Varios días después del evento en el que Apple anunció sus novedades desde el Flint Center en Cupertino, California, Internet se inunda de artículos que sustituyen el espíritu del “¡Llévelo, llévelo!” por “Si compras un producto nuevo de Apple se van a morir 10 gatitos”. Uno de los más recurrentes fue “Razones por las que no voy a comprar un Apple Watch”.

El sentido crítico es fundamental en todos los ámbitos y la industria editorial no es la excepción. Nadie quiere buscar información o noticias y toparse con un fanatismo ciego que aplaude cualquier novedad por reflejo, obligación o costumbre. Si nos va bien y sabemos premiar a los medios correctos con nuestra atención, habrá un experto(a) o profesional ecuánime capaz de dar algo de perspectiva. Al hablar de tecnología, y sobre todo del más reciente evento de Apple, un “salió tarde”, “está bonito o feo” o “no sirve para nada nuevo” no es suficiente.

Pero el verdadero problema es cuando la crítica parece más una sacada de lengua o trompetilla que un argumento estructurado. En nuestra sociedad, la crítica es uno de los caminos más rápidos para que los otros nos perciban como inteligentes. Particularmente la crítica negativa está asociada a una mejora en nuestro estatus intelectual frente a los demás. En el libro Creative People Must Be Stopped: 6 Ways to Kill Innovation (Without Even Trying), David Owens habla de esto y de cómo la crítica es también una restricción psicológica de la creatividad.

Así que aunque ser crítico del exceso de críticas está como para jugar con la pirinola de Inception, aquí hay un recuento de las razones más comunes que he encontrado hasta ahora para no comprar un Apple Watch:

1. “Steve Jobs lo hubiera odiado”

Steve-Jobs

El gadget se ve como una tecnología invasiva más que personal. En su vida familiar, Jobs ponía a la convivencia humana por encima de la tecnología.

No estoy organizando una cruzada para linchar a los detractores de Apple post-Jobs, pero honestamente creo que complacer al fantasma de Steve Jobs no debería estar en la ecuación. Incluso si con Ouija en mano me lo confirmaran, no deja de ser una razón un tanto esotérica.

2. “He sobrevivido sin uno hasta ahora”

Cavernícola
Foto: Lord Jim

Aquí el argumento parece girar en torno a una forma un poco extraña de ver la vida. Me imagino que viene de personas que conservan su comida con sal y toman fotos con daguerrotipos (bueno, no porque el procedimiento del daguerrotipo se hubiera considerado un avance tecnológico innecesario también). “Si no existía antes, jamás deberá existir” o “si he sobrevivido hasta ahora sin uno es porque no lo necesito”. Sí, en efecto. Aún no encuentro a nadie que compare un reloj inteligente con el descubrimiento de los antibióticos.

Este argumento parece ir muy de la mano con la noción de que la mercadotecnia crea necesidades y el consumismo nos tiene absortos en una espiral de decadencia infinita.

El único problema es que pare creer eso hay que asumir también que todos somos idiotas. Lo que nos permite usar esa lógica y salvaguardar nuestra autoestima es que por lo general pensamos que el fenómeno aplica a todos… menos a nosotros. De algo similar hablaba en 1983 el sociólogo Phillips Davidson con su hipótesis del “efecto de la tercera persona”, que nos hace creer que los mensajes persuasivos en medios de comunicación tienen un mucho mayor efecto en los demás que en nosotros mismos.

3. “¿Para qué sirve?”

Reloj
Foto: Martin Cathrae

Para hablar por teléfono está… así es, el teléfono. También para enviar mensajes y capturar fotos (aunque siguiendo esta lógica diríamos que antes para tomar fotos estaba la cámara, no el celular). No es el primer dispositivo que monitorea el pulso (hay relojes con esta función que ni siquiera son digitales) y para qué queremos monitores de actividad y salud, si ahí está Fitbit, entre muchos otros.

Lo interesante aquí no es tanto la pregunta en sí misma (una larga lista de especificaciones resuelve el misterio de para qué sirve y cada quién decidirá si le parece útil o no). Lo relevante es más bien la cantidad de veces que ha salido a colación en artículos, editoriales, conversaciones, tuits y comentarios al aire. Es la pregunta, más que las respuestas, lo que nos dice algo del Apple Watch y es que no estamos frente a una tecnología disruptiva.

Cuando se dieron a conocer los lentes de realidad aumentada de Google, por ejemplo, la empresa misma se encargó de hacer la pregunta y dejar que los usuarios la respondieran, para después premiar a unos cuantos innovadores con la posibilidad de usarlos antes de que estuvieran en el mercado. Pero cuando se develó el producto, nadie se taró preguntando para qué sirven los Google Glass porque los Google Glass sí son una tecnología potencialmente disruptiva. Más adelante resultó que podrían servir para auxiliar en rescates a los bomberos mostrándoles mapas y facilitando la comunicación con el equipo. También se pueden usar como una herramienta docente para grabar cirugías y hacer live streaming en hospitales y universidades. Hasta podrían funcionar como parte del equipo del Departamento de Policía de Nueva York como herramienta para desincentivar los abusos de autoridad y también como protección para los oficiales.

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El uso de los Google Glass se ha extendido a muchos campos

El punto es que no importa si nadie sabe para qué pueden servir los lentes de Google. La pregunta no incomoda porque el potencial de la tecnología es embriagador, aunque ha sido también un dispositivo controvertido por cuestiones de privacidad. Los Google Glass llegaron para inaugurar la categoría de lentes de realidad aumentada. Lo que nos dice la recurrencia de la pregunta (¿para qué sirve el Apple Watch?) es que no estamos frente a una tecnología disruptiva, como lo fue el iPhone en su momento. El reloj de Apple es eso, un reloj- inteligente y de Apple, pero un reloj.

4. “Somos esclavos de la tecnología”

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Otro argumento al que muchos recurrieron para apagar chispazos de lujuria por el Apple Watch (y que sale a colación prácticamente con cualquier innovación tecnológica) es que se trata de un dispositivo enajenante que pone todavía más a nuestra disposición lo que ya de por sí nos emboba: checar el correo compulsivamente, estar en Facebook mañana-tarde-y-noche, o esperar acechantes a que se conecte alguien a Whatsapp y decidir si leyó o no nuestros mensajes. Lo usual, ya saben.

Es la típica relación de amor-odio y dependencia, y no es para menos:

  • Un estudio de Ipsos dice que el 74% de los mexicanos no salen jamás de su casa sin el smartphone y que 40% preferirían dejar de ver televisión que dejar de usar el teléfono
  • De acuerdo a un estudio de Iab México, el tiempo de navegación promedio en Internet a través de dispositivos móviles es de 5 horas y 32 minutos al día
  • Una encuesta de Nielsen arrojó que 40% de los estadounidenses entre 18 y 24 años usan su teléfono inteligente mientras van al baño
  • Un estudio de IDC Research encontró que lo primero que hace en la mañana el 80% de los usuarios de smartphones es revisar el teléfono
  • Una ley en Francia ahora impide que alrededor de un millón de empleados en la industria digital y de consultorías respondan llamadas o correos electrónicos relacionados con el trabajo antes de las 9 am y después de las 6 pm

¿Entonces realmente queremos notificaciones en la muñeca cada vez que nos llegue cualquier cosa? La respuesta es que ésa es la pregunta equivocada. Tal vez ponernos en el lugar de víctimas frente al verdugo cool de la tecnología no es lo que mejor ilustra nuestro pequeño predicamento.

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La tecnología vista como un factor enajenante (imagen: Ángel Boligán)

Al contrario de lo que pueda pensar el gobierno de Alemania, quizá la respuesta no es comprar máquinas de escribir o empezar a usar palomas mensajeras para evadir el coletazo opresivo de la innovación.Tal vez la respuesta está más relacionada con ponernos en un papel activo y no pasivo en el que podemos aprender cómo funciona nuestra tecnología y cómo podemos personalizarla por completo (desde notificaciones hasta funciones de privacidad en redes sociales).

Hablar de aprender a programar es un paso más allá que no está dentro del interés o las posibilidades de todos, pero el sentido es el mismo: tomar control de lo que usamos. Y para eso hay que entender tanto las posibilidades de la tecnología, como nuestras propias limitaciones. Se trata de fomentarla conciencia, la búsqueda de información y el autocontrol para desarrollar mecanismos que nos ayuden a no caer en excesos y sacar lo mejor de todo.

5. “El reloj de Apple es un me-too (y el iPhone 6 y 6 Plus también)”

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Foto: Pascal

El Apple Watch más que innovación es imitación. Marcas como Samsung y LG llegaron primero y hasta Sony logró entrar a la categoría antes. Pebble en su momento estableció un récord histórico en Kickstarter como el proyecto que alcanzó más financiamiento (juntó 10.3 millones de dólares gracias a la aportación de casi 69,000 personas).

La realidad es que para toda tecnología hay un ciclo de adopción. Uno de los modelos más conocidos es el proceso de difusión propuesto por Bohlen, Beal y Rogers en 1957. Originalmente estaba pensado para hablar de la agricultura y economía doméstica, y más adelante Everett Rogers decidió aplicarlo a las innovaciones tecnológicas.

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Ciclo de adopción en la industria tecnológica

Apple no está inaugurando una categoría con su reloj. No es un dulce para los innovadores o los usuarios de adopción temprana, pero funcionará bien para una mayoría temprana que de acuerdo al modelo corresponde a un 34% de las personas (comparado con un 2.5% de innovadores y 13.5% de adopción temprana).

Lo mismo sucede con el smartphone de pantalla grande: imitación o no, Apple vendió ya más de 4 millones de unidades del iPhone 6 y 6 Plus durante las primeras 24 horas de la pre-venta, con lo que estableció un nuevo récord (como punto de comparación, vendió 2 millones de unidades del iPhone 5 en las primeras 24 horas de pre-venta hace dos años).

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Al final, la idea de este artículo no es desestimar cualquier opinión negativa sobre las novedades de Apple, sino tratar de pensar de dónde viene la combinación de emoción, obsesión y desilusión crónica que la empresa parece suscitar en el mercado. De acuerdo a Forbes se trata de la marca más valiosa del mundo. Apple es una empresa que pasó de ser el David innovador de la cochera al Goliat de Silicon Valley, pero sobre todo es una historia fascinante.

Y para cerrar, nada mejor que las palabras de Douglas Adams, el autor del irresistible The Hitchhicker’s Guide to the Galaxy, sobre su odio a los relojes digitales y la eterna obsesión de los seres humanos no sólo por inventar cosas nuevas y mejores, sino por reinventar cosas que ya funcionaban perfectamente bien.

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