Civil War es un interesante final para la saga de Steve Rogers y un comienzo prometedor para la tercera etapa del Universo Cinemático Marvel.

Llevamos ya algunos años únicos para los amantes de los cómics. El regreso del amor por la cultura geek nunca ha estado tan efervescente como ahora: tenemos una buena cantidad de películas de ciencia ficción que esperar, la gente se intriga de nuevo por los viajes tripulados a Marte, comprobamos la existencia de ondas gravitacionales, hemos tomado fotos inauditas de planetas enanos y se están haciendo una cantidad pasmosa de adaptaciones de cómics. Las locuras espaciales de la ciencia están emparejándose con nuestro apetito por universos imaginados en el calor colorido de las páginas de historietas. Y este alcance ya lo vimos con Batman vs Superman: Dawn of Justice: la pelea eterna entre la seriedad propositiva de DC y el desparpajo juvenil de Marvel ha invadido otros medios, pasando del papel a las pantallas de streaming, la televisión y las producciones masivas de Hollywood.

Si algo nos enseñó la convulsa y polémica cinta de Zack Snyder fue, justamente, que en Warner Bros. están desesperados por lograr la fórmula que ha estado cultivando pacientemente Marvel. Como dije en mi reseña de The Avengers: Age of Ultron, el universo cinemático de la casa de Stan Lee está completamente construido al punto de llegar a una complejidad inaudita: conocemos una cantidad increíble de personajes de cómic encarnados para la pantalla, relacionamos seres dibujados con series y películas, podemos ver dos horas y media de acción completamente alocada sin que esto represente un riesgo sorpresivo para la corta atención de los espectadores domingueros. El mundo de Marvel está perfectamente instalado después de sus dos primeras fases. Y lo que se estrena aquí no es nada más un cierre a la saga propia del Capitán América sino el comienzo, con fuerza, de una tercera etapa que nos llevará a las peleas más incomprensiblemente cósmicas entre el universo cuántico, los delirios místicos de lo oculto y las guerras infinitas contra un titán enamorado de la muerte. Así que esta cinta es sumamente importante para la construcción del Universo Cinemático Marvel (MCU) y, aceptando el reto impuesto, los hermanos Russo nos han entregado el final digno de una saga y el principio esperanzador de un universo complejo que, a pesar de su larguísima historia en papel y sus 13 películas en pantalla, no deja de sorprendernos.

Correspondencias y respuestas

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Cuando supimos que el título del final de la saga de Capitán América sería Civil War, más de un fanático se quedó pasmado. ¿Cómo era posible poner un arco tan complejo y masivo en una sola cinta? Digo, por más que hicieran una película de nueve horas, sería imposible considerar todas las sub-tramas apasionantes de una serie que revolucionó el universo Marvel en el siglo XXI. Lo que no consideramos en ese momento inicial de sorpresa es que ya no es necesario hacerle honor exacto a los cómics en los que se basan estas películas. Si en un principio la fidelidad al cómic o, al menos, el respeto a los parámetros esenciales que dieron vida a los personajes, era primordial, después de ocho años en que Marvel saca una cinta cada seis meses, los distanciamientos entre el universo de papel y el de la pantalla grande comienzan a ser considerables. Es un poco como la teoría de la mariposa narrativa que tomó prestada George R. R. Martin del matemático Edward Lorenz: el aleteo de una mariposa en un lado del mundo puede producir un huracán en el otro. Así, si al principio de las adaptaciones de Game of Thrones se cambiaron algunos detalles mínimos de las novelas, después de cinco temporadas, estos detalles se convirtieron en diferencias irreconciliables.

¿Y cómo no pensar en la misma parábola para el universo Marvel? ¿Cómo podrían tener cabida todos los elementos esenciales del arco de Civil War en el MCU? De entrada, los X-Men y los Cuatro Fantásticos están fuera de la jugada por asuntos legales con Fox. Y esto no es poca cosa. En este universo no pasaron los eventos de House of M, no hubo M Day, Wolverine no anda de loco matando gente, Ororo no está casada con Black Panther y el apuesto Ben no está por ahí haciéndole sombra a la ausencia imponente del gran Hulk. Aquí tampoco figuran años de historia en los que se incluyen el matrimonio de Jessica Jones con Luke Cage, el de Peter Parker con Mary Jane, la muerte de Gwen Stacy y la sonrisa enloquecida de Norman Osborn; aquí no existen aún las personalidades intrigantes de Cloak y Dagger, ni Tigra, ni la Zona Negativa; aquí no figura la ciencia del Dr. Richards, ni la de Dr. Doom, ni la de un Hank Pym eternamente joven; aquí no encontramos a jóvenes Avengers, ni a otros héroes canadienses, ni los complejísimos problemas de diplomacia galáctica con los Inhumans.

Así que la adaptación de Civil War tenía que ser algo muy distante de una reelaboración fiel que parecía francamente imposible. Y también ya es necesario preguntarnos, ¿por qué no sería legítima una adaptación libre de un universo que es imposible trasladar, por su magnitud y temporalidad alocada, a un medio como el del cine? Respondiendo a esta pregunta con una inusitada muestra de respeto y congruencia, los guionistas de Captain America: Civil War dejaron algunos elementos esenciales de la historia original para transformarla en un evento decisivo, a su escala, en el universo fílmico de Marvel. Christopher Markus y Stephen McFeely, que iniciaron su prometedora carrera hace una década dándole nueva vida a la polémica figura de uno de los actores más intrigantes de la historia de Hollywood (The Life and Dead of Peter Sellers), se han dedicado ahora a la difícil tarea de adaptar cómics. Y en ellos recae la responsabilidad de que la saga individual de Captain America sea una de las más interesantes en el amplísimo proyecto cinematográfico de la casa de Stan Lee. Porque, desde Winter Soldier, se sentaron las bases para relacionar Agents of S.H.I.E.L.D con el MCU, se instaló la relación esencial de los Avengers con la siempre misteriosa figura de Nick Fury y se propuso una trama que jugaba muy bien con viejos traumas de Guerra Fría, las paranoias del espionaje gubernamental y los recuerdos de un héroe americano que, alguna vez, tuvo un sidekick adolescente esencial para el mundo de los cómics: Bucky Barnes.

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Los guionistas de Captain America: Civil War dejaron algunos elementos esenciales de la historia original para transformarla en un evento decisivo, a su escala, en el universo fílmico de Marvel.

En esta cinta, la adaptación funciona con un cambio de escala: en vez de proponer una catástrofe inicial (la explosión en Stamford) para dar cabida a una reforma política puramente estadounidense (la Superhuman Registration Act) que afecta a un amplísimo universo de superhéroes (ansiosos de proteger sus identidades secretas), todo se relaciona con las anteriores catástrofes humanas que han causado las intervenciones de los Avengers en el universo fílmico (desde la batalla de Nueva York, hasta la destrucción de los helicarriers en Washington y la más reciente explosión de Lagos).  En este contexto entonces, la ley no trata de desenmascarar, registrar y volver jurídicamente responsables a los superhéroes en el territorio norteamericano, sino que se convierte en una iniciativa de la ONU para controlar, específicamente, a los Avengers. Y esto, francamente, tiene sentido: ¿por qué querrían proteger su identidad, en este universo, Steve Rogers –probablemente el héroe más famosos de la historia–, Tony Stark –el multimillonario de ostentosa vida pública–, Vision –que está encima de estas cuestiones–, Wanda Maximoff, Natasha Romanoff, Sam Wilson, Rodes o Clint Barton, cuyas identidades son más que conocidas?

Así, el Superhuman Regsitration Act se convierte, más bien, en una medida mundial para restringir los movimientos específicos de los héroes que ya conocimos en las dos cintas anteriores. Este cambio de escala permite que la trama se centre en dilemas muchísimo más personales como, justamente, la relación entre Iron Man y Capitán America. Las cuestiones políticas se diluyen continuando únicamente en el trasfondo de espionaje y Guerra Fría que acarrea, como lastre eterno, el Soldado del Invierno; las relaciones entre personajes se tensan sin necesidad de ampliar el universo y los problemas de relación con el gobierno estadounidense e transforman en una diplomacia planetaria mucho más acorde a la inmediata guerra cósmica que se avecina. Todo esto funciona perfectamente como continuación de Winter Soldier y Age of Ultron, y, además, permite una introducción orgánica de dos personajes importantísimos que resultan maravillosos en pantalla: Black Panther y el nuevo Spider-Man –que, con Tom Holland, me parece la conjunción perfecta de carisma y timidez ñoña que nunca lograron Tobey Maguire ni Andrew Garfield. Así, centrándose en intereses muy distintos a los del cómic, esta película no intenta abarcar algo más allá de sus posibilidades, no cae en la trampa de solemnizar demasiado sus pretensiones –como sí lo hizo Dawn of Justice ni de exaltar, como principio, problemas políticos que situarían la cinta, fuera de la natural locura de Marvel en el cine, en un realismo mal emplazado.

No, en esta película, los ideales se convierten en razones personales evitando explayarse en un recurso de reflexión política innecesaria. El afán de libertad a toda costa del Capitán América se convierte en recuerdo nostálgico por el único superviviente de una época para siempre perdida; la necedad reformista de Iron Man se basa en la culpa, claro, pero también en una nueva sed de venganza por el asesinato de sus padres; la integración de Spider-Man aparece, en una nueva temporalidad, como el rescate inesperado de un joven con talento torpe y trauma de ausencia paterna; los fríos cálculos de Reed Richards se trasladan a la mente conflictuada entre lógica y amor de Vision; y las demás relaciones se entretejen en la pura lealtad de Rhodes o Wilson y la sorpresa simpática de Scott Lang –que nos mostró aquí, maravillosamente, las posibilidades de un Giant-Man tan increíble como inesperado–.

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Todo esto funciona perfectamente como continuación de Winter Soldier y Age of Ultron, y, además, permite una introducción orgánica de dos personajes importantísimos que resultan maravillosos en pantalla: Black Panther y el nuevo Spider-Man.

La dirección segura de los hermanos Russo y el guión sólido de Markus y McFeely permiten que todos estos elementos se trasladen sin exabruptos a la pantalla grande. Aquí se aprovechan todos los recursos narrativos legados por las otras cintas, se entretejen nuevas tramas y se relaciona el mundo de los cómics al de la pantalla con la esencia irrevocable de la guerra civil. Porque, en un momento, pensé que la película sería un completo fiasco y que tendríamos otro terrible caso de “te llamabas Martha”. Si Iron Man, descubriendo la trampa de Zemo –o, más bien, cayendo en ella–, hubiera llegado al complejo de Siberia para enfrentar, junto al Capitán y Bucky a un enemigo común, la cinta hubiera creado conflicto y reconciliación a lo rápido, sin fundamentos y dejándonos un sabor completamente soso (te hablan Snyder). Pero, en vez de esto, la cinta se arriesga a mantener el conflicto de la guerra civil más allá de sus dos horas y medias hacia el futuro de la franquicia. Porque así tenía que ser: los problemas de Stark con Rogers no terminan en el número siete de Civil War sino que se extienden, como ondas en un vaso de agua, mucho más allá de donde se derramó la primera gota.

Porque, en efecto, en ese último diálogo entre el personaje de Martin Freeman (The Hobbit) y un excelso Daniel Brühl (Inglorious Basterds), se confirma que los planes de Zemo en realidad no fallaron: el imperio que siempre quiso derrumbar, usando más la astucia que la fuerza –como lo hace frecuentemente su contraparte de los cómics–, era el de la unión entre los superhéroes. Tal vez Rogers no mató a Stark, pero la separación se vuelve infranqueable: no hay reconciliación posible y la mitad de los Avengers se convierten, con el rescate carcelario, en fugitivos buscados por la policía internacional. Así, la completa falta de resolución al final de la cinta muestra bien los logros de una adaptación que entendió muy bien la serie original y que la transformó para cuadrarla dentro de los parámetros de su universo. Y estos parámetros funcionan a la perfección en el diálogo con películas pasadas… Y con guerras futuras.

Coincidencias y regresos

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Es imposible considerar Captain America: Civil War sin relacionarla íntimamente con Avengers: Age of Ultron. Y esto por múltiples razones. Primero que nada, hay que regresar un poco en el recuerdo para emplazar lo que fue la última película de conjunto de Marvel. La cinta con la que se despidió Joss Whedon de su era de locura fue, por decir lo menos, una última y estrepitosa estela de fuegos artificiales. Esa cinta confió plenamente en el humor y la química de un elenco compuesto para integrar, en poco más de dos horas, la mayor cantidad de escenas de acción que hayamos visto en una película de superhéroes. Peleas entre amigos, entre enemigos, en barcos, en el aire, en la tierra, ciudades voladoras, magia, corredores mutantes, nuevos trajes robóticos, Thor, Hulk, las patadas voladoras de Rogers, la coquetería fatal de Black Widow, el enfoque principal en las maravillosas capacidades de Hawkeye, balazos, hordas de androides asesinos, Vision y James Spader discutiendo cuestiones filosóficas sobre el porvenir humano…

Age of Ultron, además de ser la despedida grandilocuente de Whedon, fue una introducción a las guerras cósmicas del futuro: ahí están presentes, todo el tiempo, las gemas del infinito, Thanos se asoma insidioso y el asunto acaba dando la sensación de que el plan del tiránico titán lleva un rato cocinándose (con Loki, Ronan y el coleccionista en medio). Toda la idea de esa película es que, a pesar de no tener una invasión alienígena en puerta, las cosas nunca podrán ser iguales para la Tierra: hay gemas del infinito en nuestro planeta, el vínculo con otros planos del universo está establecido, Thor ya nos visitó –enamorándose de paso de Natalie Portman–, Loki nos tiene en la mira y Peter Quill sigue buscando un origen que nos acerca a las insidiosas disputas de un vasto universo.  La destrucción de Ultron, con Vision representando una fuerza de vida frente a los designios escondidos de Thanos –que son un impulso de muerte–, introdujo al MCU a la escala cósmica del universo Marvel que se espera, en todo esplendor para el regreso, justamente, de los Russo en el 2018 con Infinity Wars – Part I.

Así, si la anterior película de Avengers dispone la trama cósmica del universo Marvel, Captain America: Civil War responde con la importancia de las relaciones humanas, de la intimidad de los superhéroes, del diálogo más allá de la acción, de la imposibilidad de comunicación, de la división de afectos, de la política humana y de los sentimientos más básicamente nuestros como la venganza, la ira, la culpa y el ego detrás de todo. Esta película cambia entonces, como dijimos, la escala cósmica por la escala íntima: es por eso también que no hubiera tenido ningún sentido ver aquí a Thor o a Hulk. Y digo, ninguno de los dos aparece en verdad en los cómics de Civil War (si no es por el extraño Thor tecnológico que mata a Goliath en un asunto similar a la caída de Rodney Rhodes con el rayo de Vision). Pero estos dos personajes hubieran cambiado el balance por fuerza (Hulk) y potencia divina (Thor) alejando la trama de los héroes humanos que vemos aquí. Digo, lo más sobrenatural en la increíble escena central del aeropuerto son los poderes de Spider-Man que se minimizan rápido por la inexperiencia del muchacho.

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Esta película cambia entonces, como dijimos, la escala cósmica por la escala íntima: es por eso también que no hubiera tenido ningún sentido ver aquí a Thor o a Hulk.

Y sí, si observan detenidamente el plan de Marvel para la tercera fase de su universo fílmico podemos ver cómo se sitúan todas sus cintas en esta misma dinámica: a cada cinta de locura cósmica le seguirá una película de temática terrestre para nivelar el delirio. Así, Spider-Man: Homecoming (2017) irá después de Guardians of the Galaxy 2 (2017), Black Panther (2018) después de Thor: Ragnarok (2017) y Ant-Man and the Wasp (2018) después de la primera parte de Infinity Wars (2018). Todo esto perfectamente calculado para encontrar un equilibrio saludable entre los problemas que nos rebasan completamente y los conflictos internos de unos personajes que sentimos cada vez más cercanos. Es por eso que esta cinta se centra tanto en temas políticos –sin tampoco pretender mucho– y en los traumas íntimos de sus dos personajes principales.

La cinta nos presenta otro lado de Tony Stark con un sorprendentemente joven Downey Jr. arrepintiéndose de no haber sido más cariñoso con sus padres antes de la tragedia que les privó la vida. En una conferencia de MIT, el hombre de hierro se muestra vulnerable, admite su impulso de creatividad como una forma de reconstruir lo que está para siempre perdido, siente la ausencia de Pepper Pots y se nos revela, finalmente, como lo que fue en la serie de Civil War: una persona esencialmente solitaria, corroída por la culpa y con tendencias autodestructivas. La confrontación, frente al elevador, con una madre dolida que le tira en cara el haber asesinado a su hijo, es la gota que derrama un vaso saturado de traumas. La cinta no tenía que decirnos nada más de un personaje que lleva construyéndose en pantalla desde hace ocho años y sin embargo lo hace para volver aún más irreconciliables las diferencias con el Capitán América.

Por su parte, ésta es la continuación perfecta a la nostalgia de Steve Rogers en Winter Soldier. Recordemos nada más cómo se paseaba por el Smithsonian en una exposición sobre sí mismo para recordar a los que se fueron y para encontrar, en su lecho de muerte, a Peggy Carter. Ahora lo vemos reaccionando embrutecido a la mención que hace Crossbones de Bucky para pasar inmediatamente al funeral de la última persona que quedaba en vida de su vieja época. Esto hace el vínculo con Barnes muchísimo más estrecho y vuelve completamente orgánica la separación final e inminente entre Stark y Rogers: uno está sumido en la culpa y el recuerdo latente de sus padres muertos, el otro en la nostalgia de un tiempo perdido y el cariño hacia la única persona que, un siglo después, sigue compartiendo con él todas sus vivencias. El Soldado del Invierno se convierte así en el pivote lógico de la enemistad que causa la guerra civil entre los Avengers y toda la trama política del cómic se vuelve un problema íntimo, sentimental, a la escala muy terrestre de sus debidas proporciones cinemáticas.

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El Soldado del Invierno se convierte así en el pivote lógico de la enemistad que causa la guerra civil entre los Avengers y toda la trama política del cómic se vuelve un problema íntimo, sentimental, a la escala muy terrestre de sus debidas proporciones cinemáticas.

El plan de Zemo aparece entonces como algo genial: al hablar al hotel para pedir su último desayuno impulsa a que el gobierno alemán encuentre al psicólogo asesinado y al disfraz que lo hizo pasar por Barnes: sólo así logra que Iron Man se confronte con la visión –por cierto bastante cruda– de Bucky matando a golpes a sus padres. No hay ningún azar extraño en la enemistad, no se juega la locura imperfecta de un plan macabro (como el de Luthor en Dawn of Justice) y no se vislumbra una posibilidad de reconciliación (como el nombre de Martha en la cinta de DC). Aquí todo cuadra para encontrar, como al final de la serie de cómics, al Capitán América en prisión, sólo que ahora está salvando al grupo que lo apoyó e iniciando verdaderamente la separación definitiva de los Avengers. En este esquema, como en los cómics, la guerra civil no es algo que se resuelve sino un continuo poderoso que marcará definitivamente el MCU para las futuras cintas. Y sólo un titán obsesionado con la muerte podrá, potencialmente, reconciliar lo que se rompió en la verdadera intimidad frágil de los hombres más poderosos del mundo.

Lo bueno
  • La adaptación cariñosa que juega perfectamente con la escala del MCU.
  • El cuidado de los guionistas.
  • La dirección cariñosa y perfeccionista de los Russo.
  • Que son ellos que van a dirigir el resto de las películas de Avengers.
  • La aparición furtiva de Wakanda que me puso la piel de gallina.
  • La reinvención joven de un Spider-Man genial.
  • Todo el tiempo en pantalla de Scott Lang.
  • La escala íntima del conflicto que se cuece de manera orgánica.
  • La buena encarnación de Zemo como agente insidioso del desorden.
  • La estética forma de pelear de Black Panther que es increíble.
  • La pelea central del aeropuerto.
  • El cambio paciente a una película con menos acción y más conflicto interno.
  • Que Marvel, después de ocho años, sigue refinando la manera en que adapta cómics a la pantalla grande.
  • Que la siguiente película será, después de trama terrenal, nuevo delirio cósmico.
Lo malo
  • Que tenemos que esperar un año para ver más de Spider-Man y Black Panther.
  • Que las peleas de derechos con Fox no permitan más integraciones geniales entre los X-Men, Fantastic Four y Avengers.
Veredicto

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Por extraño que parezca, ya no hay mucha diferencia entre una película de Avengers y una trama, en apariencia individual, como la saga de Captain America. El universo fílmico de Marvel ha logrado tal consistencia en su entrelazamiento de películas que ya los títulos de personajes tan centrales como Steve Rogers o Tony Stark se abren, de forma orgánica, para convertirse en películas de ensamble con una complejísima amalgama de personajes. La cuestión aquí parece ser, más bien, elegir quién se puede quedar fuera para no volver aún más convulso el encuentro de superhéroes. Y, aun así, entre tantos personajes conocidos y la ausencia de algunos grandes ejes de la trama original, los guionistas de esta sólida cinta se permitieron introducir de forma orgánica la presencia de dos grandes héroes como Spider-Man y Black Panther. Esta inclusión muestra bien la habilidad y paciencia de Marvel para la adaptación: a pesar de llevar ocho años mostrándonos a superhéroes en pantalla, todavía tienen la capacidad de maravillarnos y sorprender. Porque el rey T’Challa sigue rodeado de misterio, porque esta nueva encarnación genial de Spider-Man sigue guardando sus promesas.

En la escena central del aeropuerto se nota el amor de los Russo por los cómics: la secuencia se construye como una enorme doble plana central, llena de color y simetría. Y ese amor se siente también en el cuidado de la adaptación en el guión, en el desarrollo siempre sorprendente de personajes conocidos, en el uso discreto y bien puntuado de villanos como Zemo, en la forma orgánica de relacionar un universo complejo en otro medio exigente. Lo que está haciendo el MCU nunca antes se había hecho; lograrlo además mostrando paciencia, gusto y cariño es simplemente encomiable. Civil War cambió la enorme escala de los cómics, sus tramas políticas y su inabarcable abanico de personajes por una trama íntima que enfrenta a los grandes héroes de este universo desde sus traumas más añejos. El resultado es orgánico, sorpresivo, coherente y logrado. Las eternas peleas de Age of Ultron se balancean aquí con largos pasajes de diálogo que no cansan, las consecuencias cósmicas a las que se enfrentan los Avengers se convierten en insuperables conflictos internos y las promesas de la tercera fase de un universo vastísimo se instalan con todas las potencialidades de un proyecto realizado con tino, paciencia e inigualable soltura. Marvel ya dejó atrás la conquista, lo que ahora vemos es la confianza de un imperio.

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Título: Captain America: Civil War.

Duración: 147 min.

Fecha de estreno: 29 de abril de 2016.

Director: Anthony y Joe Russo.

Elenco: Chris Evans, Robert Downey Jr., Tom Holland, Don Cheadle, Paul Rudd, Scarlett Johansson, Sebastian Stan, Anthony Mackie, Chadwick Boseman, Elizabeth Olsen, Paul Bettany, Jeremy Renner, John Hurt, Daniel Brühl.

País: Estados Unidos.

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