Reseña: Host – Una divertida reflexión sobre el horror de la cuarentena

| 31 de agosto de 2020
Host es la primera película en expresar, con inteligencia y diversión, los miedos encerrados de nuestra interminable cuarentena.

Para hablar de Host de Rob Savage, empecemos por un lugar común: el cine de terror y horror está íntimamente vinculado con el presente. Lo hemos escuchado mucho en los últimos tiempos: Get Out es una punzante crítica racial; Annihilation, un película intrigante sobre la trascendencia humana, la clonación y la esperanza religiosa; Midsommar, un ensayo sobre el individualismo y nuestros sueños comunitarios imposibles…

Algunos cerebros más académicos dicen que las cintas de terror son una expresión del inconsciente colectivo; una purga de los miedos de una sociedad reprimida; una expresión, a través de la fantasía, de nuestras pulsiones íntimas de amor y muerte. Yo creo, antes que nada, que todo producto cultural dialoga con el contexto que lo produce. Y hace mucho que no veía una película de horror que retratara tan bien un presente apremiante como Host de Rob Savage.

El formato no es nuevo y, si quieren, puede resultar evidente: la película de Savage está enteramente filmada en una pantalla compartida de Zoom en plena cuarentena. Todo gira alrededor de unas jóvenes amigas que quieren pasar el rato con una séance espiritista respetando la susanadistancia. Como se imaginarán, todoa sale mal y terminan convocando la presencia de algo demoníaco que las persigue, las tortura y, sádicamente, las va masacrando una por una.

Hemos visto múltiples películas de horror que tratan de aprovechar este mismo formato tecnológico con resultados desiguales. Mientras Searching (2018) es un thriller encantador muy bien llevado por John Cho y con la extraña magia de Timur Bergmambetov en la producción, Open Window (2014) de Vigalondo fue una completa decepción en la gran carrera del gran director español. Mientras Cam (2018) resultó una maravillosa e inquietante crítica a la prostitución en línea, Unfriended (2014) es todo lo que esperas de una película palomera que no innova absolutamente nada y que se cuelga, únicamente, de la pretendida novedad del formato.

(Shudder)

En esta desigual historia vemos, sin embargo, as cintas de horror narradas a través de una o varias videollamadas no son algo nuevo. Y todo esto es un coqueteo tiene mucho que ver con la vieja herencia del found footage desde Cannibal Holocaust (1980) hasta REC (2007) pasando por The Blair Witch Project (1999) (que aquí tiene varias citas puntuales con moco y cámara cercana) y la olvidada Incident in Lake County (1998).

La diferencia de Host frente a todas estas herencias claras, es que esta película no tuvo que estrenarse en cines. Unfriended, por ejemplo, banaliza completamente su formato claustrofóbico al ser proyectada en una pantalla gigante. Al trasladarse a una sala de cine, todos estos formatos se convierte en meras pantomimas formales, poco más que ejercicios ridículos.

Pero Host fue una película hecha en la cuarentena y distribuida, a la distancia, en la cuarentena. Esa es una diferencia que, como veremos, resulta fundamental.

(Shudder)

El miedo en cuarentena

Host aprovechó el hecho irrefutable de que, al difundir la película por la plataforma en línea de Shudder en plena cuarentena, todos los que la recibieron tenían que verla aislados, solitarios, en una casa cada vez más opresiva. Así, de entrada, la cinta aprovecha circunstancias actuales para transformar nuestro entorno en horror inmediato.

Si nuestro hogar es el teatro perfecto para esta proyección, Zoom es el medio perfecto para cultivar nuestras ansiedades. Y, claro, Zoom se ha convertido, de una u otra manera, en nuestra ventana hacia el mundo y hacia los otros.

Por eso, por un lado, el espectador se identifica, inmediatamente, del otro lado de los sucesos: simplemente no puedes participar en la llamada. Esa sensación es particularmente útil para transmitir un efectivo sentido de impotencia. El clásico momento “look behind you” que inmortalizó, como gran metarreferencia, Wes Craven en Scream se convierte aquí en una pesadilla tecnológica.

Por otro lado, Savage logra que los espacios de confinamiento sean cómplices de sus jump scares (que no son pocos). Y ésta es una idea particularmente atinada. Porque Host hace que te sientas inseguro en el único espacio posible que tienes durante el confinamiento; una sensación terriblemente angustiante que, de alguna forma, equipara la inevitabilidad del cine (estar encerrado viendo una película que no puedes parar) con la necesidad pandémica (estás encerrado viendo una película y no puedes salir).

Cuando terminas de ver Host, el horror ya atravesó la pantalla: al voltear a ver tu casa y tu encierro, todo parece manchado por el miedo ambiental de Rob Savage. Esa sensación que ha cultivado tan bien el horror de home invasion tiene aquí, además, una inquietante proyección presente.

El home invasion siempre recrea la sensación ominosa de ser perseguido en un lugar que considerabas seguro; de estar atrapado en un refugio propio con la maldad que quiere lastimarte. Aquí, además, está el torcido componente pandémico: no hay un afuera -más que un afuera precario- y necesitamos de la tecnología para salir, verdaderamente, de estos refugios de pesadilla.

Si nos quedamos indefinidamente atrapados por la pandemia, las aplicaciones como Zoom se van a convertir en un modo cotidiano de interacción laboral y personal. Van a ser, necesariamente, la zona misma del contacto: una ventana que no nada más se abre al mundo, sino a los otros. Y ahí, entre los hackers de las reuniones escolares y todas las ansiedades que guardan estas reuniones que pueden ser grabadas, consignadas, espiadas y malinterpretadas, Host implanta un nuevo miedo.

(Shudder)

La brillante idea de la película es que internet, como cualquier otro medio de comunicación, es un hilo tendido entre dos mundos. Podemos utilizarlo para relacionarnos entre nosotros, o podemos utilizarlo, en la idea de la película, para comunicarnos con otros planos de la realidad.

Savage hizo algo verdaderamente único con este pensamiento metafísico sobre las posibilidades abstractas de la red. Porque creó un demonio o entidad maligna que se desplaza por medio de nuestras conexiones.

En una de las escenas más inquietantes de la película, la entidad se manifiesta como el filtro de una cara suspendida en el vacío. Sólo lo pueden ver a través de una computadora y, sin embargo, la entidad está ocupando un espacio físico. Y ese es un pensamiento particularmente inquietante sobre nuestra presencia y nuestro cuerpo en las proyecciones tecnológicas.

¿Existimos verdaderamente cuando nos ven en una pantalla? ¿Qué es esa cara que se oculta tras un filtro de Instagram? ¿Somos verdaderamente nosotros? ¿No hay algo, de entrada, fantasmal en la presencia corpórea de gente que no está ahí?

Los filtros que nos ocultan o distorsionan también son herramientas de comunicación, también son formas de expresarnos y de tender hilos entre personas. Como con la escritura automática, la Ouija, las sesiones presenciales o cualquier otra herramienta de comunicación con el más allá, toda nuestra ridícula expresión en línea puede ser efectivamente poseída.

Con el uso innovador de los filtros poseídos, Rob Savage exprime todo el potencial de horror de estas herramientas de comunicación. Por capricho sádico de la entidad, los filtros se activan y se desactivan en los peores momentos. Un filtro que los protagonistas usaban, al principio de la cinta, para burlarse de la idea de posesión, aparece después, como una burla hacia ellos, activado al azar en los momentos más incómodos. Con el filtro la entidad se venga de su falta de respeto: ahora, activándose mientras lloran y suplican, los filtros ridiculizan las plegarias.

También, hay una secuencia particularmente brillante que utiliza un filtro que se sobrepone a la imagen y te muestra una grabación pasada. Es un espejismo de ti mismo, de algún momento anterior, que utiliza una personaje para sentirse menos sola. Lo interesante es que este filtro de un yo fantasma, se activa y se desactiva en medio de una escena presente bastante perturbadora de tortura. El efecto es terrible: el espejismo calmado del pasado, en el que se ve a la protagonista cepillándose el cabello con toda tranquilidad, se interrumpe con momentos pasajeros de extrema violencia.

El cuerpo presente se cruza con el cuerpo pasado y los dos son imágenes efímeras. ¿Hasta qué punto, mientras siga caminando ese fantasma del pasado, sigue perteneciendo a nosotros? ¿Hasta cuándo nuestras proyecciones digitales nos mantienen vivos?

Una idea espléndida que va más allá del típico fantasma tecnológico (como en la bastante mediocre Bedeviled de 2016). Porque lo que se expresa aquí es un agudo miedo a perdernos en la despersonalización, a materializar angustias, a representarnos y convertirnos, como un reflejo, en fantasmas efímeros.

(Shudder)

El miedo tecnológico

En este punto, entendemos muy bien otra de las ansiedades que explora con singular efectividad Host: el miedo al aislamiento, la necesidad de los otros y nuestra intensa dependencia de los medios de comunicación electrónicos.

En Lo and Behold: Reveries of the Connected World de 2016, el mítico documentalista Werner Herzog exploró sus propios miedos frente a nuestra cada vez más necesaria relación con las máquinas. Uno de estos miedos es, ahora mismo, más apremiante que nunca: ¿Qué pasaría si una llamarada solar friera todos nuestros sistemas? Un mundo sin datos bancarios, sin internet, sin teléfonos celulares suena, francamente, como un mundo de anarquía apocalíptica.

Con la cuarentena, dependemos intensamente de internet y de toda clase de aplicaciones de comunicación para trabajar, amar y conectarnos con otros. Éste es un lazo de dependencia muy intenso… y muy frágil. Como el niño que se da cuenta, pegado a una consola, que al irse la luz, no tiene nada qué hacer, vivimos en el permanente miedo a la desconexión.

En Host, este miedo se materializa a través de las interacciones con la médium que guía la sesión espiritista. Ella es la única experta en estos asuntos sobrenaturales y si, por alguna razón, no hay forma de contactarla, todas las protecciones se derrumban. Cosa que, como se imaginarán, sucede.

Se suma entonces, a la sensación de impotencia por sabernos espectadores en una reunión de Zoom, la impotencia de la desconexión. Si se corta una llamada, si los celulares dejan de funcionar, ¿cómo puede acudir un experto a salvar la noche?

No, aquí no hay sacerdotes que exorcizan o demonólogos con la fortuna de llegar en el momento perfecto. Aquí nos quedamos solos, como espectadores desarmados, para presenciar la desesperación de personajes que se enfrentan, totalmente desconectadas del mundo, aisladas e impotentes en su ignorancia, a un horror apremiante.

(Shudder)

Nuestro conocimiento está incompleto, siempre almacenado y al alcance de unas teclas y de una pantalla, pero nunca en nosotros mismos. Todo un enorme repositorio de saberes prácticos en YouTube y Wikipedia, en la comunicación inmediata, ilimitada e internacional con otros especialistas, es, como contaba Platón, un veneno y una cura. Nos permite saber más cosas sin memorizarlas, pero, al mismo tiempo, nos hace más olvidadizos y dependientes.

Cuando el contacto con la médium se rompe, entendemos qué tan frágiles somos en el inmenso mundo interconectado que hemos creado y qué tanto dependemos de él. El horror en Host no está nada más en la presencia sobrenatural, sino en la exploración constante, elegante y efectiva, de nuestras más cotidianas ansiedades para un futuro de cuarentenas, distancias y dependencias digitales.

Host: repetición y originalidad

Host no inventa la rueda. Aquí, la capacidad para jugar con las tomas y los encuadres está limitada por el formato y la necesidad de los sustos. Incluso los encuadres más interesantes (como un ojo aterrado en el túnel de unas cobijas), toman mucho del legado del found footage.

La forma de los jump scares, aunque de perfecta manufactura, es también genérica. Sabemos que el flash de la cámara apuntado a un rincón oscuro nos va a revelar algo aterrador; sabemos lo que se esconde detrás de las puertas; sabemos que algo aparecerá si asomamos, apenas, la cabeza en el desván; y sabemos lo que sucede cuando un personaje gira en un ángulo abrupto…

Como muchas películas de James Wan, Host es un compendio de medios efectivos para darte sustos violentos. A diferencia de muchas películas de James Wan, por fortuna, Host no es nada más eso. La inteligencia de esta película reside en una reflexión sobre sus propios medios que va mucho más allá de las chapuzas habituales del horror sobrenatural norteamericano.

(Shudder)

Mientras Wan -y muchos otros- utilizan el horror sobrenatural para hacer parábolas cristianas de finales esperanzadores, Rob Savage toma toda la inquietud causada por su cinta y se ahorra las explicaciones superfluas. Aquí no sabemos el nombre de la entidad, ni de dónde viene, ni cómo puede ser conjurada. Lo único que sabemos es que es absolutamente sádica y que se inspira en una mala broma para torturar a las protagonistas con pesadillas recurrentes de estrangulación.

Al hacernos testigos silenciosos de toda esta tortura psicológica y esta violencia sin control, Savage no nos aleja del monstruo, sino que nos contrapone con él. Nosotros abrimos, en realidad, esta sesión. Nosotros fuimos los que prendimos una computadora para poder observar asesinatos y torturas. Nosotros, como los dioses crueles de Cabin in the Woods (2011), somos los que exigimos sacrificios.

La entidad es progresivamente más violenta por el sadismo de su naturaleza. El camino narrativo de estos espantos se justifica, entonces, porque estamos tratando con una entidad sádica. El punto aquí no es asesinar, sino hacer sufrir a las víctimas. Y todo esto suena terrible y parece que el mal está siempre del lado inmaterial de las entidades sobrenaturales. Pero -y aquí está el detalle- nosotros no somos muy distintos.

El placer de las muertes a cuentagotas, de la tortura, de los sustos repentinos es algo que aceptamos y que buscamos. Este camino sádico se justifica por la maldad de la entidad, claro, pero también por la necesidad narrativa de entretenernos. Ese demonio no nada más se está divirtiendo, sino que, al jugar con las múltiples ventanas, está montando un espectáculo para sus víctimas y nos lo está ofreciendo a nosotros, los perversos dioses detrás de la pantalla.

James Wan tiende a poner a los espectadores del lado del bien. Por eso, sus películas son tramas de superhéroes con la moral inmaculada de los Warren. El sadismo de las entidades a las que se enfrentan los bondadosos héroes de sus películas es un placer que debe ser conjurado. Al final, el espectador sale aliviado porque siempre quiso que ganara el lado correcto, porque el bien triunfa y los espectadores, mediante los Warren, representan este bien moral. Aquí, por el contrario, no hay ningún bien, no hay ninguna moral, no hay ninguna culpa y, sobre todo, no hay ningún alivio fácil.

Nosotros somos los monstruos que queremos participar de este sadismo, nosotros estamos viendo la cara descompuesta de estos personajes, nosotros disfrutamos el sadismo de la entidad demoniaca que se toma tiempo, que resulta espectacular. Finalmente, al no poderse conjurar el demonio, al no tener un final liberador como los que acostumbra Wan, el espectador no queda consolado. La maldad no se acaba y nadie vivió feliz para siempre.

Es más, por la simple lógica de la película que muestra cómo una entidad puede torturar simultáneamente a siete personas en dos o tres continentes distintos a través de internet, el final de la cinta no nada más se niega a darnos un alivio o una explicación, sino que extiende el horror hacia nosotros.

La cinta termina cuando se apaga la reunión de Zoom. Y solamente se apaga la reunión porque la protagonista que crea el room no tiene la aplicación premium. En ese scroll muy original de los créditos, Rob Savage nos deja con una duda. ¿Si creímos en la realidad de su mundo, si vimos esta cinta, no creamos acaso, nosotros también, un vínculo con la posibilidad de esta entidad?

A pesar de no ser un intento explícito de jugar con la transmisión contagiosa del mal a través de la pantalla (como claramente sucede en Ringu de 1998, Antrum de 2018 y Sinister de Scott Derrickson), Host mantiene una inquietud siempre presente en el espectador. El miedo agobiante de lo que puede transmitirse con estos nuevos medios de comunicación es, en el fondo, una cuestión profundamente lovecraftiana. Tememos abrir puertas a otros universos con el uso irresponsable de las tecnologías que pensamos, sin entenderlas, como naturalmente inofensivas.

Al no tener un final que conjura la maldad, Host nos hace interrogarnos sobre lo poco que sabemos sobre las tecnologías cotidianas y lo verdaderamente aterradora que pueden ser. Somos dependientes, frágiles e ignorantes, estamos encerrados entre cuatro paredes con miedo constante y la presente sensación de una vulnerabilidad perene del cuerpo. Estamos perfectamente preparados, en un estado mental tambaleante, para que llegue una cinta a domicilio y nos recuerde, con singular violencia, estas ansiedades apremiantes.

El gran logro de Savage es que, escuchando los miedos del presente, supo capitalizar la angustia de esta cuarentena con inusual elegancia trash. Ésta es, finalmente, una forma lúdica, inteligente y propositiva de despertar, con sustos básicos, la consciencia de un horror mucho más profundo.

(Shudder)

Lo bueno
  • La simplicidad efectiva de los sustos.
  • Sólidas actuaciones de todo el elenco.
  • Que todo el elenco actúa con sus nombres reales citando costumbres del found footage engañoso.
  • El gran uso de las herencias del found footage.
  • El perfecto manejo de tono entre el comic relief incómodo y la solemnidad del horror.
  • La materialidad fugaz de la entidad.
  • El juego reflexivo con los nuevos medios de comunicación.
  • La soltura en el manejo entre los enfoques en un personaje y en la pantalla de mosaico.
  • La necesaria reflexión sobre nuestras ansiedades tecnológicas.
  • La necesaria proyección de nuestras ansiedades de cuarentena.
  • Que el horror empieza cuando acaba la película.
Lo malo
  • No es una película formalmente muy propositiva.
  • No es, tampoco, una cinta particularmente original en los medios que emplea.
  • Los constantes jump scares pueden distraer de la reflexión que propone.
  • Ciertos momentos en donde se exagera el miedo pandémico y que resultan algo ridículos.
  • Que sea tan raro encontrar cintas idiosincráticas que entiendan, a través del horror, los mecanismos de nuestra angustia compartida.
Veredicto

Rob Savage fraguó la mezcla perfecta de los cheap thrills con una expresión de ansiedad generalizada. Éste es un divertido compendio de nuestros miedos en cuarentena: miedos al aislamiento, a nuestra dependencia hacia la tecnología y los otros, a las promesas rotas de la comunicación y a la distancia que compone nuestro mundo conectado.

Con todo esto, Host no es nada más una película de horror ambiental para pegar gritos. Es un producto cultural que está comentando, intensamente, el presente. Una cinta que supo empacar nuestras ansiedades de cuarentena en un envoltorio eficaz, preciso, dirigido con seguridad e interpretado con soltura.

Ésta es la primera película que me expresa, realmente, la torcida realidad que estamos viviendo. Y esta proyección de ansiedades, me pareció catártica. Es cierto, tenía miedo de mi cuarto oscuro cuando acabó la cinta y, es cierto, el horror ambiental que produce Savage se suspende flotando, entre las paredes, durante un largo rato.

Sin embargo, un peso se me quitó de los hombros. Esta película volvió a darme ganas de escribir sobre cine porque me permitió decir angustias nunca dichas. Tal vez a ustedes les sirva igual, tal vez sólo los divierta. En todo caso, es importante celebrar el inicio de una nueva época posible en el terror: una época de pantallas pequeñas, producciones mínimas y reflexiones punzantes sobre lo que nos rodea y lo que, cotidianamente, nos aterra.

(Shudder)

 

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