No es ningún secreto que las distopías para jóvenes adultos son una de las fichas fuertes para editoriales y producciones hollywoodenses: se venden bien, se ven bien, y, como lo quiere el hipócrita mercado, logran justificarse con una visión educativa que no necesariamente pasa por sus tramas sino por el hecho de que hacen leer a los anteriormente desinteresados adolescentes. Algunos estudios en el gabacho ya apuntan a que las nuevas generaciones leen más de lo que se creía y es una realidad que los fenómenos editoriales que producen sagas como la de The Maze Runner se están convirtiendo en un negocio millonario. Digo, nada más como cifra tirada al argumento, esta saga ha vendido más de tres millones de copias desde su lanzamiento hace apenas siete años.

Distopías juveniles, polémicas y diferencia

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Últimamente se ha hablado mucho sobre el mensaje que comporta este tipo de literatura. En general los acalorados debates van sobre lo que estos libros “enseñan” a los jóvenes lectores: si en verdad los ayudan a su formación como buenas novelas de aprendizaje, si transmiten los valores que se reconocen como formadores dentro de la cultura que los produce, si se trata de intencionales o inconscientes métodos de propaganda ideológica, etc. La verdad, siendo completamente honesto, este tipo de discusiones me parecen de lo más banales: si bien es interesante encontrar las representaciones culturales, las escalas de valores y las identificaciones ideológicas en todo producto cultural, me parece completamente desplazado y francamente espantoso llevar la polémica a considerar lo que un libro –película, cómic, videojuejo, etc.– debería enseñar. La literatura, en particular, pierde algo cuando se le considera panfleto.

En fin, para no seguir con este rodeo alrededor de las polémicas que sugiere este tipo de literatura, lleguemos de una vez a lo que aquí nos interesa. En principio, el primer libro de la serie de James Dashner, The Maze Runner, parece escapar a algunas de las facilidades que se tomaban muchas de las otras novelas con tema distópico-juvenil. En particular alrededor del siempre constante papel del elegido adolescente que ya comentaba yo en otra ocasión. El personaje central, Thomas, parece muy pronto dibujarse de forma distinta. Sí, es un personaje especial, destacado, que, aunque no lo sepa aún, contiene las respuestas para los enigmas del universo que lo acecha. De acuerdo. Pero, en algún momento, se plantea la posibilidad de que él sea, en realidad, más parte del problema que de la solución: Thomas y Teresa son dos insignes partícipes del esquema que los llamados “Creadores” planearon para probar, cruelmente, los efectos de un virus cerebral particularmente violento.

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Esto parecería como un buen giro a toda la temática del héroe adolescente si se hubiera mantenido la idea de que el héroe fuera en realidad un enemigo desprevenido. Aunque, evidentemente, nada llegó tan lejos. La novela reorganiza sus piezas para regresar al mismo punto que plantean tantos otros esquemas literarios similares: en realidad el joven héroe sí es un elegido que vencerá, a través de su fuerza de voluntad, todas las pruebas que se le ponen en frente; su aparente maldad, en principio, sólo es una prueba más a vencer, una forma más de demostrar su compromiso con la bondad inalterable que lo impulsa.

A decir verdad, la única diferencia sustancial en el primer tomo de la saga es la ausencia de una descripción detallada de distopía en que nos sumerge. A diferencia de otras sagas como The Hunger Games, Divergent o The Giver –que pronto se estrena como película con nada menos que Meryl Streep y Jeff Bridges– aquí no se ahonda, en un principio, sobre el sistema económico y político que oprime a nuestro joven elegido. En este sentido, The Maze Runner difiere, al menos en la instalación de la saga, de todos los problemas ideológicos inmediatos que sugiere el planteamiento de una sociedad distópica. Porque claro, problemas hay y nada más tienen que leer este artículo de The Guardian y la consiguiente carretada de comentarios para ver la acalorada polémica que hay entre quienes consideran que estas distopías están severamente cargadas hacia una crítica al capitalismo salvaje o un regreso con miedo mítico al espanto de los totalitarismos socialistas.

Una adaptación fallida de un libro paquetero

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De nuevo, me desvié completamente del tema y si no he hablado aún de la película que reseño es porque esta introducción me parecía pertinente. No tengo bronca con el aspecto lúdico de todo esto y bueno, sí, The Maze Runner es una lectura superficialmente placentera y divertida. La cosa aquí es que, justamente, este libro, más que ningún otro que haya yo leído de ciencia ficción distópica adolescente, se siente más como producto cínico que cualquier otra cosa. No hay aquí inocencia en lo que digo, sé muy bien que toda publicación es un producto comercial, la cosa es que este libro ni siquiera trata de esconder sus engranajes de máquina bien aceitada de narrativa comercializable.

Todo el libro gira en torno a construirse como saga, toda reflexión que pudiera contener se disuelve en la intención de un suspenso fácil para instalar una continuación. Y todo este suspenso se basa en la idea, bastante barata a mi parecer, de que siempre hay un sentido detrás de toda realidad opresiva: si se juntan las suficientes pruebas se puede desenmascarar, como en un juego de pistas, una verdad última que le daría sentido a toda la existencia de los protagonistas. Esto es vender aire, consuelo, facilidad reconfortante: ¿quién no quiere considerar, extrapolando su sensación permanente de un mundo hostil e incomprensible, que todo tiene un sentido último y, lo que es aún peor, que este sentido está ahí, latente, para que lo descubramos?

Aquí no hay ningún secreto, este libro se fabricó en menos de cinco meses con la intención de ampliar el público local del autor a una audiencia mucho más amplia, en particular, a todo el territorio nacional americano. Y, como buen hijo del pensamiento paquetero mercadológico, funcionó a la perfección. La adaptación del libro al cine era una continuación evidente para este éxito de ventas y aquí, de nuevo, vemos una realización rápida, de pura portada: bonita por la envoltura promocional y completamente fallida en el intento de contenido.

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Lo malo

– El casting es terriblemente malo: el personaje de Chuck se vuelve más desabrido de lo que ya era, la elección del actor que interpreta a Jojen Reed en Game of Thrones como Newt es complemente arbitraria y, el peor de todos, es Will Poulter en el papel de Gally: este personaje ya no tiene nada que ver con el de la novela y, lo siento, pero tal vez Poulter debió quedarse en la comedia.

– Los cambios de trama con respecto a la novela son sosos y carentes de sentido: esa idea, por ejemplo, de cambiar el salto de fe a la nada en el Griever hole por un cacho de enemigo que sirve como llave es una completa babosada que trata de dar una ilusión realista y mecánica en una película de ciencia ficción descabellada. Digo, si ya vas a loquear, loquea con todo y sin retenerte en pequeñeces.

– El terrible intento de reducir la mínima violencia para lograr evitar la censura y ampliar el alcance público sacrificando, de paso, lo único que hacía verdaderamente ominosa y terriblemente precaria la situación de los adolescentes en el laberinto.

– Toda la película, aún más que la novela, se muestra como un intento cínico de vender suspensos baratos con algunas identificaciones precarias y una trama que no aporta ninguna reflexión fuera del evidente absurdo de su construcción.

– Como un bono de sinsentido, ¿alguien se preguntó cómo Gally, que nunca ha pisado el laberinto y se muere de miedo, mató a un Griever, le quitó una llave que no sabía cómo conseguir del cuerpo y luego halló la puerta específica de salida?

Lo bueno

– Me gustaría decir algo pero nada más no encuentro nada. Todavía si los Grievers hubieran sido un logro visual, o si el laberinto hubiera logrado fascinar…

Veredicto

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Queda esta película como un testimonio más del uso encantador de la ciencia ficción caracterizada como una simple fuente genérica de diversión infantil. Y no, que me disculpen, pero todo nicho merece su respeto particular: aunque ninguna de estas producciones baratas le va a quitar nada a las grandes obras de la ciencia ficción inmortal, siguen siendo un síntoma del poco respeto que se le tiene a este género. Ojalá se pudiera decir que el interés que despiertan las narrativas distópicas ahora sirviera para crear más y mejor ciencia ficción pero, sin poder pronosticar mi fatalismo, este tipo de producciones paqueteras insisten en señalarnos exactamente lo contrario.

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Título: The Maze Runner

Duración: 113 min.

Fecha de estreno: 11 de septiembre de 2014

Director: Wes Ball

Elenco: Dylan O’Brien, Kaya Scodelario, Ki Hong Lee, Thomas Brodie-Sangster, Will Pouter

País: Estados Unidos

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