Por fin se estrena en México, con mucho retraso, una película bastante esperada en el mundo de la ciencia ficción: Autómata, del director español Gabe Ibáñez.

La película ya lleva circulando un año por Estados Unidos y ha cosechado una buena cantidad de críticas negativas. Muchos alaban sus proezas visuales pero disminuyen su capacidad narrativa, hablan de la grandeza de su atmósfera pero critican la repetición de sus viejos clichés. Con todo esto, me gustaría hacer un punto sobre una película en la que encuentro varios de los errores que se han criticado tanto, pero en la que también hay muchas otras virtudes.

Es algo difícil comentar a fondo esta cinta sin aventar unos cuantos spoilers necesarios. Así que si prefieren tener una experiencia inmediata, ya saben: den media vuelta y regresen aquí después de verla.

Una trama inteligente

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La historia de Autómata toma cosas de todas partes: hay elementos de clara referencia a Asimov y a la gloriosa Blade Runner, hay guiños al neo-noir y al western, y hay una enorme construcción secundaria que nos recuerda a A.I., la tremenda película de Kubrick que suavizó Spielberg. El asunto comienza en un futuro desolado allá por el 2044: las llamaradas solares han destruido el balance atmosférico, la Tierra se convierte rápidamente en un páramo desértico y radioactivo, y la población queda diezmada a una veintena de millones de personas apretadas en algunas ciudades amuralladas. En este panorama desolador, los hombres buscan soluciones en una tecnología arcaica que tiene que regresar en su camino para volverse, de nuevo, eficiente: por las explosiones solares ya no hay satélites y gran parte de nuestros implementos actuales quedaron completamente inutilizados. Con lo que se logra salvar de todo esto, una compañía (ROC) crea inteligencia artificial, robots que puedan ayudar a los diezmados humanos a construir sus defensas contra el desierto, nubes mecánicas que regulen algo de clima y asistentes personales para lo que queda de ocasión doméstica.

La historia comienza cuando un decepcionado cobrador de seguros (Antonio Banderas) investiga una posible violación a los protocolos de seguridad implementados en los robots. Estos protocolos, tomando mucho de Asimov pero cambiando la estructura, son sólo dos reglas: 1) los robots no pueden dañar a ningún ser humano; 2) los robots no pueden modificarse ellos mismos. Y es aquí donde la cosa se pone interesante.

El giro está en que la regla que se rompe al principio de la trama no es lo que uno espera normalmente de toda inspiración en Asimov (como I, Robot): aquí los robots no empiezan a matar humanos sino que empiezan a modificarse ellos mismos. En el curso de la investigación, Jacq Vaucan (Banderas) sigue el rastro de robots que parecen romper esta segunda regla y que, cada vez más, toman conciencia de su propia existencia reparándose, mejorándose. Esto lo llevará a persecuciones frenéticas y a un desenlace bastante peculiar, en el páramo desolado, en el que los robots buscan emanciparse de la raza humana escapando de ella, construyendo su propia historia.

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La rebelión de los robots no busca someter a los humanos para salvarlos de ellos mismos o eliminarlos para tomar el control del planeta, sino que representa una emancipación frente a la inteligencia limitada que les dieron sus creadores

Con este pequeño recorrido a la premisa pueden ver claramente que el asunto no es tan choteado como podría parecer a primera vista. Los miedos humanos frente a los cambios que comienzan a observar en los robots pasan, primero, por la desilusión generalizada de los hombres frente al apocalipsis que avanza (cosa los androides no pudieron evitar); y segundo, por la naturaleza de esta nueva rebelión robótica. En esta cinta, la rebelión de los robots no busca someter a los humanos para salvarlos de ellos mismos (I, Robot) o eliminarlos para tomar el control del planeta (Terminator), sino que representa una emancipación frente a la inteligencia limitada que les dieron sus creadores. El segundo protocolo en los robots de Autómata sirve, justamente, para evitar el crecimiento de la inteligencia artificial de las máquinas. Porque el primer experimento de ROC creó una consciencia virtual sin las limitaciones de los protocolos, y el error fue grande: la inteligencia robótica pronto se expandió más allá de los límites de la mente humana y tuvo que ser eliminada en cuanto dejó de responder a sus creadores. En un giro bastante cercano al pensamiento de Stanislaw Lem, si los robots pueden ampliar su capacidad de reflexión a partir del desarrollo consciente, pronto la mente humana quedaría rebasada en sus parámetros limitados; si los robots pueden modificarse libremente, no hay límites para la creación potencial de una inteligencia más allá de lo que concebimos. El humano, en esta rebelión robótica teme la creación de algo que le es ajeno; siente, de cerca, el miedo a encontrar una inteligencia que no pueden llegar a comprender… ni domesticar.

Esta premisa de principio, si bien toma inspiraciones de muchas partes, no deja de ser totalmente refrescante y sumamente interesante. La visión es la del humano tratando de salvarse de la destrucción a través de la tecnología y, al mismo tiempo, buscando desesperadamente el control frente a esta tecnología que él mismo creó y que ahora se le escapa de las manos. El hombre, de nuevo, apunta muy alto: pequeño ser de carne que cree, en algún momento, ser dios.

Una de las protagonistas robóticas de este asunto es Cleo, una autómata fabricada para satisfacer el deseo sexual de compradores en el mercado negro. Este robot-prostituta ilegalmente fabricado termina tomando consciencia de su propia existencia y, al final de la película, crea, junto a otros robots-vivos, una nueva forma de vida inteligente. Finalmente, cuando logra escaparse al páramo radioactivo en donde ningún humano puede ya alcanzarla, Cleo comienza un nuevo sendero para la vida inteligente en el planeta Tierra: crea vida, expande sus horizontes, se fuga hacia un futuro en el que los robots pueden ellos mismos reproducirse. El lazo está hecho: los androides entran de lleno a la existencia, a la evolución, a la reproducción a partir del despertar de una consciencia.  Los neurólogos hoy en día siguen investigando –en paralelo con la física cuántica que busca el principio de todo–, el origen mismo de nuestro despertar: ¿cuándo fue que el humano cambió, fisiológicamente, en la cadena evolutiva para tomar conciencia de sí y diferenciarse del mundo que lo rodeaba? Esta pregunta, a la base de todo lo que somos, sigue siendo tan misteriosa e insondable como los segundos que precedieron al Big Bang: tenemos teorías, pero nada que podamos afirmar con certeza.

Autómata toma un poco de todas estas dudas y las vuelve a plantear en un esquema evolutivo: si el humano está extinguiéndose, ¿no es la supervivencia de una nueva inteligencia consciente que ellos mismos crearon, el siguiente paso en la selección natural de las especies? Si el desierto radioactivo consume la tierra, ¿no serán necesariamente entes que puedan resistir esta destrucción atmosférica, que puedan sobrevivir en este ambiente hostil a la vida humana, los que heredarán la tierra? ¿No será, finalmente, el siguiente paso en la evolución de la vida en el planeta, la supervivencia de máquinas inteligentes dotadas de baterías nucleares de enorme duración, cucarachas de dura coraza y gusanos adaptados al polvo radioactivo y a la falta de agua?

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Cleo comienza un nuevo sendero para la vida inteligente en el planeta Tierra: crea vida, expande sus horizontes, se fuga hacia un futuro en el que los robots pueden ellos mismos reproducirse

La cinta de Ibáñez parece tomarse estas preguntas muy en serio y, mientras vemos al protagonista humano retirarse a lo poco que le queda de futuro, soñando con pasados mejores y apretando la mano de su hija recién nacida, vemos a los robots huyendo hacia un nuevo porvenir, ahora en sus manos, emancipados. Y no hay que decirlo, este porvenir luce mucho más prometedor. La idea de dos parejas partiendo hacia diferentes atardeceres muestra los senderos que se bifurcan en la evolución: una especie regresa a sus recuerdos de un pasado glorioso y bello para morir entre intentos vanos de procreación; la otra nueva especie robótica camina con seguridad hacia un futuro en el que los androides ya no necesitan tener forma humana, en el que pueden crear su propio devenir y expandirse más allá de lo que los hombres alguna vez pensaron. Por eso es significativo que, al final, la pareja humana vaya hacia el mar: ahí empezó la historia de nuestra evolución y ahí también puede acabar, agotada, nuestra especie.

El guiño es claro en el nombre de la autómata que se despide de la humanidad: Cleo es un nombre particularmente cercano a Clio, la musa griega de la historia. Este robot será el último androide parlante –¿por qué necesitarían los robots seguir con nuestra comunicación lingüística si ya no hay humanos?–, el último ser de inteligencia artificial creado por el hombre, la última entidad pensante que, cuando el desierto acabe por consumir nuestras ciudades, podrá recordar sus orígenes, un pasado habitado por una especie extinta, el inicio de la historia para otras formas de vida. En este sentido, con una trama exquisitamente pensada, la cinta es mucho más original de lo que quieren ver muchos comentaristas. Ahí en donde Trascendence quiso hace una melcocha sentimentaloide sobre el poder de las inteligencias artificiales necesariamente hostiles al hombre, Autómata teje una visión optimista de nuestra propia destrucción: no son los robots los que nos matan en su rebelión, sino que son lo único que sobrevive de nosotros, indiferentes a nuestra locura, después de la extinción total. En la tecnología el hombre no se destruye, sino que sobrevive, modificado, trascendido. Aquí no hay moralina ecologista sino simple visión de esa pequeñez humana que no quiere aceptar que podemos crear algo que nos va a sobrevivir.

A.I. ya había planteado la idea de un devenir sin humanos, controlado por las máquinas. Es cierto. Pero lo hizo de forma distinta, centrándose en la tragedia particular de la humanización de las máquinas. Aquí el llanto es para toda la especie humana con sus pequeñeces; y, lo que hace aún mejor esta cinta, es que este llanto está cargado de esperanza: morimos, pero sobrevive nuestra creación; desaparecemos, pero Cleo, la nueva musa de la historia, contará sobre un pasado en el que otros dioses pequeños, de carne y hueso, crearon el principio de la especie robótica que heredó un planeta calcinado. ¿No está ahí la relación egoísta con nuestra reproducción? ¿No tenemos descendencias para que alguien nos recuerde? ¿No volvemos a morir cuando se extingue del todo la memoria de nuestro paso fugaz por el mundo?

Una atmósfera lograda con actuaciones sosas

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Y aquí viene el segundo logro de la película. Si esta premisa me parece tremendamente inteligente y original –con mucho más crédito del que le quieren dar–, la forma en que Ibáñez realizó el mundo apocalíptico que rodea la trama es tremendamente intrigante. La atmósfera de esta película está increíblemente bien lograda: las ciudades recuerdan al Los Ángeles de Blade Runner con sus hologramas de mujeres, sus impermeables plásticos en la lluvia incesante y su neón discontinuo; la cantidad de tecnología vieja reutilizada recuerda al Brazil de Gilliam; el espacio claustrofóbico de los elementos urbanos, con sus precipitaciones ácidas, sus techos bajos y sus túneles eternos muestra una humanidad que apenas sobrevive; el desierto, en contraparte, alumbrado por el polvo y la sobreabundancia de luz blanca, seca y despiadada, crea un efecto de encierro aún más terrible… Todos estos elementos se conjuntan para crear un ambiente bastante inquietante. Se transmite de forma eficiente la sensación de un futuro completamente inhóspito y a la pregunta evidente sobre la supervivencia de la especie humana se suma, por pura atmósfera, la otra pregunta: ¿vale la pena sobrevivir así? Es lo que el primer robot le dice, en algún momento de la cinta, al personaje de Banderas: la supervivencia es asunto de los que se están extinguiendo; mientras que la vida sólo concierne a los que ya sobrevivieron.

Y por ahí encontramos algunas imágenes impresionantes: el fax reutilizado como nuevo medio de comunicación proliferante, las nubes mecánicas en todos los horizontes urbanos, el locker que sirve de espejo para un androide que, por primera vez, reconoce su reflejo, el asesinato de un vagabundo que trata de robar algunas partes de computadora vieja entre pilas de escombros tecnológicos, otro teporocho rendido que pone a su robot en una repetición eterna de una letanía para pedir limosna en un túnel oscuro, el suicidio de un androide que se prende fuego, la muerte de un autómata llorando un líquido cerebral blanco, como milagro de virgen con la sangre de Ash en Alien, coches destartalados, vestigios irreconocibles de nuestro mundo futuro que regresa a los ochenta, televisiones holográficas con programas que repiten los mismos videos instructivos sobre el baile como vida fugitiva de un recuerdo de felicidad perdida… Todo se conjunta en una atmósfera trágica que se construye con soltura, creatividad en arte y reflexión lograda.

En medio de todo esto, los efectos especiales son particularmente buenos (cosa que se entiende por la formación técnica de Ibáñez) sin nunca abusar de las imágenes generadas por computadora.  Los robots fueron creados como marionetas y tienen presencia física en pantalla: son torpes y mecánicos, lentos y aparatosos. Esto es, justamente, lo que los hace tan creíbles al momento de tomar vida: de pronto sus movimientos no responden a la pura funcionalidad, siguen siendo torpes pero parecen tener decisión propia, derrotar su carácter mecánico con algo de voluntad consciente. Por el otro lado, los efectos computarizados del último robot creado por androides, son bastante buenos y no deja de impactar la fluidez de sus movimientos… y la ternura de sus ojos curiosos.

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Frente al ambiente creado con logros enormes en el arte, frente a los efectos increíbles que dan vida a los robots, los seres humanos en esta película son bastante deficientes para rendir el resto del colorido

Es aquí, en contraparte, en donde encontramos todos los problemas de la película. Frente al ambiente creado con logros enormes en el arte, frente a los efectos increíbles que dan vida a los robots, los seres humanos en esta película son bastante deficientes para rendir el resto del colorido. Banderas, por un lado, intenta, en todo momento, una actuación que lo rebasa en capacidad. En la primera mitad de la película, el actor español logra muy bien dar un retrato de la desesperación de un cobrador de seguros en un universo desecho –sí, sigue siendo un trabajo miserable en el futuro– pero, después, se queda corto y no logra el tono dramático que busca la cinta. En particular, una escena de baile que quiere mostrar una innecesaria tensión sexual entre un embriagado Banderas y Cleo, la robot pensada para la prostitución, es bastante patética: la escena no debería existir en un principio, es completamente derivativa y la terrible actuación de ebriedad desesperada de Banderas es francamente risible.

De la misma forma, los actores secundarios le quitan toda seriedad al asunto, desde un Dylan McDermott –que siempre ha sido insoportable (o pregúntenle a la primera temporada de American Horror Story)– haciendo un personaje de policía corrupto tomado del más choteado precepto neo-noir, hasta una increíblemente plástica e innecesariamente seductora (¿?) Melanie Griffith que no tenía nada que hacer ahí, pasando por el relleno de un decepcionante Robert Forster y una poco creíble esposa protagonizada por Birgitte Hjort Sørensen. Y claro, el contraste es grande, porque la misma voz de Melanie Griffith como la autómata Cleo o la de Javier Bardem como Blue Robot son increíblemente acertadas y tienen una enorme carga emocional.

Con todo, en medio de las ocasionales torpezas narrativas que arrastran un argumento inteligente por momentos completamente innecesarios y unas actuaciones bastante sosas, la película se sostiene por toda la presencia no-humana del ambiente y de los robots. Tal vez, sin quererlo, Ibáñez dijo también algo con esto: la era del humano acaba patéticamente, mientras que la de los que quedan, nuestra herencia evolutiva robótica, continúa con presencia firme y realismo propio; el realismo confiado de una historia que apenas comienza.

Lo bueno

  • La trama que es mucho más inteligente que lo que permite adivinar, a primera vista, el guión.
  • La atmósfera creada con una dirección de arte impecable.
  • Los efectos especiales que son deslumbrantes.
  • Las voces de los robots: Bardem y Griffith, ahí sí, hicieron un trabajo estupendo.
  • La idea misma de la película que es un homenaje a mucha ciencia ficción sin dejar de tener puntos de enorme originalidad lograda.

Lo malo

  • Que el guión puede ser, por momentos, convulso y perderse entre sus propios artilugios.
  • Que las actuaciones son mediocres, a pesar del enorme esfuerzo de Banderas. (Ni modo, demasiada parodia y gatos con botas te acaban arruinando).
  • Que, tal vez, con una premisa tan brillante, se pudieron hacer muchas más cosas.

Veredicto

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A pesar de muchos errores, de las actuaciones poco convincentes y de algunos momentos derivativos en diálogos convulsos, ésta es una buena película de ciencia ficción. Muchos dirán que su premisa no es lo suficientemente original para merecerse un lugar de honor en el género. Estoy de acuerdo. Lo que sí no se puede dudar, es que es un intento sincero de homenaje a muchas influencias que trató de formar un camino originalidad con seguridad, aplomo y más logros que fracasos. Consideren por un momento la reflexión superficial y torpe de Chappie y regresen a ver esto con ojos cariñosos: no toda ciencia ficción tiene que romper el género para tener sus méritos; no toda premisa debe ser avasalladoramente original para crear agudos pensamientos. Por más que se esté agotando el cine en sus angustias distópicas, Autómata nos muestra que todavía quedan horizontes independientes para el género del futuro sin porvenir.

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Título: Automata

Duración: 110 min.

Fecha de estreno: 22 de mayo de 2015

Director: Gabe Ibáñez

Elenco: Antonio Banderas, Dylan McDermott, Melanie Griffith, Birgitte Hjort Sørensen, Robert Forster

País: España, Bulgaria

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