Reseña: Lucy – El regreso de Luc Besson a la ciencia ficción

| 1 de septiembre de 2014
Lucy no es una gran película de ciencia ficción, pero es el regreso de Luc Besson a un intento barroco y arriesgado en el género.

Luc Besson sabe darse a desear. Y no me refiero a una seducción sutil y conquistas cinematográficas discretas: su fuerte es el de crear películas grandilocuentes y espectaculares que la crítica odia y que, aun así, se convierten en rápidas favoritas de culto abrazadas por el público, recordadas por generaciones. Pasó, desde su debut en la ciencia ficción, con la distopía Le dernier combat (1983), pasó con The Big Blue (1988) que le dio fama internacional, pasó finalmente con tres películas tan queridas como dispares que moldearon la cultura noventera: Nikita (1990), Léon: The Professional (1994) y, claro, The Fifth Element (1997).

Besson, ya sabrán, quiere seguir en esas, creando películas de acción cuidadosas en la producción, de pasmosa realización, que muchas veces no tienen ningún sentido pero que, a pesar de sus fallas narrativas, logran encantar masivamente.  El problema había sido, en los últimos años, que sus películas se tornaban a lo solemne –The Lady (2011)–, a lo completamente carente de sentido –como el franco insulto a los enormes comics de Tardi en la pésima adaptación The Extraordinary Adventures of Adèle Blanc-Sec (2010)– o a una búsqueda de regresar a la comedia franca de acción que se quedó en un pantanoso intermedio entre risas forzadas y depresión –como The Family (2013).

Si Besson había perdido el tacto, el asunto de que volviera a intentar una película de ciencia ficción, un género que tanto lo quiere en pantalla y que, sinceramente, parece apasionarlo con toda la ingenuidad de una mirada divertida, parecía una propuesta tan arriesgada como necesaria. En caso de extravío, favor de regresar a la zona de confort. Por más que la idea detrás de Lucy me parece increíblemente interesante, por más que la Johansson esté haciendo una joya de ciencia ficción tras otra –nada más Her y Under the Skin el año pasado–, por más que le tenga un cariño viejo a casi todo lo que hizo este director en los ochenta y noventa, sus últimos bodrios me ponían a dudar seriamente. Pero la sorpresa fue grata.

Algo de ciencia, mucha ficción

Lucy no es una gran película de ciencia ficción: muchos de sus presupuestos sólo dejan pistas que se derrumban rápidamente y nos confronta con más preguntas sobre su lógica interna que sobre su propuesta filosófica, si de repente hay una. Sin embargo, es el regreso de Besson a un intento barroco y arriesgado en el género, cargado de humor y acción, con la grandilocuencia visual que ya se extrañaba y que, con todo descaro, rehabilita, con planteamientos nuevos, el recuerdo de Nikita y The Fifth Element.

La historia gira en torno a una joven estudiante americana en Taiwán que por azares del destino y la patanería de un novio truculento acaba convirtiéndose en mula forzada a cargar en el vientre una poderosa nueva droga para la mafia coreana. La cosa cambia de tono cuando uno de sus custodios la golpea en el estómago, liberando la droga en su torrente sanguíneo y potenciando una transformación increíble que la llevará a utilizar el 100% de su capacidad cerebral. Libre de restricciones corporales, materiales e, incluso, dominando las leyes de la física, esta nueva mujer transhumana entabla una carrera contra el tiempo para transmitir su conocimiento ilimitado antes de que la atrapen los coreanos o la desintegren las nuevas condiciones delicadas de su cuerpo metamorfoseado. Y pueden ver acá todos los elementos tan queridos a Besson en recuerdos de antiguas glorias: una protagonista femenina que se transforma en una arma de poder increíble, frágil y tierna, seductora y peligrosa, fuera de lo humano y profundamente humana; un grupo de malhechores cuyo líder encarna el mal absoluto; una carrera frenética por salvar algo precioso, mediando el sacrificio de todos por el bien común.

Hasta acá dejamos todos estos esquemas repetidos que muestran de calle el regreso de Besson a sus fórmulas antiguas de éxito, para ver que aquí también se modernizan las preguntas en algo más actual, en una preocupación constante, al parecer, para el cine americano de los últimos ratos. Recordemos nada más Limitless (2011), Her (2013) y Transcendence (2014) en sus diferentes maneras de cuestionar –con desigual éxito– cuál sería el comportamiento de una inteligencia que sobrepasa la capacidad humana, que puede romper nuestras ataduras corporales y trascender todas las potencialidades naturales del hombre.

La cosa aquí es que estamos, me parece, frente a otra representación del ego humano. Como si el conocimiento científico al que hemos llegado nos llevara a considerar que el hombre tiene un potencial infinito que está durmiendo, latente, adentro de todos nosotros y que espera su liberación para llevarnos más allá de nuestro mero plano mortal de existencia. Curiosa forma de secularización de lo divino que pasa, como tiene que ser, por la ciencia: son los avances científicos los que nos llevarán a descubrir la deidad en nosotros mismos o que nos convertirán en la deidad que soñamos, en omnipresencia, omnipotencia y todo eso que nos inquieta, como pequeños animales deseantes que somos.

En esta película la importancia del tiempo lo dice todo: la primera mujer, aquella del desarrollado cerebro de 400 gramos, el australopiteco Lucy, se encuentra con la primer mujer transhumana, la nueva Lucy, la homo sapiens de cerebro de 1.4 kilogramos y capacidad sináptica consciente e ilimitada, para crear el contacto que insufla vida entre Dios y el mortal que recibe el primer soplo divino. Esta secuencia, que hace su evidente referencia a la imagen de la creación en la Capilla Sixtina, nos dice entre líneas que la chispa de la primera inteligencia es trabajo de esa diosa transhumana en su contacto a través del tiempo con el australopiteco primigenio. La búsqueda de Dios no sería una cuestión espacial en planos de existencia sino temporal: somos nosotros nuestro propio Dios pues la creación del hombre sólo existe en el tiempo y, específicamente, en ese loop temporal en donde la primera transhumana insufla vida inteligente a nuestros antepasados evolutivos. Es a partir de ese momento que al hombre se le entregan los medios para ser dueño de la creación, el conocimiento ilimitado del universo, en la forma más bien patética de un USB estelar.

Pequeña moral, pura fatalidad

Según entiendo, esto es el regreso a la creencia en la ciencia como aquello que podrá salvarnos. Besson decía que el personaje interpretado por el tremendo Choi Min-Sik (lo recordarán seguro agarrándose a martillazos en Oldboy de Chan-wook Park) es la encarnación del mal absoluto, sin concesiones, la versión moderna y humana del planeta parlante de The Fifth Element. Justamente es esta maldad la que investiga sobre la potencialidad del cerebro humano y es esta maldad la que quiere utilizar la droga milagrosa: el hecho de que sea Lucy la que finalmente consume toda la droga que expande la consciencia es un completo accidente y esto le evita a Besson una serie de problemas.

Nunca se cuestiona sobre las frecuentes preguntas éticas en torno a una inteligencia de capacidad inusitada. Lucy es la bondad misma, la figura representada del dios paternal y cariñoso que dota a sus hijos de conocimiento. La lucha aquí la gana el bien contra el mal en la posesión de los secretos del universo. Como si eso bastara o como si las ataduras morales más sencillas importaran a un ser que trasciende todas las limitaciones físicas y temporales del ser humano. La bondad en esta cinta es un hecho, ilimitada como la capacidad de Lucy, la maldad es un dato duro, presente, tácito. Y aquí todo cambia si lo comparamos con la película del 97. Porque la amenaza al mundo ya no tiene que representarse con un planeta maligno, la amenaza es el hombre mismo, el tiempo que nos alcanza, nuestra capacidad de destrucción.

Ya no estamos en la época del primer Godzilla en la que se consideraba a la inteligencia humana como una amenaza mal encaminada en una carrera tecnológica que acabaría por destruirnos.Ya no somos los hombres temerosos a la futura destrucción de la tierra por el hombre: somos ahora los hombres seguros de la destrucción inevitable de la Tierra por el hombre (aquí mismo se comentó en un artículo la irreversibilidad del cambio climático). Y todo este conocimiento fatal en la destrucción que ya causamos dirige, al menos en estas manifestaciones de cultura popular, las súplicas humanas en dirección a la ciencia. Si el daño está hecho, sólo esos avances tecnológicos que nos condenaron podrán salvarnos: ya la embarramos por pasarnos de listos, ahora sólo siendo listos podremos librarla. La premisa se va a repetir: lo vemos con los avances del Interstellar de Nolan.

Lo bueno:

– El regreso del querido Besson a esquemas divertidos de ciencia ficción palomera pero efectiva
– Seguir viendo a Scarlett Johansson siendo una increíble actriz, una tremenda belleza y la nueva dama agraciada de géneros geeks
– Que se encuentra, entre la diversión confusa de la película, esa admisión desesperada de renovada la fe en la ciencia por la fatalidad del mundo

Lo malo:

– La historia se cree más inteligente de lo que es y pasa por momentos de patetismo innecesario y confusión involuntaria
– Un poco más de sustancia al final no hubiera caído nada mal redondeando una reflexión que quedó suspendida: no es, ni de cerca, la confusión intrigante y moledora de sesos de 2001: A Space Odissey como lo quiso Besson

Veredicto

En este sentido y con su moral maniquea, con un personaje femenino creado muy a lo masculino de película de acción (recordamos también, cosa aparte, algo del primer capítulo de Elfen Lied y algún guiño involuntario a Akira), con sus torpezas narrativas y una propuesta de reflexión que se muestra todo el tiempo en constante confusión, Lucy tiene el encanto particular de las películas más logradas de Besson.Con todos sus defectos, hay verdaderos aciertos: la película es entretenida, los cortes a imágenes aleatorias son tan eficaces como inocentes, la Johansson, con papeles fuera de lo humano, se convierte en actriz fuera de serie. Aquí vemos las dos cosas que se rescatan sobre todas las torpezas: el regreso de Besson a un buen balance de acción, humor y ciencia ficción como antaño –¡vaya que se le extrañaba!- y cómo, involuntariamente tal vez, la película es un reflejo común de preocupaciones recientes.

A pesar de su aparatoso intento de ser inteligente sin lograrlo completamente, la cinta reflexiona sobre la forma en que percibimos los avances científicos y la capacidad casi mágica que debemos ahora adjudicarle al ser humano para salvarnos de nuestra propia vena destructiva. Queda retratado así el regreso de Besson a la proyección agradable de ciencia ficción palomera: el paso de la desesperación completa a un nuevo humanismo es, tal vez, otra forma, más reciente, de desesperación común.

Título: Lucy

Duración: 89 min.

Fecha de estreno: 28 de agosto de 2014

Director: Luc Besson

Elenco: Scarlett Johansson, Morgan Freeman, Choi Min-sik

País: Francia

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