No quiero hacer esta reseña y arruinarle algo de la película a aquellos que no la hayan visto. Para comentar esta cinta plagada de referencias, abierta a interpretaciones y bastante discutida en el entorno de su primera recepción, tendría que decir algunas cosas que, supongo, muchos no querrán leer. Por eso, creo que voy a dividir mis apuntes sobre tan esperado estreno en dos secciones.

Esta reseña será un comentario rápido en torno a mi apreciación general de la película y después sacaré otro comentario con detalles más jugosos y una interpretación más sustanciosa. Si son como yo y llevan tanto rato mordiéndose las uñas por ver esta película, si se han metido a sitios de fanáticos dementes y han cerrado pestañas apresurados por miedo al spoiler, si prefieren adivinar pequeñas sombras en el tráiler que saber con certeza lo que sucederá, entonces esta nota es para ustedes, con todo el debido respeto a nuestras compartidas inquietudes.

Tengo que decir, de entrada, que a esta película ya iba bastante predispuesto. Como comenté en una nota anterior, este director me parece una promesa que, con tres pesos y cinco personas, hizo una ópera prima increíble. Además, no es por ventilar mis ñoñas afecciones pero le tengo un enorme cariño a la criatura de Toho y un gran respeto a la franquicia que produjo –con todo y sus a veces cómicos cambios de calidad. Fui al cine, entonces, con unas ganas tremendas de que me apantallara esta película, con una voluntad firme de regresar y echar alabanzas hasta que se apilaran a la altura de los cincuenta pisos de emoción que me produciría. No fue exactamente el caso. Que no se me malentienda, pienso que Edwards hizo un trabajo fenomenal, que la franquicia puede ser relanzada sobre cimientos sólidos -a pesar de que la cinta tiene peso propio- y que, sobretodo, esta película fue hecha por un fan de Godzilla para fans de Godzilla.

Sí, en el cine hubo aplausos, exclamaciones, gritos de victoria y reconocimiento. Incluyendo lo molesto que puede ser el que está sentado junto a ti, como buen fanático de ego alborotado, y que no se calla cada que reconoce un guiño de ojo clavado. Porque las referencias están en todas partes. Se nota, de entrada, un enorme respeto por la primera película de Godzilla dirigida por Ishiro Honda allá en el lejano 1954. Y esto se comprende: esa primera película es una verdadera joya que Edwards hizo ver a todo el elenco. El diseño de la criatura es completamente acorde a la estética de Toho y en las escenas cúspide de destrucción monstruosa hay varios guiños posibles a otras películas de la franquicia.

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Sí, el trabajo creativo es impecable, los efectos de sonido son una barbaridad y la experiencia en general del IMAX 3D es de lo más recomendable. Edwards maneja con soltura y elegancia la tan difícil tarea de crear todo el asunto Kaiju en computadora y que se vea real en su interacción con el resto del elenco de carne y hueso. Las secuencias de destrucción masiva son un verdadero deleite y hay joyas que se terminan apreciando en todo su esplendor con la pantalla inmensa. Pienso, por ejemplo, en el salto HALO sobre la bahía de San Francisco en medio de nubes apocalípticas teñidas de rojo e iluminadas por relámpagos ominosos. Pero, por encima de todo, se aprecia el regreso de un Godzilla que rebasa la interpretación sosa de Emmerich y que vuelve a su estatuto de Dios.

Hay algo en la trama profunda de la cinta que nos hace pensar en un mundo antes del tiempo histórico, en un pasado reinado por otras lógicas. Este desarrollo es cautivador y francamente emocionante, como lo pudo ser, desde el punto de vista únicamente de la ciencia ficción, el del Noé de Aronofsky. Estoy mezclando peras con manzanas, lo sé, pero me refiero aquí a la atracción que ejerce un pasado olvidado de la historia, estos espacios oscuros de momentos del planeta que no dejaron vestigios y que se escapan a nuestra lógica. Esta parte de la trama no nada más es acertada, sino que logra integrar con simpleza, contundencia y efectividad el desarrollo de las cintas anteriores con una visión nueva del Kaiju.

La otra parte de la historia, como bien se describe desde el tráiler, gira en torno a la familia Brody y a la tragedia que ocurre quince años antes de la trama principal en una planta nuclear ficticia de Tokio. El padre, un ingeniero nuclear interpretado por el querido Bryan Cranston, pierde a su esposa –Juliette Binoche– en este misterioso accidente y, como consecuencia, se aleja de lo que le queda de familia al obsesionarse con teorías de conspiración en torno al fatídico suceso. Toda la acción se desarrolla a partir de ahí con el regreso de fenómenos sísmicos inexplicables que el desamparado ingeniero se obsesiona por resolver llevando a su hijo –el ya-no-tan-adolescente Kick-Ass, Aaron Taylor-Johnson–, quince años después, a la zona del accidente, ahora en cuarentena. Ahí serán testigos del principio de un despertar apocalíptico que los llevará a un épico desenlace en la ciudad brumosa del Golden Gate.

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Este es el marco de historia familiar íntima que desarrolla Edwards para contar la acertada trama profunda del Kaiju más famoso de la historia. Así lo quiso siempre: no hacer solamente una película de catástrofe épica sino que juntar el desarrollo apocalíptico con una trama centrada en personajes entrañables. Y lo intenta con todo el corazón. Pero creo que es ahí –y no en que haya monstruos radioactivos– en donde la película se vuelve poco convincente. El desarrollo de personajes en Monsters, así como la intrincada trama realista que mezcla casi sin querer asuntos sociales, políticos, económicos y mediáticos en una historia de ciencia ficción increíble, es francamente genial. Sucede lo mismo con el Godzilla de Honda en sus preocupaciones de pesca y relaciones exteriores. El problema aquí es que no logra el mismo nivel de empatía, ni el mismo nivel de realismo crudo. En alguna entrevista, Edwards dijo que quería que Monsters fuera la película de monstruos gigantes más realista que se haya hecho. En ese sentido, y en el marco de Hollywood, me quedo con esa ópera prima y, tal vez, con Cloverfield.

Que no se me malentienda tampoco, no voy a ver una película de Kaijus necesariamente por su propensión al realismo. En otro tono completamente, me maravilló lo que hizo Del Toro con algo impensable, con todo y sus cursilerías finales, en The Pacific Rim. La cosa es que se nota el esfuerzo de Edwards por llevar la película hacia cierto tono realista y hacia cierta empatía buscada con los protagonistas. Y es ahí donde, por momentos, no logra su cometido. Si la fuente principal de inspiración fue la película de Honda era porque, según las palabras del director, mantenía una profunda seriedad y reacciones humanas a un fenómeno tan traumático como descabellado. Sin embargo, aquí no llegamos a este grado de empatía. Y si Cranston y Binoche logran momentos de tensión y un atractivo particular, la batuta cedida a Aaron Taylor-Johnson y Elizabeth Olsen hace que la película decaiga sin que estos dos actores logren levantarla. Es posible que no sea su culpa. Era previsible pensar, tal vez, que un guión tan ambicioso trabajado por cinco personas consecutivas tuviera sus deficiencias en el resultado final. Tal vez.

En todo caso, en ese aspecto, la película no logra engancharnos como quisiera y también se queda corta en la creación de todo un ambiente realista alrededor de los sucesos traumáticos que ocurren. En la cinta de 1954 hay escenas completamente efectivas y desgarradoras que no son ni engorrosas ni complejas: pienso en el niño en la lluvia llorando la muerte de sus padres al principio o las tomas del hospital después de la devastación de Tokio. El asunto es que Edwards logra, en cuanto a la ciencia ficción y a la creación de Kaijus, cosas verdaderamente buenas. Sin embargo, el marco emocional de la historia se queda corto y termina por ser algo anecdótico y poco cautivador: por una parte la película es tremendamente efectiva y visualmente impactante, platica con los fanáticos del carismático monstruo y logra intrigar a aquellos que sólo lo descubren o que tuvieron la mala suerte de descubrirlo en la versión del 98; por la otra, quiere reposar demasiado en personajes que no son tan entrañables como se pretende y en relaciones humanas que no terminan por cuajar completamente.

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Me van a decir, cuando la vean, que soy un completo mamón y que estas exigencias no corresponden a una película de veraneo cuyo propósito es entretener; cosa que logra con creces. Me van a decir que no aprecio lo suficiente esos guiños a los fans, la ciencia ficción prehistórica y las batallas épicas; y se equivocarían porque toda esa parte de la película me pareció increíble. Me pueden reclamar esta rigidez con la que juzgo una película que en el fondo sí disfruté y estos argumentos que parecen lejanos a toda intención dominguera.

Lo que sí, es que si llego a estas conclusiones es porque Del Toro se preocupó por otras cosas y logró ser completamente sorprendente; porque los coreanos de The Host y el fenómeno de Cloverfield intentaron jugar con la comedia y el ultra-realismo respectivamente de una forma innovadora mientras malabareaban con creaturas enormes; y porque el mismo Edwards puso un estándar de calidad altísimo en el contenido de la trama para una película de monstruos gigantes. A lo que voy es que véanla, diviértanse como enanos y disfrútenla como yo la disfruté pero no me digan que sobre algo bueno que pudo ser genial no les queda esa espinita clavada del “ya merito” que tanto se queda y que busca siempre, como lo intentó también Edwards, generar espectadores más exigentes.

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Título: Godzilla

Duración: 123 min.

Fecha de estreno: 15 de mayo de 2014

Director: Gareth Edwards

País: Estados Unidos, Japón

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