Tengo que confesar, primero, que no he leído ninguno de los libros de Veronica Roth. Mi error fue ver Divergent antes de atacar las novelas distópicas que siguieron el fenómeno de éxito pavimentado primero por The Giver y, luego, por The Hunger Games. Y salí del cine completamente molesto. No porque me haya enojado particularmente la primera entrega de la serie, sino porque me incomodó de todas las malas maneras. Con Insurgent repito la misma sensación con algo más de hartazgo.

Un pésimo principio de serie

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El asunto fue, primero, tener que soportar los lances épicos de la cinta con una música terriblemente mal escogida: ese soundtrack tiene demasiado de Junkie XL y muy poco de Hans Zimmer. Lo segundo era toda la idea de la película que se sentía como un cuento moral sobre la adolescencia que escapa a cualquier tipo de reflexión más profunda para tratar temas de maduración, sexualidad e introspección haciendo uso de los clichés más esperados, rígidos y prescriptivos. Sí, Tris tiene que superar las pruebas para el autoconocimiento a través de fortalecer cuerpo y alma, tiene que pasar las pruebas de la vida para salvar a los inocentes, tiene que ser abnegada y valiente; Four tiene que dejar entrar a su enamorada dentro de su cabeza para compenetrarse en conocimiento antes de establecer una relación sexual; Tris, de nuevo, sueña con el terrible miedo de matar a sus padres que supera –sólo por poco– al miedo por ver a su amante forzando la carnalidad temida.

Todo esto parece crítica y lección para regresar al ideal romántico que cultivan en nuestro vecino país del norte: no debes dejarte influenciar sólo por tu familia o por lo que la sociedad te dice sino encontrar tu camino. Siempre y cuando, claro, tu camino sea el de la castidad, la abnegación, la valentía y la defensa de los valores de pluralidad, individualidad y democracia. Aquí no estoy sobreinterpretando: la primera película te tiraba en cara todas estas cuestiones y cuando el corte a negros arropó la sala de cine y sonó la última canción de una vomitiva lista, acabé completamente incómodo, con pena ajena punzante y sin ninguna remota gana de leer nada que tuviera la mínima relación con esto.

Tal vez ese fue mi error. En todo caso, sin haber leído las novelas y sin poder comentarlas comparativamente, aquí tengo que hablar de la segunda parte de la saga, Insurgent, que se estrenó este fin de semana en cines. Espero, con todo esto, no ofender a ningún fanático duro con mi opinión: esto es sólo la crítica de una película tomada en el propio contexto de lo que me parecen errores repetitivos.

Una continuación que no mejora

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Insurgent comienza ahí en donde acabó la primera película: Tris (Sailene Woodley), Four (Theo James), Caleb (Ansel Elgort) y Peter (Miles Teller) están refugiados en la granja hippie-comunitaria de Cordialidad, con algunos supervivientes del ataque a Abnegación. Desde ahí comenzarán a fraguar un contraataque para destituir el poder de la golpista al frente de Erudición: Jeannine Matthews (interpretada con toda la rigidez postiza de una Kate Winslet que sigue extrañando los tiempos de DiCaprio). La cosa se pone extraña cuando se descubre que el ataque a Abnegación no fue solamente para que una facción pudiera adquirir todo el poder, sino también para encontrar, en la casa de los padres de Tris, un artefacto que Jeannine planea usar para acabar, de una vez por todas, con “el problema de los divergentes”. De ahí todo se desarrolla como uno lo esperaría después de la primera película: introspección de Tris que sigue tratando de pasar sus años adolescentes mientras salva al mundo, comprensión y amor de Four, cinismo de Peter, locura de los que están en el poder, libertad para los divergentes como clamor popular, etc.

El problema es que, si bien repararon el asunto de la música y crearon muchas más escenas de acción intrépidas y divertidas, la película se tropieza con las mismas piedras que su precuela. Entiendo, como ya he martillado en muchas ocasiones, la dinámica del elegido como un fundamento fácil para atraer la empatía del espectador: lo hemos visto en muchísimas películas desde Star Wars hasta The Hobbit pasando por The Matrix; ha sido un pilar de la literatura épica y, finalmente, es el fundamento de distopías juveniles como The Giver, The Hunger Games, y The Maze Runner.

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La cosa es que aquí sí se la volaron con la creación de este ser anodino y gris que, de repente, se convierte en el salvador de la humanidad. Tris, la elegida, empieza por distinguirse en Divergent por no coincidir con su facción: de entrada ya es parte de un bastante excepcional 5% de la población. Pero eso no basta, tiene que ser también divergente, cosa que es completamente rara y que sólo vemos en tres personajes de la película (sin contar el recuerdo de un hermano muerto). Ahora, como ya se les había acabado la hilacha de la excepcionalidad, se inventaron un nuevo aparato, en esta película, que clasifica a los divergentes según su pureza o, justamente, por su pura impureza (si entienden algo, ahí me explican). Y Tris resulta ser, ¡oh santa sorpresa!, la divergente más divergente de todos los divergentes, la única divergente al 100% y no las otras enchiladas de divergentes a media tinta o divergentes que no son completamente divergentes. Aunque, uno se pregunta, ¿cómo se es completamente divergente? ¿No sería entonces el divergente al 100% algo tan constitutivo –es decir, no divergente– como cualquier otra facción? ¿O será que nada más tiraron ese argumento por ahí esperando a que pegara en medio de tanta cosa que no tiene ningún sentido?

Y el asunto pasa como lección para afrontar la pubertad: la excepcionalidad es una tragedia adolescente -¿quién no se sintió como el ser más infeliz, más solitario, más triste?– que se transforma en orgullo con la madurez, que sirve para dejar atrás a los padres y que se afianza finalmente con la difícil aceptación de uno mismo como nuevo miembro de la sociedad (con posibilidad reproductiva y relanzamiento de familia). Aquí, esta lección se funde con la temática épica del elegido para dar paso a una espectacular banalidad: Tris salva al mundo aceptándose a sí misma y transformando para bien la sociedad que no la dejaba florecer; encuentra la fuerza para hacerlo en el amor de su pareja a la que conoció muy bien antes de tener relaciones sexuales y a la que sólo le regaló su virginidad porque pensaba que se iba a morir. Y díganme, en serio, si no sintieron que algunas neuronas se suicidaron al leer esto.

Una distopía irreflexiva y banal

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El esquema no nada más es totalmente forzado sino que se siente tan tan tan artificial que toda credibilidad en el mundo construido se derrumba. La ciencia ficción y, en especial, la distopía, habla más del presente que del futuro, en eso estoy de acuerdo: Do Androids Dream of Electric Sheep? nos dice algo de nuestro mundo consumidor con su basura mecánica y suciedad devoradora; Farenheit 451 alza la voz en contra de totalitarismos que impiden el desarrollo creativo del ser humano; 1984 se indigna contra la creciente vigilancia del gobierno a sus ciudadanos; y Brave New World nos advierte del peligro que encierran las promesas utópicas. Pero todos estos ejemplos célebres se enfrentan a nuestro presente con elegancia y comportan un mensaje poderoso e inteligente; no son, en el otro lado de la representación, una fábula forzada para enseñarnos que debemos ser castos, buenos, valientes y no conformistas dentro de la moral más conformista que existe.

Esto es la ilusión pura de la rebeldía que se explaya a través de deportes extremos y aventuras excepcionales en dónde los muertos no impactan como tragedia en el recuerdo y donde las balas se sienten como pelea de dardos de hule-espuma amarillo. Si la idea era decir que la riqueza del ser humano está en su variedad y no en la homogeneización, aquí la diferencia se muestra como más de lo mismo: no nada más la trama es estereotipada y responde a una serie de clichés cada vez más visibles, sino que la idea misma de la divergencia 100% convergente, de ciertos valores morales americanos y del camino que debe seguir un adolescente para realizar sus sueños y no acabar como teporocho, es de lo más común y banal que exista.

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Y luego está la forma en que todo esto se entrega, con diálogos terriblemente previsibles y mal escritos, con una dirección desatinada y efectos demasiado convulsos y coreográficos y, finalmente con actuaciones acartonadas que muestran exactamente lo contrario de lo que deberían. Tris debe ser fuerte y atractiva sólo para acabar siendo chocante; Four debe ser aterrador cuando lo único que muestra, en ese rostro que se cree tan rostro, es el corazón de pollo idiota que lo caracteriza; Joannine debe ser intimidante y nada más es llana; Caleb debe parecer inteligente y su cara acaba diciendo todo lo contrario; el personaje de Naomi Watts debe ser algo pero nunca averigüé qué; y bueno, debo admitirlo, Peter sí consigue ser odioso, aunque eso lo lograría actuando de cadáver.

Finalmente, todo llega a una conclusión que se da como giro para continuar la saga y que resulta tan artificiosa como toda la construcción anterior. “Bueno, ahora vamos a decir que todo esto era de a mentis y se lo creyeron y allá afuera hay otro mundo y otras pruebas y otro lugar en donde Tris puede salvar a todos mientras aprende más responsabilidades adultas”. Es un poco la dinámica convulsa de The Maze Runner que podría ser simpática si fuera más cínica o autocrítica pero que se estampa con la risa en reflejo que provoca su propia solemnidad ceremoniosa. Tatuajes sin dolor, cortes de pelo hechos por uno mismo con resultado perfecto, balas de hule-espuma, cordialidad hipócrita e hipocresía cordial, todo esto podría parecer entretenimiento si se hubiera dado el lujo reflexivo de no tomarse tan en serio.

Lo bueno

  • Que sólo faltan dos películas de la serie.
  • Que, supongo, si leíste las novelas antes –como yo fallé en hacer– y eres fan, todavía tienes una posibilidad de pasarla bien.
  • Que este tipo de ciencia ficción sirve para revalorar lo verdaderamente valioso del género.

Lo malo

  • El mensaje estrepitosamente banal que intenta transmitir sin ninguna sutilidad.
  • El guión.
  • La dirección.
  • Las actuaciones.
  • La película.

Veredicto

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Insurgent es una secuela que continúa los errores de la primera entrega: es banal, mal lograda, mal actuada, mal realizada y, en general, todo lo que quiere transmitir penosamente es un mensaje irreflexivo y francamente odioso. No veo qué más se pueda decir. Este tipo de películas nunca causan problemas en las discusiones y eso es, simplemente, porque no levantan discusiones: o eres fan y te va a gustar a pesar de lo que digan o no eres fan y no te va a gustar a pesar de lo que digan. En todo caso, en toda mi ignorancia de las novelas y como vil espectador que soy, creo que ya expresé lo suficiente lo poco que aprecié las dos horas de mi vida que me pasé encerrado viendo este asunto. Con todo, espero sinceramente que Insurgent logre divertir a alguien y que podamos pasar, rápidamente, a encontrar en las venideras y esperadas películas geek de nostalgia algo de consuelo. Finalmente podemos echar otra esperanza: mientras la juventud no se trague sin cuestionarse esta pastilla de moral aderezada, habrá esperanza en alguna, verdadera, divergencia. Que así sea.

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Título: The Divergent Series: Insurgent

Duración: 119 min.

Fecha de estreno: 20 de marzo de 2015

Director: Robert Schwentke

Elenco: Shailene Woodley, Theo James, Kate Winslet, Octavia Spencer, Naomi Watts, Milles Teller, Ansel Elgort

País: Estados Unidos

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