Deadpool es un logro de acción y comedia autoconsciente que reivindica algunos de los terribles errores pasados de Fox.

El mercenario con hocico, amante de la comida mexicana y de las referencias pop, el degenerado regenerativo, la más sensual abominación de este –y varios otros– universo, terror de lo solemne y tirador compulsivo de bromas ha llegado, por fin, a nuestras pantallas. Después de mucha espera y una de las campañas publicitarias más exitosas de la historia, Deadpool se estrenó el cine llevándose las palmas de fanáticos y críticos por igual. Y no era una tarea fácil cosechar éxitos de este tamaño con una película que obtuvo clasificación R en Estados Unidos, que sólo contó con 58 millones de dólares para su producción y que se estuvo cocinando durante más de 6 años sin cambiar de escritores. Además de que, claro, es una cinta que encarna a uno de los más polémicos antihéroes heroicos del universo Marvel. Deadpool es un personaje relativamente nuevo –con sólo veintitantos años de existencia en una industria de enorme longevidad– que siempre ha representado un dilema para sus creadores. Desde que Liefeld y Nicieza crearon al personaje como “un Deathstroke para los Teen Titans”, nadie pensó que el extraño mercenario despiadado se convertiría en un ícono cultural.

Así que ahora que regresa con bombo y platillo a la primera plana de todos los comentarios culturales en torno al cómic, no nos queda más que saludar, con sana discusión, su nueva encarnación en pantalla de la mano del primerizo director Tim Miller. Con todo y la polémica sobre moralidad y violencia –que francamente me parece retrógrada y banal–, con todo y el entusiasmo comercial y los comentarios sobre su lugar en el universo de los X-Men, con todo y su desfachatada sexualidad, lenguaje atascado de vulgaridad y chistes autorreferentes, Deadpool nos da muchísimo de qué hablar. Para hacerlo, ni modo, tendremos que comentar esta película con algunos SPOILERS (aunque los mantendremos al mínimo). Y digo, no hay otro modo: esta cinta rompió todos los records de taquilla para un estreno con clasificación R del gabacho y dudo que haya muchos fanáticos que, para esta semana, no la hayan ido a ver, al menos una vez, con gran pantalla y lluvia de palomitas. Así que, sin más preludios, aquí les dejo mi opinión sobre una de las más logradas cintas de la desigual unión de Fox con Marvel. El tragón de chimichangas ha sido reivindicado en pantalla, con todo y algunos tropiezos, para nuestra complacencia, satisfacción de pésimo gusto y franca diversión desparpajada. Máximo esfuerzo.

El fracaso creativo

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Con este personaje, todo ha dependido siempre del fracaso. Desde que Deadpool obtuvo su primera serie (en 1993), los creadores a cargo de tan excéntrico personaje han tenido siempre la sensación de que Marvel iba a desechar su trabajo en cualquier momento. Y fue esa misma sensación de inminente peligro que creó un extraño ambiente alrededor de sus sucesivos equipos creativos: como no había nada que perder y todo parecía perdido, los escritores y dibujantes se tomaron más de una libertad en las historias que inventaban. Así nació la rotura de la cuarta pared, el continuo aumento en la vulgaridad de las bromas del personaje, la creciente oscuridad de su pasado y, por supuesto, la constante escala de violencia gráfica en sus coloridas páginas salpicadas de rojo y negro.

Así, por ser siempre un rechazado, un exilado del mundo perfecto de los X-Men y los Avengers, de las grandes figuras de Marvel y del privilegio de una industria menos arriesgada y más higiénica, Deadpool continuó su crecimiento bizarro conquistando, con cada entrega, el corazón de un grupo cada vez más grande de fanáticos. De pronto, por el inicio de nuestra década, las libertades se dispararon con series limitadas como la ya clásica –y francamente genial– trilogía del asesinato (Deadpool kills the Marvel Universe, Deadpool Killustrated y Deadpool kills Deadpool) o la autorreferente y disparatada Deathpool: Merc with a Mouth que establecieron al personaje como un rompedor único de barreras en el universo cósmico de la casa de Stan Lee. Al parecer, Deadpool tenía permitido hacer de todo: podía matar a quien quisiera, enamorarse de cualquiera –con mucha nalgada platónica–, decir lo primero que le pasaba por la mente –con gusto por la ofensa–y pasearse libremente entre los extremos del espectro moral habitual de los superhéroes –un día mercenario despiadado, al día siguiente profeta de la próxima utopía de paz en la Tierra–.

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Los escritores decidieron, con gran tino, elaborar sobre este juego de metarreferencias entre el querido personaje y el desgraciado actor para unirlos como la pareja perfecta del desastre: tanto Deadpool como Reynolds reivindican aquí sus orígenes en el fracaso.

En este refrescante ambiente de libertad creativa después del 2010, parecía cada vez más terrible la única encarnación que se había hecho del personaje en la espantosamente inapropiada referencia de X-Men Origins: Wolverine. Porque, rogando el favor compasivo de todo lo sagrado en el mundo, ¿qué fue lo que sucedió en esa película? ¿Qué maldito guionista decerebrado quiso faltarle el respeto así a un personaje tan portentoso? ¿A quién se le ocurrió convertirlo en un villano bidimensional, cocerle el hocico al mercenario bocazas y transformar su locura irreverente en juego banal de espadas y melcocha de poderes mutantes? No nos vamos a meter más en esta terrible decisión creativa que causó revuelo repulsivo en su momento y de la que ya se han escrito extensas y merecidas páginas llenas de mentadas de madre bien dirigidas. Lo que sí es que, después de eso y el espanto que fueron Green Lantern, Blade Trinity y R.I.P.D, Ryan Reynolds tenía una deuda masiva que pagar a los fanáticos de las adaptaciones de cómics en pantalla grande.

Además, quedaba por ahí otra deuda. En el segundo número de la serie dosmilera Cable and Deadpool, cuando el insigne X-Men anda en proceso de convertirse en Dios y el mercenario del hocicote busca el virus que modifica la apariencia, encontramos una referencia única que empieza a tejer los hilos de una extraña relación entre ficción y realidad. Antes de que Cable le vuele la cabeza por segunda vez, Deadpool se queja de su apariencia diciendo que parece una cruza de Ryan Reynolds con un perro shar-pei. Y es ahí donde comienza una extraña relación entre el personaje y el actor que logra consolidarse completamente en un romance para esta película. Porque los escritores decidieron, con gran tino, elaborar sobre este juego de metarreferencias entre el querido personaje y el desgraciado actor para unirlos como la pareja perfecta del desastre: tanto Deadpool como Reynolds reivindican aquí sus orígenes en el fracaso. Los dos convertidos en parias de su mundo (uno al margen de las grandes cuestiones heroicas, el otro incapaz de hacer una buena –que digo, decente– película de superhéroes), los dos cincelados en el fracaso y la burla, se encuentran finalmente para mofarse de todas sus fallidas relaciones, de todos sus desafortunados encuentros, de todas las locuras desiguales de sus carreras en la realidad y en la ficción. Matrimonio perfecto de lo que ocurre en el universo de las páginas y en nuestro confuso mundo, amalgama extraña de coqueteo entre seres de papel y seres de carne, frontera peculiar de amor entre un actor y su personaje, la película de Deadpool es la historia de varios maravillosos romances.

El romance que empieza todo

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Por ahí podemos comenzar. Terminado una de las campañas publicitarias más exitosas del cine hollywoodense, los encargados de mercadotecnia de esta cinta decidieron publicar una serie de espectaculares y posters que pintaban a Deadpool como una comedia romántica. Y todo esto se multiplicó en una locura de referencias para el día de San Valentín que coincidió con el fin de semana del estreno internacional. De pronto empezaron a aparecer algunas sinopsis torcidamente románticas (“Una víctima de cáncer no puede soportar dejar sola a la mujer que ama, así que se somete a un tratamiento que pondrá a prueba su relación”), títulos alternativos como 50 Shades of Slay (50 sombras de masacre) y subtítulos paródicos perfectamente atinados (“un amor por el que vale la pena matar”). Claro, también se intercambiaron opiniones entre los creadores que empezaron a describir la cinta como una comedia romántica al estilo del empalagoso vendedor de best sellers, Nicholas Sparks (The Notebook). Así que sí, a pesar de toda la irreverente mofa, Deadpool es, en efecto, una película de romance.

Al cambiar ligeramente la historia de origen del personaje, los valientes escritores –verdaderos héroes del asunto– Rhett Reese y Paul Wernick, encontraron la manera de darle más peso a Vanessa y a su relación con el irreverente mercenario. Si bien el amor de Vanessa y Wade Wilson era una realidad en los cómics, la que después sería Copycat nunca se convirtió en un personaje fuera de lo anecdótico en su vieja relación con Deadpool. Aquí, sin embargo, el interesante cambio de escenario para la historia de origen (del proyecto Weapon X del gobierno canadiense y sus científicos parias en el cómic, a una empresa privada en la película; de Killbrew en el cómic, a la única locura de Ajax con Angel en la cinta), se desdobla la importancia de la vida amorosa de Wade puesta en primer plano.

Y éste es también el romance clásico de las comedias habituales: una pareja dispareja se enamora, se separan por algún malentendido y la fuerza mayor de las circunstancias, luchan y fallan por reencontrase hasta que, después de inmensas pruebas de amor, desafíos y una declaración especial, se reúnen en un beso final que señala el principio de la felicidad. Claro, aquí las pruebas son un montaje de golpizas y asesinatos ridículos, la señal de amor es deletrear el nombre de un rival con cuerpos mutilados y la declaración final es “después de un tiempo y mucho alcohol, estaría feliz de sentarme en tu cara”. Ahí está el asunto de esta cinta: es a la vez clásica y completamente nueva, entiende bien los géneros que maneja y no duda pervertirlos en los momentos adecuados, es original en su adaptación y, aun así, mantiene perfectamente el tono del material original.

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Ésta es una película de romance con una pizca de venganza sin sentido y algo de acción desparpajada entre toneladas de comedia autoparódica.

Como bien dijo Drew McWeeny de HitFix, esta película es la realización hollywoodense más improbable. Y eso no es por su irreverencia, violencia o contenido sexual, sino porque la trama es ridículamente delgada. Un mercenario de oscuro pasado se enamora y le da cáncer. Un científico acomplejado accede a curarlo convirtiéndolo en una máquina de matar. El mercenario quiere vengarse porque, en el proceso, quedó completamente desfigurado y le da pena regresar así con su novia; el científico loco quiere matarlo porque se burla de su nombre. Así, entre los hilos de esta trama básica, la película se divide, básicamente, en dos escenas de pelea y muchos flashbacks con los necesarios montajes para recrear, de la forma más artificial, el paso de tiempo. No hay nada más y tampoco se necesita otra cosa. Ésta es una película de romance con una pizca de venganza sin sentido y algo de acción desparpajada entre toneladas de comedia autoparódica. Así es como funciona perfectamente en su escala.

Por supuesto, como fanático de las páginas más alocadas de las series limitadas, me hubiera encantado encontrar otros matices en la primera película de Deadpool. Más allá de la ruptura de la cuarta pared, hubiera disfrutado mucho un desafío más complejo en la irreverencia del personaje en contra de su carácter ficcional. Esto implicaría mostrar cómo la locura casi esquizofrénica de Deadpool es en verdad una consciencia superior de su lugar en el universo. Es en este sentido que, en la trilogía del asesinato, vemos cómo el Deadpool de un universo similar se da cuenta de que es un personaje de ficción y empieza a matar a héroes y antihéroes por igual para liberarlos de su sufrimiento crónico a cargo de algunos creadores sádicos. Sin embargo, en la cinta, tanto el desvarío de Deadpool como los aspectos más indeseados del personaje quedan bastante mitigados. Esto se ve, por ejemplo, en la relación que mantiene con Al. En la cinta, Al es sólo una extraña compañera de cuarto que sirve de alivio cómico -con maravillosos momentos de comentario sobre muebles IKEA–, mientras que, en las páginas ilustradas, es una parte traumática del pasado de Wilson. Blind Al desarrolla en el cómic un extraño complejo de Estocolmo con Deadpool, su secuestrador, y paga viejos errores a través de un martirio autoimpuesto: mantener a raya la sanidad de su demente inquilino. Y claro, hay momentos muy oscuros en este asunto (si no me creen, lean de nuevo la catorceava entrega de la serie principal).

Pero, si la locura de Deadpool y esa conflictiva escala moral que lo caracteriza no aparecen en todo su esplendor en la cinta de Miller, todo se compensa con un increíble sentido de ligereza cómica y violencia alocada sobre una trama mínima. Miller quiso ser, a la vez, perfectamente ambicioso y concienzudamente conservador: la cinta rompe todos los parámetros narrativos de las películas de superhéroes sin empantanarse en las preguntas más filosóficas que plantea la historia publicada de Deadpool. Y, a pesar de que siempre quedarán las ganas de ver más locuras de este personaje, de encontrar en él más dilemas morales y más oscuridad asesina, éste es un excepcional primer paso para pavimentar su historia en la pantalla grande con todo el respeto que se merece.

Una adaptación original

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La trama sencilla que sirve de excusa para la presentación del personaje logra ser fiel al cómic sin meterse en problemas legales con otras franquicias; el personaje se reinventa en la venganza acomplejada de Ajax sin incluir problemas con el gobierno canadiense, otros científicos locos o fantasmas del pasado; la relación con los X-Men se establece sin complicar más los enredados esquemas entre pasado y futuro de la franquicia (y mofándose, además, como si de nada fuera, de los problemas presupuestarios de la película al no incluir otros X-Men y de los cambios de personaje entre Patrick Steward y James McAvoy).

Además, esta película logra su cometido sin olvidar resaltar los aspectos más icónicos del personaje con singular comedia. Tenemos ahí las rupturas de la cuarta pared que se suman y se multiplican: desde lo más metanarrativo en la doble destrucción de una cuarta pared en un flashback (¿son dieciséis paredes?) hasta la maravillosa referencia a Ferris Bueler’s Day Off (1986) en las increíbles escenas post-créditos (bata incluida). También encontramos los guiños culturales de las bromas de Deadpool que sitúan perfectamente al personaje principal en una generación distinta y contrapuesta a la muy millenial y novedosa encarnación de un personaje menor de los cómics como Negasonic Teenage Warhead. Por ahí pasan Ripley, Sinead O’Connor, el clásico romántico de Say Anything… (1989), la serie animada de Voltron: Defender of the Universe (1984) e incontables referencias que se mezclan con hitos más recientes: la automutilación cotidiana de Deadpool con la tortura –en varios sentidos– de 127 Hours (2010); las autorreferencias a la carrera de Reynolds; la burla de los esquemas clásicos de las películas de superhéroes con el famoso aterrizaje de Iron Man imitado por Angel, la parodia de las escenas post-créditos y las mofas constantes a Hugh Jackman…

Además, la película logra comedia de situación con sus propios medios. Está la excelente nueva interpretación de Weasel como alivio cómico con un atinadísimo T. J. Miller (Silicon Valley) que transforma completamente al personaje. Encontramos el mismo compañerismo irrespetuoso del Weasel del cómic con un personaje que ahora se encarga, en vez de Patch, del viejo lugar de mercenarios que alguna vez fue el internado de Sister Margaret. No hay aquí teletrasportación ni alocados aparatos para cambiar de apariencia, no están los extraños gadgets de Weasel y su adicción al Playboy Channel se transforma en propensión a los bares nudistas: este cambio aterriza al personaje en un ambiente mucho más realista sin dejar de lado las rivalidades entre mercenarios y manteniendo la idea original –transpuesta del programa de Killebrew– de la quiniela de la muerte detrás del nombre de Deadpool.

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Encontramos el mismo compañerismo irrespetuoso del Weasel del cómic con un personaje que ahora se encarga, en vez de Patch, del viejo lugar de mercenarios que alguna vez fue el internado de Sister Margaret.

Y claro, está también la increíble realización de un Colossus puramente logrado con CGI que crea un increíble balance entre la juventud de Negasonic y el desparpajo asesino de Deadpool. Aquí Colossus (regresando a su clásico acento ruso de los cómics) es una figura primordial que recuerda cómo Wade Wilson siempre coqueteó con el lado correcto de la justicia entre sus locos asesinatos como mercenario. Rasputin funciona a la perfección como la figura paterna que no se deja engañar por el aparente egoísmo de Wilson y que, de paso, da consejos alimenticios a su joven aprendiz. Con la escena de la mano amputada en el puente, del seno salido de Angel o del vómito después del asesinato sumario de Ajax, Miller logró, con cuentagotas, sacarle todo el provecho al personaje más caro de realizar en una cinta de presupuesto limitado.

Todos estos detalles funcionan con la edición rápida que enmarca una narración retorcida en una historia sencilla, con un guión ágil y cuidado, con un elenco escogido con pertinencia, con un soundtrack perfectamente logrado por Junkie XL (The Dark Knight Rises, Mad Max: Fury Road). Y sí, esta banda sonora mezcla precisas elecciones de hip-hop (desde el clásico sexy de Shoop –que salió el mismo año en que Deadpool se estrenó en solitario con The Circle Chase– hasta la violentísima X Gon’ Give it to Ya de DMX) con el riff de saxofón clásico de Carelles Whisper de George Michael y la increíble elección de Calendar Girl para uno de los montajes romántico-sexuales más logrados del cine de acción. Claro, este montaje y el resto de la historia funcionan tan bien en la cinta por la increíble elección de Morena Baccarin (Firefly, V, Star Gate SG-1) para recrear a Vanessa. La química que tienen ella y Reynolds en la cinta es centellante y el papel que interpreta desafía, sin duda, la representación habitual de las mujeres en los cómics de Deadpool. Aquí, Vanessa es una prostituta y, sin embargo, su profesión no la define ni le impide burlarse de los lugares comunes de una infancia difícil o de mantener una relación sexual y amorosa de lo más saludable –como dos locuras que embonan a la perfección–.

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La increíble realización de un Colossus puramente logrado con CGI crea un increíble balance entre la juventud de Negasonic y el desparpajo asesino de Deadpool.

Finalmente, regresamos al punto de inicio. Ésta es una película de romance con desparpajo de comedia y acción; una película que nunca quiere sobrepasar los límites que se propuso y que, sin embargo, muestra sobrada confianza y ambición. Al convertir todo el esquema de la presentación de Deadpool para las audiencias masivas en una historia sencilla de amor frustrado y venganza egoísta, Miller alejó al personaje del esquema cósmico de las películas de Marvel. Aquí nadie quiere salvar al mundo, no hay más riesgo que el de los propios personajes en sus pequeñas historias y no hay más comedia que la de la autoreferencia entre el ser creado y sus creadores. Sin embargo, con todo esto, Deadpool cuestiona profundamente los esquemas de las películas de superhéroes empujando a lo más radical lo que ya habían intentado Guardians of the Galaxy y Ant-Man. Esta película se olvida de la solemnidad de los personajes de Marvel, borra las fronteras entre realidad y ficción y nos señala constantemente en el rol que debemos guardar como espectadores. Así, dentro de sus propios límites, la cinta es un logro espectacular, un retrato fiel de la irreverencia del personaje con irreverencia propia, una comedia que desafía géneros y una película de acción que no se pierde en la repetición de fórmulas. Como un gesto único y original por capturar a un personaje elusivo, Deadpool es la película con madera de culto que regresa la esperanza a la dupla de Fox con Marvel después de su último bodrio. Hay que agradecerlo, en vez de una secuela Fantastic Four nos queda esperar ver a Cable en acción con Deadpool. Y sí, saben bien lo que esto significa: habrá mucha más pantalla para la tragadera de chimichangas.

Lo bueno
  • La fidelidad respetuosa al cómic en su más grande irreverencia.
  • La coreográfica acción y la bien emplazada comedia constante.
  • Los papeles femeninos que tienen singular fuerza y presencia.
  • La química de los actores principales y el gran papel de comedia física que hace Reynolds.
  • La excelente reelaboración compleja de la historia de origen de Deadpool.
  • La inclusión de Hydra Bob y un Helicarrier a pesar de las batallas de derechos.
  • El soundtrack, los efectos, el enorme trabajo de guión y la ágil edición
  • Los créditos irrespetuosos.
  • Que lograron un éxito de taquilla con una película de superhéroes de clasificación adulta.
  • El mejor cameo de Stan Lee en las películas de Marvel.
  • El reloj de Deadpool.
  • Que va a haber una secuela.
Lo malo
  • Que, por la rapidez de la trama, no se puede entrar a fondo en las locuras más filosóficas del personaje.
  • Que Deadpool queda matizado como un personaje asesino pero fundamentalmente bueno.
  • Que la oscuridad de Wilson no se explota profundamente.
  • Que hice una reseña demasiado larga y no he podido decir ni la mitad de lo que me gustó de la cinta.
Veredicto

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En esta película hay una forma peculiar de representar a Deadpool. No es el mismo personaje moralmente ambiguo y mentalmente inestable de los cómics: aquí no es tan capaz de maldad como de violencia dirigida; es egoísta (y por eso no es un héroe) pero, al mismo tiempo, se compadece por otros y es apasionadamente tierno. Al igual que su doble inocente, el gran personaje de Dopinder, conductor de taxi, Deadpool es un sociópata adorable, un hombre empujado a la violencia por su pasión y su sed de venganza que, sin embargo, se siente todavía como un niño con crayolas y Walkman. Estamos entonces frente a una versión amable de Deadpool, una versión que olvida las locuras habituales para transformarlas en comedia irrespetuosa, que quita la oscuridad más peligrosa del personaje y la remplaza por un romance constitutivo. Y sí, a pesar de que nos encanta la forma habitual de Wilson, esta recreación funciona perfectamente en su ambición bien encausada. Porque, al olvidar los aspectos más difíciles de Deadpool, Miller nos pudo entregar una película renovadora y fresca que respeta profundamente el humor desparpajado del material original.

Después de la espantosísima Fantastic Four y de las logradas continuaciones al universo de X-Men, la dupla Fox-Marvel nos demuestra que todavía puede lograr cosas radicalmente originales que se identifican bien con los fanáticos, los críticos y las taquillas. Éste puede ser el inicio de un giro más arriesgado para el universo de Marvel frente a la noche reflexivamente violenta de DC. Éste puede ser también el inicio de una nueva forma de comprender las adaptaciones de cómics en la provocadora ruptura de esquemas narrativos habituales y burla que, con la autocrítica, destruyen toda solemnidad. Se puede hacer algo épico de un romance, se puede hacer una película de acción que no se toma en serio, los superhéroes pueden servir también, con lecciones divertidas, para mostrarnos la manera en que nos acostumbramos a recibir los empaquetados contenidos habituales de Hollywood. Qué mejor si lo hacen con tanto humor, cabezas cercenadas, colosos paternales y un culto bizarro a la comida rápida mexicana.

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Título: Deadpool.

Duración: 108 min.

Fecha de estreno: 12 de febrero de 2016.

Director: Tim Miller.

Elenco: Ryan Reynolds, T.J. Miller, Morena Baccarin, Ed Skrein, Gina Carano, Briana Hildebrand.

País: Estados Unidos.

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