James Wan regresa con una secuela que mantiene la calidad de la primera cinta y repite, a ultranza, todos sus clichés.

Hace unos años, The Conjuring llamó la atención del mundo con una manufactura casi perfecta para una historia común de horror. El virtuosismo de Wan para los clichés del género se mezcló con una gran capacidad fílmica y una historia interesante que pronto regresa a las mismas conclusiones del típico horror hollywoodense de los últimos tiempos. Y sí, a pesar de sus deficiencias, Wan supo aprovechar a fondo la carismática presencia de sus actores, una gran dirección de arte y movimientos de cámara inesperados para lograr una de las películas más queridas por el público y la crítica en el género desde hace bastante tiempo.

En The Conjuring 2 vemos los mismos elementos interesantes de la primera cinta que se repiten con algunos clichés tomados de la historia del cine de horror comercial para lograr una película de terror que no resulta radicalmente innovadora. Wan tiene una excelente mente de productor y sabe tomar elementos de muchas partes para compaginarlos con la coherencia exacta que exige un público fácil. Pero, frente a las grandes nuevas propuestas del género, frente a las inquietantes nuevas formas de Martyrs, It Follows o The Witch, esta cinta parece más cercana al espanto comercial de portazos y cuerdas altisonantes que a una verdadera revolución. Así, para darle el justo medio a una película que, tal vez, ha sido alabada fuera de sus proporciones justas, les propongo una crítica parcial de lo que me parece un intento loable que se queda, sin embargo, muy por debajo de sus ambiciones.

Algunos sustos pasajeros

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Esta secuela retoma la vida de los investigadores paranormales Ed (Patrick Wilson) y Lorraine (Vera Farmiga) Warren después del caso que vimos en la primera entrega. Pero las cosas han cambiado considerablemente para los Warren: en medio de estas dos cintas tuvieron su caso más mediático, el horror en Amityville. Con la atención del mundo enfocada en mostrarlos como un fraude, los Warren luchan contra los increyentes. Y, mientras tanto, signos ominosos en las visiones de Lorraine presagian un mal final para su esposo. Así que, cuando la iglesia les pide la intervención en el caso espectacular de una familia que está experimentando sucesos paranormales, Lorraine duda en responder al llamado de la Santa Sede. Sin embargo, la compasión de Ed por ayudar a todos los necesitados termina por convencerla y se dirigen hacia Enfield, al norte de Londres. Ahí descubren un caso altamente mediático en el que una niña de once años habla con la voz de anciano, en donde las cosas se mueven de lugar y la familia humilde de la madre soltera Peggy Hodgson vive en constante terror. Y bueno, después de algunas averiguaciones, de peleas con incrédulos (como la psicóloga real Anita Gregory, interpretada por Franka Potente) los Warren se enfrentan a un antiguo demonio que busca acabar con ellos a través de la desprevenida familia.

La historia de James Wan no está desprovista de encantos. Por un lado volvemos a observar su cuidado en la recreación de una época con hitos culturales setenteros y el necesario cameo de The Clash sonando sobre Margaret Thacher y camiones rojos de dos pisos para introducir la historia en la Inglaterra. Y sí, como buen contador de historias de terror, Wan logra manejar elementos de verdadero suspenso con ágiles movimientos fluidos de cámara y largas secuencias en dónde se juega, gustosamente, con las paredes. Siempre está la presencia de un ángulo que no podemos ver (sea a través de POVs, de planos cortos o de tomas que sutilmente esconden el centro de atención) y juegos con la perspectiva de visión de los personajes (sobre todo a través del uso de espejos que tanto gusta al cine de horror de Hollywood). También, Wan logra utilizar las sombras y las luces de modo magistral (en especial en la terriblemente tensa interacción de Lorraine con el cuadro de la monja satánica). Todo esto se mezcla con un soundtrack clásico de horror y el uso de estridentes golpes de cuerda para hacer saltar a los espectadores de sus asientos.

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La historia de James Wan no está desprovista de encantos. Volvemos a observar su cuidado en la recreación de una época con hitos culturales setenteros.

En ese sentido, la primera parte de la cinta (en donde no entendemos muy bien qué está sucediendo con la familia Hodsgon) tiene buenos momentos de suspenso y unos cuantos sustos interesantes para botar las palomitas al aire. Y todo termina redondeándose alrededor de la presencia central de Ed y Lorraine Warren que aparecen, de nuevo, como los héroes dadivosos de una empresa contra el mal en la que nadie cree. Ésta es una pareja perfecta de valores familiares cristianos que va por el mundo sacrificando su propia paz y tranquilidad para salvar a los más desprotegidos de los demonios que habitan la tierra y de los incrédulos que niegan cualquier suceso paranormal. Y, es cierto, uno de los grandes méritos de la película, como de la primera parte, es la gran química que tienen Patrick Wilson y Vera Farmiga en pantalla. Estos dos actores logran recrear con sentimiento, ternura y bellas miradas lánguidas a la pareja que Wan muestra como una versión idealizada y físicamente bella de los verdaderos investigadores paranormales.

La banalidad de la moral cristiana

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Ahora, el problema de la cinta comienza, justamente con la idea de que está basada en hechos reales. Es verdad, el caso de Enfield sigue siendo uno de los sucesos más controvertidos en la historia del ocultismo británico. Tanto Maurice Grosse (interpretado aquí por un acertado y caricaturesco Charles McBurney), como Anita Gregory, la familia y los Warren, fueron personajes reales en todo este espectáculo mediático que se dio a finales de los setenta. En el caso real, por supuesto, nada fue tan extremo y hubo muchísimas dudas sobre la veracidad de los avistamientos paranormales. Wan retoma el marco general de esta historia añadiendo mucho de su propia cuchara y centrando el tema de la presencia demoniaca no en la familia inglesa sino alrededor de la labor divina de Ed y Lorraine Warren. Así, no se trata nada más de un caso de hostigamiento por un poltergeist que se encarnaba en un viejo llamado Bill (como siguieron afirmando las hermanas Hodgons reales) sino de un demonio que, actuando por voluntad propia o bajo órdenes del infierno, quiere atacar a la pareja de demonólogos. La historia gira entonces, alrededor de la labor de estos dos personajes reales, volviéndolos una hermosa pareja que cuenta la historia de su matrimonio cada que puede, que mantiene el deseo sexual pero que son puros en intenciones, que leen la biblia en sus ratos libres y que están dispuestos a sacrificarse para salvar a cualquier desprotegido de las armas ocultas de Satán.

El problema con esto es que Ed y Lorraine Warren, por más que han contribuido maravillosamente a la cultura popular y el imaginario del género de horror, siguen siendo dos personajes bastante turbios a los que les gustaba el espectáculo mediático y que lucraron enormemente de la credulidad de la gente. La cinta muestra aquí a los escépticos (en particular, a Anita Gregory) como personas testarudas y rígidas, violentas y despreciativas, que no pueden entender el trabajo de la fe, como sí lo hacen Grosse, Ed y Lorraine. Entonces, la idea, al final es que aquellos que no creen en los fenómenos paranormales pueden resultar siendo los que permiten las tragedias de origen desconocido. Esto no tiene mayor importancia en el caso real de Enfield. Pero, por ejemplo, en el caso de Arne Chayenne Johnson, los Warren contribuyeron a que el acusado se presentara en corte pidiendo que se le exonerara de asesinato porque, cuando mató a sangre fría a otro hombre, estaba bajo posesión demoniaca. Y ahí el asunto es mucho más grave. Finalmente, el punto es que los Warren no fueron, de ninguna manera, las increíblemente carismáticas y maravillosas personas que aparecen en las películas de Wan.

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La cinta muestra aquí a los escépticos como personas testarudas y rígidas, violentas y despreciativas, que no pueden entender el trabajo de la fe.

Claro, no tiene nada de malo convertir en superhéroes de la eterna lucha entre Dios y el demonio a dos ambiciosos estafadores de mentes crédulas. Lo que sí, es que se vuelve espinoso el convertirlos en un parámetro normal para darnos enseñanzas sobre el matrimonio y la familia, sobre el bien y el mal universales y todo bajo la cálida luz de una canción de Elvis tocada en guitarra junto a una fogata en Navidad. Convertir a estos personajes en superhéroes de la normalidad cristiana me pone sumamente inquieto. Además de que muestra una tendencia bastante común en Hollywood de hacer las películas de terror como una clase de catecismo. Porque, en realidad, necesitas creer en un Dios particular, en el dios del cristianismo, para poder abandonar toda credulidad y disfrutar de este tipo de películas. Fuera del marco de la existencia de Dios esta cinta, como muchas otras, no tienen ningún sentido. Y me dirán, entonces, que ya estoy desechando, con un rápido movimiento despreciativo de manos, grandes joyas como The Exorcist. Pero se equivocan: esa gran cinta de horror clásico se enfoca en un demonio que es mucho más antiguo que la religión del Cristo y es por eso que se dibuja la figura de Pazuzu, el gran demonio asirio-babilónico que aparece en el fondo de varias secuencias.

En The Exorcist, este viejo demonio es vencido por dos curas, ciertamente, que gritan por el poder del Cristo. Sin embargo, nunca sabemos a ciencia cierta si el demonio fue vencido o si, más bien, se convenció de que sería más interesante torturar al pobre Dimi. En realidad, el mal cambia de cuerpo y se pierde en las brumosas calles de Georgetown sin que tengamos una verdadera explicación de su origen y sin que sepamos, bien a bien, si en realidad fue destruido. Ahí está la grandeza de esa película: no necesitas ser católico para temer a este demonio ancestral. Y ahí es donde puede llegar a fallar el marco de creencias que se establece en las dos películas de The Conjuring. Además, el demonio de The Exorcist es verdaderamente blasfemo y violento: no olvidemos que una parte central del horror de esta cinta es la enormemente gráfica violencia sexual que exhibe Regan bajo la posesión demoniaca. Aquí, en la película de Wan, tenemos a un demonio que dice ser forma blasfema y el máximo horror y que, en realidad, sólo crea espantos aptos para todos los espectadores sin jamás conjurar la violencia verbal, física o sexual que nos mostró la tremenda película de William Friedkin. Eso es lo que hizo a The Exorcist, entre muchas otras cosas, tan memorable: se atrevió a insultar el buen gusto y las buenas conciencias sin tirarnos una clase de moral sobre el verdadero deber católico; todo en ella es violento e incómodo para un espectador que jamás se siente a salvo.

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Aquí, en la película de Wan, tenemos a un demonio que dice ser forma blasfema y el máximo horror y que, en realidad, sólo crea espantos aptos para todos los espectadores sin jamás conjurar la violencia verbal, física o sexual que nos mostró la tremenda película de William Friedkin.

En la película de Wan te sientes a salvo con un crucifijo, con la creencia reforzada en la fe y con el saber que hay embaucadores como Ed y Lorraine Warren protegiéndonos de todos esos científicos de pacotilla que niegan la existencia del Señor. Y eso no nada más disminuye el terror que logra la primera parte de la película sino que lo anula completamente. Además, hay otra diferencia fundamental con la cinta de Friedkin y con muchas otras maravillosas propuestas más recientes: esta película no aporta, en realidad, nada nuevo al cine de género. Tenemos la casa de campaña bajo techo como refugio ominoso de un niño que tan bien utilizó Shyamalan en Sixth Sense; tenemos el juego de espejos que está presente en casi todas las películas de terror comercial de los últimos tiempos; así como el juego de un niño que lanza una pelota (aquí, un camión de bomberos) a un lugar oscuro que se la regresa inexplicablemente; tenemos las manos terroríficas de un espectro que atraviesan la materia sólida para manifestarse como en The Ring; tenemos una rarísima escena con el llamado Crooked Man que trata de robarse, descaradamente, la estética infantil y maravillosa de The Babadook; tenemos el columpio agitándose que hizo famoso Sam Reimi en Evil Dead para señalar la presencia de los espíritus; y tenemos, por supuesto, todos los clichés del tropo del exorcismo con cosas que vuelan, niños que vuelan, mesas y cubrechimeneas que vuelan, voces diabólicas y las conjuras al demonio que terminan, alegremente, por la mención de su nombre.

Todo esto hace que, dentro de las inmensas cualidades fílmicas que muestra, como promesa latente, James Wan, también vemos una voluntad de apoyarse demasiado en métodos probados del terror sencillo de sustos inmediatos para saltar de la butaca. Y eso demerita un poco en el interés de una propuesta que muestra una enorme capacidad para el suspenso y se agota, bajo el peso de los clichés, en una lección moral sobre la creencia en un dios y un demonio específicos y una moral barata de familia nuclear cristiana. En ese sentido, finalmente, creo que The Conjuring 2 sólo puede divertir en el nivel más primario del uso hollywoodense del terror como espectáculo en el que no media la reflexión.

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También vemos una voluntad de apoyarse demasiado en métodos probados del terror sencillo de sustos inmediatos para saltar de la butaca.

Si vamos al cine aceptando que dios existe, que la familiar nuclear cristiana es la meta de toda persona feliz y que la historia del género sólo sirve para repetirse, entonces pasaremos un buen momento de espantos domingueros. Pero si mediamos un poco de reflexión, como nos han propuesto películas recientes como Martyrs sobre la trascendencia del cuerpo; The Babadook sobre los terrores familiares que todos domesticamos; It Follows sobre el miedo del descubrimiento sexual americano en épocas de crisis; y The Witch sobre el horror cotidiano del creyente supersticioso del siglo XVII, la película no aguanta ninguna visión crítica coherente. Y sí, me dirán que mamoneo demasiado y que debería aceptar que el terror es pura diversión de momento en donde la reflexión sobra. Puede que tengan razón. Aun así, seguiré pensando que en todo género se puede innovar y que los clichés están ahí para usarse con inteligencia y no para explotar la pasividad y la creencia de un público que todavía idolatraría a seres tan despreciables como los Warren reales. Digan lo que digan me parece más interesante el miedo que te persigue después de la película que las explicaciones fáciles que terminan con el baile amoroso de superhéroes divinos que ven ángeles y conjuran demonios antes de la hora del té.

Lo bueno
  • La capacidad fílmica de Wan que vuelve a demostrarse.
  • La enorme química de Patrick Wilson y Vera Farmiga que sostiene la película.
  • El arte cuidado de época.
  • Los buenos sustos que proporciona.
Lo malo
  • Que te invita a creer religiosamente para disfrutar la cinta.
  • Que tiene un mensaje final de salvación cristiana y reverencia a la familia nuclear.
  • Que, si uno reflexiona sobre los engranajes de la cinta, ésta no tiene ningún sentido.
  • Que utiliza todos los clichés del género para crear espantos momentáneos.
  • Que se desaprovecha una enorme calidad técnica para fines banales.
Veredicto

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The Conjuring 2 es una película peculiar. Al mismo tiempo que tiene los movimientos de cámara interesantísimos de Wan, que logra grandes momentos de susto y mantiene, durante buena parte de la trama, un intrigante suspenso, al final se resuelve en tropos repetitivos y un mensaje cuestionable. El hecho de decir que está basada en hechos reales diluye la intriga obligando a los espectadores a adherir a un marco de creencias particular para disfrutar el desenlace. Y eso me parece una apuesta restringida y pequeña para una película que muestra, técnicamente, muchas ambiciones. Estoy convencido de que el día en que Wan decida hacer algo plenamente original, cuando deje de abusar de clichés del género y se centre en su enorme fortaleza técnica para tejer historias de horror, podremos presenciar, verdaderamente, el talento de este joven director. Mientras, a pesar de que sus cintas tengan una enorme recepción crítica en Estados Unidos, me parece que el marco moral de la religión y la banalidad de sus resoluciones seguirán impidiendo que se conviertan en verdaderos clásicos del cine de horror contemporáneo.

https://www.youtube.com/watch?v=VFsmuRPClr4

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Título: The Conjuring 2.

Duración: 134 min.

Director: James Wan.

Elenco: Vera Farmiga, Patrick Wilson, Madison Wolfe, Francess O’Connor, Simon McBurney, Franka Potente.

País: Estados Unidos.

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