Fede Álvarez regresa a la pantalla grande con una cinta pulcra, precisa y crudamente inteligente.

Lo vimos desde su primer trabajo, Ataque de Pánico!: Fede Álvarez es un gran talento con enorme sensibilidad de género. Este corto ambicioso, con todas sus limitaciones técnicas, nos mostraba el ataque de unos robots gigantes a la desprevenida ciudad de Montevideo. Cuando se viralizó el resultado, Álvarez recibió toneladas de propuestas para dirigir en Hollywood: algunos querían presentarle nuevos guiones, otros buscaban realizar su corto en largometraje, otros más sólo pusieron cifras estratosféricas sobre la mesa. Al final, el joven director uruguayo se inclinó hacia la compañía productora de Sam Raimi y tuvo el singular honor de dirigir un remake del clásico de culto ochentero Evil Dead. Y nadie esperaba nada; sólo se amontonaban las preguntas evidentes: ¿Para qué hacer un remake de un clásico tan perfectamente situado en su momento? ¿Por qué meterse con el bello recuerdo eterno de esa cinta maravillosa con una actualización que no necesita? ¿Hasta cuándo Hollywood va a parar de jugar con nuestra nostalgia?

Pero el resultado fue sorprendente. Eso no quiere decir que el Evil Dead de 2013 se acerque, siquiera remotamente, a la cinta original de Raimi. No, me refiero a que Fede Álvarez siempre tuvo presentes las preguntas de todo fanático y siempre supo que su creación no podría competir con la original. Así, el director uruguayo tomó un camino respetuoso y valiente al crear su propia versión de la historia, sustituyendo el humor y los efectos prácticos con una lluvia de sangre que empujaba el gore hasta el más absurdo ridículo. La película, en su propio contexto, funciona sorprendentemente bien y Álvarez muestra en ella una soltura y una confianza únicas para un director primerizo. Ahora, cuatro años después, la joven joya del horror, regresa a la pantalla grande con un guión propio. Y, de nuevo, el resultado no decepciona: Don’t Breathe es una película pulcra, precisa y crudamente inteligente. Detrás de un semblante sencillo esta cinta esconde unas entrañas profundamente reflexivas.

Proezas técnicas

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La historia de Don’t Breathe gira en torno a tres jóvenes que tienen que ganarse la vida robando las pocas casas adineradas que quedan en la abandonada y derruida ciudad de Detroit. Un buen día, en medio de tensiones familiares y sueños de escape hacia las soleadas y prósperas regiones de California, Rocky (Jane Levy), Money (Daniel Zovatto) y Alex (Dylan Minette) reciben un pitazo único: un viejo veterano, en un barrio abandonado, recibió una compensación generosa después de que una adolescente rica atropellara a su única hija. El indefenso viejo que, además, es ciego, vive sólo con sus miles de dólares y resulta la presa ideal para que el grupo de jóvenes criminales consiga el dinero necesario para cumplir sus sueños de fuga. Pero la noche en que deciden llevar a cabo el golpe las cosas comienzan a salirse de control. Los victimarios se convierten en víctimas y el hogar invadido se convierte, rápida y angustiosamente, en una prisión agobiante.

La sencilla premisa de la cinta es transmitida con una pasión única por Álvarez: se siente la minuciosidad de un director que calcula cada movimiento de cámara, cada encuadre, cada pequeño detalle en la actuación y en el ritmo, en la iluminación y en los hilos conductores de una narración impecable. Ésta es una cinta hecha con amor y paciencia, que siempre sabe hacia dónde se encamina y que busca la forma más efectiva de llegar a su cometido. Álvarez encuentra así una fórmula cruda y límpida para crear un ambiente de creciente suspenso. Cuando la película agarra vuelo en su tremendo ritmo, todo es tan frenético que el título se vuelve imperativo: ésta es, en efecto, una historia que no te deja respirar.

Los maravillosos logros en la dirección tienen también un reflejo perfecto en la dirección de fotografía a cargo de Pedro Luque. Las largas tomas panorámicas de Detroit que se regodean morbosamente en la destrucción económica de la ciudad son tan visualmente efectivas como apabullantes. Aquí, se dan relevo las secuencias truqueadas para dar continuidad a planos secuencia exasperantes con acercamientos claustrofóbicos y tomas abiertas intimidantes. Además, para lograr un resultado visual de enorme calidad y consecuencia, se combinan claroscuros, juegos de luz y una secuencia de completa oscuridad dirigida con precisión y realizada fotográficamente en impecables negativos. El artilugio de Demme en  The Silence of the Lambs se reinterpreta así de manera magistral, en grises y negros, sin la necesidad de una justificación de punto de vista: aquí, el perseguidor es ciego.

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El suspenso de Álvarez es único y mantiene al espectador en completa tensión durante toda la película

Y, por si fuera poca toda esta efectividad técnica, el diseño de sonido de la cinta es simplemente espectacular. Intercalado en las interminables secuencias de suspenso y persecución, al centro de toda la brutalidad, está, justamente, este hombre ciego. Si la cinematografía jugó con la oscuridad y la luz para representar la ceguera en las persecuciones laberínticas, el sonido lo hace con los pequeños ruidos delatores: las pisadas de zapatos, los ladridos de un perro, los crujidos de la madera bajo el peso de un cuerpo, la respiración entrecortada por el miedo… Luego están los sonidos de las confrontaciones, los golpes secos que se van volviendo húmedos por la materia pulposa de la sangre y la saliva, los huesos que crujen, las balas que rebotan contra el metal y la percusión de una cuarenta y cinco en las tinieblas; los dientes del sabueso cazador, los cerrojos que ceden, las llaves que fallan, los escapes que se frustran.

En medio de todo este deleite técnico, la actuación de Stephen Lang (Manhunter, Avatar) es simplemente apabullante. Utilizando al máximo todos los detalles que logra capturar la fotografía y el enorme equipo de sonido, Lang se transforma en animal, olfatea, ausculta el silencio, prueba el sudor en el aire. Como animal de presa en su propio territorio, el viejo ciego trasciende rápidamente su papel de víctima para convertirse en uno de los mejores villanos de horror de los últimos tiempos. Y, en contraparte, la maravillosa Jane Levy que ya habíamos conocido en su fantástico papel central en Evil Dead, logra una actuación física memorable. Estos dos antagonistas principales son los engranajes eternos de una lucha que no puede cesar, una lucha por la supervivencia en un mundo olvidado, por vivir y procrearse a pesar del abandono, la humillación y la muerte. En sus enormes actuaciones centrales, estos dos actores logran que sus personajes abandonen los roles prototípicos de víctima y victimario para crear los cimientos reflexivos de una cinta que es mucho más inteligente de lo que aparenta a primera vista.

Un género rejuvenecido

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La combinación virtuosa de mecanismos técnicos en el uso de sonidos, en el juego de los olfatos, en los gestos, el desplazamiento de cámaras y de actores, es parte de una importante voluntad de innovación genérica. Porque, claramente, Fede Álvarez toma, como punto de partida, las películas de invasión de hogar que se remontan hasta Dial M for Murder de Alfred Hitchcock en 1954 hasta las dos joyas de Michael Haneke con Funny Games (1997, 2008, pasando por esas bellezas de violencia extrema como Last House on the Left (1972), I Spit in your Grave (1978), Straw Dogs (1971), Cape Fear (1962, 1991), A Clockwork Orange (1971), Ils (2006), Martyrs (2008) y, más recientemente, The Purge (2013). El género se caracteriza por el elemento de intromisión de un factor externo en una intimidad controlada; se basa en un juego de lo interno y de lo externo, de lo familiar y de lo desconocido, de lo hogareño, domado, domesticado y lo salvaje, irracional y violento.

Aquí, Álvarez ejecuta su visión del género revirtiendo los papeles de víctima y victimario. Y esto sucede en un proceso de intromisión progresiva. Los jóvenes asaltantes entran a la casa del viejo y, poco a poco, escarban en su intimidad: primero entran al baño, luego a la cocina, ven sus fotos, descubren su habitación, cómo duerme, entran a su recámara y, finalmente, tratan de ingresar a su sótano. Ahí es donde finalmente descubrirán el terrible crimen del veterano: el secuestro de la adolescente que asesinó a su hija. Con la intromisión progresiva en la intimidad de la aparente víctima, comienzan a develarse los oscuros secretos que él también esconde: de pronto, ya nadie es inocente, ya nadie es víctima evidente y nadie es victimario dominante.

En el momento en que Rocky se roba el dinero del viejo todo se revierte porque, sin saberlo, atentan contra su máxima identidad, contra el sentido profundo de su vida y contra su venganza. El dinero que le pagaron en corte para liberar a la adolescente millonaria que mató a su hija es muchísimo más que una simple suma: representa el único sustituto que le dieron por el cariño perdido; es la compensación legal del Estado frente a un amor incalculable; es el duro intercambio con el que sustituyeron lo insustituible. Sin ese dinero, el viejo no tiene absolutamente nada; sin eso no pierde, nada más, su sustento, sino que pierde la última línea de vida para ejecutar en paz una venganza. El macabro plan de embarazar a la adolescente secuestrada para tener, nuevamente, una hija, es la continuación del simbolismo del dinero: le dieron una compensación que no basta, una compensación que inicia la idea de las reparaciones y de las sustituciones hasta llegar a la idea desquiciada de intercambiar una hija perdida por otra a través del cuerpo del delito original.

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Jane Levy regresa a una película de Álvarez después de su gran actuación en Evil Dead.

Y es aquí en donde se pervierte absolutamente la idea de Dios: él no es el que da y quita, el hombre hace su propia ley, toma lo que es justo y distribuye según un apetito desquiciado. El hombre aparece aquí, en la figura del ciego, como un ser arriba de las leyes de los hombres y de los dioses, es el que ha abandonado absolutamente toda línea moral que lo ancla a la sociedad para establecer sus propias leyes de substitución y reparación: el cuerpo da y el cuerpo quita. Porque el ferviente religioso que extravía la idea de Dios y que quiere actuar su ira retributiva no está muy lejos del sociópata violento.

Así, es en la venganza de este oscurísimo personaje, en la pérdida absoluta de su compás moral religioso, que se transforma, nuevamente, el género de la invasión de hogar. La espantosísima escena de violación con probeta en esta cinta reinventa las escenas de A Clockwork Orange, Straw Dogs y I Spit on Your Grave de una manera singular: el embarazo no es una continuación potencial del trauma sexual, no es aquí una consecuencia azarosa de la violación, sino que es el fin último de ésta. Aquí, el violador no busca una gratificación sexual inmediata sino el adquirir un poder del que carece: la capacidad de reproducirse. Y esta violencia que cumple el sueño masculino de a autoprocreación, que rompe con la divinidad, que destruye toda ley social apropiándose de lo ajeno, es otra innovación en el género. La violencia sexual está muy presente en todas las cintas de invasión de hogar, pero en ninguna encontramos este tipo de extrapolación: al introducir, con probeta, su propio semen en el cuerpo de la secuestrada, el viejo invade la intimidad de la adolescente, deja una marca imborrable en ella, vuelve su cuerpo contra ella.

Éste es el exacto mecanismo de horror presente en las películas de home invasion pero extrapolado a una violencia corporal mucho más íntima. Así, en los recovecos de la invasión de hogar se encuentran los oscuros mecanismos del trauma, de lo no dicho, de la máxima intimidad que oculta fantasmas; son los sótanos que encierran a secuestradas, son las cajuelas que encierran a las niñas que lloran cuando las golpean. Y éste es justamente el marco de la cinta: en el horror de la pobreza y el abandono se tejen las historias no dichas de los abusados, de los que sufren en silencio, de los abandonados del mundo, de los que quedan a su propia suerte, para hacer sus propias leyes inhumanas.

La pobreza es un espectáculo de ricos

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La violencia, en la nueva cinta de Fede Álvarez, es el perfecto opuesto a lo que trató de desarrollar en Evil Dead. Aquí no tenemos el gore desparpajado, la locura de mutilaciones desmedidas y lluvias de sangre, que hace olvidar la violencia en sí. En esta cinta, la violencia es algo medido, pausado y crudo; algo mucho más cercano al tratamiento brutal que quiso lograr David Cronenberg, para un propósito muy distinto, en A History of Violence (2005). Es por eso que en ningún momento se pierde la perspectiva de lo real: en Don’t Breathe los golpes duelen, los puños truenan, los rostros se hinchan y la sangre sale, discreta, a pesar de ella. Este tratamiento de la violencia tan distinto al de su cinta anterior nos muestra que Álvarez se inclinó aquí por el realismo y decidió dejar, muy lejos, lo sobrenatural grotesco. Y, si cavamos más a fondo en las entrañas de su cinta, nos damos cuenta de que lo real cuenta, aquí, un doloroso mensaje social.

Para empezar, esta cinta tiene a Detroit como trasfondo. Eso no es ninguna coincidencia. Después del fracaso estrepitoso de las empresas automotrices y de las terribles crisis que asolaron a la ciudad, Detroit se convirtió en un paraje abandonado del mundo. Lejos de cualquier centro neurálgico de bullicio monetario, este asentamiento humano comenzó a menguar, vaciándose, pudriéndose, consumiéndose en sus propios restos. Y en esta cinta se nos muestra la parte más brutal de la descomposición de Detroit. Éste es un lugar que todos desean abandonar, en el que se entabla una lucha por la supervivencia del más apto: el que huye construye algo, el que se queda permanece en los bajos fondos, consumiendo lo que queda de ciudad. El viejo decide permanecer en este lugar porque no tiene movilidad y porque su perverso plan de venganza necesita del aislamiento y el cobijo que le proporciona el suburbio abandonado que habita. Los jóvenes que entran a su casa necesitan el dinero de este último asalto para partir hacia una tierra de esperanza, una tierra de sol y de bonanza, una tierra que es la quinta economía más poderosa del mundo: California.

Bajo esta perspectiva más amplia, la forma en que se revierten los roles de víctima y victimario adquiere otro significado. El viejo, en realidad, es la víctima del mismo sistema injusto que lleva a los jóvenes a robar, del mismo sistema que permite que los ricos eviten la cárcel y que persigue a los jóvenes delincuentes sin oportunidades. Y el viejo es parte de una de las franjas más desprotegidas de esta sociedad hipócrita que canta himnos de patria mientras abandona a sus heridos veteranos de guerra. Cuando su hija es asesinada, la adolescente que la mata sale libre con el dinero de compensación que pagan sus padres. Y el veterano desprotegido por el estado que lo cegó no puede negar el arreglo económico que le ofrecen, no puede fingir que no necesita de ese sustento para mantenerse en vida, discapacitado, pobre y solo. Así, el dinero que está al centro de toda la película, el dinero que necesitan los jóvenes para huir y el viejo para subsistir es lo que lleva a que los pobres, los delincuentes, los desprotegidos, los discapacitados, se maten entre ellos. El mismo dinero que compró la conciencia apaciguada de los ricos irresponsables es la hoguera en dónde van a quemarse los pobres. Un poco de dinero en medio de tanta desolación causa que todos se maten por él, que todos traten de aferrarse a él para subsistir, huír, existir.

El centro del conflicto no es entonces la perversidad de la venganza del viejo, ni la forma expedita y brutal en la que persigue a los jóvenes, sino lo que puede causar una suma importante de dinero en medio de una terrible desolación. Aquí se muestra entonces un sistema absolutamente perverso en el que los que tienen todo pueden pagar para zafarse de realidades dolorosas mientras que los que no tienen nada deben pelear a muerte para subsistir una noche más con el dinero que cae de los rascacielos, bañado en culpa. El dinero apaciguador de las clases superiores está ahí para que ellos, los que habitan entre los desechos, se destrocen.

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Stephen Lang da una poderosa actuación de gran presencia física

La realidad cruda que se muestra es, entonces, en esta película, es la de una degeneración moral progresiva causada por la injusticia y la miseria. El viejo era un soldado ejemplar y un recto católico (como lo atestigua la marca de una cruz arrancada de la pared de su dormitorio) hasta que las desgracias de la vida lo empujan a abrazar un cinismo violento, sin dios, en el que él mismo traza las reglas torcidas del pequeño mundo que habita. El viejo era, entonces, el héroe norteamericano prototípico: abnegado soldado herido en combate, guerrero de mil batallas que defiende, a capa y espada, su hogar. Sólo bajo la superficie de este semblante heróico se encuentra la perversión de un sistema que lo empujó a la locura. Es por eso que el último clip de noticias no es, como muchos creyeron, un simple intento banal de Álvarez por exprimir una posible secuela. No, ese final muestra cómo la narrativa estadounidense es profundamente hipócrita: la noticia que cuentan va acorde a sus valores porque retrata a un héroe de guerra que sigue esperanzado, que sigue luchando por sobrevivir, que defiende, en legítima defensa, sus bienes. A pesar de su discapacidad, a pesar de los horrores que ha sufrido, para la prensa, éste es el ejemplo a seguir de un hombre defendiendo los valores americanos al resguardar su patrimonio.

La historia truculenta detrás de la noticia seguirá oculta porque el viejo pagó por el silencio de Rocky. De esta forma, ambos son culpables del mismo crimen: los dos se convierten en cómplices de la muerte de una joven embarazada que termina desapareciendo en una tina de chapopote. Y la adolescente asesinada es también una asesina que se disculpó con dinero. Aquí, ninguna víctima es inocente, todos son cómplices y todos están atrapados por la misma maquinaria perversa. El dinero entra en este engranaje sucio y revela, inmediatamente, que todos son a la vez víctimas y cómplices, perseguidos y perseguidores, ladrones y asesinos; todos son títeres desquiciados en el círculo de locura social de una sociedad perversa e hipócrita.

El héroe de las noticias, el viejo que defendió su patrimonio, es, en la intimidad del hogar, el reverso de cómo lo pintan: es el cínico máximo que cree, después de la muerte de Dios, que su regla es la única válida. Es el antihéroe americano, el derrotado sociópata. Y, por eso mismo, es la parte oscura y constitutiva de esta narrativa de valientes, patriotas y soldados. El viejo ciego es, entonces, un superviviente único. Como Rocky, este hombre sale avante después de tanta carnicería. A Rocky la protege el dinero que robó y que, legítimamente, ya no es de nadie. Al viejo lo protege la vieja narrativa norteamericana que dice que todo soldado es inmediatamente un héroe y que un héroe sólo se mancha las manos de sangre por una buena causa. Ambos acaban cobijados por el sistema que los somete: son los desprotegidos, los parias y los excluídos que la maquinaria necesita para girar. El espectáculo de su enfrentamiento televisado, la noticia con las imágenes de la masacre, muestran que la pobreza mata y que la muerte del pobre es un espectáculo necesario. Culpa, dinero, muerte: ésta es, en verdad, nuestra casa.

Lo bueno
  • La dirección minuciosa de Álvarez
  • La gran fotografía
  • El maravilloso diseño de sonido
  • Las sólidas actuaciones físicas del elenco
  • Un guión efectivo y bien llevado
  • La historia reflexiva que entreteje Álvarez
  • Que ésta es una lectura maravillosa de un contexto preciso
  • Que rejuvenece un género difícil
  • Que, sobre todo, logra un maravilloso suspenso sumamente entretenido
Lo malo
  • Que, por la horrible cartelera habitual de horror, no ha tenido mucho público
  • Que no se ha hablado mucho de sus profundas implicaciones culturales
  • Que el próximo proyecto de Álvarez va a tener toda la presión de los reflectores
Veredicto

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Esta cinta es una de las más gratas sorpresa del año que se acaba. Fede Álvarez logró retomar el difícil género de la invasión de hogar para transformarlo y rejuvenecerlo. Así, en la distorsión de víctimas y victimarios, en el juego entre pobreza y dinero abrupto, en la imagen falseada del héroe americano, esta película pinta un panorama desolador de las contradicciones estadounidenses. Y lo hace sin necesidad de solemnidades. Don’t Breathe es una cinta trepidante que reflexiona; es una excelente rendición de un género difícil y retrata un contexto social más interesante que muchas otras cintas con mayor presupuesto y mayores pretensiones. Se confirma maravillosamente lo que vimos desde el primer corto de este prometedor director uruguayo: Álvarez puede hacer muchísimo con muy poco. Esperemos que Hollywood no lo arruine y que podamos seguir disfrutando de sus finos comentarios sobre una cultura estadounidense que observa con la agudeza única de un extranjero adoptado.

https://www.youtube.com/watch?v=76yBTNDB6vU

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Título: Don’t Breathe

Duración: 88 min.

Director: Fede Álvarez

Elenco: Jane Levy, Dylan Minette, Stephen Lang, Daniel Zovatto.

País: Estados Unidos.

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