemplo, a la maravillosa actuación que se avienta en la poco reconocida joya de Winter’s Bones). Porque, como lo muestra bien esa escena final con el gato de su hermana, la capacidad histriónica de esta actriz queda muy por encima de lo que le pueden ofrecer estos roles de acción al punto de darle tonalidades patéticas a algo mucho más sencillo. Y ese es justamente el balance que hace que toda la saga sea tan difícil de juzgar: hay reflexiones mucho más interesantes que en el resto de las distopías juveniles pero siguen estando enmarcadas en marcos narrativos algo evidentes y repetitivos, hay una enorme construcción de mundo desde la primera entrega que, después, se convierte en algo gastado y poco eficaz, hay intrigantes mecanismos emocionales que pierden poco a poco su sentido y hay, finalmente, enormes actores que no siempre pueden realizar su potencial en los roles que aquí se les otorga.

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No es posible juzgar esta película como una unidad: quien sea que la haya visto sin tener presentes las anteriores tres entregas se aburrirá enormemente y encontrará todo esto como una pantomima ridícula.

Con todo, si bien The Hunger Games termina con una cinta dominguera, es una buena conclusión a la saga que no se desperdicia en la facilidad habitual del cine adolescente de Hollywood. No es posible juzgar esta película como una unidad: quien sea que la haya visto sin tener presentes las anteriores tres entregas se aburrirá enormemente y encontrará todo esto como una pantomima ridícula. Sin embargo, como última parte de un todo lleno de altibajos, la saga de Katniss Everdeen es, sin lugar a dudas, lo mejor que nos han dado estas recurrentes distopías juveniles (y, posiblemente, lo mejor que nos vayan a dar). Estoy seguro de que los fanáticos de los libros encontrarán mucho placer en la conclusión de esta saga que adaptó la misma Collins (y de ahí la necesidad del epílogo). Como también estoy seguro de que, aquellos que siguieron de cerca las adaptaciones, tendrán un buen momento de entretenimiento en el cine. Y creo, finalmente, que aún los más sesudos críticos podrán sacarle jugo a las reflexiones políticas de la saga como testimonio cultural de una época y como otro documento cinematográfico más que muestra, aunque sea superficialmente, la eterna capacidad humana para la autodestrucción y los interminables estragos de nuestras interminables guerras.

Lo bueno
  • Las actuaciones de Lawrence y Sutherland que mantienen la coherencia de la trama.
  • Los momentos de suspenso en las cloacas.
  • La acción filmada elocuentemente con cámaras móviles.
  • Que se termina una saga de forma coherente y satisfactoria para sus ambiciones.
  • Que las reflexiones que vehicula, a pesar de su simpleza, siguen siendo interesantes.
  • Que, de todo el mundo de las distopías juveniles, en esta saga encontramos algo rescatable.
Lo malo
  • Los clichés en los que cae, constantemente, el guión.
  • La repartición de la última novela en dos cintas que entorpece considerablemente la trama.
  • Que se desperdician los notables actores puestos en roles secundarios.
  • Que Jennifer Lawrence ya está muy por encima de estos papeles, a pesar de la complejidad de Katniss.
  • Que, por la masividad de su medio y la perversión de Hollywood, se desprecie necesariamente algo que puede tener momentos interesantes.
Veredicto

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Es muy fácil desdeñar a The Hunger Games como otra producción de mercadotecnia fácil hollywoodense, es muy fácil despreciarla en comparación con otros hitos del mundo fílmico. Pero si se le compara, justamente, en su propio medio; si se le pone, lado a lado, con The Giver, Divergent, The Maze Runner o, incluso, Twilight, esta saga revela que no todo en ella es completamente fútil. Claro, no voy a decir que se reivindica el papel de la mujer en la sociedad, ni que se enseña aquí alguna profunda lección sobre nuestros sistemas políticos. Pero las conclusiones a las que llega la saga no son del todo desatinadas porque, más que una celebración de la democracia, apuntan hacia los estragos personales de la violencia y la completa banalidad necesaria de las guerras. Mockingjay Part 2 es el último pedazo de un mosaico no siempre bien construido, dispar y por momentos francamente superfluo. Pero nos muestra, finalmente, que no toda narrativa juvenil tiene que ser completamente maniquea y que no todo designio hollywoodense puede destrozar totalmente, en la adaptación, un planteamiento reflexivo y entretenido. Por último, la calificación que lo doy a esta cinta y lo que termino valorando más no son sus logros intrínsecos sino que, por momentos, esquivó los horrores habituales a los que Hollywood nos tiene acostumbrados. Es en esto que The Hunger Games nos muestra, con valentía sorprendente para el medio, que todo final feliz puede comportar el recuerdo de una tragedia.

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Título: The Hunger Games: Mockingjay Part 2

Duración: 137 min.

Fecha de estreno: 27 de noviembre de 2015.

Director: Francis Lawrence

Elenco: Jennifer Lawrence, Donald Sutherland, Jeffrey Wright, Julianne Moore, Woody Harrelson, Josh Hutcherson, Liam Hemsworth, Elizabeth Banks, Sam Calflin, Philip Seymour Hoffman, Jena Malone, Stanley Tucci.

País: Estados Unidos.

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