Doctor Strange es una película de formación que parece predecible hasta que logra retratar conceptos complejos de manera excepcionalmente elegante.

Con Doctor Strange todo era riesgo. Éste es un personaje a la vez muy querido por los lectores asiduos de los cómics de Marvel y absolutamente desconocido para aquellos que no los frecuentan. No estamos hablando aquí de Captain America: el Hechicero Supremo es un verdadero misterio único para fanáticos duros de los rincones más cósmicos del Multiverso. Es por eso que resultaba tan riesgoso llevarlo a la pantalla: ¿Cómo lograr presentarlo para que fuera satisfactorio para fanáticos y desprevenidos poco conocedores? ¿Cómo evitar, con el trauma de corrección política de Hollywood, caer en los estereotipos del orientalismo? ¿Cómo conseguir a un actor capaz de encarnar la elegancia única, la presencia y el carisma del doctor místico? ¿Cómo trasladar a la pantalla grande las figuras desquiciadas y esquizofrénicas de Steve Ditko o las locuras históricas de Frank Brunner?

Todas estas dudas rondaban por la cabeza de muchos fanáticos que, por otro lado, ansiaban ver al Doctor Extraño en pantalla grande. Y sí, esta época está tan acostumbrada al bombardeo de películas basadas en cómics que personajes tan peculiares como éste ya se ganaron un lugar en Hollywood, un lugar poco susceptible a la improvisación. Y sí, Marvel ha conseguido tal grado de confianza en su madurez como casa productora de películas, que ya no temen llevar con absoluta seriedad a sus personajes más estrafalarios.

Ésta no es la fábrica de errores en que se convirtió DC para el cine: Marvel tuvo paciencia y puso en su lugar todas las fichas que nos han llevado, pacientemente, hasta este momento histórico de  universos expandidos. También, es seguro decirlo ahora, los fanáticos y los no adeptos pueden tranquilizarse: ésta es una película de origen disfrutable para todos, de estructura sencilla y de momentos predecibles que, sin embargo, está retacada de carisma, excelentes actuaciones, un gran score, efectos visuales espectaculares y, finalmente, el poder único de las adaptaciones que sólo sabe hacer, en estos días, la casa de Stan Lee.

Una cuestión de estructura

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Ha habido muchas críticas sobre lo que resulta repetitivo en esta nueva entrega de Marvel. Estas críticas se empeñan en mostrar que ésta es otra película de origen para un superhéroe que no varía, en lo absoluto, el esquema establecido que tan bien ha funcionado con muchos otros grandes personajes. Es la misma historia de creación de Iron Man, de Captain America, de Hulk, en sus adaptaciones al cine: personajes que tienen un problema (estar secuestrado y moribundo, uno; ser un debilucho, el otro; ambición científica desbordada, el último), que encuentran una solución y que, a partir de eso, cambiarán para siempre sus vidas convirtiéndose en héroes sin necesariamente quererlo. Y claro, como bien señalan las críticas, éste es también el caso en Doctor Strange.

La cinta comienza con la vida fulgurante, de lujos innecesarios y protagonismo desbordado de un gran neurocirujano, el Dr. Stephen Strange (Benedict Cumberbatch). Strange, en el tope de su carrera y del éxito, está sólo y no le importa, desdeña las relaciones amorosas –en particular un viejo romance con Christine Palmer (Rachel McAdams), otra night nurse después de la Claire Temple de Daredevil y toda compañía que no le sirva para agrandar su prestigio o para tirarle alabanzas. Guiado por el hambre de reconocimiento y ambición, de camino a una cena en la que se le rinden honores, Strange derrapa en la carretera y tiene un terrible accidente automovilístico. Como resultado, sus manos quedan profundamente dañadas y se perderá, para siempre, ese talento inigualable que tenía en el quirófano.

Desesperado, Strange se somete a una cantidad peligrosa de cirugías con la esperanza de recuperar lo irrecuperable. Cuando no le queda ya ninguna esperanza, el doctor en desgracia acude a un parapléjico que se curó milagrosamente de una lesión imposible de sanar. Este oscuro personaje le señalará el camino de Kamar-Taj, el santuario de The Ancient One (Tilda Swinton), para que, ahí, Strange cure lo físico con la ayuda de una expansión radical de conciencia espiritual. En Nepal, Strange descubrirá que él es sólo un minúsculo observador en un vasto multiverso lleno de hermosuras cosmológicas y abstracciones destructivas. Pronto, la amenaza de un viejo alumno fanático de The Ancient One, Kaecilius (Mads Mikkelsen), lo hará enfrentar, sin mucha preparación y con la sola confianza en su innato talento para las artes místicas, una amenaza cósmica que busca engullir a la Tierra en una dimensión eterna de hambre y sufrimiento.

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Es la misma historia de creación de Iron Man, de Captain America, de Hulk, en sus adaptaciones al cine: personajes que tienen un problema, que encuentran una solución y que, a partir de eso, cambiarán para siempre sus vidas convirtiéndose en héroes sin necesariamente quererlo.

Como pueden ver, los críticos tienen absoluta razón: ésta es una cinta que repite un esquema mil veces repetido; una trama que llega, como hemos visto en innumerables ocasiones, a una siempre repetitiva amenaza cósmica de proporciones inigualables; un clímax en donde el héroe más débil debe enfrentarse a una amenaza terrible con la ayuda de su ingenio y, valga la redundancia, de sus ayudantes. No hay duda en esto, el esquema es conocido, repetitivo y trillado. Pero eso no le quita en nada el placer ni la originalidad a esta cinta. Aquél que se queja de la repetición de ciertos esquemas nunca fue un lector de la edad de oro y de plata de los cómics de Marvel. Si quieren buscar esquemas rígidos, ahí, en los empolvados volúmenes de la historia de los cómics, tienen una mina de joyas.

El asunto, como he dicho en muchas ocasiones, es que los cómics más viejos usan estructuras sencillas y repetitivas que varían poco entre historieta e historieta. Con el tiempo, las cosas se fueron refinando y las tramas se volvieron más complejas: los escritores no tenían que producir tantos personajes diversos y podían enfocarse en el arco de un solo héroe y algunas ramificaciones prestadas; y los editores se volvieron más rigurosos o, al menos, leían lo que se publicaba.

Lo interesante, ahora, es que las películas de Marvel, al establecer un universo tan vasto y complejo, se están acercando poco a poco a los mismos problemas de construcción narrativa que enfrentaron, en alguna época, los cómics. Es por eso que estas nuevas películas de locura cósmica con personajes oscuros (véase Guardians of the Galaxy) deben ser lo suficientemente ambiciosas para retratar las locuras que quieren mostrar y lo suficientemente explicativas para que la gente las comprenda. Así, Doctor Strange entra en un lugar muy peculiar dentro del Universo Cinematográfico de Marvel (MCU): al ser un personaje que sólo es conocido por lectores de Marvel, debe mostrarse accesible para todos, al mismo tiempo que satisface el hambre cósmica de los fanáticos.

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Esta cinta peca de sencillez narrativa para permitirse, al mismo tiempo, introducir conceptos complejos a espectadores poco familiarizados con una cosmogonía tan impermeable.

Es por eso que tenemos una versión diluida, agradable, carismática, bromista y finalmente empática de un personaje que era, en origen, alguien absolutamente despreciable y que se convierte, después, en un superhéroe de absoluta seriedad solemne. Es por eso que esta cinta peca de sencillez narrativa para permitirse, al mismo tiempo, introducir conceptos complejos a espectadores poco familiarizados con una cosmogonía tan impermeable.

Como dijimos, Marvel ya logró dominar un cierto tipo de acercamiento a sus películas más alocadas. Es por eso que Strange es tan empático y es por eso, también que vemos una cantidad de elementos cómicos que no eran precisamente lo que caracterizaba a los cómics viejos de este personaje. Un ejemplo esencial es la pelea en el plano astral dentro del quirófano. Este tipo de batallas en dos planos es algo típico de las historias creadas por Stan Lee y retratadas, con absoluta genialidad, por los dibujos de Steve Ditko. ¿Lo recuerdan? “Mientras todo parece normal a los ojos de los mortales, una batalla mística se desarrolla en el plano astral”.

Este tipo de locuras eran escritas con seriedad y aquí sirven, más bien, para mostrar los poderes de Dr. Strange con un dejo de comedia (al jugar con la mente de la pobre Christine Palmer que no llega a entender por qué todo se mueve en el quirófano) y otro tanto de acción bien llevada para efectos de percepción dimensional encantadores y coloridos. Es por eso que éste es un maravilloso ejemplo de la manufactura de Marvel para acercar a los menos conocedores de su universo a las locuras místicas que ofrece. Y, no lo podemos negar, a pesar de los mecanismos gastados y las repeticiones narrativas, este tipo de escenas sigue dando resultados intrigantemente carismáticos.

Una cuestión de paciencia

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Lograr transmitir una cantidad tan densa y tan compleja de información en una cinta de menos de dos horas no es tarea fácil. Consideren nada más la pesada presentación de personajes en Suicide Squad para la poca satisfacción final que dio la cinta: esa es una apuesta que no cuantificó la información contra el entretenimiento. Y no digo que Marvel tenga una fórmula infalible. Lo que sí es que la capacidad narrativa para lograr esa densidad informativa en una película que se inscribe entre 13 otras cintas, cuatro temporadas de Agents of S.H.I.E.L.D, dos temporadas de Daredevil, una temporada de Jessica Jones y otra más de Luke Cage, es francamente ejemplar.

Personajes con historias tan viejas, con ramificaciones tan complejas y con características tan difíciles de mostrar; personajes que son, al mismo tiempo, absolutamente caricaturescos, representan un verdadero reto para la pantalla grande. Y aquí Scott Derrikson, con su poca experiencia fuera del género de terror (The Exorcism of Emily Rose, Sinister), logró retratarlos sin tapujos y con soltura. Reescribieron la historia del Barón Mordo (Chiwetel Ejiofor) para darle un nuevo trasfondo a su villanía, crearon a un Ancient One de singular belleza sutil, que imprime en cortos movimientos de ojos la idea de una experiencia milenaria (cosa que ya había practicado Swinton en la maravillosa Only Lovers Left Alive) y le dieron a Strange una dosis necesaria de porte y arrogancia sustituyendo su solemnidad con ternura, apego a lo material, carisma y humor.

Así, la precisión del casting sustenta con singular fuerza las necesidades narrativas de la película. Es cierto, Mads Mikkelsen queda desperdiciado al ser, solamente, el primer intermediario mortal para que Strange encuentre una batalla formativa con otras dimensiones y seres eternos. Pero, aún así, esta reinterpretación de Kaecilius lejana de la influencia directa de Mordo (como sucede en los cómics) cumple su función a cabalidad. La solemnidad del personaje de Mikkelsen no queda, incluso, exento de cierta ingenuidad y simpatía (“Mr. Dr?”). También el papel de Rachel McAdams es menor y secundario y, sin embargo, logra hacer un contrapeso carismático a la patanería de Strange y al apego final que mostrará, con el amor fallido, por lo humano.

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Esta reinterpretación de Kaecilius lejana de la influencia directa de Mordo (como sucede en los cómics) cumple su función a cabalidad.

Pero el verdadero vehículo privilegiado de todas la densidad narrativa no está solamente en el trabajo excepcional de guión para adaptar una historia tan difícil manteniendo los elementos básicos que le dieron vida en el material original. No, aquí también tenemos un soporte visual grandilocuente que cumple, con creces, su cometido. Digo, si me preguntan a mí, las formas hubieran podido ser más angulosas, las locuras de los viajes místicos hubieran podido acercarse más al sello imborrable de Steve Ditko o al “neo-realismo inspirado por Conan el Bárbaro”, como diría Grant Morrison, de Frank Brunner. Pero tampoco es fácil hacer este tipo de referencias visuales y salirse con la suya.

Así, la elección de Kevin Feige (cabeza de Marvel Studios que funge aquí como productor) y de Derrickson, fue acercarse más a la idea visual de lo cuántico que se retrató en Ant-Man y hacer diversas variaciones sobre el tema del fractal. Es por eso que la película es mucho más que una consecuencia directa de la inspiración visual que logró Christopher Nolan en Inception: aquí hay una razón profunda, que se relaciona con la trama y la canaliza sutil pero consecuentemente, del delirio en efectos especiales.

En la escena central en donde The Ancient One abre el tercer ojo de Strange, el lujo visual geométrico encuentra su realización más escalofriante en las manos que tienen dedos de los que crecen manos que tienen dedos de los que crecen manos, etc… La imagen del fractal se convierte, entonces, en una obsesión para esta cinta. La vemos en la terrorífica escena de las manos, la vemos ordenando el caos en la increíble deformación de Nueva York a través de la dimensión espejo, la vemos en los patrones geométricos con los que se transforma la materia real de la iglesia bajo el primer influjo de Dormammu en la magia de Kaecilius. Y, justamente, esta idea repercute en la lectura que podemos hacer de la película.

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El fractal sirve de contacto racional entre el hombre y el infinito: es un concepto en el que nos podemos incluir fácilmente y seguir sintiéndonos el centro del universo, como el justo medio entre lo enorme y lo ínfimo.

El concepto del fractal nos relaciona de manera racional con el concepto de infinito; ese infinito que va de lo ínfimo pequeño a la infinidad del cosmos; ese infinito que, como humanos, nos cuesta tanto pensar. Es por eso que el fractal sirve de contacto racional entre el hombre y el infinito: es un concepto en el que nos podemos incluir fácilmente y seguir sintiéndonos el centro del universo, como el justo medio entre lo enorme y lo ínfimo. Los hechiceros que manipulan y observan cosas de dimensión inconcebible siguen comportándose como humanos cuando muestran y manipulan las múltiples realidades: deforman todo en patrones geométricos que hablan del poder de lo eterno a través del lenguaje racional, que sí podemos comprender, de las matemáticas.

Es por eso también que el universo de Dormammu tiene formas rizomáticas en todas partes, tubérculos que brotan de ningún lado, que no tienen origen ni fin y que se prolongan caóticamente sin centro. Estos nódulos se enfrentan directamente, procedentes de un mundo en el que no existe el tiempo, a nuestra obsesión con el pensamiento conexo, que surge de algún lado y se dirige a algún otro. El universo rizomático de colores exaltados en el que habitan las sombras de Dormammu es un universo que se opone a las más locas deformaciones de los hechiceros: uno no tiene origen, el otro es siempre matemático y se remonta a una lógica que puede rastrearse. El fractal contra el rizoma, lo eterno contra lo perecedero, lo humano contra lo divino.

Una cuestión de tiempo

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Como una continuación del concepto de fractal contra el rizoma eterno, en esta película, la dimensión cósmica está metida con textura, soltura y elegancia. Guardians of the Galaxy fue una introducción violenta a la parte más alucinantemente cósmica de Marvel. Y logró transmitir la complejidad de este universo a través de la empatía que emanaba de sus personajes y la comedia ligera de una trama convulsa pero sencilla. Aquí tenemos, en contraste cercano, una introducción suave y explicativa que necesita de un superhéroe en formación para poder tener a un iniciado (el maravilloso Ancient One de Tilda Swinton) explicándole a la audiencia la complejidad abstracta del Multiverso.

Así, en Doctor Strange tenemos la primera mención directa del concepto de Multiverso que es, finalmente, el pilar cósmico de toda la construcción narrativa de Marvel: éste es el marco amplio de todos los orígenes, de todas las aventuras, de todas las posibilidades. La infinidad de universos unen a Thor, en lo cósmico, con Ant-Man, en lo cuántico; unen el dominio físico de los Avengers con lo inmaterial de los planos astrales y las fuerzas místicas; unen nuestra pequeña realidad de humanos con los dioses eternos que pelean batallas que no podemos ver. La unión de todas estas dimensiones se realiza, por eso, en un plano superior con estos dioses supremos, con las entidades supragalácticas como Eternidad y Muerte, con entes de otra procedencia superior como Galactus, los Celestials, y el ya amenazante Thanos que comienza a asomarse, insidioso, en el MCU.

Es por eso que, con Doctor Strange, Marvel cierra el último bucle en esta locura cósmica. El Hechicero Supremo une Tierra y cosmos como no podía hacerlo Thor. En realidad el Dios del Trueno no entiende gran cosa de nuestra realidad. A pesar de que nos aprecia y de que se enamora de una terrícola, sigue siendo un dios que bebe whisky con mil años de antigüedad. En cambio, Strange es la conexión misma entre planos superiores de la existencia y nuestra materialidad humana. Es por eso que no puede minimizarse su importancia en el edificio narrativo que Marvel está construyendo: si, al final de la película, tenemos a Strange negociando con un ser cósmico es porque ese será su rol; si, en la escena post-créditos, lo vemos hablando de la búsqueda de Odín con Thor, es porque él es el nuevo policía de los asuntos cósmicos frente al restringido plano humano.

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Strange es la conexión misma entre planos superiores de la existencia y nuestra materialidad humana.

Así, es importantísima la conexión de Strange con la realidad cotidiana de los hombres. Y, en eso, esta película logró establecer genialmente al personaje. El hechicero guarda, como un amuleto, el reloj roto que portaba, última riqueza, a su llegada a Kamar-Taj. Ese reloj representa sus excesos, el momento en que se sentía en la cúspide del mundo y del conocimiento de lo humano como simple materia sin sentido. Y también representa ese momento de máxima debilidad, cuando lo perdió todo y lloraba, desesperado, frente a una puerta cerrada. Y el reloj roto representa, además, la relación fallida y siempre viva con Christine Palmer; una relación imposible que lo mantiene, sin embargo, atado al mundo de los mortales y a la fragilidad de sus relaciones: en el grabado trasero, el reloj declara un amor eterno, detenido en el tiempo y, sin embargo, siempre sujeto a la marcha inexorable del segundero.

La humanidad de Dr. Strange es lo que le permitirá, entonces, deambular por planos superiores de la existencia portando siempre como estandarte la realidad humana. Es por eso, justamente, que el tiempo es un elemento tan importante en esta cinta. El reloj roto es ese símbolo que porta consigo el Hechicero Supremo, el elemento con el que se viste al final de la cinta, realizando su misión, el símbolo de su primera victoria y de un recuerdo insistente, necesario y único; el recuerdo, frente a los seres eternos a los que se enfrentará, de que el hombre está siempre sujeto al tiempo. Porque vivimos en el tiempo como prisión y como el marco mismo de nuestras breves e inmensas posibilidades.

Una cuestión de mortales

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Para explicar más a fondo este aspecto podemos recordar, aquí, la idea maravillosa del cancerverso, ese increíble concepto creado en la encarnación más reciente en cómics de Guardians of the Galaxy. La idea es que un universo de pura vida sería un universo de multiplicación caótica (como sucede con la multiplicación descontrolada de células en una formación cancerígena) y que un universo de vida y muerte, como el nuestro, es un universo en donde es posible un espacio armónico para que las cosas no se salgan de proporción. La vida, sin muerte, es algo grotesco, terrible, temible; forma un cancerverso que todo consume, sin límites, voraz.

En esta película, la idea del cancerverso está representada por la dimensión oscura que habita Dormammu. Este personaje que se enfrenta a Dr. Strange en las muy viejas épocas de los cómics; en esa época en la que Dormammu necesitó de su ayuda y en la que Eternidad acabó con él; esa época en la que Strange conoce a Clea; esa época que precede a su enfrentamiento con Kaluu (otro ladrón de libros formado en Kamar-Taj, por cierto). Y digo que el universo de Dormammu representa un aspecto del cancerverso porque la vida, aquí también, es una fuerza terrible y la muerte significa nuestra salvación. O, por decirlo de otra manera, que somos seres incapaces de entender las dimensiones de la eternidad porque estamos sujetos, inexorablemente, al tiempo.

Aquí, Strange vence a Dormammu porque un ser eterno no soporta la mortalidad como nosotros no soportamos la inmortalidad: el infinito no será nunca nuestro reino. El tiempo nos constituye y limita nuestra dimensión física, es nuestra prisión y, manipulado por el Hechicero Supremo, nuestro único poder comprensible al enfrentarnos a lo eterno. Porque Strange utiliza creativamente las herramientas místicas siempre portando como estandarte, en su batalla, la dimensión humana. Vence a Dormammu, vence a lo eterno con lo que parecía ser nuestra condena, con lo que Kaecilius considera como nuestra perdición, con lo que todos tememos: el tiempo y la inexorable idea de mortalidad que conlleva.

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En esta película, la idea del cancerverso está representada por la dimensión oscura que habita Dormammu.

También, The Ancient One se entregará a la mortalidad para señalar, finalmente, la bondad humana de sus intenciones. Doblando las reglas que ella misma impone, la entonces Hechicera Suprema, manó fuerzas de la Dimensión Oscura para seguir protegiendo al universo humano. Al dejarse morir, en esa hermosísima escena en donde un segundo se repite y se repite para que pueda ver, por última vez, la nieve, el personaje de Tilda Swinton toca la mano de Dr. Strange. Con esto comunica, sin decirlo, lo que todos sabemos: él será el siguiente Hechicero Supremo, el que tendrá el cargo de portar el ojo de Agamotto; será él quien heredará la dura misión de cuidar a la tierra contra las amenazas cósmicas y los peligros místicos.

La aceptación de la muerte, de los límites físicos que nos constriñen, es también una aceptación humilde de nuestras posibilidades. Kaecilius quiso romper estos límites y terminó pagando caro, quiso hacer lo que Strange intentó con sus manos: forzar la materia con la que estamos hechos, aceptar poderes que no nos corresponden. No importa la fuerza mística que manejen, entonces, estos personajes, siempre serán hombres y siempre tendrán que confrontarse con su mortalidad (cosa que también nos recordó el enorme Jim Starlin con la muerte por cáncer de Captain Marvel).

En este sentido, finalmente, la diferencia fundamental entre esta encarnación renovada de Mordo, Kaecilius, The Ancient One y Strange es una diferencia en cuestiones de fe. La cinta logra retratar singularmente bien este punto: si estamos hablando de realidades infinitas, no puede haber una interpretación única de la constitución de estas realidades. Así, las enseñanzas del personaje de Tilda Swinton son radicalmente distintas de lo que aprendió Strange en la carrera médica: aquí todo está sujeto a interpretación, las reglas pueden doblarse, romperse o confrontarse y lo único que crea una incierta brújula moral es el punto de vista desde el cual se observa la realidad.

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La diferencia fundamental entre esta encarnación renovada de Mordo, Kaecilius, The Ancient One y Strange es una diferencia en cuestiones de fe

Para Strange y The Ancient One, la lucha está del lado de los mortales, del lado de los seres que deben morir por respeto a la vida y por el valor fugaz de la existencia que llevan. El neurocirujano tienen que aprender que no puede salvar a todos: antes elegía no hacerlo, ahora debe forzarse a no hacerlo. Strange aprende el valor de la vida matando y dejando morir: es por eso que importa tanto su reacción cuando quita una vida y la arrogancia fácil con la que antes las salvaba. Para Mordo, por otro lado, la lucha está en seguir, al pie de la letra, la enseñanza de las leyes naturales. Para Kaecilius, finalmente, la lucha está en no sentir el dolor de la muerte y así, de paso, destruir la singularidad de la vida.

Poco a poco las dicotomías fáciles se diluyen, los conflictos morales son mucho más complejos de lo que aparentaban (como también muestra, íntimamente, Captain America: Civil War) y se instala la relatividad con la llegada de lo cósmico. Doctor Strange, entonces, introduce abierta y seriamente el multiverso, entra el tiempo en conflicto con lo eterno, se posicionan los mortales frente a los dioses y se inaugura la era cósmica del MCU. Lo correcto, lo bueno, ya no son conceptos universales sino puntos de vista terrestres, tan útiles como restringidos, tan minúsculos como necesarios en nuestra pequeña escala. La balanza ha llegado: el hombre tampoco es el centro de este genial universo, que se sigue expandiendo.

Lo bueno
  • La maravillosa locura visual que tiene gran sentido en la trama
  • Las precisas actuaciones que facilitó un gran casting
  • Una representación carismática diferente de Strange que funciona
  • Un guión preciso y bien logrado en la tendencia actual de Marvel
  • La comedia ligera para permitir el delirio místico
  • La recreación de viejos personajes con novedosa perspectiva
  • El nuevo Wong, que es mucho más interesante y simpático
  • La precisa conexión con las futuras guerras infinitas
  • La hermosa reflexión que provoca sobre el tiempo, los superhéroes y la muerte
Lo malo
  • El esquema repetitivo que puede volverse cansado para alguno
  • Que se desaprovecha la gran presencia de Mads Mikkelsen
  • La cara de eterno llanto de Chiwetel Ejiofor
  • Que hay que esperar mucho tiempo para hilar esto con Guardians of the Galaxy Vol. 2
  • Que el mundo se está acostumbrado a considerar como evidentes estas complejidades
Veredicto

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Con la intromisión de la gema del tiempo que nada tenía que ver, en origen, con el Ojo de Agamotto, sabemos que los lazos que se están trazando entre Strange y las próximas Infinity Wars son sólidos. Éste será un personaje esencial en la manera en que se relacionan las tramas cósmicas con la vida habitual de la Tierra, las personificaciones extremas de la muerte (Thanos) y las fuerzas naturales de la vida, lo físico y lo astral.

Si Avengers: Age of Ultron fue una película pivote para despedir la segunda fase del MCU, Doctor Strange es la inauguración cósmica de la última etapa de este universo. Y esta película es una introducción sencilla, simplificadora, que repite esquemas y obvia muchas cosas del material original. Al mismo tiempo lo hace con tanta confianza, con tanta inteligencia y con tanta seguridad que el resultado es, sencillamente, excelente. Ésta cinta vale la pena como entretenimiento visual y para clavadés en la reflexión sobre la creación de este universo. Significa, de nuevo, la separación del mundo de los cómics con el universo en la pantalla, significa una nueva era y nuevas posibilidades de inmensa envergadura.

No sé si se dieron cuenta pero, desde Captain America: Civil War, la introducción del nombre de Marvel antes de cada cinta ya no relaciona las películas con los cómics: ya no es ese flipeo en rojo de las páginas que crearon a estos personajes. Ahora todo se relaciona, en Marvel Studios, con las figuras míticas creadas dentro del universo fílmico. Doctor Strange confirma así lo que ya se sabía: el universo fílmico de Marvel se crea en referencia al material original pero ya es fundamentalmente independiente. Aquí se hace lo que se quiere con los cómics y se transforman, al gusto de la situación, los personajes que tanto conocemos. Igual, si siguen haciéndolo así de bien, por mí pueden continuar hasta que se agote el infinito.

https://www.youtube.com/watch?v=HSzx-zryEgM

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Título: Doctor Strange.

Duración: 115 min.

Director: Scott Derrickson.

Elenco: Benedict Cumberbatch, Chiwetel Ejiofor, Benedict Wong, Rachel McAdams, Tilda Swinton, Mads Mikkelsen, Scott Adkins.

País: Estados Unidos.

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