Es intimidante hablar de los X-Men. En serio. Tengo recuerdos mezclados de infancia, lecturas dispersas, aficiones particulares, cariño constante; y todo esto no me queda más que en duda permanente frente a la idea de discutir la nueva película. Porque el universo de la larga serie de cómics con más de cincuenta años desde su creación por el mítico Stan Lee es inmenso. La cantidad de personajes que se cruzan, de historias paralelas, de universos diferenciados e interconectados hace que cualquiera se sienta infinitamente pequeño frente a tal capacidad mitológica. Sin embargo, con el gusto asumido de discutir todo asunto en donde me falle la memoria y la apreciación, me gustaría decir un par de cosas sobre el regreso de Bryan Singer a la dirección de la saga y la fidelidad tramposa a las historias en papel.

No quisiera empezar por otro lado que el de los cómics. ¿Ahí empieza todo no? Days of Future Past se basa principalmente en la serie de cómics pertenecientes a la era de Chris Claremont –que fue tal vez de las más populares y duró más de quince años– The Uncanny X-Men. En los episodios que nos interesan aquí se trata el viaje en el tiempo con la misma estructura básica de la película. Encontramos un muy amigable principio de la década de los ochenta en donde la Hermandad de Mutantes Diabólicos –guiados en esta versión por Mystique– asesina al candidato presidencial Robert Kelly y de paso a Charles Xavier y a su querida Moira MacTaggert. De ahí todo comienza a derrumbarse y lo que Mystique creyó establecer como una advertencia se convirtió, en realidad, en la sentencia de los mutantes y de la humanidad: en el 84 gana un candidato presidencial que reactiva el programa de los centinelas con un amplio espectro de libertad en directivas y éstos terminan por apoderarse de Norteamérica para acatarlas mejor –el ya conocido asunto de los robots que nos hurtan el poder de decidir para que decidamos mejor. Los líderes del mundo planean un contraataque nuclear y es en vísperas de este holocausto que Kitty Pride regresa en conciencia al pasado para salvar la situación perdida del futuro distópico en 2013.

Un futuro distinto

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Si la estructura es más o menos la misma en cuanto al viaje temporal y su modalidad, muchos, supongo, se dieron cuenta de las enormes diferencias. Sin embargo, y esto es algo que no puedo dejar de pensar, me parece que estas diferencias no nada más están justificadas sino que caen muy bien en la renovación de la historia. Por un lado, en el cómic ochentero, Pride viaja únicamente por la juventud del cuerpo que la recibe, todavía poco entrenado para la resistencia a ataques psíquicos y aquí, en la nueva cinta, viaja Logan, aunque la razón sigue siendo más o menos la misma: sólo Wolverine podría resistir tan duro desplazamiento de conciencia con su capacidad regenerativa.

La importancia dada a este detalle se sobrestima a mi parecer. Fuera de que Singer –y bueno, casi todo mundo en los estudios hollywoodenses y la recepción popular– está fascinado por la figura de Wolverine y su historia con el repugnante William Striker (ya lo vimos en la segunda entrega de la saga y lo vemos ahora), el cambio funciona bien en la construcción de la trama más basada en torno al Profesor X que en el cómic. Si olvidamos un ratillo el trauma general por Logan, podemos ver en esta entrega algunos méritos del cambio. Wolverine hace una buena contraparte por su temperamento animalesco e impaciente a la idea misma del Charles Xavier como guía sereno y líder indiscutible. Y esta batuta cedida a Logan cuadra muy bien en los discretos pero eficaces momentos de alivio cómico de la cinta. Además, si se quiere empujar un poco el paralelismo, este protagonismo es lo que se espera de Wolverine como potencial líder en algunos momentos de la era Claremont (pensemos, por ejemplo, en el cercano episodio del Wendigo en donde se distancia permanentemente de Alpha-Flight).

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Lo que sigue siendo peculiar es la forma en que Kitty Pride (Ellen Page) toma un rol principal en esta cinta utilizando los poderes que Rachel emplea en el cómic. De pronto, la joven genio ya no nada más atraviesa paredes sino que tiene tremendos poderes mentales. De nuevo, este cambio, aunque brusco, queda opacado por una intrigante secuencia de acción al principio de la película en donde, jugando con viajes temporales, Pride y Bishop salvan a una parte de la resistencia mutante. La secuencia funciona para introducir a estos nuevos y temibles centinelas con la capacidad de mimetizar los poderes mutantes y lanza la trama principal mientras crea con certeza el ambiente opresivo-hasta-el-tuétano del futuro distópico. Y aquí hay otro acierto. Los centinelas que crea Singer son totalmente intimidantes y, si se permite rediseñarlos, también da un recuerdo lejano a sus contrapartes dibujadas en el diseño morado de los primero centinelas presentados por Trask y Nixon. Parecidos en el color, tal vez con la torpeza de sus maniobras, a los centinelas del cómic; sólo que, también, completamente nuevos, fluctúan entre el cariño setentero a los radiadores y a los radios aparatosos.

Otro asunto es lo que encontramos en las diferencias de la trama. En la primera entrega de la saga, Singer ya había utilizado a Robert Kelly como el senador obsesionado con encausar la identificación de los mutantes; y también lo mató de la forma más horrorosa posible. Ahora, trae al personaje de Trask y lo pone junto al presidente verídico de la época, en la completa desgracia de Vietnam, Richard Nixon. La elección es arriesgada. Trask queda separado de sus raíces de antropólogo para convertirse en un ambicioso científico y la elección del tremendo Peter Dinklage para el reparto le da otro tipo de carisma.

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Nadie puede negar ahí la importancia de su estatura: hay un complejo extraño de inferioridad en su venganza contra la genética y en la poca moderación del personaje en cuanto a sacar a relucir su inteligencia superior. Según se dijo en varias entrevistas, el personaje fue inspirado en Hitler y aquí lo creo no por las cuestiones mesiánicas ni por la violencia de sus ideales, sino por el acomplejamiento fundamental de un hombre que siempre se creyó menospreciado, pequeño. Además de la excelente actuación del querido Tyrion, el hecho de hermanarlo con el Nixon real, crea un vínculo fuerte con la trama histórica de X-Men: First Class y da una interesante perspectiva sobre un violento presidente que, basando decisiones abruptas en el miedo fundamental a lo ajeno, es capaz de militarizarlo absolutamente todo.

Y aquí del director crea lazos efectivos. Porque no es tan esencialmente histórico como Matthew Vaughn en la cinta anterior con los mutantes jóvenes, no se mete en las broncas de guerra fría alrededor del desarrollo de Coloso en ninguna de sus cintas, y aun así logra dar en el clavo con la recreación histórica en locaciones, vestuarios y absolutamente llamativas secuencias de televisión a la antigua para esta entrega. Elementos históricos hay, claro, pero no son tratados con tanta intensidad como la lucha mutante entre tornados y submarinos que vuelan en medio de la crisis de los misiles de Cuba en el 62. Aquí lo histórico viene en elementos añadidos con soltura a la trama en la firma del tratado de paz de la guerra de Vietnam y en la elección del presidente; otros, tan tangentes como misteriosos, con el asesinato de JFK por Magneto. Y digo, este último añadido es tremendamente interesante: Magneto, al final, rodea la Casa Blanca con el estadio memorial a Robert. F. Kennedy, como sí, en verdad, la muerte que hechizó a la familia del carismático presidente fuera una bandera en la persecución de la causa mutante.

La virtud de Singer

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Fuera de todos estos acomodos interesantes a la historia ¿qué más encontramos en la cinta? La espectacularmente filmada a no-sé-cuantos-miles de cuadros por segundo secuencia de acción de Quicksilver (tal vez la mejor secuencia de toda la saga, y que  reaviva la emoción compartida por encontrarnos con guiños a ese hijo de Magneto que pronto se unirá a Los Vengadores de Joss Whedon), las actuaciones tremendas de Fassbender y McAvoy, la secuencia post-créditos en donde podemos olfatear el apocalipsis en forma de mutante legendario –ohh sí, en ese asunto va la próxima película pactada para 2016–, la realización de una de las mejores entregas de la saga, llena de acción, respeto e insolencia frente a la historia escrita entre historieta e historia oficial… Pero, sobre todo, aprecio en esta película la cachetada con guante blanco a la tercera entrega de los X-Men, la floja y anticlimática Last Stand.

Porque a pesar de no tener ningún error en la trama temporal –que se resuelve con pulcritud y elegancia sencilla–, esta nueva película básicamente borra del mapa la línea temporal del final de la primera trilogía. Claro, esa es la película en que quitaron a Singer (tal vez todos estaban hartos y ese fue el castigo) y él no duda en recordarlo: siguiendo su nueva línea temporal no nada más Magneto tiene poderes, sino que Charles Xavier está más vivo que nunca en su nueva silla aerodinámica. Es cierto, guarda ciertos elementos que, suponemos por su afición a Wolverine, aprecia el director, como la muerte de Jean Grey a manos de Logan; cambio fundamental. Y esto sólo lo recupera para darle una probada al joven Profesor X de la trágica historia de su malencarado visitante del futuro.

En todo caso, podemos hablar horas de las relaciones entre cómic y adaptación, sobre todos las pequeñas o menores implicaciones que tiene cada modificación; pero siempre nos quedaremos con la misma apuesta: Singer se atrevió a tomar una parte icónica del cómic y al final la respetó faltándole dulcemente al respeto para crear otro agregado visual apelativo al universo de los X-Men. En ese sentido, se nota algo que siempre es apreciable: un balance adecuado entre mantener la tradición con insolencia de creatividad propia. Porque Singer está creando su propia línea temporal, adoptando lo que le agrada de las películas anteriores y desechando el peso muerto.

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La historia original de los cómics es fundamental, el inicio y la biblia para todo lo que toca a este universo, pero esa historia está escrita y nadie nos la quita. Creo que, a pesar de la pureza reivindicada de los cómics y el respeto a la amplia experiencia de sus aficionados, eso lo podemos aceptar: las películas son otro medio y no le quitan nada al original: el que conoce, siempre conocerá.

Lo que sí es que se necesita para estas adaptaciones la irreverencia natural de las historietas en donde todo nuevo impulso creativo puede destruir al anterior, en donde el respeto a lo ya escrito se mezcla con la capacidad de crear nuevos universos, de matar o revivir a personajes, de seguir llenando los vacíos en la historia y los hilos de la trama con nuevos medios. Claro que Hollywood puede abusar terriblemente de estas libertades y esperamos, al menos, si no un respeto religioso, sí una cierta calidad. Y creo que aquí se logró con creces. Digo, siempre se le ha dado, con sus reservas de lógica, la libertad de jugar con universos móviles al escritor de cómics ¿por qué tendríamos entonces que negárselo a los creadores de películas adaptadas? Lo que queda entonces, más importante que la fidelidad, es que con esta película, tal vez, el no siempre apreciado Singer reivindicó algo de su independencia.

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Título: X-Men: Days of Future Past

Duración: 131 min.

Fecha de estreno: 22 de mayo de 2014

Director: Bryan Singer

País: Estados Unidos, Reino Unido

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