Una celebración de John Connor y el día del juicio final que no llegó.

El mundo no se acabó en 1997 y parece que, a pesar de nuestros esfuerzos, todavía va a durar un rato. Pero los miedos que instaló James Cameron en el corazón de todos los creyentes de la buena ciencia ficción palomitera de acción no se han borrado: 25 años después del estreno de Terminator 2: Judgement Day, todavía existe el miedo a las máquinas. Cada día estamos más cerca de la dependencia absoluta a las computadoras, los procesadores siguen ampliando su capacidad de manera exponencial y, si la rotación de la Tierra coincide con una desafortunada llamarada solar, podríamos estar más cerca de lo que creemos del apocalipsis tecnológico. Tal vez, entre todos los infortunios de las últimas décadas, tenemos, como punto positivo, el que no hayamos logrado despertar a una computadora vengativa con ganas de erradicar a la humanidad. Las inteligencias artificiales que hemos creado todavía no pueden considerarse inteligencias generales autoperfectibles; todavía no tienen el dedo en el gatillo; todavía mantenemos nuestros arsenales nucleares en búnkers frágiles; todavía creemos en el progreso tecnológico y la bonanza científica…

La visión de Cameron hace más de dos décadas era mucho más pesimista y, al mismo tiempo, tenía algo profundamente presencial, vital, rejuvenecedor. Porque esta cinta, con toda su oscuridad, con sus tonos fatales y su profundo sentido de la tragedia, sigue manteniendo, también, ese toque mágico que encuentra la ternura, el amor materno, la voluntad de vivir, en los rincones más sórdidos del espacio, del océano y de nuestro tullido mundo. Es por eso que Terminator 2 se quedó grabada en los corazones de tantos fanáticos noventeros: su director, como nadie, supo mezclar de manera precisa y consecuente la acción más desparpajada con los tonos emocionales justos de un drama familiar. En todas las grandes películas de Cameron, los problemas de proporciones cósmicas a los que se enfrentan los humanos siempre están íntimamente ligados a cuestiones mucho más comunes, mucho más cotidianas, de otra importancia, pequeña y banal. En The Abyss el encuentro con seres de las profundidades pasa por la abnegación de un hombre y la tensa relación que mantiene con su esposa; en Aliens, Ripley debe enfrentarse a sus miedos y convertirse en una guerrera imparable a través del amor materno que le inspira Newt; en Terminator el meollo del asunto es una relación romántica inesperada entre Kyle Reese y Sarah Connor…

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James Cameron, como nadie, supo mezclar de manera precisa y consecuente la acción más desparpajada con los tonos emocionales justos de un drama familiar.

Finalmente, Cameron logra conjuntar la violencia del apocalipsis con las relaciones filiales en el carismático triángulo que representan Sarah Connor, John y el T-800 en Terminator 2: Judgement Day. Y todo se construye en torno a la relación del hombre con la máquina y de un padre con su hijo. La idea, finalmente, es que cada uno elige su destino y que no podemos culpar al mundo de nuestras elecciones. Y este punto existencialista pasa por una antipsicología de estantería: no podemos imputarles a nuestros padres el destino que nos depara el futuro. John ha tenido una existencia agitada, entre guerrilleros de Guatemala y una madre frenética que lo entrenaba para luchar sólo contra el mundo. Aun así, él elige a la máquina como la figura paterna que mejor le corresponde; él salva a su madre de perder toda humanidad al querer asesinar a Dyson frente a su familia; él acepta, finalmente, sacrificar a su padre y a su amigo para salvaguardar el futuro. La trama de esta película es entonces la de un cuento de formación en el que se balancean constantemente lo fatal y lo moldeable, el destino y el libre albedrio, la humanidad calurosa y la frialdad de la máquina.

Y sí, las reflexiones en voz en off de Sarah siempre apuntan a lo mismo: la importancia de salvar a la humanidad, la primacía de lo humano, el mérito de nuestra especie y el hecho paradójico de aliarse con una máquina. Para Sarah resulta absolutamente impensable el hecho de confiar en un robot exactamente igual al que intentó matarla unos años atrás. La humanidad de la máquina es, entonces, también, la cuestión central de la película. John Connor debe aprender a amar a la máquina antes de convertirse en el líder de la resistencia humana. Así, toda la tierna relación de protección, cobijo, fuerza y paciencia que establece con el T-800 es una relación que mima la compañía del mejor padre posible. Y las figuras paternas de John son siempre figuras que él mismo se impone: él es quien manda a Kyle Reese al pasado, autoprocreándose, él es quién manda al T-800 para protegerse a sí mismo en la adolescencia. John Connor es su propio padre, de manera extrañamente lateral, mediante las figuras de Kyle Reese y la máquina. Así, el líder de la resistencia es un ser que se creó solo y que se sustenta a sí mismo en la versatilidad única de dos padres en el opuesto de su presente: una máquina exterminadora, fría y calculadora, y un hombre delicado, sensible, preocupado y profundamente humano.

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John debe enseñarle al robot a entender lo humano a través de la compasión para que pueda sentir en carne propia el dolor ajeno.

Es en esta misma dualidad paternal que John tendrá que encontrarse a sí mismo como el gran líder que es. Desde el principio de la película podemos ver una secuencia pivote importantísima para el desarrollo mítico de la saga: después de la tremenda persecución en motocicleta por los pasos a desnivel de Los Ángeles, John se da cuenta de que el T-800 tiene que responder a todos sus caprichos. Al enloquecer frente a la máquina y gritar por auxilio, John llama la atención de dos personajes ochenteros que vienen, con toda buena intención, a auxiliarlo. Pero, dándose cuenta de su poder sobre el T-800, John pierde el control y por poco ordena un asesinato sumario. Es en ese momento que le pide a la máquina que no mate a nadie (de hecho, en toda la cinta, el T-800 no mata a una sola persona, cuestión diametralmente opuesta al caso de la primera cinta en donde vuelan cadáveres por doquier). Ante la pregunta impávida del robot, ¿Por qué? John contesta: “Porque simplemente no puedes ir por ahí matando gente, confía en mí”. John está intentando enseñarle algo de moral básica a la máquina, intenta convertirla en algo mucho más humano, algo que no mate con absoluta frialdad, que responda con slang, que sea espontáneo y que entienda de emociones. Al pedir su confianza John ha cambiado radicalmente su relación con el androide: pasa de comandarlo para realizar una acción inhumana frente a un acto desinteresado, a enseñarle moral proponiéndole una relación de confianza.

La máquina puede sentir el dolor pero no puede procesarlo, ni relacionarlo con algún estado emocional. John debe enseñarle al robot a entender lo humano a través de la compasión para que pueda sentir en carne propia el dolor ajeno. Y se educa a sí mismo al educar a la máquina: es junto al T-800 que comprende el valor de la vida humana, que entiende que todo gesto es único e irrepetible, que se da cuenta de que cualquier relación crea vínculos emocionales. Al encariñarse con la máquina, John muestra su absoluta humanidad; la humanidad de un líder que sólo podría ser efectivo por el respeto y el amor que le tiene al enemigo. El mandamás de la resistencia humana que vemos al principio de la película en un futuro oscuro, frío y gris, bajo una impasible luz azul, es el mismo que se formó llorando en las calurosas entrañas rojas de la fábrica de metales.

Y esa es la oposición complementaria de toda la película, las tonalidades azules y rojas que se contraponen, dicotómicamente, en cada momento de la cinta: el azul de la noche, del uniforme de policía, de los reflejos fríos de las láminas de metal del T-1000, de la casa de Dyson y de todas las confrontaciones nocturnas, el azul del futuro de cráneos aplastados y máquinas despiadadas; y el rojo de la fábrica que recuerda, antes de los procesadores, otros tiempos de bonanza en la industria de los metales, el rojo del calor humano, de la visión del T-800, del fuego vengativo que destruye las oficinas de Cyberdine, el rojo de la sangre que nos vuelve hombres, del sol que nos da vida, de la pasión, del amor que nos separa de todo lo maquínico. Los colores esenciales de las torretas de policía se mezclan en esta cinta como dos partes de un discurso complementario que termina y empieza con John Connor.

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Y esa es la oposición complementaria de toda la película, las tonalidades azules y rojas que se contraponen, dicotómicamente, en cada momento de la cinta.

El azul y el rojo nos muestran cómo esta película se enfoca en la creación de un líder que debe aprender a convivir con las máquinas para hacerles frente. Y la fatalidad de la cinta está en la crueldad de no poder mezclar los sentimientos con el futuro azulado de acero que la humanidad espera: la máquina no puede sobrevivir, John no puede mantener una relación con ella y, al destruirla, hace que prevalezca el rojo sobre el azul, la humanidad sobre la máquina, el calor de las emociones frente al raciocinio calculador y letal. Pensar en las tonalidades de la cinta y lo que pueden representar es también pensar en cómo creció John Connor en esa mezcla única de autoprocreación y sobreprotección materna. Él nació del futuro azul, de la máquina, de la ciencia avanzada de su era; es el hijo único de sí mismo, el que junta en su milagroso advenimiento dos líneas temporales incompatibles. La vida de John se creó en el útero metálico de la máquina del tiempo. Y, por el otro lado, creció en el calor rojo del desierto, bajo el sol que da vida a todo y el fuego de los campamentos fugitivos; es el producto de la pasión de Reese y de la inagotable fuerza de su madre, el que decidió el futuro de la humanidad en una caldera. La vida de John se formó también en el seno apasionado de una humanidad desesperada, vital, irascible e inasible.

En ese juego de contrastes la genialidad de Cameron se convierte en mito único. Después de películas como Aliens y Terminator 2, lo sabemos bien, resultaron francamente imposibles las continuaciones. Porque el advenimiento de John Connor, como el reposo de Ripley, al juntar lo cósmico con lo cotidiano, accedieron a lo mítico. Estas historias se convirtieron, rápidamente, en algo que iba más allá de sus intenciones de entretenimiento. Y en el caso de Terminator 2, algo nos habla, entre las paradojas temporales y los delirios de acción, entre la edición magistral y el soundtrack único de cacerolazos a cargo de Brad Fiedel, de la importancia del presente, de la construcción del futuro, del humano aprendiendo a ser humano frente al espejo de la máquina.

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Esta película habla, entonces, de la belleza presencial de una vida que vale la pena vivir, de un destino que no se cumple sino que se modifica y de un futuro con doble advertencia.

Las líneas de la carretera que cierran la película nos muestran que ningún futuro está escrito y que el camino lo hacemos al recorrerlo. Esta película habla, entonces, de la belleza presencial de una vida que vale la pena vivir, de un destino que no se cumple sino que se modifica y de un futuro con doble advertencia: el peligro del azul matando al rojo, de la pasión apagada por la razón pragmática. John no salva a la humanidad, finalmente, como líder de la resistencia, sino creando, en él mismo, la combinación perfecta del hombre y la máquina, el punto de encuentro del futuro y del presente, del destino y de la libertad, del azul y del rojo. John es el vínculo con la máquina y su papel en la resistencia se juega, desde el presente, como aquél que evita la guerra futura con la diplomacia de su formación humana y de su procreación maquínica. John es Sarah y es el T-800, es lo humano y lo robótico, es el cyborg abstracto que nos guía a un futuro en que ningún humano se transforma en máquina y en el que ninguna máquina, peligrosamente, se humaniza. Y si el acero no debe pensar es porque, para saber de lo humano, como nos enseña John, se necesita maridar el cálculo de inteligencia superior con el dolor de sentir, más allá de las balas, la belleza del momento presente en todo su esplendor cromático.

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