Tomorrowland es la más reciente apuesta de Disney por crear una nueva franquicia o, al menos, producir algo de live-action arriesgado fuera de fórmulas probadas. El resultado ha dividido la opinión…

Muchas de las expectativas con las que entraría normalmente a ver una película de Disney han cambiado en los últimos tiempos. Yo también pegué el grito en el cielo cuando la compañía de Mickey Mouse compró LucasFilms, y el nuevo tráiler del Episodio VII ya me tiene completamente intrigado; yo también pensé que todo lo que tocara Disney con Marvel sería un fiasco, y ahora tenemos un universo establecido que no para de sorprendernos; yo nunca esperé que una propuesta tan extrañamente mixta como la de Big Hero 6 fuera a funcionar y quedé perplejo con el resultado. Todo esto viene a que no entré a ver esta película con una sonrisa sarcástica y esperando lo peor. Y, aun así, no quedé muy contento con el resultado.

Para hablar a fondo de lo que puede decepcionar en esta película es de nuevo necesario dar algunos spoilers importantes. Puesto que la cinta se basa en una búsqueda misteriosa, no quiero quemarle nada de la emoción a nadie; así que, desprevenidos: quedan alertados.

Una película bienintencionada

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Tomorrowland es fiel a sus orígenes. El parque de diversiones que le da nombre a la película abrió sus puertas en 1955 con una placa de mensaje propositivo escrita por Walt Disney en persona. Y la placa rezaba:

“Tomorrowland. Una visión hacia un mundo de ideas maravillosas que significan los grandes logros del ser humano… un paso hacia el futuro, con predicción de cosas construidas, cosas del porvenir. El mañana ofrece nuevas fronteras en la ciencia, las aventuras y los ideales. La era atómica, los desafíos del espacio exterior y la esperanza de un mundo pacífico y unido.”

Y eso es exactamente lo que trata de hacer la película: mostrarnos las posibilidades de un futuro diferente al que imaginamos constantemente con distopías y escenarios apocalípticos; regresarnos a la esperanza por la carrera espacial de los años sesenta; darnos algo de optimismo por un mañana maravilloso, lleno de avances científicos, paz en la Tierra y emoción por el descubrimiento.

La cinta abre con Frank Walker (George Clooney) y Casey Newton (Britt Robertson) tratando de contar la historia que los llevó a un presente que todavía desconocemos. Y esta trama está llena de misterios que se van develando poco a poco a lo largo de la película. Al final, sabemos que un grupo de hombres de clara dedicación, ideal progresista y genio incomparable (entre los que se cuentan Edison, Tesla y Julio Verne) formaron la sociedad de los Plus-Ultra (lo mejor de las mentes científicas y artísticas) y crearon, en una dimensión paralela, un mundo en donde la ciencia no quedaría restringida por agendas corporativas o trámites burocráticos; un lugar en donde el genio de la humanidad pudiera desarrollarse libremente para soñar con un futuro mejor.

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La película trata de mostrarnos las posibilidades de un futuro diferente al que imaginamos constantemente con distopías y escenarios apocalípticos, de darnos algo de optimismo por un mañana maravilloso

Y así sucede hasta que, en algún momento de los años ochenta, algo va mal: después de descubrir una partícula que viaja más rápido que la luz, los geniales habitantes de esta tierra del mañana adquieren el don de clarividencia y observan un futuro devastador para la humanidad. Considerando que este futuro es inevitable, deciden cerrar las puertas (algo tiene que ver en esto su despótico líder Nix) y esperar tranquilamente al fin de un mundo que ya no les interesa. Sin embargo, intentan avisar a la humanidad de los peligros a los que se enfrenta: tratan de mandar novelas distópicas en forma de Orwells y Huxleys y Bradburys; tratan de señalar, con avances científicos, la inevitabilidad del daño que estamos causando al medio ambiente; tratan de hacer todo lo posible… pero la humanidad no se da por enterada. En vez de eso, parece regodearse con la noción de su destrucción: la fascinación actual por el apocalipsis sería un recurso, según esta cinta, de lo más cómodo para el cinismo, una buena excusa para ya no hacer nada.

Ahí es donde entra en juego Casey Newton, una joven entusiasta de los viajes espaciales que sabotea, con toda inocencia, las instalaciones de desmantelamiento de los cohetes de una NASA que ya no quiere mandar nada al espacio. Casey será enrolada por un robot-infante reclutador exilado de la tierra del mañana (interpretado maravillosamente por Raffey Cassidy) para regresar la esperanza a este mundo que se encuentra al borde del apocalipsis.

Como pueden ver, el mensaje quiere ser completamente optimista y darnos una probada de la ilusión infantil renovada que trajeron consigo los alentadores años cincuenta y sesenta en un Estados Unidos que se posicionaba como nuevo líder del mundo. Con esta premisa, la película logra aprovechar muy bien la capacidad del director Brad Bird (The InvinciblesMission Impossible: Ghost Protocol) para mostrarnos secuencias amplias y sorprendentes, de gran dinamismo y colorido. Los efectos visuales son impresionantes y el gusto por adaptar todo el diseño de producción a los esquemas del parque de diversiones es bastante loable. En todo este aparataje, la cinta desarrolla una trama que es eficiente en mantenerte intrigado hasta un desenlace que toma un poco demasiado del showdown cliché de las viejas películas de acción y aventura con un villano bastante acartonado (Nix) interpretado por el tan querido Hugh Laurie. Al final, con actuaciones sólidas y una atmósfera intrigante, ésta es una película bastante divertida que, si te dejas llevar por la premisa que mantiene, puede satisfacer todas tus expectativas. El problema viene después, con las reflexiones inquietantes que activa.

Un anti-apocalipsis apocalíptico

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Todo puede empezar con Dr. House. La elección de Hugh Laurie no puede parecernos, para nada, casual. Laurie representa, en el imaginario colectivo, la figura última del cínico, el doctor que no tiene esperanzas para una humanidad fundamentalmente mentirosa, tramposa y deshonesta, el misántropo manipulador carismático. Quitándole todo el encanto de Dr. House, la película pone a Laurie en el papel del científico que es demasiado inteligente para el resto de los humanos y que, por eso, no tiene ningún dilema moral al vernos, tranquilamente y a distancia, tropezar hacia el abismo. Es el villano que acabará aplastado por el peso de su propio orgullo, el más grande de los males humanos, aquél que permite que sigan fluyendo las malas intenciones que nos van a llevar, finalmente, a la destrucción total.

Así, la película no nada más es diversión familiar sino que comporta un fuerte mensaje en un cargado tono didáctico. Digamos que es lo que siempre fue Disney pero sin querer ocultarlo tras alguna sutilidad: es un mensaje directo sobre cómo deberíamos comportarnos frente a nuestro futuro y un periodicazo en el hocico para todos nosotros, los cínicos, que nos deleitamos en las imágenes cinematográficas del apocalipsis. Hasta sale una referencia, por ahí, de un póster de película de catástrofe llama Toxicosmos 3; el nombre no quiere ocultar la intención: según esta cinta, las películas distópicas producen un ambiente cultural tóxico.

Si ya tuvimos, en las pasadas dos décadas, situaciones apocalípticas más o menos basadas en todo lo que se les pueda ocurrir (nada más Roland Emerich tiene una buena lista: cambio de magnetismo en los polos, era de hielo, invasión alienígena, etc…), ahora tenemos, con esta película, un apocalipsis que nos llega por la pura creencia de que nos va a llegar; muy anclado en los años sesenta, éste es el apocalipsis de las malas vibras. El poder de clarividencia de los Plus-Ultra, sirve como antena que puede canalizar toda nuestra creatividad desquiciada en pesimismo para adelantar el fin del mundo. Y aquí regresamos a este aspecto algo chueco de la película. El mensaje que trata de enviar Brad Bird, con toda honestidad, se transforma en algo medio soso por la manera en que es contado. Porque esta cinta no retrata nuestro pesimismo sino que nos regaña por él; no nos muestra cómo hemos dejado de soñar sino que nos muestra que hay personas que todavía sueñan y que deberíamos sentirnos mal por no seguir su ejemplo. Como bien dijo Charlie Jan Anders de Io9: si te gustó Mad Max: Fury Road, Tomorrowland quiere que te vayas al rincón y reflexiones sobre lo que has hecho mal.

Se pueden hacer muchas críticas amplias, muchos comentarios culturales sobre la forma en que nos hemos obsesionado por el apocalipsis y es algo que seguimos haciendo con el auge de las distopías juveniles (por mi parte siempre pensé que, entre muchas otras cosas, el apocalipsis era principalmente una forma de darnos demasiada importancia). El problema aquí es que no se trata de una crítica la que la película quiere transmitir sino de una pedagogía. Nos están enseñando lo errado del camino y el mensaje tiene bastantes tintes mesiánicos. La reseña de The Verge quiere aceptar este mensaje ampliando sobre el tema: según ellos, es cierto que somos demasiado cínicos y que es necesario encontrar películas como ésta que nos muestren la importancia del pensamiento positivo, optimista y humanista. Allá ellos, pero a mí no me parece que ésta sea la forma de transmitir un mensaje constructivo sobre la realidad actual. (Y queda pensar si lo que queremos es, justamente, “transmitir mensajes”…).

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Esta cinta no retrata nuestro pesimismo sino que nos regaña por él; no nos muestra cómo hemos dejado de soñar sino que nos muestra que hay personas que todavía sueñan y que deberíamos sentirnos mal por no seguir su ejemplo.

Con The Salt of The Earth, Wim Wenders retrata la vida del fotógrafo Sebastião Salgado de forma brutalmente cercana y honesta. Podemos compartir o no la visión del mundo de este increíble ser humano, pero no podemos dejar de maravillarnos presenciando el grado de miseria que ha visto y la cara optimista que sigue brindando al futuro. Pero ni Wenders, ni Salgado, nos regañan con la cinta: no nos quieren hacer sentir mal por nuestra pasividad sino mostrar un ejemplo grandioso de humanidad creativa. Si lo consideran, es una forma muchísimo más inteligente, muchísimo más eficaz, de enseñar una cara intrigantemente sonriente frente a la podredumbre humana en esta era avariciosa e injusta.

En cambio, si Tomorrowland quiere regañarnos por nuestra obsesión con el fin del mundo, lo hace proponiéndonos otro apocalipsis. Sería entonces una cuestión de gradación: no es que esté mal hacer películas apocalípticas sino que tendríamos que hacer más películas apocalípticas como ésta, con un mensaje positivo sobre la supervivencia humana. Pero no creo tampoco que ninguna de las películas de desastre global hollywoodense esté exenta de este mismo mensaje, de ese mismo punto moral: como dije en alguna parte, muchas cintas apocalípticas nivelan la balanza entre los justos y los injustos; el fin del mundo pone a prueba a los hombres y sobreviven siempre aquellos que muestran su valentía y su respeto a los valores familiares tan queridos por la máquina cultural americana; los supervivientes siempre pasan por pruebas para reencontrar la esperanza, el amor y la salvación. Por el otro lado, todas las distopías juveniles (que también cargan con estos valores de justicia y mérito) le añaden además al tema apocalíptico, la tan repetida premisa del elegido. Y de eso tampoco se salva esta película: una joven adolescente que todavía se atreve a soñar será invitada a un mundo mágico en el que tendrá que tener confianza en su valía para salvar al planeta de los malvados.

Tomorrowland critica entonces películas que utilizan exactamente los mismos esquemas narrativos y morales de los que ella misma abusa. Con el añadido, claro, del regaño. Y aquí viene otra de las dudas que me quedaban al salir de ver la película: ¿quién puede decir que es lo suficientemente valioso para juzgar de la supervivencia de todo el resto de la humanidad? ¿No es acaso igual de despótico tomar la posición del villano que quiere destruir a los hombres sin que lo sepan que tomar la del que quiere salvarnos sin que tampoco nos demos por enterados? Lo que viene aquí es justamente la fidelidad de la película con los valores fundadores que la sustentan: esto es el ideal mismo de Walt Disney, una cara sonriente, una película que reconforta y que, por detrás, mantiene un mensaje mesiánico, con tintes autoritarios.

Un mensaje turbio

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La idea de que exista una dimensión alejada que va a escoger entre los humanos a la crema y nata de científicos, artistas y creadores de todo tipo para construir nuestro futuro es una utopía que muy pronto puede tornarse peligrosa: ¿son los más calificados y esperanzados entre nosotros necesariamente los más sabios, o los más pertinentes para gobernar el porvenir? ¿Puede un algoritmo matemático encontrar a aquellos que nos van a salvar de nosotros mismos? ¿No se está construyendo un poder centralizado del conocimiento que va a dictar, por el resto de los mortales, el orden en que debe regirse nuestra existencia? ¿No es peligrosa esta perspectiva?

El imperio cultural que creó Walt Disney en vida se basaba un poco en estos preceptos de transmitir a las generaciones una cierta cantidad de valores para forjar un mejor futuro. Pero este mejor futuro era el porvenir que él mismo se imaginaba, y la forma de transmitirlo, en entretenimiento, no es siempre inocente. Todavía la gente se cría pensando que existen necesariamente príncipes azules, que las bodas son siempre un final feliz, que la amistad y el compañerismo pueden salvarnos y que la maldad siempre termina por ser castigada. Pero ninguna de estas cosas es maniqueamente cierta.

Además está la hipocresía. Porque Disney no se guardó su propia avaricia corporativa y mete por ahí comerciales de Star Wars entre tiernas referencias a otros grandes hitos de la ciencia ficción cincuentera. Nos regaña sobre el cinismo frente a este mundo de ambición empresarial que nos lleva a soñar futuros terribles y nos vende lo mismo que lo provoca. Y no quiero decir que la comercialización de las películas esté mal en sí, ni siquiera busco una apología de la congruencia (qué flojera), pero si vas a tirar dos horas de regaño sobre el cinismo parándote en los laureles de salvador del mundo, tal vez tengas que soportar las críticas sobre tu propio descaro. Es como cuando vas a un concierto y te avientan un mensaje aleccionador de media hora entre canciones regañándote por tu apatía: claro, es fácil decir que ya hiciste tu parte, como cree Bono, desde la responsabilidad que te da ser una figura pública que todo mundo reconoce. El cantante que te regaña puede regañarte porque, al hacerlo, él ya cumplió su propósito: lo suyo es la parte fácil, la divulgación; a nosotros, los regañados que lo observamos, nos toca lo difícil que es, justamente, la acción. Por su posición privilegiada el acto del cantante puede basarse en el puro acto de regañar. Y eso es exactamente lo que hace esta cinta.

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Disney os regaña sobre el cinismo frente a este mundo de ambición empresarial que nos lleva a soñar futuros terribles y nos vende lo mismo que lo provoca

En el desenlace de Tomorrowland se explica la razón por la que nos estaba hablando directamente al rostro, al inicio de la película, el personaje de Clooney y el de Robertson: toda la narración es en verdad un relato para una manada de jóvenes robots que, finalmente, pueden mostrar algo de alma e iniciativa propia y que deben encontrar a la crema y nata de la humanidad optimista. Entonces, por la forma misma de la película, el espectador queda puesto en el lugar de androides juveniles con una misión fija, un protocolo lo suficientemente amplio para transmitir un mensaje de esperanza. Queriendo o sin querer, ésta es una perspectiva bastante terrible: ¿el mensaje de la película se está desarrollando para que vayamos, como seres programados con algo de voluntad, a repartir un mensaje de optimismo salvador? No sé ustedes pero la forma en que acaban retratados los espectadores mismos me pone bastante nervioso…

Muchos comparan Tomorrowland con Interstellar y con los principios de Spielberg, y esta comparación no parece del todo exacta. Tal vez Interstellar termina con un mensaje familiar y tierno que es, justamente, una de las cosas que más recuerdan a Spielberg en la cinta de Nolan. Pero, en ningún momento es un regaño: la propuesta nostálgica de voltear a ver a las estrellas es más un entusiasmo juvenil fanático por la ciencia ficción que un fin didáctico para transmitir ideales. A mí también me da tristeza que la NASA no tenga el mismo apoyo, ni el mismo entusiasmo que en otras décadas pero, aceptémoslo, la emoción por los viajes espaciales no tuvo que venir nunca de los gobiernos (que la utilizaban, más bien, en una lógica balística para la Guerra Fría). Y eso lo demuestran las nuevas iniciativas privadas que quieren empezar a colonizar el espacio: el entusiasmo por las estrellas siempre estuvo en la imaginación creativa de todos y cada uno. Así que hay que zanjar todos estos regaños en la forma en que vienen, porque, aunque todo esté muy mal, tomará otros caminos de divulgación, otros entusiasmos de la imaginación, cambiar profundamente a este mundo.

Lo bueno

  • Las actuaciones, en particular la increíble actuación de Raffey Cassidy como Athena que se lleva todas las palmas.
  • Un diseño de producción completamente apegado a la idea de Disney de un parque de diversiones futurista.
  • Los efectos visuales que son impresionantes en los cambios de locación repentinos y los delirios proto-futuristas de Verne y Tesla en la Torre Eiffel.
  • La narración que, a pesar de su contenido o intención, está bastante bien llevada y logra causar intriga.

Lo malo

  • Que la película quiera aleccionarte, regañarte, educarte: refundir un mensaje de este tipo en entretenimiento es más propaganda que divulgación.
  • Que todo acabe en solemnidad: tanta diversión para llegar a un asunto más pesado que profundo.
  • Que la forma de transmitir ese mensaje es torpe, hipócrita y bastante ineficiente.
  • Que el mensaje, finalmente, tiene tintes autoritarios que pueden ser inquietantes.

Veredicto

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Finalmente, cada quién sacará sus conclusiones de la cinta. Si la van a ver con toda la ligereza posible, es en realidad una propuesta bastante fresca de ciencia ficción familiar, con un excelente reparto y una buena realización. Si, por el otro lado, están de acuerdo conmigo en que este mensaje tiene bastantes baches para el camino dorado que propone, tal vez no salgan tan satisfechos de la cinta. Ninguna de estas lecturas es mejor o peor, cada quién encontrará sus gustos y sus decepciones. Lo que sí es que no pueden dejar de reconocer que el humanismo y el optimismo como fines a ultranza no son necesariamente valores intachables, que el regreso al idealismo conservador americano de los sesenta no es la solución a nada y que la crítica profunda es más interesante que el regaño superficial. Y bueno, en lo personal, creo que no somos necesariamente unos cínicos desesperados y nihilistas por considerar que no vamos a cambiar profundamente al mundo con las buenas intenciones, y que no basta una curita para parchar la carótida abierta de nuestro maltrecho planeta.

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Título: Tomorrowland

Duración: 130 min.

Fecha de estreno: 22 de mayo de 2015

Director: Brad Bird

Elenco: George Clooney, Britt Robertson, Hugh Laurie, Raffey Cassidy

País: Estados Unidos

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