El segundo largometraje de Isaac Ezban tiene méritos únicos y pecados previsibles. Con todo, es un intento loable por crear ciencia ficción mexicana de calidad.

Con El Incidente (2014), Isaac Ezban demostró la enorme capacidad que tiene como productor y director para llevar a cabo, en un país que no crea mucho cine de género, una película original de ciencia ficción. Su primer largometraje fue una obra arriesgada que, a pesar de sus errores, mostró una vocación valiente. Lo de Ezban es el riesgo y la consecuencia: este joven director sabe lo que quiere y pelea encarnizadamente para conseguirlo. Así, Los Parecidos vuelve a hacer gala de ambición y congruencia… hasta en los errores repetidos.

Cuando tuve la suerte de hablar con Ezban, el año pasado, me di cuenta de lo mucho que apreciaba ciertas nostalgias compartidas por una generación: en su oficina, por ejemplo, había la colección más consecuente y hermosa de juguetes basados en Batman, the Animated Series. Esto señala, claramente, que Ezban está muy consciente de sus gustos y de sus influencias; esas pasiones que se mueven entre un fanatismo cariñoso hacia Lost y una afinada afición a The Twilight Zone.

En esta cinta, Ezban quiso hacer una carta de amor hacia la ciencia ficción de los años sesenta y setenta. Pero, lejos de dejarse llevar por la facilidad nostálgica, Ezban se atrevió a meter un trasfondo propio en una película que mezcla, con singular visión, las influencias admitidas de su dirección y tropos narrativos intrigantes de vieja ciencia ficción. El resultado es tan hermoso como imperfecto, tan disparejo como sorprendente, tan evidentemente repetitivo como único.

La mezcla incierta

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La película comienza el 2 de octubre de 1968 a cinco horas de la Ciudad de México. En una estación de autobuses en Guerrero, ocho personajes dispares se encuentran atrapados por una lluvia torrencial. Pronto comenzarán a experimentar fenómenos inexplicables que los llevarán al borde de la paranoia y la locura. En una noche marcada por la tragedia política y la simulación, los personajes atrapados de la estación de camiones comenzarán a dudar de su identidad y de la construcción misma de la realidad que habitan.

Empezando por lo más aparente, esta película tiene una manufactura muy peculiar. Lo que Ezban intentó hacer –y que logra con bastante soltura– es recrear una cierta estética. Con una fotografía precisa que recrea la textura única de las películas de serie B sesenteras y setenteras, con una tonalidad entre el blanco, el negro y el sepia y con un score absolutamente estridente a cargo de Edy Lan, Ezban logra sumergirnos en la idea de una época. Un tiempo como él lo revive, a través de sus aficiones a cierto tipo de series, a ciertas actuaciones acartonadas, a ciertas reacciones exageradísimas y al uso evidente de la música como pauta narrativa.

Eso puede despistar inmediatamente al espectador menos informado en las influencias del director. Ezban mismo dijo: “Éste es el tipo de películas que me hubiera gustado poder ver de niño”. En efecto, aquellos que no estén acostumbrados a ciertos registros viejos van a encontrar que la película está sobreactuada, que la música es excesiva, que los detalles en el arte son grotescos. Y, además, pueden sentirse absolutamente despistados por el contexto genérico. En un momento llevados por el camino del suspenso, los espectadores pronto se encontrarán con el horror grotesco, la ciencia ficción psicológica y algunos rasgos de humor que no se admite, completamente, como voluntario. La película es, por eso, un producto muy peculiar en el que resulta fácil perderse: ésta es sólo una cinta inmersiva para aquellos que gozan del detalle y la referencia manufacturada.

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El contexto histórico sirve aquí como un trasfondo político, un telón que permea en toda la película, a través de la radio, para terminar en una revelación impactante.

Siempre he dicho, por eso, que Ezban es también, fuera de su asiento en la dirección, un efectivo mercadólogo y un gran productor. Sabe cómo darle forma a un producto original que mezcla, sin embargo, una influencia rica y variada. Por aquí pasa Hitchcock, The Mist, Lost, Looper, The Outer Limits, Midnight Special, Akira, Twilight Zone y muchas cosas más, sin orden particular. Y esta mezcla bizarra se centra, ahora, en un marco histórico. Sí, ésta no es la misma referencia ampliamente metafísica de El Incidente. La trama de Los Parecidos ocurre la noche del 2 de octubre de 1968, una noche trágica que siempre será recordada en México.

El contexto histórico sirve aquí como un trasfondo político, un telón que permea en toda la película, a través de la radio, para terminar en una revelación impactante. Pero ésta no es una cinta con vocación política (salvo en la farsa de una época en la que el gobierno quiso convertir a todos los estudiantes en el mismo modelo parecido, prototipos de obediencia y caras del progreso). No, ésta es una cinta que en toda su sobre-referencialidad empieza siendo absolutamente ridícula; una película que después se transforma en algo grotesco mucho más buscado y que, finalmente, diluye toda la locura acumulada en un juego literario sobre la ficción y su impacto en la realidad.

Los pasos titubeantes

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Para llegar a este clímax conceptual, que es el meollo fuerte de la trama, la cinta de Ezban pasa por distintos momentos de torpeza narrativa que alargan la cinta, que confunden y que, en ocasiones, son francamente molestos. Ciertos tropos, como la mujer indígena en un rol cómico-ridículo recuerdan muy bien ciertas épocas del cine mexicano. Pero, al verlos, uno considera que esos momentos están enmarcados en una época que no siempre es saludable recordar. Y sí, la historia es demasiado convulsa para su propio bien, la trama se vuelve cansada y los giros argumentales tardan mucho en llegar a una sólida conclusión.

Pero los pecados narrativos de Ezban son también sus virtudes. La ambición desbocada, la locura de la idea, el contexto histórico, el arte y el formato, los efectos nostálgicos y todo en esta cinta muestran lo detallista que puede ser y, también, lo mucho que puede dar por sentado. A las cintas de Ezban no les falta alma, ni congruencia, ni vida propia, sino paciencia. Porque se siente que éste es un autor que quiere llegar siempre a su revelación final, quiere llegar a establecer el slogan y el punto de la cinta, con el máximo impacto. Esto, sin embargo, deja en el camino distintos detalles sin pulir, ciertas expresiones sin afinar y cierta cordura sin sellar.

Así, frente a la desesperación, por momentos obtusa, de su construcción narrativa, Ezban recurre a las voces en off, a las explicaciones evidentes, a reparar errores tomando de la mano al espectador y explicándole, al final de sus cintas, todo con un dedo lleno de atole. Eso fue lo que sucedió con El Incidente y su final rocambolesco y decepcionante. Y esto es lo que sucede, de nuevo, con Los Parecidos. La diferencia fundamental está aquí en que la idea detrás de esta nueva cinta es muchísimo más sólida y que, finalmente, en su locura metafísica, Los Parecidos es más literaria, está mejor llevada, tiene más sentido como obra-nostalgia-homenaje.

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La ambición desbocada, la locura de la idea, el contexto histórico, el arte y el formato, los efectos nostálgicos y todo en esta cinta muestran lo detallista que puede ser y, también, lo mucho que puede dar por sentado.

La idea de esta película me gusta mucho más que la idea, tal vez incoherente, de El Incidente. Pero la estructura narrativa es mucho más torpe que en la cinta anterior. El resultado es, entonces, una película que pudo ser mucho mejor pero a la que no se le puede cambiar nada sin atentar contra su originalidad. Frente a un formato que funciona en su propio mundo y que logra crear tal encierro es sumamente difícil establecer una crítica: una trama basada tan fuertemente en las influencias se convierte, bajo el lente de Ezban, en un producto que no tiene ninguna comparación.

La estética del encierro mezclada con el formato no nada más muestra la dificultad única de juzgarla comparativamente (si no es con la otra cinta de Ezban), sino que también crea un universo restringido que, a pesar del contexto histórico, se siente como una obra de teatro, íntima, claustrofóbica, bizarra. La idea de que todos somos iguales pero que se necesita de un ser excepcional para hacer notar la normalidad es francamente intrigante. Porque es ahí, en ese clímax único, que Ezban logra un punto singularmente geek sobre el aislamiento y la identidad en un mundo globalizado que cada vez se vuelve más uniforme.

La idea final de la cinta es, entonces, singularmente impactante. Esta cinta logra mostrar que la ficción es poderosa y que afecta profundamente la realidad en la que vivimos. La masacre de Tlatelolco fue, como muchas masacres en nuestro país, un juego cercano a Rashomon: los fantasmas cuentan una historia, el gobierno cuenta otra y todo activista tiene un versión congruente con sus expectativas políticas, sus nostalgias, sus dolores y su compasión. Las verdades se cuentan primero y luego se realizan, la vida y sus dramas existen de forma discrepante porque la historia es también un acto narrativo. Los momentos únicos suceden porque estamos ahí para crearlos, para darles vida, para narrarlos.

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La idea de que todos somos iguales pero que se necesita de un ser excepcional para hacer notar la normalidad es francamente intrigante.

Éste es el punto de una generación nostálgica y desangelada que creció con Twilight Zone y X-Files para graduarse con Lost y crear productos acorde a sus añoranzas como Stranger Things. Esta película es el producto de una generación que admira la Ciencia Ficción como un culto al que no perteneció desde el principio, que crea remakes inagotables y que cristaliza, en la serie B pasada, las decepciones oscuras de un futuro incierto.

El máximo logro de Ezban aquí es el haber creado una idea original entre tanta nostalgia. Y eso es francamente maravilloso. Es una lástima que todo esto no se cristalizara en un producto más logrado. Supongo que es una cuestión de tiempo: este director está para quedarse. Cuando sume su enorme capacidad a una paciencia madura en el guión y la realización, nos dará, por fin, lo que él mismo espera: la próxima revelación de culto en los géneros abandonados del cine mexicano.

Lo bueno

  • La estética cuidada
  • Los viejos efectos especiales maravillosos (no se pierdan al perro carpenteriano y al bebé)
  • La música estridente de un score de época
  • La idea final que es una consistente crítica a la uniformidad y una gran apología de la ficción
  • La mezcla de géneros y la comedia ridícula entre la solemnidad buscada
  • Que Ezban es valiente y consecuente
  • Que es un director que promete grandes cosas
Lo malo

  • Que la película no es más paciente y sutil en sus aproximaciones
  • Que, en su prisa por llegar al clímax único, la película se vuelve algo convulsa
  • Que falta, ahí, pulir muchos pequeños detalles que la harían genial
  • Que muchos no van a entender las referencias bizarras
  • Que es demasiado retorcida para su propio bien
Veredicto

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No puedo decir gran cosa de esta cinta sin quemar, para los que me leen, el interés principal de su trama. Eso es una bronca para reseñar. Lo que sí les puedo decir, con lo poco que dije, es que esta cinta está lejos de la perfección y, sin embargo, es un experimento coherente e intrigante con un clímax inteligente. Ésta es una cinta nacida de la nostalgia y dirigida a los nostálgicos. Aquellos que encuentren en ella un reflejo de sus viejos cariños la van a adorar; los que no comprendan el marco nostálgico desde el que nace no van a entender nada. Con todos sus problemas y con todas sus torpezas, ésta es una cinta valiente y se debe reconocer por eso. Sin embargo, hasta que Ezban no encuentre cierto balance y cierta factura paciente, no vamos a ver en sus películas esa gran obra, para todo público, que tanto esperamos de él.

https://www.youtube.com/watch?v=lwmDYtfrFcI

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Título: Los Parecidos.

Duración: 89 min.

Director: Isaac Ezban.

Elenco: Humberto Busto, Carmen Beato, Fernando Becerril, Cassandra Ciangherotti, Maria Elena Olivares, Catalina Salas, Santiago Torres.

País: México.

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