Por fin llegó Interstellar. Tanto rato de espera, tanta anticipación para que finalmente se estrene la nueva épica del proclamado rey de la cultura geek en Hollywood, el nuevo padre de Batman en las pantallas, el más arriesgado creador de ciencia ficción torcedora de sesos, Christopher Nolan. No les puedo decir otra cosa: antes de ver esta película, ya estaba enamorado de ella. Cosa de apegos y sensación de momento: todo parecía indicar que Interstellar sería nuestro nuevo tótem espacial, un 2001 para esta generación, objeto de adoración y admiración. Cosa real: el amor puede ser doloroso y contradictorio.

La admiración nunca se va a borrar. Con todo, ésta es una de las más ambiciosas y logradas obras de ciencia ficción de nuestros tiempos. No hay duda. Pero, más allá quedan, en lo profundo de las lecturas, ciertas dudas que seguirán flotando, como luz en el espacio, esperando a que algún centro de gravedad las atrape. Sin querer quemarle nada a nadie, voy a intentar explicar aquí por qué no llegué a adorar, como pensaba, esta película; decirles qué dudas me quedaron y, en medio de una ligera variación en mi adoración prevista, cómo la aventura de Nolan sigue siendo un festín visual y una sólida diversión. Este tipo de eventos cinematográficos da para que tiremos toda clase de labia y opiniones hasta confines espaciales.

Lujo espacial en un estuche práctico

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Lo primero que se tiene que decir de esta película es que, como toda cinta de Nolan, es un verdadero lujo visual que se completa con una historia sólida, música arrebatadora y actuaciones tan sutiles como poderosas. El guión nace de un esfuerzo largo y conjunto que comenzó con un proyecto más cercano a la ciencia en manos de Jonathan Nolan –hermano del director– y Steven Spielberg. Por esas remotas fechas del 2006, varios productores querían realizar una cinta basándose en las enseñanzas del físico retirado Kip Thorne. Y todo terminó concretándose con la salida de Spielberg del proyecto y la llegada de Nolan. Todo esto le iba a añadir a un guión apocalíptico la profundidad personal del tremendo director y, claro, su ambición espacial.

En lo escrito está el toque de Nolan, las anticipaciones y los regresos, las complejidades narrativas que pasan claras como el agua, la sorpresa y el suspenso; en medio de todo, las consideraciones metafísicas sobre el hombre, la identidad, el tiempo y la vida. Todo rendido a la más pulcra exactitud por actuaciones consistentes y bien llevadas en sutileza y efectividad: el personaje de Jessica Chastain, en niña y adulta, es perfectamente natural y comprensible; Matthew McConaughey, eficaz, como ya es su costumbre; Anne Hathaway ya tan lejos de los horribles roles de princesa y de las canturreadas de Óscar es una verdadera delicadeza; y el resto del elenco pega en el clavo desde los inesperados papeles para Matt Damon y Michael Caine –que es mucho más complejo que su típico rol de buen-viejito-sabio-Morgan-Freeman-pero-blanco–, hasta excelentes papeles secundarios para Casey Afflek y David Gyasi.

En la trama, por otro lado, todo es enredado y complejo pero accesible finalmente gracias a la enorme capacidad de Nolan para tejer historias. Aquí se mezclan con singular soltura los viajes interestelares con las historias familiares, la tragedia apocalíptica con perspectivas temporales de relatividad angustiante, el miedo a lo desconocido y el confort de lo familiar. Fuera de los puntos particulares que después me voy a permitir criticar, la forma en que Nolan teje la historia y maneja la complejidad del guión con encuadres casi didácticos, es simplemente virtuosa.

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A todo esto se le puede añadir un viejo guiño para toda la ciencia ficción como historia de un personaje, desde Metropolis, pasando por Forbidden Planet, Star Wars, hasta 2001 y Moon: el ayudante robot, límite entre lo humanamente accesible y el sacrificio racional frente a las órdenes de la especie que lo creó, potencialmente peligroso y aun así cercano. En este sentido, la primera parte de la cinta es brillante: retrata con completa naturalidad y consecuencia el vivir cotidiano de un mundo en extinción. Sin necesidad de precisar el tiempo, se entiende que ya quedan pocos hombres en el planeta, que ya no hay ejércitos y se cierran universidades, que el mundo sólo produce granjeros y que los robots, drones y demás artefactos son tan comunes como ya obsoletos. Este mundo del que trata de huir la humanidad en la posibilidad del viaje interestelar, parece la cosa más natural, evidente, gastada. Y a todo esto se suma el uso del polvo para retratar la decadencia –un poco como el polvo de la entropía en Do Androids Dream of Electric Sheep?– y las entrevistas tipo mockumentary que le agregan al realismo sin perder la ficción –algo como lo que hizo Blomkamp en District 9.

Y claro, por encima de todo, el llamado Space Porn. Sí, nada que ver con Barbarella o algún desnudo flotante: esto se refiere aquí al gusto estético avanzado de retratar al espacio en su esplendor, con tiempo y ambición. Kubrick lo hizo y hay mucho de su lujo paciente aquí –en particular, con el lento baile de los anclajes. Y nada que agregar ahí, sus ojos tendrán que experimentarlo. No cometan, por lo que más quieran, el error de ver esta película en otro formato, ya lo dijo Paul Thomas Anderson: “el IMAX es la única manera de verla”. Filmada con una cantidad impresionante de cámaras IMAX, esta cinta no busca el tan recurrido formato del 3D –incluso parece huir de él– y se ancla en el peculiar placer de tomas inmensas y expandidas de horizontes que colindan y que tanto disfruta hacer Nolan. Lo vimos en Batman, claro, pero también en los vuelos alucinantes sobre una ciudad en el norte de África para Inception.

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Aquí todo se convierte en una locura para la representación científica: planetas con olas gigantescas y mares bajos hasta el horizonte; lugares de hielo en donde las nubes congeladas se tocan como en espejo con el piso gélido; los llamados “hoyos de gusano” en su representación más realista, como concepto logrado en tercera dimensión, punto de contacto visualizado en esfera, reflejo del otro lado del universo. Y claro, como ya habíamos anticipado, la hermosa representación de los hoyos negros según los cálculos teóricos de Kip Thorne. (Representación llevada a un extremo completo en la imagen que pasa de la iluminada periferia gravitacional de los agujeros negros a su interior: locuras bien ancladas de la ciencia ficción sobre creaciones tridimensionales del espacio y el tiempo según la lógica de seres de la quinta dimensión).

Y con esto no quiero quemar más de lo necesario, sólo darles a imaginar algo de la ambiciosa locura de Nolan. El director dijo que no quería imitar a 2001: A Space Odissey pero sí intentar mantener la misma ambición en términos de escala y alcance. En este tremendo logro, se cumple su cometido tanto como se distancian las comparaciones: esto, en su completa cercanía visual y experimental, no tiene nada que ver, temáticamente, con Kubrick. La visión oscura de uno se encuentra aquí con Nolan en su tope de consuelo, esperanza y amor. Y aquí pueden empezar los problemas.

Serendipia, amor y decepciones

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Dicen por ahí que “serendipity” es una de las palabras más difíciles de traducir del inglés. Se refiere, en el mundo de la ciencia y tantas otras aplicaciones, al descubrimiento accidental, al tropezón fortuito que hizo que Fleming encontrara la penicilina en un hongo, la manzana de Newton o el despertar del LSD. Pero hay más que eso. Para que Fleming dedujera ahí la cura maravillosa que cambiaría la medicina moderna, tuvo que ser antes un científico y, claro, muchos se habían metido en bañeras y no todos gritaron el “¡Eureka!” de Arquímedes. La cosa es que –y en eso está el libro de Pérez Tamayo– tiene que existir antes el espíritu científico de curiosidad para que el accidente ilumine un descubrimiento. Todo esto va a que, ya lo verán en la película, Nolan trata este tema desde una perspectiva de ciencia ficción que va mucho más allá del accidente a una perspectiva esperanzadora de mensajes amorosos en el tiempo. Esto puede parecer bastante críptico como lo digo ahora pero, una vez que vean la cinta, entenderán a qué me refiero.

Ahora bien, es aquí en donde la perspectiva de Nolan puede parecer conflictiva para algunos, entre los que me incluyo. Esta película, con todo su valor visual, sus logros indudables y su historia construida con cuidado y cariño, tiende a una perspectiva esotérica en donde se mezcla la ciencia dura sustentada en imágenes con un mensaje esperanzador para la humanidad. Y el mensaje es el del amor que atraviesa el tiempo y el espacio, el de la esperanza y la inagotable capacidad humana de supervivencia. En esto, Nolan no desespera: parece que finalmente, después de una primera década del siglo anclada en el pesimismo apocalíptico, llegamos a representaciones de la esperanza. Interstellar se opone fuerte a toda clase de pensamiento pesimista que vería en el hombre la voluntad idiota de una especie que se reproduce sin saber muy bien por qué, que sobrevive por impulso y que disfraza su inercia voraz de vida con términos como “amor”, “familia”, o “trascendencia de las ideas”.

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Para Nolan, el humano puede ser salvado, muy por encima de su maldad primaria –maldad que sólo existe en él y no en la naturaleza– por dos cualidades que se interconectan en la serendipia: la curiosidad científica que impulsa la voluntad de no irse sin pelear, de no conformarse a su destino y que, frente a la extinción, nos motiva aún a ver hacia las estrellas; y el amor como vehículo de conocimiento, como la causa de los accidentes que llevan al descubrimiento, como eso que nos distingue en seres humanos y que nos permite llegar más allá de nuestro cortos límites físicos. En eso se relaciona bastante con la película poco comentada, de bajísimo presupuesto, y logros visuales impresionantes que fue, en claro homenaje a Kubrick, Love (2011). La idea, finalmente, es la de un esoterismo peculiar que parecía haber abandonado a la ciencia en nuestros días: esa mezcla, en creencia profunda, de lo espiritual y lo racional, de la magia del sentir con la fuerza pensada del poder científico.

Aquí quiero dejar algo perfectamente claro: no es que tenga yo nada en contra de la visión de Nolan, ni de las esperanzas mantenidas en el hombre y la ciencia; lo que sí es que me parece, todavía, que nuestro panorama es muy oscuro y que a la ciencia ficción no puede bastarle una crítica superficial que se agota en la salvación tecnológica del amor. En otras palabras, lo que me dejó intranquilo de la película es la visión del resguardo de la humanidad en el corto alcance de una historia familiar, de la esperanza final y de un programa global que sólo afecta, en lo que parece, a cierto resto de un Estados Unidos campestre. Toda la película es demasiado ambiciosa para quedarse en un punto de vista tan corto y, al final, me dio la impresión de que todo lo inquietante y espectacular del viaje interestelar fue sólo una excusa para contar una historia íntima, muy cercana al director, que nos salva a todos con la creencia en la ciencia y el amor que nos hace humanos. Tanto y, tal vez, tan poco.

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En todo caso, mucho se puede discutir sobre este punto que, aquí, desde mi peldaño de escritura, me tomo el tiempo de criticar muy subjetivamente. Sigo sosteniendo que disfruté mucho más la incertidumbre angustiosa del final de Inception que las certezas encontradas en la esperanza por la raza humana. Pero claro, esto es cuestión de perspectiva: tal vez Nolan siga pensando muy diferente y encuentre consuelo en la ciencia ficción. En lo personal, me siguen intrigando más las preguntas que las respuestas provisionales, la visión oscura de nuestra suerte que la resolución amorosa e inocente de nuestros muy reales conflictos. Será el futuro, con o sin nosotros, el que nos desmienta.

Lo bueno

  • Casi todo en la realización: lo visual, el score musical que es una joya, las actuaciones sutiles y eficaces, una historia compleja que se resuelve sencillamente, como bien le gusta a Nolan.
  • La capacidad de difundir conceptos científicos complejos con total naturalidad y lograda comunicación.
  • La ambición desmesurada, el atrevimiento y el resultado en un viaje narrativo, visual, de lo más impactante. Tal vez una de las películas de ciencia ficción más lujosamente atrevida de nuestros tiempos.

Lo malo

  • La esperanza que sostiene todo el aparato narrativo y que, a mi gusto, vuelve un alcance inmenso en un comentario corto y, tal vez, inocente.
  • El problema, que tendrá que ser muy discutido, de las paradojas temporales: ¿quién fue primero, la salvación o los salvadores?
  • El giro amoroso y demasiado íntimo que puede tanto encantar a algunos, como desilusionar a otros. Finalmente, en la superficie dura de realismo y ciencia se esconde un centro blando y dulce de amor con melcocha. ¿Algo para cada quién?

Veredicto

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Interstellar es un lujo. Es una película hecha con meticulosidad y ambición, que logra sus cometidos tanto narrativos como visuales con singular eficacia y grandilocuencia que nunca se siente forzada. Entre los múltiples logros de Nolan, esta película se coloca como su mayor conquista visual. Ahora bien, viendo en retrospectiva las otras cintas del director, encontramos aquí un optimismo que tal vez se pinta muy fácil, que no cuestiona tanto la compleja y dolorosa condición del ser humano, que responde a lo que propone, a nuestro futuro, con cariño y sencillez. En esto, algunos, como yo, podrán sentirse algo desilusionados sin por ello dejar de apreciar la enormidad que implica esta película y la indudable emoción que produce. Como dije, esto es un lujo como definición: algo indudablemente valioso pero que, finalmente, puede llegar a ser superfluo.

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Título: Interstellar

Duración: 169 min.

Fecha de estreno: 6 de noviembre de 2014

Director: Christopher Nolan

Elenco: Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Michael Caine, Jessica Chastain, Matt Damon, Casey Affleck

País: Estados Unidos, Reino Unido

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