Toda mi vida quise escribir sobre Tolkien y ahora que puedo no tengo tantas ganas. Me parece, de hecho, bastante difícil hacer una reseña de la última película en el universo de Peter Jackson.

Y esto es, como supongo le sucederá a muchos, porque crecí leyendo los libros del enorme autor de fantasía; y porque también crecí viendo las películas de Jackson. Si lo piensan bien, se empezaron a filtrar las primeras imágenes de The Fellowship of the Ring hace 15 años, allá en los últimos meses del milenio. Y desde entonces nos hemos acostumbrado a la presencia de esta Tierra Media tan peculiar, a convivir con la idea de Viggo Mortensen como un Aragorn destacado y a ver a Ian McKellen como un Gandalf evidente.

Éste es el final de un viaje generacional que nos implicó a todos reviviendo un imaginario vivo y acechante. Y no hablo nada más de los libros –que muchos leímos repetidas veces–, sino también del enorme arte de Alan Lee y, sobre todo, de la forma viva en que Jackson adoptó las imágenes de John Howe. De pronto, todo un reino que sólo existía en nuestras mentes, en algunas imágenes, se había materializado mágicamente convirtiéndose, a pesar de lo que cada uno pueda objetarle, en un clásico instantáneo.

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Todo esto nos marcó profundamente. Y el tiempo pasó. Cuando llegó The Hobbit: An Unexpected Journey todos sabían qué esperar y nadie sintió el mismo impacto. Fue emocionante ver ese libro tan entrañado interpretado de forma inesperada y épica pero también vinieron algunas decepciones: Smaug, a pesar de la tremenda voz de Benedict Cumberbatch, no fue el dragón que nos había encantado en sueños, Jackson metió a personajes nuevos que nadie entendió muy bien y todo pasó de ser un serie de dos películas a una trilogía que se alargaba más allá de la querencia íntima del libro.

Pero no fue mala la intención de Jackson. The Hobbit era un libro para niños que se transformó en sus manos en el preludio épico para una obra maestra. Y, claro, la relación con la segunda trilogía se volvió fundamental. Al punto en que el director neozelandés nos trajo retazos de la historia completada por Tolkien en los apéndices y en contadas partes de los Cuentos Inconclusos. Cosa que no dudo todo fanático seguidor de la inmensa historia de la Tierra Media agradeció: ¿a quién no le emocionó ver la reunión de Gandalf con Thorin o las primeras exploraciones de Dol Guldur? ¿A quién no le cautivó la historia de Erebor en su opulencia y ver en pantalla la llegada de Smaug a la montaña?

La mejor entrega y las buenas costumbres

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En cualquier caso, podemos decir que esta última entrega –que es, a mi parecer, la mejor de las tres películas de The Hobbit– tiene resumidos todos estos grandes logros. Encontramos, de nuevo, excelentes caracterizaciones en Freeman como Bilbo y Armitage como Thorin, de quien se retrata con singular inventividad la locura. Nos vuelven a recetar esas excelsas escenas masivas de guerra que encuentran aquí grandes momentos épicos y si no, cuando la vean, díganme que no les levantó un grito en la garganta la primera intervención de los elfos junto a los enanos en el campo de batalla.

Las formas de combate se afianzan y es un verdadero deleite encontrar los movimientos sutiles de los elfos y la tosca efectividad golpeadora de los enanos; contrapunto que cimentarán después, con ternura violenta, las competencias de Gimli y Legolas. Y con todo esto, la historia se desarrolla en un gran flujo épico sin perder por eso la intimidad y cercanía de los personajes. Reconocemos la nobleza desinteresada de Bardo, la sabiduría previsora de Gandalf, el ingenio de Bilbo y la valentía de los enanos que quedan atrapados en Erebor. Se incluyen, además, a buen tiempo, esos personajes tan queridos, como son las águilas y Beorn.

De la parte inventiva de Jackson de nuevo vemos retazos de la historia que no aparecen en el libro y que completan todo el esquema político de anticipación que teje Gandalf. Aquí, en particular, encontramos el muy emocionante destierro del Nigromante de Dol Guldur a Mordor y la importancia estratégica de Erebor en la futura batalla contra las sombras. Reencontramos a Galadriel apoyando, desde su poderosa postura, a Mithrandil y una sombra de duda que se posa ya sobre las intenciones de Saruman. Se nos presentan además, por primera vez en la cronología de la ficción, a los Nazgûl en una forma aún más impactante que la de la trilogía del anillo. Y hasta aquí, puro deleite.

Los mismos pecados

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Sin embargo, donde se reproducen las virtudes, también regresan los pecados. Si bien la interpretación libre de Jackson se agradece –y no hubiera quedado nada bien con la otra trilogía hacer una saga para niños repleta de canciones– de repente hay momentos que resultan incomprensibles. Como ya lo comentó bien Fernando Barajas aquí mismo, la inclusión de una historia de amor entre Kili (Aidan Turner) y ese personaje inventado completamente innecesario de Tauriel (Evangeline Lilly) sólo sirve para volver más trágica la ya conocida muerte del familiar de Thorin. Es una relación que no tiene mucho sentido en el mundo de Tolkien: por más carita que pongas al enano, ¿no son sus esposas mujeres parecidas a ellos, barbonas y escasas, a las que celan con particular necedad? ¿No están los elfos muy por encima de un tosco cavador de minas en sus enormes exigencias estéticas?

Y claro, como lo comentó bien Fernando, esto responde a una necesidad un poco extraña de volver políticamente correctas todas las dudas imputadas a Tolkien de racismo. Es por eso que encontramos a una multitud de extras afroamericanos entre la población de la ciudad del lago; por lo que vemos estas extrañas relaciones entre elfos y enanos –que en realidad sólo aparecen en la enorme y legendaria amistad de Gimli y Legolas– y que existe esa inclusión de Azog como un orco blanco de profundos ojos azules. Todo para decir, de la manera más torpe y hollywoodense, con una culpa transpuesta en donde no debería estar, que no todo lo blanco es bueno y lo negro malo.

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Y claro, todo esto podría ser completamente disculpable si no quitara espacio para cosas que sonaban mucho más interesantes. Digo, si ya iba a adentrarse Jackson en los apéndices y en los Cuentos Inconclusos, ¿por qué no incluir más de los esquemas de Gandalf al final de la película? ¿O el regreso de Sauron a Mordor? ¿O la sucesión de Dain como señor de Erebor que muere honorablemente blandiendo su hacha contra las huestes del mal? ¿Por qué no seguir unos pasos más las deambulaciones de Gollum o, justamente, las andanzas de Aragorn?En vez de algo así, tenemos escenas románticas que no vienen al caso y alargues innecesarios en las batallas que terminan en poco agraciados showdowns al estilo de tantas películas de acción noventera (¿a nadie le recordó esto la genial muerte de Travers en Cliffhanger?). Los pecados de Jackson se repiten y bueno, esto también termina por darle a toda la trilogía, una coherencia particular en errores y emocionantes logros.

Y lo que queda

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No habrá más Tierra Media por un rato. Se acabó ahora sí el legado tolkeniano de Jackson y empezará, en un futuro impreciso, una nueva tradición. A quien le toque seguir este enorme conjunto de películas se las tendrá que ver negras (¿será HBO después de Game of Thrones?) con el Tolkien Estate y sus acartonados defensores. Nadie puede ahora prever el futuro resultado que cimentó, con tanta valentía, el gran director neozelandés.

Con todo, esta película representa el final de una era generacional que nos marcó a muchos y que, emotivamente, recordaremos siempre con todo el gusto por encima de las críticas. Como siempre lo quiso su director, hay un orden y una coherencia en todo el caos de producción que fue esta larga aventura: Jackson es, finalmente, como todos nosotros, un fanático de Tolkien. Su legado será también para la generación que apenas nacía cuando salió la primera película y que ahora puede ver la saga en el orden cronológico de la ficción.

Para todos los demás nos queda la excelsa tarea de los maratones –de preferencia una vez que salgan todos los extended cuts– de 26  horas de fantasía, emociones y espléndidas batallas. Queda solamente flotando esa duda que, al parecer, nos perseguirá siempre, pensando cuándo regresarán estos mundos… y cuántas veces más nos tendremos que despedir de la Tierra Media.

Lo bueno

  • Las maravillosas escenas de guerra y el balance logrado por Jackson entre delirio épico e intimidad envolvente.
  • El desarrollo interpretativo de los personajes, logrado con fuertes actuaciones y coherencia emotiva.
  • La inclusión oportuna de los apéndices y los Cuentos Inconclusos.
  • Un final digno para el renovado gusto que será revivir todo este universo de cabo a rabo.

Lo malo

  • Las interpretaciones burdas que hizo Jackson con nuevos personajes y manipulaciones innecesarias.
  • Los efectos de Galadriel enojada que siguen pareciendo un refrito tosco de viejo videojuego en medio de otros efectos visuales impresionantes.
  • Los alivios cómicos no siempre oportunos en personajes secundarios, Alfrid en particular.
  • Que siempre duele el necesario punto final.

Veredicto

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A pesar de no estar a la altura de la trilogía de Lord of the Rings, esta entrega fue la más acertada de la reciente saga. Con escenas de batalla impresionantes, efectos inmejorables, buenas actuaciones y sostenida tensión emocional, Jackson logró darle un cierre digno a su intromisión interpretativa en la Tierra Media. A pesar de sus sonados errores, éste es un evento fílmico que recordaremos por muchos años y no se le puede negar esa importancia. Por suerte, siempre se pueden volver a ver las películas, siempre se puede regresar a la apasionante lectura de los libros. Aun así, aunque Tolkien no nos abandona, las despedidas siguen siendo difíciles; porque lo nuestro, como fanáticos, será siempre la historia de una ida y un retorno.

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Título: The Hobbit: The Battle of The Five Armies

Duración: 144 min.

Fecha de estreno: 11 de diciembre de 2014

Director: Peter Jackson

Elenco: Ian McKellen, Martin Freeman, Richard Armitage, Evangeline Lilly, Cate Blanchett, Benedict Cumberbatch, Luke Evans, Orlando Bloom, Lee Pace, Christopher Lee, Hugo Weaving

País: Estados Unidos, Nueva Zelanda

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