Tanto The Giver, como The Maze Runner y prácticamente todos los casos de distopía juvenil que bombardean nuestras pantallas desde la meca del cine gringo, son adaptaciones de novelas tremendamente exitosas. Acá regresamos al mismo problema de la transferencia a la pantalla y todas las expectativas que convoca, desata, exalta y decepciona. En este caso, para no hacer demasiado enjambre con la novela, puedo comentar algunas cosillas sobre la película en toda su individualidad.

Individualismo a tope cabreado

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No es mala idea comenzar por ahí: el martilleo de la individualidad es un punto central en esta cinta. Toda la película, de forma mucho más insistente que The Maze Runner y más cercana a The Hunger Games, se clava en el aspecto político del sistema distópico que pone en juego. En este caso, se trata de un universo opresivo pero pacífico, vigilante, despótico pero alegre, iluminado por el olvido y, por ende, lejano a toda clase de comparación entre sistemas. Una organización política que no tiene ningún cuestionamiento ni podría tenerlo ya que está fundada, justamente, en el arrebato de recuerdos de todo sistema anterior a su establecimiento.

Digamos que se acerca, por echarle una definición más tirada al catre, a un completo despotismo de la memoria. Porque el punto de control de este régimen no pasa por la vigilancia constante o las amonestaciones públicas para la vergüenza de cada infractor, sino por la completa ausencia de comparaciones, de parámetros o de discusión sobre el sistema gobernante. En este sentido, este estado de cosas autorregulado, infinitamente renovable y perfectamente funcional como engranaje bien aceitado, niega en la ausencia de recuerdos individuales distintivos, la capacidad a cada quién de pensar por su cuenta.

Todo esto parece pasar por una defensa de la literatura en la capacidad de representación individual, como un escape a la voluntad colectiva irrefrenable: el idioma se enseña y se cultiva en sus capacidades de comunicación y se amonesta en todo desplante metafórico. El común denominador es el lenguaje preciso, exacto, que niega no nada más la capacidad de ensoñación –es decir, la construcción de otros mundos posibles– sino la expresión distintiva de cada individuo. Todo mundo se expresa igual, con palabras que únicamente se refieren a este mundo tangente. Y podemos notar la sobreabundancia de nombres institucionales para todo suceso, título, dependencia: “los Cosquilleos”, “la Igualdad”, “la Ceremonia del doce”, “el Centro de Crianza”, “la Liberación”, “el Dador y el Recibidor de recuerdos”, entre otros. En esta distopía, por miedo a las comparaciones revoltosas, se niega la posibilidad misma de la utopía: toda referencia externa a un mundo altamente codificado queda completamente negada por la precisión misma de las palabras.

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Esta negación de la individualidad  se ayuda de las prohibiciones lingüísticas pero también de la completa inhibición del deseo, la ausencia de colores –no hay banderas pues, ni moda, ni clases sociales– y el desahogo completo de las menudencias emocionales del día. Nada de represiones, nada de mentiras, nada de deseo: el individuo se borra cuando se le niega un inconsciente.

Aquí, la cercanía de las críticas sobre el contenido político de este tipo de literatura se perfila peligrosamente. Y no podemos dudar del trasfondo ideológico de un producto cultural americano que pinta como distopía una vida idílica comunal en donde un estado fuerte se encarga de proveer a todos basándose en una repartición exacta de las labores para la completa futilidad del intercambio mercantil. Aquí no hay sexo, como no hay guerra y como, sobre todo, no hay dinero. Todos son iguales, todos trabajan en conjunto para el bienestar de la mayoría. ¿Algo les suena conocido?

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La reivindicación, finalmente, de la película, basándose en la simpatía natural que proveen el héroe Receptor de recuerdos y su mentor el Dador de recuerdos, es que vale la pena correr el riesgo de la guerra, de la extinción, de asesinato mal calculado a cambio de la felicidad que implica la libre expresión de las diferencias. Y todo esto regresa, en contraste al sistema anteriormente descrito a una exaltación emocionada de la individualidad. Porque todo se contrasta con el poder de decisión que debe pasar, en esta rebelión, de las manos frías y metálicas del estado a las del candor humano de cada quién. Independientemente de los errores que acarrearía la libertad individual, aquí se pinta como preferible a la pérdida de la decisión propia.

Este sentido tienen también todas las imágenes ilustradas de cada recuerdo transmitido, imágenes vívidas de otro tiempo que siempre pasan por el prisma del ojo americano –aunque no con toda evidencia–. Se exalta la multiculturalidad de un pasado en una representación muy hollywoodense: “todos los colores de piel” se limitan a africanos y asiáticos porque estos pueblos, como sus ritos y religiones, representan la verdadera diferencia, el exotismo de la vida. Como Vietnam representa la guerra trágica y Mandela el héroe por excelencia.

Traumas viejos y tramas gastadas

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No digo todo esto como una crítica particularmente gruñona: entiendo que el punto de vista demostrado tenga que pasar por una adecuación al público que lo recibe. Y en este sentido tiene que ir mi primer comentario sobre la adaptación: la película es mucho más culturalmente específica, centrada de forma mucho más evidente en la cultura americana que el libro. Eso sí, y nadie lo puede poner en duda, ambos resultados comparten la problemática de la exaltación política de la libertad individual frente al estado. Tampoco creo que este tipo de productos culturales represente únicamente el miedo tremendo de los americanos frente al fantasma soviético, hay algo más complicado en todo esto.

Porque sí, está el cacho aleccionador que señala insistentemente que este libro está pensado para niños y no necesariamente jóvenes adultos –que son el target de la película, se nota en el contacto físico y la edad de los protagonistas. Y, sí, está la cercanía de la publicación del libro con la caída del régimen soviético (1993) y, sí, está también el miedo común que sube en Estados Unidos por el aumento de la presencia gubernamental –nada más échenle un ojo a los últimos debates sobre gun control laws, harto caliente asunto.

En todo caso, fuera de toda la apreciación política que consume buena parte del argumento de la película –y hacia eso se han dirigido también muchas de las críticas del libro–, todo queda en una instalación sencilla de planteamientos distópicos algo choteados. Digo, todo este tipo de miedos ya fue expresado con mucho más gracia, diversión y profundidad en Sexplosión de Lem, Farenheit 451 de Bradbury o, incluso, para meterle a cine más reciente, en Equilibrium –que no es tampoco ninguna maravilla pero siempre preferí la sangre a las lágrimas en pantalla.

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La originalidad del libro, creo, reposaba en que era una novela más para niños que para adolescentes y que en eso guardaba algo de espontáneo en la voluntad de fábula. Aquí esto se pierde completamente porque, de nuevo, los productores vieron que sería mucho más interesante subirle dos rayitas a la historia de amor y convertir a los personajes en adolescentes hechos y derechos. Y claro, al hacer esto, esto mandan al traste la inocencia que catapulta todos los hechos finales como fatalidad en la novela para remplazarlo por un giro más hormonal. Digo, hormonal hasta cierto punto porque todo lo que quiere la película va al aleccionamiento sobre el amor puro que, como buenos gringos románticos, es nada más platónico.

Y en esto llegamos a algo que también quedó chueco, aunque su intención se respete: el final ambiguo que funciona tan bien en la novela. La verdad sigo creyendo que pudieron ser mucho menos reconfortantes en la cinta dejando la sorpresa final sobre la efectividad del plan tramado entre Dador y Receptor de recuerdos. La sugerencia final de la música en eco en la novela queda como un disparo de seguridad incierta tirado al aire: nada quita –salvo, claro, la continuidad de la serie– que el personaje haya muerto y alucine, que los recuerdos refluyan al momento de su hipotermia o que, simplemente las memorias liberadas no hubieran regresado a la comunidad. La traducción falla de nuevo al querer explicar demasiado: la incertidumbre siempre va a resultar más apetitosa. Porque eso queda: demasiada búsqueda precisa de público, demasiado interés en las explicaciones perfectas y cerradas y algo que muere del interés que podía despertar una novela tan criticada como querida por el público.

Lo bueno:

– La película está bien realizada y logra visualmente lo que no levanta en la trama.

– La elección de Brenton Thwaites pega bien con la inocencia sorprendida del personaje y Jeff Bridges será eternamente impecable en la sensación de excentricidad atormentada.

– Cuadra bien como diversión familiar de domingo… si te interesan las lecciones cuando te saltas el catecismo.

– Puede servir también para curar depresiones ligeras. Uplift gringo y superación del individuo: aspirina de día lluvioso.

– Un final ambiguo y misterioso que, como en la novela, pudo ser mejor.

Lo malo:

– La cuestión aleccionadora que no deja de molestarme y que está presente en muchas de estas distopías juveniles-infantiles.

– Que, justamente, puede servir para curar depresiones ligeras y eso, a mí, me deprime. El martilleo incesante de la alegría de vivir me hace ver que es necesario recordarlo.

– Lo plana y previsible que puede llegar a ser la trama y lo poco que aporta al vasto universo de la ciencia ficción.

– La adaptación de la novela al pasar de literatura infantil a la repetición de los mismos errores en tramas juveniles.

– El poco balance encontrado entre esperanza y desesperanza o la mentada escala de cursilería involuntaria.

Veredicto

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Divertida película de entretenimiento familiar para un día de lluvia en que requieras el calorcito acolchonado de un porvenir brillante e inocente para el hombre. Buen azote con látigo de plumas para nuestra maldición ecológica y el pensamiento constante en la maldad humana con todo y completa esperanza.

Finalmente, una visión aleccionadora y llana sobre traumas muy americanos que sobrevuelan el individualismo salvaje y muchos miedos añejos que siguen permeando. Sin engaños, lo digo de nuevo, no toda ciencia ficción, por muy divertidos que puedan ser sus desvaríos, tiene que tender a la alegoría evidente.

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Título: The Giver

Duración: 97 min.

Fecha de estreno: 25 de septiembre de 2014

Director: Phillip Noyce

Elenco: Jeff Bridges, Meryl Streep, Brenton Thwaites, Katie Holmes, Taylor Swift.

País: Estados Unidos

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