La tercera parte del universo recreado por Bryan Singer es un espectáculo visual grandilocuente que se siente, por momentos, demasiado previsible y seguro.

Como dije cuando reseñé Days of Future Past, siempre es difícil hablar de los X-Men. Estos personajes están profundamente anclados en nuestros cariños personales. Digo, yo no sé ustedes pero, creciendo en los noventa, era difícil zafarte de una fascinación casi mística por Wolverine, Cyclops, Jean Grey y compañía. Y claro, estaba la serie –que fue, junto con la animación de Batman y de Spider-Man, un pilar de los cómics en televisión–, la mercadotecnia y una enorme cantidad de viñetas memorables. Entonces, sí, no me pueden culpar, me emociona mucho ver una película de los X-Men siempre que llegan a la pantalla. Digo, hasta X-Men: The Last Stand me pareció medio soportable por el gusto de volver a encontrar a estos personajes.

Pero, en realidad, fue después de esa terrible película que encontré mi mayor placer viendo cómo Bryan Singer retomaba las riendas de la franquicia para darle un nuevo rostro y proponer, en el incesante juego de los tiempos alternativos, una versión joven, de origen, de los queridos mutantes. Más allá de las eternas choteadeces mercadológicas de Wolverine, teníamos aquí a alguien seriamente comprometido con renovar la franquicia. Y el elenco fue impresionante: James McAvoy, Michael Fassbender y Jennifer Lawrence trajeron una enorme seriedad renovada a personajes profundamente icónicos. Además, todo esto se enmarcaba a la perfección dentro del maravillosamente comiquero concepto de las historias alternativas: en First Class vimos la razón profunda de la crisis de los misiles de Cuba mientras aprendimos a odiar más a Kevin Bacon; en Days of Future Past vimos a Magneto matando a Kennedy y una pelea con Nixon en medio de Centinelas desquiciados. Así que esta nueva película se anunciaba como algo bastante interesante: por un lado la encarnación de uno de los villanos más importantes del universo mutante y, por el otro, el regreso de esta cronología que proponía situar la historia en la era de Ronald Reagan, con todas las implicaciones políticas que esto podría tener. Enormes expectativas, enorme apuesta. ¿Qué podría salir mal?

Buenas ideas por pinceladas

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Bueno, es necesario decirlo: hay varias cosas interesantes en esta cinta. Para empezar por el principio, la secuencia de la traición a En Sabah Nur en Egipto es colorida e intrigante. Tomada directamente de Land of the Pharaohs de 1955, esta primera secuencia nos muestra a Singer enamorado del viejo Technicolor y del impacto enorme que tuvieron, en algún momento de la historia de Hollywood, los misterios de los vendajes perfumados de Egipto. Y todo en esta secuencia es intrigante, la máscara que cubre al primer mutante –guardando todo su misterio–, los cuatro jinetes de esa era, la rebelión contra los falsos dioses e increíbles visiones de una tecnología arcaica de inmenso poder que canaliza, como debía ser, la energía solar para alimentar las locuras de Apocalypse (cuyo nombre original quiere decir, en árabe, “luz de la mañana”). También, orgánicamente, después de la rebelión que encierra al primer mutante en una secuencia de inicio sobrecargada de acción y locura colorida, los créditos vienen para reafirmar la obsesión de Singer con los pasados posibles.

Al principio, cuando desfilaron obras de arte del renacimiento con los símbolos del nazismo y del comunismo soviético, pensé que todo esto era una forma demasiado evidente de mostrar, con la clásica metáfora espacial del tiempo como un túnel, el paso de las eras. Y sin embargo, esto tiene su encanto más allá de lo previsible: la mezcla de grandes logros artísticos junto a símbolos que representaron el reino totalitario de lo que Apocalypse desprecia como “falsos ídolos”, además de visiones de la capacidad técnica adquirida por la humanidad durante siglos, señala todo lo que pudo suceder porque unos valientes rebeldes enterraron a Apocalypse en una oscura tumba. Así, el icónico villano aparece como lo que es: el iniciador de la civilización humana como la conocemos, un hombre de increíble importancia para la historia pero que, justamente, no contribuyó a formar un mundo diferente por casualidades de una época. Y esto, por demás, queda bastante bien con un personaje que siempre fue representado en los cómics como un absoluto paria: recordemos, por ejemplo, en su historia de origen cómo nadie, ni su tribu, ni el reino de Rama-Tut, ni la hermana de Ozymandias, ni los esclavos, lo ven, finalmente, como uno de los suyos.

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Estas películas se separan de las anteriores encarnaciones, planteando, al mismo tiempo, un fuerte apego a una historia alternativa relacionada con nuestra historia.

Así, la caracterización de Apocalypse estaba bien encaminada a su eterno rencor: dentro de la lucha constante de los mutantes por encontrar un equilibrio de vida con los temerosos humanos siempre está, en el centro de todos los dilemas, el problema de la exclusión y de la aceptación. Y aquí tenemos a un mutante a quién nadie quiere y que todos temen, un paria dentro de los parias y, por ende, un megalómano amargado que quiere reinar al mundo en solitario. Todo esto se ancla, entonces, pertinentemente, dentro de la línea temporal que establece con insistencia Singer: estas películas se separan de las anteriores encarnaciones, planteando, al mismo tiempo, un fuerte apego a una historia alternativa relacionada con nuestra historia. Aquí tenemos la presencia de un retrato de Reagan en las oficinas de la CIA que muestra bien cómo, a pesar de los catastróficos eventos en la era Nixon, la sucesión de presidentes siguió siendo la misma que en nuestra línea temporal.

Además, por supuesto, tenemos los innumerables guiños que sitúan la historia en los años ochenta: Angel escucha, en su borrachera traumada, The Four Horsemen de Metallica del Kill’em All que salió en 1983; vemos a Quicksilver tomando Tab Clear y haciendo algunos pasos de Michael Jackson en la inevitable, pero aun así maravillosa, demostración de sus poderes (que le hace buena competencia a la de la cinta anterior); vemos las maquinitas, la emoción por el mall de los adolescentes, las vestimentas –que se superan en la pinta de Scott Summers y en las hombreras de los trajes de Jean Grey–, vemos la decadencia del Berlín dividido justo antes de la caída del muro, el necesario guiño a Star Wars –en el que Singer, de nuevo, le menta la madre a Last Stand–, música en referencia, colores en referencia y todo lo necesario para situarnos perfectamente en un momento icónico de la cultura popular americana.

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Con la excelente actuación de Jennifer Lawrence, Mystique parece tan vulnerable como implacable, buscando ayudar la causa perdida de todos los mutantes que no entran en el radar idílico de Xavier.

También, como acompañamiento natural a esta insistencia por situar el marco de la historia dentro de los parámetros de las anteriores películas de Singer, la construcción de personajes sigue siendo intrigante. Porque, claro, aquí aparece la natural continuación de la escuela del Profesor X, con su cada vez más amplia presencia pacífica en el mundo humano y la aceptación generalizada que muestra un creciente número de estudiantes. Charles Xavier acepta ya su condición, abraza la silla de ruedas y parece formarse como el sabio líder que será para las generaciones futuras: ya no estamos aquí en los años de innovación y formación, ni en los momentos de desesperanza que observamos en las anteriores cintas. De la misma manera, el personaje de Raven parece haber evolucionado considerablemente. Con la excelente actuación de Jennifer Lawrence, Mystique parece tan vulnerable como implacable, buscando ayudar la causa perdida de todos los mutantes que no entran en el radar idílico de Xavier. Entendemos la experiencia con la que cuenta, el incómodo papel impuesto de la heroína que no quiere ser, su amor por Erik y ese realismo militante que la hace oponerse fundamentalmente, a pesar de que se forma en sus filas, al Profesor X. Pero encima de todos está el Magneto de Fassbender.

Y Singer, valientemente, se atrevió a retomar la historia de la familia asesinada de Magneto desplazando las circunstancias a Polonia, volviéndolo también un refugiado con un trabajo manual discreto y llegando, finalmente, al drama del asesinato de su esposa y de su hija. Claro, hay algunas diferencias con los cómics, pero la historia es fundamentalmente la misma y Fassbender es, como siempre, completamente convincente en su dolor y su ira. Y, sin embargo, a pesar de la excelente caracterización, de la gran inclusión formativa, en esta encarnación de Magneto se siente que algo falta. Porque Erik cambia de humor en esta cinta con la rapidez con las que se cambian las páginas de un cómic. De la desesperación a la ira, de la obediencia a la rebeldía, de los recuerdos de Auschwitz a las recurrentes conversaciones con Charles Xavier sobre poder, maldad y bondad, algo se siente como instrumental en su uso y como evidente en su finalidad. A punta de repetición en un universo que ya cuenta con nueve películas, hay algo que está dejando de sorprender en los cambios de carácter repentinos de Magneto. Además, con todo y todo, no pasó una semana desde que murió su familia hasta que se despide, sonriente y como si nada, del Profesor X al final de la cinta. Y todo esto nos lleva a cuestionar otros aspectos de X-Men: Apocalypse que se acumulan para convencernos de que ésta no es, para nada, la película que esperábamos.

Deficiencias de conjunto

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No me malentiendan, ésta no es, ni de cerca, una terrible adaptación, ni la peor película basada en cómics del año. No es, tampoco, el completo bodrio que la crítica estadounidense anda denunciando enfurecida. Comparado con Fantastic Four esto es Kurosawa. Y aquí no están, por señalar otra comparación, los enormes problemas de caracterización y lógica interna que sufrió Batman v Superman tirando abajo sus discretos logros. No, esta cinta es una buena adaptación completamente comiquera: todo aquí en la construcción señala los viejos clichés de bien contra mal, de equipo contra individuo solitario, de megalomanías violentas oponiéndose a diplomáticos pacifistas, de juventud impulsiva contra experiencia constructiva y de peleas a escala planetaria con veinte personajes en escena. El problema es que esto ya no basta. A todo fanático de los cómics le gusta una buena pelea planetaria y un rápido y vistoso enfrentamiento de fuerzas maniqueas. No creo que nadie se queje de todos los guiños, de ver la secuencia ultra violenta e increíble de Wolverine ataviado a lo Weapon-X, del Blackbird, el uniforme incómodamente referencial de Psylocke o los maravillosos uniformes finales en blanco para Mystique, en alas para Storm, en rojo para Nightcrawler y en rayas amarillas cruzadas para Cyclops, de ver el Danger Room o los Centinelas de entrenamiento al final de la cinta. Pero, en medio de todos estos guiños, de todas estas caracterizaciones atinadas y de todo este contexto preciso, la trama es confortantemente familiar y se percibe un notable agotamiento creativo en la cinta. Todo anuncia un futuro intrigante con el paso a la acción de los X-Men y algo tal vez más cósmico con la aparición del asunto de Dark Phoenix; pero, por ahora, los X-Men informales derrotan con pasmosa rapidez a uno de los más grandes villanos de su universo y la Tierra pierde completamente el equilibrio político que se había instaurado.

Porque aquí, la escala de la trama impide, a pesar de la caracterización temporal, que se sigan estableciendo las relaciones políticas que tanto trabajo le habían costado a Singer. Todo lo que sucedió en las dos películas anteriores, la paz aparente entre humanos y mutantes, todos los acuerdos políticos, se desmoronan por las acciones cataclísmicas de Magneto: ahora sí ya no hay forma de que Stricker no agarre más poder, de que clausuren la escuela de Xavier –o al menos la restrinjan fuertemente– y de que los humanos no se sientan inferiores (digo, se acaban de quedar, con un escena calcada a lo Terminator, sin las armas nucleares que tanto los distinguen). Y todo esto empuja el marco de la historia hacia una dirección completamente distinta en la que se avecinan tramas muchísimo más descabelladas y cósmicas en la que la paz entre humanos y mutantes sólo pueda restablecerse por el desamparo de los primeros frente a una amenaza inhumana.

Esto, en particular, no tiene nada de malo en sí. Lo que pasa es que cambia completamente el tono al que nos había acostumbrado Singer con su reboot y vuelve a esta película una tercera parte algo decepcionante y simplista. Aquí regresan las simplezas que había eliminado Singer con complejidades políticas e históricas: una historia maniquea, una resolución previsible, desesperación cataclísimca y catarsis final. Es ahí también donde se desperdicia todo el origen de Apocalypse diluido en un villano bastante común, como los hemos visto mil veces, que surge, parece enorme amenaza y se desvanece al final de una breve trama. Es así también como la complejidad que puede lograr Oscar Isaac (y si no vean su papel en Ex -Machina), se pierde en un rol bastante estereotípico. A pesar de que las demostraciones de su poder son intrigantes, no tenemos aquí al Apocalypse de doce metros, ni a la amenaza constante y recurrente de su permanencia sino que todo se disuelve en un final bastante previsible en el que la voluntad engrandecida y ambiciosa de poder de un solitario y enormemente poderoso ser se desmorona frente a la valentía de un equipo que lucha con la validez eterna de valores familiares. Como bien señalaron algunos críticos, esto es el desdoble típico de la muerte de Voldemort en otro contexto. Y se vuelve algo previsible, llano y francamente aburrido.

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Aquí se desperdicia todo el origen de Apocalypse diluido en un villano bastante común, como los hemos visto mil veces, que surge, parece enorme amenaza y se desvanece al final de una breve trama.

Junto a estos clichés, también, muchos otros esquemas se repiten: Stricker llevándose a los mutantes al Lago Alkali, como ya lo había hecho en anteriores momentos de la serie, un escape prodigioso gracias a una casualidad (digo, nadie sabe por qué Wolverine estaba ahí almacenado junto a los generadores de energía), la derrota del villano por una inexperimentada mutante que alcanza su potencial confiando en sí misma (¿se acuerdan de Rogue en X-Men?), un equipo de apoyo del supermalvado que en verdad no hace gran cosa, personajes totalmente desperdiciados en su potencial (como Psylocke que me pareció completamente llana y superflua), conversaciones calcadas de todas las películas anteriores entre Magneto y Charles Xavier y relaciones demasiado rápidas entre causa y efecto que cambian según la necesidad narrativa del momento (como utilizar la gran historia de origen de Magneto y luego, rápidamente, obviarla). Y, de nuevo, esto puede pasar como natural en una adaptación de cómics que no arriesga mucho y que no se fija en pulir detalles. Sin embargo, eso no es a lo que nos tenía acostumbrados Singer desde su reboot y esta película queda como un regreso a los errores del pasado con pistas demasiado inciertas para el futuro de la serie.

Así, X-Men: Apocalypse es una cinta divertida, convulsamente atascada de acción pero que, finalmente, a pesar de intentar emular los mejores logros de las dos películas que la precedieron, se queda empantanada en los clichés más evidentes y va perdiendo progresivamente sus fuerzas para acabar como algo bastante hueco. Disfruté la película, como disfruto todo regreso del universo de X-Men, pero al final me quedé con un mal sabor de boca sintiendo la absoluta intrascendencia de esta entrega. First Class y Days of Future Past pasarán a la historia como enormes adaptaciones tan libres como respetuosas, tan nuevas como sorprendentemente fieles. En cambio, siento que esta película se diluirá entre tantas otras que se han hecho de manera similar dejando, como testamento final, un intento que se sentó en sus laureles, que confió demasiado en el anterior desarrollo de sus personajes y que, a pesar de grandes guiños y grandes momentos, termina siendo un paquete flojo y poco memorable que se perderá, como los gritos de En Sabah Nur, en las arenas del tiempo.

Lo bueno
  • Las actuaciones sólidas de viejos conocidos y nuevos integrantes, en particular Tyle Sheridan como un Cyclops sin altura moral.
  • Que por ahí aparecen Blob y Caliban.
  • La dolorosa transformación de Angel en Archangel que es fantástica.
  • La historia de inicio de Apocalypse y la sólida continuidad en los personajes de Raven, Magneto y Charles Xavier.
  • Algunos detalles cómicos de James McAvoy siendo un calenturiento incómodo.
  • Que se menciona al hijo de Moira McTaggert como pista de futuros villanos.
  • Que aparezca Phoenix en sueños y en el desenlace, a pesar de las dificultades de acento de Sophie Turner –que hace, finalmente, un buen trabajo–.
  • Ver a Ororo robando radios en Egipto.
  • El guiño a Mr. Sinister.
  • Que salga el episodio del extraterrestre de Star Trek que se cree Apollo como guiño ñoño a la megalomanía de Apocalypse.
  • Las referencias históricas reales y la grandiosa idea de poner una clase de historia mutante.
  • Los efectos especiales que son espectaculares.
Lo malo
  • Que hay demasiadas secuencias de efectos frente a una sorprendente falta de contenido original.
  • Que la historia de Magneto se diluya en necesidades narrativas rápidas.
  • Que el personaje de Apocalypse sea tan superfluo y unilateral.
  • Que se desperdició así el talento indudable de Oscar Isaac.
  • Que la película parece un regreso a las más previsibles tramas de equipos de superhéroes.
  • Que Singer nos había acostumbrado a otras profundidades.
  • Que la película es, finalmente, olvidable a pesar de algunos grandes detalles.
  • Que el futuro de la franquicia se adivina complicado por la escala cósmica que requeriría.
Veredicto

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Las líneas de coincidencia temporal entre las cintas de X-Men son cada vez más confusas. Por un lado sabemos que Singer quiere lograr que se olvide completamente el bodrio que fue Last Stand manteniendo, al mismo tiempo, algunos vínculos abiertos con las dos primeras películas de X-Men. Por ahí vemos la misma silla de ruedas que utiliza la encarnación de Patrick Steward, por ahí vemos que Charles Xavier lee a sus alumnos el mismo libro que Magneto lee en su prisión de plástico, por ahí vemos los mismos detalles de la separación entre el Profesor X y Erick Lehnsherr y diálogos calcados de las primeras películas entre estos dos personajes. Pero también es evidente que las historias de origen de Jean Grey y Nightcrawler difieren y que este marco de la historia plantea un futuro completamente distinto (que podemos atribuir, claro, al cambio en la línea temporal después de Days of Future Past). Así, las películas de Singer se hablan entre ellas y se separan considerablemente.

Y bueno, aquí parece que el director regresó a tomar los momentos más evidentes de sus primeras cintas para darnos una película clásica de superhéroes que no se distingue del bonche como sí lo hicieron sus anteriores dos entregas. Aquí parece que dimos un paso hacia atrás y que no encontramos nada nuevo ni sorprendente. Aquí, grandes posibilidades de construcción mística para Apocalypse se diluyen, potenciales relaciones políticas con el mundo de los humanos se olvidan, los clichés se instalan cómodamente y los logros certeros de esta adaptación se pierden en la banalidad del conjunto. Para mí, entonces, así queda un decepcionante balance: ésta es una cinta divertida y olvidable en la cual ciertas partes intrigantes se desperdician en un ensamble flojo y previsible. Como continuación de la saga reboot de Singer esta película es un tropiezo, ciertamente, pero nada que no se pueda reparar. Como conclusión sería una verdadera lástima. Esperemos que estos personajes regresen a su originalidad y que Singer no se dé por vencido con lo que él mismo predijo frente a Return of the Jedi: las terceras partes son siempre lo peor de una saga.

https://www.youtube.com/watch?v=Jer8XjMrUB4

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Título: X-Men: Apocalypse.

Duración: 144 min.

Director: Bryan Singer.

Elenco: James McAvoy, Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Nicolas Hoult, Oscar Isaac, Tye Sheridan, Sphie Turner, Olivia Munn, Lucas Till, Evan Peters, Rose Byrne.

País: Estados Unidos.

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