Esta semana se estrenó la adaptación de la segunda parte del fenómeno literario The Maze Runner en nuestro país.

Hace ya tiempo reseñé la primera adaptación de la saga de James Dashner, The Maze Runner, cometiendo un error mayúsculo: hablé más del libro que de la película. Y claro, podría justificar este error por una sencilla razón: sentí que la película no añadió nada al libro y que, finalmente, fue una adaptación bastante desangelada de una novela producida más con afán de mercadotecnia que de verdadera profundidad en ciencia ficción. Sin embargo, creo que podría retirar todo lo dicho sobre esa primera adaptación al ver The Scorch Trials. Siguiendo el mismo camino, antes de ver la película, leí la novela y luego fui, con pocas esperanzas, a ver qué habían hecho con la adaptación. Y bueno, diría que el resultado fue decepcionante si no sintiera que me quedo corto: esta película no tiene ya nada que ver con los libros de Dashner; es una adaptación sosa, banal, insulsa y que logra destrozar completamente cualquier interés que podría llegar a tener el material original.

Una adaptación problemática

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En esta segunda entrega vemos, inmediatamente, la continuación de la película anterior: los gladers fueron rescatados, llegan a un lugar seguro, comen, se bañan y descansan, sólo para descubrir rápidamente que están, de nuevo, en las garras de WCKD. Y de ahí, toda la trama de la película difiere severamente de lo planteado en la novela. Porque aquí no se tomaron la molestia de respetar absolutamente nada. El segundo libro de la saga de Dashner es, como buena continuación mercadológica a la primera novela, una historia que se lee fácil, que no llega a grandes profundidades y que sirve, solamente, de engranaje para el tercer libro de la saga.

Pero con todo y todo, debo decir que seguí disfrutando de las locuras sin sentido de Dashner y de su capacidad para crear algunos ambientes bastante ominosos. Digo, las descripciones de los cranks como locos infestados que no han perdido la capacidad de hablar y recitan extrañas rimas sobre sus narices perdidas son bastante divertidas; como también lo es la sanguinaria descripción del muchacho calcinado por un rayo que tiene sólo pedazos de pierna y carne al rojo vivo mientras sigue llamando a sus compañeros, entre la vida y la muerte, con gritos desesperados que se ahogan en el viento. Y sí, en la novela hay momentos genuinamente perturbadores: la fiesta de los locos por el fin del mundo, los cuerpos colgados del techo del primer refugio, la oscuridad de los túneles interminables… Y bueno, el libro es puro delirio que acaba en otro giro de la misma temática: todo lo que ocurre es otra prueba, todo lleva a otra situación angustiante en las garras de WCKD, todo es otra etapa en el camino para conocer la verdad última de este universo.

Aun así, la novela no quiere ir más allá de sus cortas pretensiones y admite, de cierta manera, las locuras a las que somete a unos lectores rápidamente acostumbrados a sus torpes subibajas. Pero la película se cuece aparte. Desde los primeros minutos, los fanáticos de la novela se darán cuenta de que esto no tiene nada que ver con lo que leyeron. Primero que nada, los scorch trials, es decir, la fase dos de las pruebas a las que se tienen que someter Thomas y sus amigos desaparecen completamente en la cinta. Así es, la película se llama “Prueba de fuego” y no hay ninguna prueba. Aquí los guionistas decidieron que el título no era importante, que el libro original era sólo una excusa y que la mejor idea era cambiar completamente la trama para nada tuviera sentido. Porque esta película rechaza, desde el principio, la premisa del libro –y de toda la saga– para crear su propio mundo en el que mezcla, con tono aburridamente solemne, todos los clichés posibles del género –y de otras tantas partes–.

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Desde los primeros minutos, los fanáticos de la novela se darán cuenta de que esto no tiene nada que ver con lo que leyeron.

Para empezar, introducen el elemento de una rebelión en contra de WCKD para situar la película en el ambiente creado por otras distopías juveniles de trasfondo más político (como Hunger Games, The Giver o Insurgent). Así, se aleja completamente del ambiente hostigante de las novelas de Dashner en el que WCKD parece controlar absolutamente todo. En la cinta, WCKD pierde el control y tiene que lidiar con una hermandad rebelde que busca encontrar una cura y un santuario de forma menos violenta. El problema aquí es que la novela de Dashner se convierte en otra cosa completamente distinta: entra la discusión política sobre el fin justificando los medios, se transforma la cara ambigua de WCKD en algo totalmente maniqueo y todo acaba siendo una pelea entre los buenos buena onda y los malos muy mala onda. Y claro, si de por sí, el mecanismo insistente de la omnipresencia de WCKD en la novela de Dashner puede cansar en algún punto, al menos mantiene algo de originalidad. El giro político de esta cinta nada más nos muestra que quiere copiar, sin mucha elegancia, otras tramas que han funcionado bien con el público adolescente.

Y eso no es lo único que se fusilan: por ahí tenemos los elementos de peleas en edificios derrumbándose y tirolesas gigantes que vimos en Insurgent y Divergent; por ahí encontramos también todos los clichés más reutilizados de la temática zombi con persecuciones frenéticas, niñas infectadas, tráfico de coches abandonados, mordidas maliciosas y el clásico suicidio necesario del tipo moribundo que sabe que no la va a armar (ya saben, sus amigos le dejan la pistola, tiran unas lágrimas, se van cabizbajos y luego se quedan helados al escuchar el disparo)… Pero eso no es lo más aberrante del asunto. La temática zombi estaba presente y admitida en el libro de Dashner. Sin embargo, en la novela, los zombis del Flare tienen cierta originalidad: no son muertos vivientes, sino personas afectadas por una severa enfermedad del cerebro que los enloquece completamente. Y eso los hace más terroríficos: hay varias etapas de la enfermedad y la locura progresiva los va volviendo más extravagantes, más extraños y más violentos, sin quitarles una inteligencia perversa y desquiciada. Por decirlo de otra manera, en la novela de Dashner, los zombis son unos locos que hablan y piensan mientras se van pudriendo.

Pero no, aquí los zombis son zombis como el más zombi de los zombis: gritan aullidos escalofriantes, parecen muertos pero se mueven y, claro, atacan a mordidas. Aunque lo peor de todo es que, como si de nada fuera, le agregaron un elemento más que fue robado descaradamente de otra parte: aquí los zombis se arrancan los ojos y se guían por el sonido, la enfermedad los consume como una especie de hongo que los va enraizando a las paredes y hacen extraños ruidos de cliquecitos agudos… ¿les suena a algo? ¡Se fusilaron los zombis de The Last of Us! En verdad parece impensable que transformaran los cranks de Dashner –que ya eran bastante originales– para robarse otra idea de una historia genial que no ha sido adaptada a la pantalla arruinando, de paso, todo el añadido ominoso de ese gameplay tan peculiar. Hasta dan ganas de convertirse en zombi y sí… sacarse los ojos.

¿Y qué queda fuera de todos estos robos de clichés? Muy poca cosa: con la destrucción de la premisa original de Dashner, esta película se convierte en algo completamente previsible que no logra conectar emocionalmente con el espectador en ningún momento y que no parece entender la banalidad de sus propósitos. La dirección es desabrida, la edición torpe, el guión convulso y mal planteado. Nada parece funcionar en una cinta que, al menos, podría intentar darse el lujo de entretener…

Un hurto sin sentido

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Ni siquiera con todos estos robos a otras franquicias, a otras historias y a otras temáticas, The Scorch Trials logra fabricar algo divertido. Porque la película es poco inventiva hasta con sus hurtos y el resultado es algo increíblemente soso: todo parece ya gastado, todo resulta familiar con las tomas choteadas hasta la muerte de un puente que de aspecto neoyorkino enterrado en la arena, con los harapos demasiado bien ajustados de los sobrevivientes, con todas esas amenazas que hemos visto mil veces, y de mejor modo, en otros lados.

Y, cuando, en contados momentos, la película respeta el material original, sólo lo hace para arruinarlo: los personajes de Bren y Jorge son increíblemente banales, la traición de Teresa no tiene ningún sentido, la tormenta de rayos parece pirotecnia barata y el desierto interminable y hostil es como un paseo por el parque. Digo, en la novela los personajes tienen que estar buscando constantemente sombra por la presencia de un Sol que produce quemaduras casi instantáneas de segundo grado. Pero no, en la película todos los personajes se dan el lujo de usar todo el tiempo chamarritas adecuadas a cada uno ¡y hasta gabardinas con piel de borrego! Porque claro, es la mejor idea abrigarse así para caminar por un desierto de llamaradas solares: con esas decisiones, con razón la humanidad está condenada.

Todo se combina entonces para acabar en un final confuso y a la vez fastidiantemente predecible, para repetir locaciones completamente banales, para adecuar el entorno falso y soso a un guión pésimamente escrito, sin ninguna carga emocional, con diálogos patéticos y una trama tan desabrida, tan carente de interés, que acaba aburriéndote a pesar de la insistente acción. Y los personajes añadidos o modificados no ayudan en nada. La aparición de Janson como un Rat Man modificado que quiere convertirse, por una elección de casting bastante predecible, en el Little finger de Game of Thrones es terrible; el papel que juega Aris es menor y de relleno; la doctora que ayuda a los rebeldes y el líder que los guía son más secundarios que la vestimenta; y la Doctora Paige se está convirtiendo en una copia barata del personaje encarnado por Kate Winslet en Divergent.

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Todo se combina entonces para acabar en un final confuso y a la vez fastidiantemente predecible.

Finalmente, por si todo lo que mencioné no sirviera para mostrarles en qué tantas cosas logró fallar esta adaptación, podemos hacer un comentario final sobre el sentido de toda la saga. ¿No se supone que las pruebas interminables son para hacer un mapa del cerebro según las reacciones de los gladers? ¿No era ésta la única forma de encontrar una cura a la terrible enfermedad del Flare? Pero la película no parece estar enterada de este detalle que sustenta todo el universo de Dashner. No, aquí la cura está en la sangre de los gladers que son, en gran parte, inmunes: todo el asunto se podía remediar sacando una enzima en el cerebro de estos adolescentes y sanseacabó. Entonces, me pregunto con los ojos al cielo y de rodillas ¿para qué tanta bronca? ¿Para qué someter a todos estos pobres tipos a un laberinto que los podía matar? ¿Para qué hacerlos luchar por sus vidas y no mejor, de una vez por todas, sacarles sangre y hacer sus menjurjes –que acaban mezclando en tres microsegundos con un tubo de ensayo y una jeringa en un campamento provisional en medio del desierto–? Si se plantea así la premisa de la segunda película ¿no se tira al suelo toda la trama de la primera? Es decir, ¿no se destroza toda la saga, toda su razón de ser y todo el sentido de estar sentados sufriendo esta cinta?

La capacidad de los guionistas para volverlo todo absolutamente innecesario es inaudita. “¿Cómo podemos hacer que esto sea más banal?” “¡Ya sé, porque no decimos que todo fue por nada y que lo que van a ver no tiene sentido!” ¡Excelente idea geniales productores y dotados guionistas! Con un giro majestuoso de sus plumas arruinaron el mínimo interés que había establecido la primera parte para dejarnos pasmados frente a una abigarrada construcción de nada. Y creo que ya voy a dejar de escribir porque empiezo a pensar que me robaron dos horas de mi vida, que le robaron tantas cosas a otras películas y a un videojuego genial, que le robaron a los aficionados de la saga el más mínimo placer de verse identificados y que, finalmente, no es justo que nos sigan robando atención en la escritura y en la lectura. Que las arenas del tiempo sepulten este bodrio que anuncia una tercera parte que sólo podría caer más bajo si la filmaran en el centro de la Tierra.

Lo bueno
  • Nada
Lo malo
  • Todo
Veredicto

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Esta cinta acabó de destrozar lo poco que había logrado la primera adaptación, banalizó completamente el material de Dashner y se robó todos los clichés posibles de todo lo que pudo encontrar. El resultado es una melcocha molesta y aburrida, sin ningún interés que cambió la originalidad fácil y divertida de los libros por una solemnidad sin profundidad, sin consistencia y sin ninguna trascendencia. Si les pareció que esta crítica fue demasiado intransigente, demasiado subjetiva, demasiado molesta, habré logrado mi cometido porque esta cinta me hizo pasar un mal rato y estas líneas las redacto desde mi más sentido despecho de espectador engañado, robado y completamente insultado. La única prueba que hubo en esta película es la prueba de resistencia a la que nos somete. Mejor quédense con Dashner, jueguen The Last of Us o vayan a pasear a un desierto con gabardinas invernales mientras piensan en sus obligaciones fiscales, cualquier cosa será mejor que ver esta producción pensada, sin imaginación y sin inteligencia, como una demostración acrobática de cómo escupirse en la cara salpicando majestuosamente a todos los espectadores.

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Título: Maze Runner: The Scorch Trials

Duración: 131 min.

Fecha de estreno: 10 de septiembre de 2015

Director: Wes Ball

Elenco: Dylan O’Brien, Thomas Brodie-Sangster, Kaya Scodelario, Ki Hong Lee, Jacob Lofland, Aidan Gillen

País: Estados Unidos

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