Kubo es una hermosísima propuesta de animación que trata de reflexionar sobre el valor de la memoria y la importancia de la muerte para el hombre.

Laika no deja de sorprender. Quien haya visto la maravillosa película con la que esta productora dedicada exclusivamente al stop-motion salió a la luz pública, no dirá lo contrario. Coraline (2009), adaptación precisa y lograda de una novela de Neil Gaiman, surgió de la nada para posicionar, en el centro de la industria y en el corazón de un público ávido, el nombre de una empresa surgida de las ruinas de los proyectos fallidos de Will Vinton. Y lo que han logrado en poco más de diez años es francamente impresionante. Después de Coraline, tanto la maravillosa ParaNorman (2012) como la menos apreciada pero también fascinante The Boxtrolls (2014), llevaron a Laika a conseguir tres nominaciones al Oscar. Y todas las predicciones apuntan a que la cuarta será la vencida y Kubo and the Two Strings recibirá, por fin, el codiciado premio.

Pero, independientemente del furor crítico que ha levantado esta película en Estados Unidos, hay que decir que Kubo es, realmente, una sorpresa. No porque Laika no nos tenga acostumbrados a altísimos estándares de calidad, sino porque nunca habían hecho algo tan íntimo y, a la vez, tan universal, tan enormemente ambicioso y tan cercano a una historia familiar, hogareña, cariñosa, de perfecta simbiosis entre un mundo y una ventana que ve para afuera. Esta cinta es para todas las edades y respeta, profundamente, la inteligencia variada de su público. Es una historia para reflexionar la muerte y la vida, la memoria y el recuerdo, la ficción y esa cosa elusiva que, por momentos, llamamos realidad. Kubo es una cinta imperdible y, tal vez, es lo mejor que Laika haya hecho hasta ahora. Esto, por supuesto, es mucho decir.

Una perfecta manufactura

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Kubo and the Two Strings cuenta la historia de Kubo (Art Parkinson), un niño que se gana la vida animando figuras de papel con la magia de su voz y las tres cuerdas de un shamisen. Con las pocas monedas que consigue en la plaza del pueblo, compra arroz y alimenta, todas las noches, a su madre enferma (Charlize Theron). En los pocos momentos de lucidez que tiene, la madre de Kubo, Sariatu, le cuenta historias incompletas sobre el gran guerrero que fue su padre y le advierte de los peligros de la noche: si se expone a la luz de la Luna, Kubo será perseguido por su abuelo, el Rey Luna (Ralph Fiennes), y sus temibles tías (Rooney Mara).

Los crueles familiares de Kubo asesinaron a su padre y le arrancaron un ojo cuando era apenas un bebé. Ahora, lo buscan todas las noches para completar su venganza y arrancarle el otro ojo. A pesar de las terribles advertencias, Kubo se aventura fuera, una noche, con la esperanza de encontrar al espíritu de su padre. Después de una batalla feroz con sus crueles hermanas, la madre de Kubo desaparece dejando al niño, desprotegido e incrédulo, al cuidado de un simio parlante y un guerrero escarabajo (Matthew McConaughey). Ahora, los tres personajes tendrán que encontrar las piezas de una armadura mágica para vencer al temible Rey Luna y liberarse de una oscura maldición familiar.

Todo parece indicar que esta cinta, con estos reveses fantásticos y extrañísimos personajes, está basada en un cuento tradicional japonés adaptado a las sensibilidades del público occidental. Y, sin embargo, ésta no es una recreación folklórica, ni la adaptación de un mito, sino una obra completamente original que se gestó a través de la mente inquieta de Travis Knight. Al ser el hijo de un enorme magnate, el co-fundador de Nike y nuevo dueño de Laika, este joven animador viajó mucho a Japón. Con esta influencia en la cabeza, Knight decidió plasmar en pantalla grande la historia original de Shannon Tindle para firmar su primer largometraje; cosa que no era, para nada, una tarea sencilla.

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Ésta no es una recreación folklórica, ni la adaptación de un mito, sino una obra completamente original que se gestó a través de la mente inquieta de Travis Knight.

Knight se formó como animador en el estudio de Will Vinton mucho antes de que su padre lo comprara. Empezó trabajando ahí como interno y terminó siendo la cabeza del departamento de animación. Desde la primera película de Laika, él ha estado a cargo de la hermosísima y refinada animación en stop-motion que ha caracterizado a las cintas del joven estudio. Con este enorme recorrido, era evidente que su primera cinta contaría con una animación especialmente cuidada. Aunque nadie esperaba algo tan enorme como Kubo. Ésta es, tal vez, la más ambiciosa y lograda película que se haya hecho, con stop-motion, en toda la historia. Y sí, desde la impactante primera escena, hay una conexión mágica entre el espectador y un mundo complejo, vasto y maravilloso que se crea frente a nuestros ojos.

Muchas películas de stop-motion intentan limitar los movimientos de su trama de acuerdo a las complejidades de la animación: pocos personajes en pantalla, fondos móviles, pequeños lugares enclaustrados. Algunas, incluso, como el Fantastic Mr. Fox de Wes Anderson, muestran claramente la manufactura de la animación para resaltar el carácter creado, de bello artefacto, que tienen. Pero esta cinta se va por otro camino completamente. No se trata nada más de la fluidez de los movimientos y de la rapidez minuciosa de la animación, sino que también vemos aquí la complejidad de un mundo que se quiere mostrar en toda su vasta creación. Hay secuencias con treinta personajes animados reaccionando al mismo tiempo; una gran parte de la película ocurre en exteriores amplios; tenemos enormes monstruos que cambian la escala de las tomas; las cámaras se desplazan libremente, en todas las direcciones, con fluidez y pertinencia…

Si nada más quisiéramos juzgar esta película por sus proezas técnicas (cosa que no nos interesa hacer), tendríamos que reconocer eternamente la ambición faraónica de su realización. Porque Kubo debió ser una película complejísima de hacer. Éste es un producto extremadamente cuidado que coordina, a la perfección, la fotografía impecable de Frank Passingham, la excelsa animación en stop-motion, el cuidadísimo diseño de arte y un score absolutamente fantástico. Ningún elemento sobra y el guión de Tindle y Haimes encuentra una realización sobria y precisa que, sin embargo, se muestra todo el tiempo con absoluta confianza de su grandeza.

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No se trata nada más de la fluidez de los movimientos y de la rapidez minuciosa de la animación, sino que también vemos aquí la complejidad de un mundo que se quiere mostrar en toda su vasta creación.

Así, apoyando la sencilla estructura narrativa, Kubo logra muchísimo en poco tiempo. Con poco más de hora y media, la cinta de Knight crea la sensación de una leyenda milenaria que se despliega ante nuestros ojos. La construcción narrativa de la cinta sigue una estructura evidentemente clásica que, a pesar de ser absolutamente lineal, no deja de sorprender. Aquí encontramos los necesarios elementos de un cuento folklórico: un héroe que sale de su cotidianeidad por un problema, una búsqueda dividida en etapas definidas, un villano, ayudantes y enemigos menores, objetos mágicos, soluciones fantásticas, retornos a una normalidad transformada…

Pero, al construir así la cinta, Knight y los guionistas dan la impresión de estar recreando un cuento folklórico milenario profundamente anclado en una tradición. Esta impresión sirve para darle a la película un marco mítico creíble que nos hace aceptar, inmediatamente, la magia que habita en todo el mundo. Estamos hablando de un Japón antiguo en el que los espíritus conviven con las personas, en el que la magia da forma y vida a los objetos e impregna las presencias. Los muertos están vivos y, a través de ellos, la magia toca constantemente la tierra de los vivos. Aquí, lo eterno coquetea con la mortal y las almas de los muertos visitan el mundo para escaparse, sigilosas, como velas que flotan sobre un río, como fuego sobre el agua, como algo frágil y poderoso, condenado a apagarse.

Toda esta construcción permite, entonces, un marco fantástico con significaciones míticas y es lo que le da un contexto poderoso a la historia de Knight. Pero hablar de la inmensidad compleja de este contexto no basta para describir los logros de la cinta. Porque, en la escala mítica, eterna e inagotable, en la magia y la desproporción épica, Kubo es una cinta profundamente íntima y delicada que habla de los temas más humanos. Porque ésta es, antes que nada, una historia sobre la soledad y la muerte, la memoria y el olvido, la ficción y la realidad.

Pensar la ficción es pensar la muerte

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Kubo es una película sobre el duelo, la soledad y la memoria. Cuando el Rey Luna encuentra a Kubo, iniciando así toda la trama, es porque el niño trata de contactar, con un diálogo maravillosamente sincero, al espíritu de su difunto padre. La idea aquí es que Kubo está muy solo. La pordiosera de la plaza es su amiga, pero sólo puede verla de día, durante algunos momentos, con toda la locura de sus divagaciones extrañas; conoce a gente cuando actúa con sus figuras de origami en la plaza pública, es popular y querido. Pero nada de eso puede suplir las ausencias más profundas en su vida. Porque Kubo no tiene padres. La madre de Kubo está muerta en vida y el padre de Kubo está muerto en una segunda muerte, la del olvido. Al comenzar a alejarse del mundo por su enfermedad, la madre de Kubo es cada día más inalcanzable, perdiéndose entre las brumas de una memoria que falla y se extingue. El padre de Kubo, al vivir solamente en la memoria enferma de su madre, comienza a desaparecer también entre historias confusas que nunca tienen final.

Así, cuando Kubo cuenta historias, le es imposible llenar un vacío narrativo: todos sus cuentos son su propia historia y, por eso, todos sus relatos están condenados a quedar incompletos. El niño está incompleto, no sabe cuál es su lugar en el mundo, cuál es su herencia, de dónde viene, por qué está aquí y hacia dónde se dirige. Kubo no entiende todavía que él es el narrador de su propia historia, que él debe encontrarse en su propia búsqueda, que las terribles vivencias de cada familia pueden volver a escribirse de la manera que uno quiera, a través del olvido y la ficción como parte íntegra y esencial de lo que compone nuestra memoria. Todos morimos, todos desaparecemos, pero todos permanecemos al incluirnos en el flujo eterno de la palabra y de la ficción, de la memoria que recrea nuestra historia o que nos incluye entre los hombres que nos precedieron y los hombres que nos seguirán. La soledad de Kubo, al no poder acabar su historia, es la soledad de quien no puede cumplir un duelo, de quien no puede anclarse en la historia de sus muertos para vivir un relato propio.

Así, esta película habla de la importancia de la ficción a través de la intertextualidad, habla de cómo todos nos insertamos en la historia de nuestro lugar de nacimiento, de nuestro propósito en el mundo, de nuestra memoria que crea el mundo, que crea nuestro contexto y que nos permite ser parte de la eterna narración de la existencia. Al hacer una película que parece un viejo mito, que toma la forma de cuentos folklóricos ancestrales y que se sitúa en una antigüedad poco precisa, Knight logró crear una sensación de novedad a través de viejos esquemas; de esquemas tan viejos como la memoria cultural de nuestras ficciones míticas.

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Kubo no entiende todavía que él es el narrador de su propia historia, que él debe encontrarse en su propia búsqueda,

Con esto, nos está diciendo que ya todo fue dicho y que todo está por decirse, que no existe una palabra original, que todos insertamos nuestros discursos en letras que han sido utilizadas hasta el cansancio desde el nacimiento del hombre en el lenguaje (o del lenguaje en el hombre) y que, a pesar de eso, todavía podemos encontrar nuevas formas creativas de decir nuestra compleja realidad. Knight cuenta un mito eterno al mismo tiempo que cuenta una historia absolutamente cotidiana sobre cómo superar la partida progresiva de nuestros seres queridos, sobre cómo aceptar la muerte como una necesidad y cómo, finalmente, todos formamos parte de algo más grande en el lenguaje y en la ficción.

En este trasfondo mítico de la película está, entonces, lo cercano de todo mito: las grandes escrituras cosmogónicas hablaban, en verdad, de pequeñas realidades comunes. Kubo es la historia épica de un niño que crece para entender que no todas las familias son perfectas, que no todas las personas que queremos son inmortales y que, persona tras persona, todos nos acercamos inevitablemente a la muerte. Esa muerte en forma de canto, de pájaro dorado, que es final y que no termina con la eterna narración de los hombres, narración en la que participamos como en un viejo diálogo que no empieza ni se acaba con nosotros.

Ésta es una película que habla también de la belleza del mundo y de los peligros de la trascendencia. Porque a lo que apunta aquí la trama es a disfrutar plenamente la vida rica de este mundo corpóreo, lleno de sensaciones. Es, por así decirlo, una idea anti-platónica, que habla sobre la belleza de lo terrenal y la frialdad inhumana de lo verdadero, de lo inmortal, de aquello que trasciende nuestra percepción más básica. Es una película que enseña a los niños que la familia no siempre es perfecta, y que eso está bien; que la gente eventualmente se muere, y que eso está bien; que no podemos esperar trascender este mundo, más allá de nuestras memorias y nuestra ficción, y que eso está muy bien.

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Es una película que enseña a los niños que la familia no siempre es perfecta, y que eso está bien; que la gente eventualmente se muere, y que eso está bien.

Kubo es absolutamente atípica porque, en el mundo de las cintas animadas, sólo Pixar logra estos niveles de inteligencia y respeto por el público infantil. Aquí no hay una moral familiar como en Disney, aquí no hay enseñanza sobre la importancia de ciertos valores, aquí todo son verdades terrenales frente a la vida cualquiera, aquí sólo hay pragmática sincera sobre la belleza de todo lo que muere. Kubo cuenta que nuestras vidas se construyen como narraciones y que toda narración debe tener un final. El final que busquemos depende de nosotros, de la valentía en cada gesto, de la compasión, de la paciencia y la confianza en otros. Estamos rodeados de gente pero, finalmente, encontramos el final de nuestra historia solos. Y toda historia, para ser historia, termina; toda vida, para ser vida, termina. Si parpadean un instante el héroe puede morir porque el héroe necesita terminar su historia, porque el héroe no puede vivir fuera de su ficción, porque todos nos agotamos en la vida de la narración. La muerte es la condición de nuestros cuentos, de la literatura misma, de la belleza como la entendemos. Y eso, nos dice finalmente Kubo, está perfectamente bien.

Lo bueno
  • La hermosísima y ambiciosa animación
  • La dirección íntima, cariñosa y minuciosa de Knight
  • La actuación de las voces en inglés
  • La singular química de Theron con McConaughey
  • Los momentos de brillante comedia oscura y de sencillez risueña
  • El final absolutamente natural y nostálgico
  • La inteligencia general de una cinta que no se disculpa por nada
  • El hecho de que una película de animación se atreva a presentar una trama sobre la mortalidad y la belleza de los finales
  • Que respete profundamente a su público infantil
  • Que termine con una hermosa y absolutamente necesaria rendición de While My Guitar Gently Weeps por Regina Spektor
Lo malo
  • Que el doblaje al español no logra la intensidad emocional de las voces originales
  • Que no ha sido recibida con suficiente entusiasmo por el público en México
Veredicto

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Después del hermoso cover de Regina Spektor, hay un pequeño momento en el que los animadores no se resistieron a mostrar la escala demencial en la que fabricaron esta cinta. Como un último gesto de orgullo, antes de tirar un telón, vemos en cámara rápida la construcción del primer monstruo: el gigantesco esqueleto rojo. La enormidad de esta marioneta, los focos que tiene por ojos, la hermosura del detalle en la fabricación y luego en la manipulación de sus gestos, las referencias al storyboard, todo nos habla de una complejidad absoluta. Pero el detalle que más impresiona es cuando la enorme marioneta se voltea hacia su creador con gesto amenazante. Porque Kubo creaba sus muñecos de papel como una necesidad de entretenimiento y sustento, como un arte que fluía a través de él, como algo para lo que era singularmente bueno; pero también lo hacía para encontrar un sentido a su narración, es decir, a su propia vida.

Cuando el enorme esqueleto se voltea hacia su creador entendemos el gesto de Knight: éste es también un ensayo íntimo para encontrarse, una forma de explorar sus deseos y ambiciones, la forma propia de afrontar la vida y la muerte, la creación de historias y la complejidad de transmitirlas. Es por eso que el resultado es una película tan inteligente y sencilla, directa, concisa, compleja, ambiciosa, desparpajada y humilde. Kubo es una cinta que habla por todos, que habla por la mortalidad y la vida, por la belleza de los finales y por la soledad necesaria de la existencia. Y lo hace con una delicadeza, un humor, un talento y una generosidad impresionantes. Kubo and the Two Strings puede no ser mi película de animación favorita pero estoy convencido de que si hubiera más películas como ésta, tal vez, el mundo sería un lugar mejor.

https://www.youtube.com/watch?v=7BU3ecHy6PA

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Título: Kubo and the Two Strings.

Duración: 102 min.

Director: Travis Knight.

Elenco: Charlize Theron, Matthew McConaughey, Art Parkison, Ralph Fiennes, Rooney Mara, George Takei.

País: Estados Unidos.

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