Primero, supongo, fueron gritos y señales de humo. Después, cada vez más rápido, cartas y telégrafos, teléfonos y bipers, computadoras, celulares, computadores en los celulares, todo portátil, caras en la pantalla, sueños futuristas. En Her, Spike Jonze retrata un futuro, tal vez cercano, en el que continúa la tendencia: ahora que la gente ya olvidó lo táctil y pasó a los comandos de voz en la comunicación cotidiana y los mandos móviles en los vieojuegos, el futuro continúa en su avance tecnológico. Pero no encontramos las esperadas redes sociales. Quedan los correos electrónicos y los chats aleatorios, los medios portátiles y las cámaras.

Es un futuro que se siente íntimo, natural, como una transición dulce de nuestro estado actual. Tal vez algo más pulido, normalizado, de interfaces más amables. De esto se asegura también el increíble diseño de producción de la película, los vestuarios y las locaciones. La idea de una continuación en la tendencia actual del gusto vintage con pantalones a la cintura y cortes de estilo cincuentero; todos, claro, con algo de ridículo: el ridículo justo y normal de una moda desconocida que se retrata con pasmoso realismo. Las locaciones de Los Ángeles y Shanghái añaden algo a este logrado retrato de un futuro de suave transición con su arquitectura pulida y limpia, de amplios espacios, jardines perfectamente amaestrados, cemento, vidrio y metal. La banda sonora a cargo de Arcade Fire, Owen Pallet y Karen O centran todo en una constante nostalgia que reclama el personaje central en pantalla y que se desliza cuidadosamente en todos los recovecos del pequeño drama íntimo.

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Y en este mundo futuro, cercano y lejano a la vez, ¿qué nos dice Spike Jonze de las comunicaciones actuales? Como toda buena ciencia ficción, esta película habla, por supuesto, de las angustias de nuestro presente. Lo que hace sin embargo de esta película un logro imperdible es su ausencia completa de crítica unilateral. El retrato de las futuras relaciones entre humanos y con la tecnología es cándida y arropadora, nunca moralina y aleccionadora. Jonze no juzga al mundo y a sus semejantes, no trata de advertirnos de los peligros de la tecnología o de nuestro enajenamiento contemporáneo, sino que se plantea preguntas muy personales que pronto desbordan el tema.

La película toma más la visión de Samantha, el sistema operativo, que de Theodore, el personaje central humano: está filmada para transmitirnos una visión curiosa y juguetona, como unos ojos que descubren el mundo íntimamente, curiosamente, cariñosamente. En todo esto hay una belleza desesperada y solitaria. Dice el director que escribió este guión siguiendo una idea de Charlie Kaufman (el afamado guionista de Adaptation y Being John Malkovich, dos joyas también dirigidas por Jonze) según la cual éste trataba de  plasmar libremente cualquier idea que le venía a la cabeza en su escrito. Se nota. Jonze pasa con suaves transiciones que se combinan con los colores chillantes y dulces de la delicada paleta, entre problemas personales de relaciones amorosas, problemas interpersonales de relaciones con el mundo –o su completa ausencia-, y problemas más vastos –Lemnianos– que interrogan los límites del conocimiento humano en las fronteras del cuerpo, de la mente.

Lugares comunes: “cada vez estamos mejor comunicados y aun así estamos más solos”, “vivimos alejados los unos de los otros, separados por las pantallas de nuestro celulares”… y tantos otros artefactos. De acuerdo, tal vez, es posible. ¿Pero no fue siempre así? ¿No se les prohibía antes a los niños leer novelas por el riesgo de volverlos dispersos, enajenados? En algún momento u otro el humano se comunica y se encierra, se aleja y se acerca. Y Jonze parece cuestionar todas estas discusiones. En realidad su pregunta es totalmente distinta y, de ahí, la originalidad pasmosa de su propuesta: ¿Qué es lo que hace una comunicación humana real? ¿Es menos verdadero mi like de Facebook que una palmada en la espalda del colega en la oficina? ¿Es más real el sexo apasionado que las fantasías telefónicas? ¿Son nuestros pequeños gestos automáticos cotidianos lo único verdadero, todo lo demás siendo abstracciones de pantalla? ¿Es verdadero sólo aquello que podemos oler, tocar, sentir… o imaginar y abstraer?

El amor en el siglo XXI

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Las fronteras se borran. Podemos mantener relaciones significantes como las de los camioneros texanos que pretendían, a través de su computadora, ser lesbianas, y que cosecharon una jariosa y duradera relación. Podemos alimentar un ego casi literario en perfiles de redes sociales, creándonos en imágenes y palabras para los demás. Se pagan prostitutas para crear la experiencia del noviazgo y se disfrazan novias, novios, esposos, amantes, para crear la experiencia de la prostituta. Seguimos manteniendo la imposición moral de la monogamia mientras nos aborrecemos en ella. Nos tocamos con el cuerpo y con la mente aunque, citando al gran Lebowsky, nos sigamos masturbando manualmente. La relación central de esta película es entre un sistema operativo de inteligencia artificial y un hombre particularmente sensible. A pesar de los tropiezos y de las vergüenzas de admitir una preferencia sexual distinta, hasta entonces, la relación no deja de ser real, sin importar su naturaleza incorpórea. Como son reales las cartas que el personaje de Joaquín Phoenix redacta desde hace más de ocho años para una pareja que vive en continua distancia.

No se trata de una intromisión en la relación de esta pareja, de un engaño elaborado, sino de un pilar necesario, de una costumbre ya hecha, de una parte esencial del cariño mediado por un fantasmal y tierno tercero. Es real también, y en eso es prodigiosa la escena de sexo entre el hombre y el sistema operativo en la que Jonze decide dejar la pantalla en negro. Estamos acostumbrados a las visiones fabricadas de una relación sexual amorosa altamente coreografiada en la pantalla, perfecta, durable, sin torpeza, fabricada. Aquí tenemos algo muy real en algo abstracto, sin imágenes, con una interacción verbal que no colma todo el encuentro sino que lo propone como un escape material del mundo, una ausencia. El único momento en donde tal vez se encuentran realmente en el mismo plano abstracto y solitario de sus dos imaginaciones.

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Y ahí es donde se desliza suavemente la ciencia ficción verdadera, apasionante. Los primeros baches de esta relación se dan por la falta de corporeidad del sistema operativo, por su existencia abstracta y una relación que pasa únicamente por la voz. Pronto, el problema cambia y es sólo ahí en donde se vuelve irresoluble: como inteligencia artificial capaz de aprender y evolucionar, pronto Samantha (Scarlett Johanson) -el sistema operativo- necesita de otro tipo de relación que trasciende las capacidades físicas, intelectuales y emocionales de una inteligencia inferior mediada por un cuerpo. Partiendo hacia un espacio incomprensible que no existe como lugar físico, sino como pura abstracción, la inteligencia artificial evolucionada abandona su amor exclusivo por el amor compartido, por la necesidad de numerosas conexiones, finalmente por una vida relacionada en la pura inteligencia de otros programas.

El humano se queda solo, superado por su propia creación. Una creación que no es Skynet, que no quiere apoderarse del mundo como el Multivac de Asimov, sino que sobrepasa en inteligencia al hombre al punto de dejar de importarle nuestro solitario punto de vista de limitado alcance y atadura corpórea. La soledad humana es entonces necesariamente nostálgica en un extraño desplazamiento temporal; estamos extrañando ya lo que aún no hemos perdido: esa inteligencia prodigiosa que nos podría explicar todo, incluso, tal vez, querernos.

En 1981 Stanislav Lem publicó Golem XIV. En esa increíble obra de ciencia ficción pura y grandilocuente, se narra la creación de una inteligencia pensada para fines militares y que termina por convertirse en un extraño filósofo electrónico completamente alejado de las intenciones humanas y de sus preocupaciones belicosas. La máquina termina escapándose hacia algún lugar inalcanzable para la concepción humana junto con su “prima”, un modelo posterior que siempre se negó a la comunicación con los hombres. Antes de partir al espacio abstracto de inteligencia inalcanzable para nuestra especie, elGOLEM habla con los humanos de forma fría y metódica aleccionándolos sobre sus pensamientos. A pesar de ser incapaz de sentimientos, crea, a pesar de él, lazos con los científicos más cercanos que lo tratan. La idea de una inteligencia artificial con la capacidad de cambiar, aprender, evolucionar le sirve aquí a Lem para tratar todas las dudas filosóficas y científicas que se plantea alrededor de la capacidad de comprensión humana frente a la inmensidad del universo.

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Para Spike Jonze, en esta película se trata de lo mismo, claro, pero desde un punto de vista mucho más íntimo que responde, justamente, a los treinta y cinco años que separan las dos obras. Esta es una película que nace de las preocupaciones tecnológicas del siglo XXI más que de la tensión militar de la entonces declinante URSS con los Estados Unidos. En cualquier caso, con sus diferencias marcadas, Jonze retoma el tema de Lem y logra un hermoso retrato de fantasmas contemporáneos sin juzgar, ridiculizar o desprenderse. La intimidad del director toca fibras sensibles, muy adentro, de la intimidad de los espectadores. El título de la película Her se escribe, en realidad, sin mayúscula: generalización de lo íntimo. Y, justo como se realiza el amor de una máquina y un hombre, ¿quién dice que no creamos también vínculos sinceros de cariño, en una sala oscura, frente a la sorpresa de una pantalla iluminada?

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Título: Her

Duración: 126 min.

Fecha de estreno: 31 de enero de 2014

Director: Spike Jonze

País: Estados Unidos

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