Las tortugas favoritas de la acción ochentera regresan a la pantalla grande de la mano de un completamente desquiciado Michael Bay.

Siempre que empezamos a hablar de una película de las Tortugas Ninja hay que establecer largos prólogos de justificación enunciativa. Parece como si algo nos impidiera hablar directamente de estos personajes como la locura que siempre fueron: con las rarezas oscuras de los cómics, el colorido chillón de la serie original y los maravillosos animatronics del clásico de 1990. Pero es que Michael Bay no nos dejó de otra. Al regresar a las Tortugas a la pantalla grande, este productor estrafalario y cínico, nos obligó a hacer preguntas difíciles: ¿es verdaderamente necesario hacer que regresen a estos personajes así? ¿No sería mejor guardarlos en el recuerdo nostálgico de Jim Henson y en los otros medios en donde sus locuras, de hecho, sí funcionan? ¿Acaso podemos creer que estas películas son algo más que una excusa para vender juguetes? ¿Importa todo esto si podemos ver a nuestros queridos adolescentes mutantes en pantalla?

Como no hay de otra, aquí mi justificación. Crecí, como muchos hijos de los noventa, con las Tortugas Ninja a tope de emoción: jugué los maravillosos juegos de Super Nintendo, eché babas por el zepelín en el aparador de una tienda de juguetes como escuincle de Dickens pidiendo limosna, disfruté la maravillosa serie animada con entusiasmo y sí, incluso, tuve un pésimo traje ridículo de tortuga para el uso de algún cumpleaños en el que me sentí invencible. Pero, sin voluntad de nostalgia forzada, la primera parte de este reboot me pareció una mentada sin alma y que desperdiciaba mucho de la gran química fantástica que se puede lograr con estos personajes. Mi problema con esta cinta no era el uso y abuso del CGI, ni que los personajes hubieran dejado el aspecto de botargas para parecer hombres maduros con una seria propensión a los esteroides… No, mi enojo era porque, a la más nueva encarnación de personajes tan queridos, le faltaba el alma empática que tanto se había cultivado en otros medios. Digo, hasta la película de TMNT del 2007 tenía mejor construcción de caracteres que esa locura de Bay.

Aun así, sin predisponerme demasiado, con mente abierta, entusiasmo y ganas de palomear como chamaco, fui al cine a ver lo que ya sonaba como un desastre. Para mi sorpresa, esta película tiene muchas cosas que se pueden rescatar y que, sin duda, la ponen muy por encima de la horrible primera entrega del reboot. Sin embargo, los errores de clichés y la parafernalia innecesaria volvieron a hacer de las suyas. Supongo que Michael Bay no puede evitar ser Michael Bay y que muchas de las preguntas que quedaron abiertas después de la primera cinta, pueden ahora, terriblemente, ser contestadas. Porque Out of the Shadows nos muestra los límites en las adaptaciones de esta alocada historia y, tal vez, los caminos por los que las Tortugas tendrían que regresar a la oscuridad, lejos de la pantalla grande que tan mal las ha tratado últimamente.

El regreso a los personajes

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La película comienza un año después de la primera cinta. Destructor (Brian Tee) fue vencido, el entonces camarógrafo Vern Fenwick (Will Arnett) es una celebridad por haber tomado el crédito de salvar a Nueva York y las Tortugas Ninja siguen con su vida de vigilantes discretos disfrutando, de cuando en cuando, unas rebanadas de pizza y, desde las sombras, un partido de los Mets. Pero, en el convulso plan que elabora el Clan del Pie para rescatar a Destructor de la prisión –que involucra sacarlo en helicóptero de un camión en movimiento para luego teletransportarlo (nadie sabe muy bien por qué)– terminan por abrir un contacto con la Dimensión X. Así, el tremendo Krang (Brad Garett) hace partícipe a un muy complaciente Destructor sobre sus planes de acabar con la humanidad. Para esto, el jefe guerrero de la dimensión paralela necesita que el Clan del Pie y el desquiciado Dr. Baxter Stockman (Tyler Perry) recolecten tres pedazos de un artefacto mítico que puede abrir una puerta a la otra dimensión. De esta forma, Krang, muy campante, planea entrar a la tierra para sembrar caos con su Technodrome.

En medio de todo esto, el cerebro en cuerpo de robot le da a Destructor un mutágeno para convertir a dos secuaces algo idiotas en los temibles Bebop (Gareth Anthony Williams) y Rocksteady (Stephen “Seamus” Farelly). Con la ayuda de estos dementes encarnados ahora en un jabalí y un rinoceronte, Destructor se enfrenta a las Tortugas adolescentes que pasan, por si fuera poco, por una crisis de compañerismo. Como ya hemos visto en múltiples encarnaciones de los personajes, el problema radica en los enfrentamientos entre el testarudo Rafael (Alan Ritchson) y las pretensiones de líder que encarna Leonardo (Pete Ploszek). Luchando por encima de sus diferencias para vencer a una amenaza mundial, los jóvenes mutantes tendrán, finalmente, que revelar sus identidades a la desconcertada policía de Nueva York y juntar esfuerzos con Abril O’Neil (Megan Fox) y el nuevo vigilante enmascarado de la ciudad, Casey Jones (Stephen Amel).

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Si todo esto les pareció una trama sin ningún sentido que parece sacada de cualquier parte, es porque lo es. Pero eso no es necesariamente malo.

Si todo esto les pareció una trama sin ningún sentido que parece sacada de cualquier parte, es porque lo es. Pero eso no es necesariamente malo. Todos aquellos que están familiarizados con el universo de las TMNT, reconocerán cercanas encarnaciones de grandes personajes y tendrán que admitir, finalmente, que el realismo de la trama es lo de menos cuando estamos viendo una película sobre tortugas que mutaron para entrenarse como ninjas con una rata que habla. Y sí, si hay algo que rescatar en esta cinta es, justamente, la admisión de completa locura que no se toma en serio algunas desplazadas pretensiones de realismo y que, por otra parte, nos quiere agasajar con una innumerable cantidad de guiños para fanáticos. Ahí es dónde Dave Green mejoró muchísimo la idea de su anterior contraparte Jonathan Liebesman en la dirección. Aceptando, de entrada, la locura de este universo, pasando por alto las justificaciones de los delirios seudocientíficos explicados a la rápida en una línea del guión, Green se concentró más en darle gusto a los fanáticos con temas familiares de completo desparpajo.

Primero que nada el director buscó, aquí, darle un mucho mayor peso a las personalidades distintivas de las Tortugas. Presentándolas, desde el inicio, bajo el sello de sus diferentes caracteres (Leonardo el líder, Rafael el fuerte, Donatello (Jeremy Howard) el inteligente y Miguel Ángel (Noel Fisher)  el carismático), la cinta se centra, esta vez, en la perspectiva conflictiva del grupo de adolescentes en vez de verlos, desde afuera, con la perspectiva de Abril O’Neil y Verne (como fue el caso de la película anterior). Y esto trae muchas recompensas en la ligereza del guión que se da tiempo para aventar más chascarrillos autorreferenciales y aceptar abiertamente el relajo que la seriedad oscura de la primera película intentó imponer sin ningún éxito. La relación con Splinter (Tony Shalhoub), el aprendizaje de equipo, los inventos de Donatello, las locuras de Miguel Ángel, los corajes de Rafael y los sermones de Leonardo toman aquí el centro de la escena y nos permiten disfrutar, como la costumbre indica, las simpáticas tensiones de un grupo inesperado de personalidades poderosas y conflictivas.

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Con la ayuda de estos dementes encarnados ahora en un jabalí y un rinoceronte, Destructor se enfrenta a las Tortugas adolescentes que pasan, por si fuera poco, por una crisis de compañerismo.

De paso, esto sirvió para quitarle protagonismo a la horrible encarnación de Abril O’Neil a cargo de Megan Fox (de quién sólo Michael Bay, con su eterna y rarísima calentura, piensa que puede actuar) y para presentar una buena sarta de villanos queridos por los fanáticos. Se agradece, en esto, que la encarnación de Bebop y Rocksteady sea tan fiel a la caricatura, con todo y su guiños ochenteros (nada más hay que fijarse en el vestuario de trauma punk de la Costa Este y la música que suena en la rocola de su bar favorito). También, por supuesto, aparece Krang en una representación que, a pesar de las toneladas de efectos por computadora, es bastante ominosa y recuerda, con mucho más presencia física, las interpretaciones clásicas del personaje en la serie animada. También podemos ver el Technodrome en todo su esplendor y sólo nos queda lamentarnos por no tener más imágenes de la misteriosa Dimensión X.

En medio de todo esto, tenemos las necesarias persecuciones e interminables peleas que toda cinta de Michael Bay requiere; hay explosiones por doquier; una nueva aparición del vehículo de las Tortugas pimpeado hasta la incoherencia por el genio de Donatello; y, claro, muchísima pizza. Así, la película divierte en el sentido más básico de sus intenciones, crea buenos lazos con los fanáticos de este universo y logra desarrollar más los personajes que siempre debieron estar al centro de toda historia de las TMNT. El hecho mismo de que haya más tiempo dedicado en pantalla a los personajes centrales y a la acción, hace que podamos disfrutar, en serio, de varios momentos de Tortugas pateando traseros. Y eso siempre se agradece. Cada uno con su forma peculiar de pelear trae carisma, en el desarrollo físico de sus personalidades, a las secuencias repetitivas de alto octanaje. Rafael, por ejemplo, tiene un momento genial atacando, como bomba demente, dos motocicletas en una persecución de alta velocidad. Sin duda, esos episodios de acción personalizada son los que nos hacen olvidar lo llano de algunos otros personajes y el completo sinsentido de una trama cada vez más convulsa.

Los problemas de esta producción vienen, más bien, de otro lado. Y es que, a pesar de todo el cariño que le puso Green a sus personajes, a pesar de admitir la locura de este mundo y de entregarse al relajo necesario para hacer una cinta de este tipo, la película termina agotándose en clichés usados que hemos visto en muchas otras partes. Así, la originalidad barroca que se pudo haber logrado, la maravillosa locura admitida a la que pudo haber llegado, se convierte en la repetición aburrida de los mismos problemas gastados, de las mismas escenas de acción y del mismo desenlace que hemos visto setenta veces en los últimos años de una amenaza superior sobre los tejados de Nueva York.

Clichés y repeticiones

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Entre todos los chistes que sí funcionan en boca de las cuatro tortugas, tenemos decenas de otras pequeñas gracias que no son, en lo absoluto, graciosas. Y ahí reconocemos, de nuevo, el toque calenturiento y desplazado de Michael Bay. Porque si no, ¿cómo se explica que en los primeros diez minutos la película se arregle, con completa premura barata, para vestir a Megan Fox de colegiala sexy? Digo, puedo entender que se cambie de suéter mientras camina pero ¿cómo logra ponerse medias ajustadas y tacones mientras persigue a un tipo para sacarle información? O, más adelante, ¿quién me explica que lo primero que hagan Bebop y Rocksteady, después de ser transformados en animales monstruosos, sea verse los genitales y chocar las palmas en el aire?

Este tipo de intrusiones extrañas de humor sexual quedan particularmente desplazadas en una película que busca, además, la cohesión de un público que no es necesariamente adolescente sino infantil. Digo, si no fuera así no pondrían, en las exhibiciones comerciales de la cinta, cinco anuncios de juguetes Mega Blocks basados en los personajes de la cinta. Exactamente igual que Angry Birds parece, entonces, que la película busca balancear la diversión de un público diverso dividiendo sus chistes en sexualidad en doble sentido para adultos y chistes de pedos para niños. Y, claro, ninguna de las dos soluciones es muy halagadora para la inteligencia de grandes y chicos. En eso se diluye el gran logro que ha llevado a estos personajes a sobrevivir tanto tiempo: las Tortugas Ninja eran graciosas sin ser vulgares, eran violentas sin necesidad de gore y lograban diversión inteligente sin dejar de ser puro relajo fantástico sin sentido. Como todos pueden apreciar una buena pizza, todos podían disfrutar de estos personajes sin necesidad de los aspavientos baratos de Bay.

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Este tipo de intrusiones extrañas de humor sexual quedan particularmente desplazadas en una película que busca, además, la cohesión de un público que no es necesariamente adolescente sino infantil.

Pero eso no es lo peor. Porque la mano del productor que tanto me molesta se ve en todas partes. Las escenas de acción más logradas son también, por eso, las más predecibles. Como en toda película de Bay hay una persecución con motocicletas, explosiones, helicópteros y coches chocando estrepitosamente; como en todas sus cintas hay una enorme secuencia de acción central en lugares inverosímiles (en la primera fue en la nieve, en ésta es en un salto entre aviones que acaba con un aterrizaje forzado y una persecución frenética en las rápidas corrientes del amazonas brasileño); y, claro, como en todas sus tramas el asunto se resuelve, al final, muy a lo Transformers cósmico, con una amenaza de fuera de este mundo encima de los edificios de una gran megalópolis. Coincidentemente, además, esta megalópolis es de nuevo Nueva York, como es necesario para el universo de las TMNT, pero que ya llega a cansar en la centésima vez en que presenciamos su destrucción. Como en la mitad de las locuras de Emmerich, en Avengers o en Cloverfield, vemos los mismos monumentos en primer plano y el mismo tipo de interacción destructiva. Las Tortugas empiezan surfeando el edificio Chrysler con ningún tipo de apego a las leyes de la física y terminan celebrando sobre la Estatua de la Libertad. Sólo les faltó escalar el Empire State, frustrar un asalto en Central Park y comer en el Barrio Chino para agotar todos los clichés turísticos.

Así, todo lo que equivale a los grandes lujos de efectos especiales que tanto le gustan a Bay se vuelve poco impresionante por la recurrencia gastada de tropos narrativos. La misma amenaza a la misma ciudad que tiene que terminar con los mismos héroes subidos en la misma azotea para acabar con la misma cosa luminosa que va a destruir al mundo; el típico villano de videojuego como end-boss que es más poderoso pero que terminará derrotado por el aprendizaje de los héroes que ahora saben que los equipos son más fuertes que los individuos; el mismo plan macabro sin explicación de acabar con el mundo nada más porque sí; el eterno conflicto entre Leonardo y Rafael; el exacto papel repetitivo de jefa policiaca incrédula y rígida pero que aprenderá, bondadosa, a aceptar lo fantástico; el mismo sidekick irreverente (aunque, hay que decirlo, a pesar de lo choteado del papel, Stephen Armell hace un buen papel dejando atrás a Oliver Green por Casey Jones) que tiene el mismo interés romántico con la reportera que Bay nada más puso ahí porque le parece voluptuosa;  el mismo principio de los vigilantes en la sombra que son perseguidos y nadie reconoce en su verdadero valor; el mismo final celebratorio, el mismo principio, el mismo medio que nunca llega a ser justo…

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Hay que decirlo, a pesar de lo choteado del papel, Stephen Armell hace un buen papel dejando atrás a Oliver Green por Casey Jones.

Como bien dijo Drew McWeeney para HitFix, pareciera como si las enormes producciones de efectos especiales por computadora le quitaran una gran parte de imaginación al público. Pero también, mucha de la necesaria creatividad que deberían tener los realizadores. Y eso es, tal vez, más grave. Con enormes huecos narrativos que se pueden rellenar de persecuciones y tropos gastados, con insuficiencias y vaguedades que quedan sepultadas bajo toneladas de golpes, saltos y explosiones, parece como si estas grandes locuras de acción fueran un juego de prestidigitador: detrás de la bella edecán y los giros de muñeca coloridos se esconde un simple artilugio repetitivo que ya nada tiene de mágico. Y lo peor de todo es que la cinta cumplirá su objetivo, con un mínimo de corazón rescatado por el director, vendiendo cuantiosas cantidades de boletos que redituarán a los inversores chinos (por ahí anda Alibaba metido en el asunto) y a las marcas transnacionales de juguetes. Mientras, a lo pocos nostálgicos y al nuevo público que todavía logra la suficiente capacidad de abstracción para encontrar cosas buenas en todo esto, se le hará cada vez más difícil sentirse considerado. Y eso es bastante triste si se compara con las locuras con alma que se hicieron en los noventa. No me queda nada más que decir: doy mil veces la torpeza de las botargas y los animatrónics a cambio de una película de las Tortugas Ninja que no se sienta como un esquema mascado a la rápida con suficiente merengue encima para apantallar a un pastelero desquiciado de fiesta de quince años.

Lo bueno
  • La encarnación de viejos conocidos como Krang, Casey Jones, Beebop y Rocksteady.
  • Que Tyler Perry hace un papel molesto y caricaturesco pero que funciona bien.
  • Que hay una mayor interacción entre los personajes principales.
  • Que Megan Fox tiene menos tiempo en pantalla.
  • Que el director, Dave Green, hizo lo que pudo para regresarle el ambiente irreverente y alocado a este universo.
  • Que aparecen elementos simpáticos como el camión de basura pimpeado por Donnie que lanza tapas de alcantarilla.
  • Que, como debe ser, se antoja comer pizza después de ver la película.
  • Que, si uno se olvida de todo y se atasca palomitas hasta alucinar mundos de mantequilla, la experiencia puede ser divertida
Lo malo
  • Que Michael Bay sigue haciendo películas.
  • Que todavía cree que Megan Fox en minifalda es excusa suficiente para ponerla en pantalla.
  • Que la tremenda actriz Laura Linney se desperdicia completamente.
  • Que todo es absolutamente barroco y al mismo tiempo perfectamente clásico y repetitivo.
  • Los chistes fallidos que terminan matando las buenas puntadas.
  • Que aparece Karai, tiene buena presencia, pero es finalmente intrascendente.
  • Que ya no basta la nostalgia para sentirnos complacidos.
  • Que la mercadotecnia funciona y quiero comprarme juguetes ridículos.
  • Que Michael Bay sigue haciendo películas (no basta decirlo una vez).
Veredicto

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Lo mejor de esta película se desdibuja rápidamente con lo peor y la emoción por viejos personajes en medio de acción descabellada se vuelve, rápidamente, la repetición de lo mismo bajo demasiado prostético computarizado. Y regresamos a la discusión de siempre, algunos disfrutarán mucho esta película llevados por la nostalgia a ultranza, otros no la entenderán porque nunca vieron las caricaturas ni siguieron a estos personajes en los innumerables medios por los que han transitado. De cualquier manera, las preguntas que nos hacíamos al principio pueden tener una respuesta: ahora, después de una secuela y la anticipación cósmica de una tercera parte, podemos decir, con toda certeza, que tal vez la pantalla grande ya no sea el lugar para nuestras tortugas favoritas. El medio animado ha funcionado muy bien en las subsecuentes renovaciones de estos personajes. Digo, la más reciente serie de Nickelodeon del 2012 tiene muchos aciertos y es, ciertamente, divertida.

Pero, después de los intentos noventeros que fueron una locura con corazón, medios limitados y clichés aceptados con gusto, tal vez esta época ya no tenga los recursos para rendir bien a unos personajes que no exigen, necesariamente, el realismo caricaturesco del CGI. ¿Quién soy yo para decirlo? Puede ser que me equivoque y en el futuro haya grandes películas live action de las carismáticas Tortugas. Pero, por ahora, con lo que nos ha dado el detestable Michale Bay, sólo me queda pensar que tal vez estos queridos mutantes deberían decirle adiós a la luz de las pantallas y regresar, con algo de dignidad, para un saludable renacimiento, a la oscuridad de las caricaturas matinales y la libertad irreverente de los cómics.

Regresen al lugar de donde vinieron, queridos habitantes de las alcantarillas, fuera de las sombras sólo hay facilidad mercadológica y la misma machacada narrativa contra la que alguna vez ustedes, insignes guerreros, se rebelaron a carcajadas.

https://www.youtube.com/watch?v=HeaugHGd1Kw

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Título: Teenage Mutant Ninja Turtles: Out of the Shadows

Duración: 112 min.

Director: Dave Green

Elenco: Megan Fox, Stephen Amell, Tyler Perry, Brian Tee, Laura Linney, Pete Ploszek, Alan Ritchson, Noel Fisher, Jeremy Howard, Gary Anthony Williams, Brad Garrett, Stephen “Seamus” Farrelly, Brittany Ishibashi

País: Estados Unidos.

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