El alucinante final de Annihilation nos dejó maravillados pero, también, llenos de dudas.

Annihilation fracasó terriblemente en taquilla en Estados Unidos y, para su distribución mundial, los productores tuvieron que optar por sacar la película en Netflix y ahorrarse unos morlacos.

Sin embargo, la cinta es un fenómeno cultural por otras razones muy lejanas a la avaricia de Hollywood. Porque Alex Garland lo hizo de nuevo: creó un universo muy peculiar, muy intrincado, muy inteligente para darnos una obra compleja, de degustación lenta, de ciencia ficción independiente.

La lectura que hace del libro homónimo de Jeff Vandermeer va mucho más allá que el material original: al sólo haber leído el primer y críptico libro de la serie del Southern Reach, Garland tuvo que interpretar él mismo una cinta que no se pensó para tener continuaciones. El resultado nos dejó perplejos, maravillados y llenos de dudas… sobre todo con su alucinante final.

Los errores de Dios

Un día una célula se dividió y nació la creación. Una sola célula perdida en el universo, flotando en una roca. De esa célula salieron dos y luego cuatro y luego ocho, hasta formar todo lo que conocemos.

En un momento hubo una única célula, en teoría. Para duplicarse, las células tienen un mecanismo maravilloso de adaptación que se llama autofagia celular. Se trata de un proceso a través del cual las células deterioradas son “consumidas” por otras células en una forma de reciclaje. Las células se comen entre ellas, se consumen a sí mismas para poder seguir viviendo.

En un momento de Annihilation, el personaje de Natalie Portman habla de un error de Dios en nuestra composición genética: las células, en principio, por su proceso de eterna renovación podrían vivir para siempre. Pero existe una codificación que prevé nuestro deterioro celular, nuestra decadencia, nuestro envejecimiento. Dios, en otras palabras, nos programó para ser mortales.

¿Pero por qué la muerte de las células, el envejecimiento, la mortalidad misma del hombre sería un error de Dios? ¿Si existe un Dios no sería la mortalidad humana una expresión de su voluntad? ¿Ese gesto por el que separa su naturaleza inmanente de nuestra naturaleza secundaria? Y, en cualquier caso, ¿por qué una bióloga diría que el mecanismo más complejo y necesario para la renovación de la vida es un error divino?

Para duplicarse, las células tienen un mecanismo maravilloso de adaptación que se llama autofagia celular: las células se comen entre ellas, se consumen a sí mismas para poder seguir viviendo.

Cuando el personaje de Natalie Portman habla de un error divino plantea la inmortalidad como perfección. La inmortalidad se lograría por un proceso no interrumpido de reproducción celular, como lo vemos en las células cancerígenas que estudia al principio de la película. Estas células, llamadas HeLa (por la mujer de la que fueron extraídas, Henrietta Lacks), son técnicamente inmortales en ciertas condiciones.

Las células fueron tomadas hace décadas del tumor de la cerviz de esta mujer y siguen viviendo, reproducidas al infinito en todos los laboratorios de ciencias biomédicas del mundo. El cáncer es una reproducción caótica e imparable de células, de vida que nos mata, que nos aniquila. La inmortalidad es una fuerza con la que no podemos contender.

Lena, el personaje de Natalie Portman, cree que la mortalidad es un error divino porque piensa que el hombre ya puede juzgar la obra de Dios. En su pensamiento, la ciencia ha llegado a tal grado de comprensión de la creación divina, que puede juzgar los errores de Dios. Y esto supone que, como científica, ella puede reparar esos errores.

Su búsqueda es entonces una búsqueda de la inmortalidad. Cosa que, de cierta forma, encuentra al final de la cinta. Porque pasa por un proceso de transformación: no sabemos exactamente si el humanoide muere o, más bien, se fusiona con ella en un resultado híbrido, una nueva especie, adaptada a este planeta. Una especie que cambia, que tocó a otro Dios para modificarse a sí misma.

Dios, el científico

La reflexión de Annihilation sobre la renovación celular, sobre la imposible inmortalidad del hombre, sobre Dios como un experimentador científico cuya voluntad se plasma en nuestra codificación genética, es el meollo de ciencia ficción de toda la cinta. Aquí es donde se gesta la trama y aquí es donde encontramos una de las llaves interpretativas para entender su misterioso final.

El director Alex Garland explicó, en diferentes entrevistas, que esta cinta fue hecha para verse en varias ocasiones. Y de hecho eso es justamente lo que es Annihilation: un rompecabezas que se (re)construye del final al principio. Por eso Annihilation reclama que te fijes en en los pequeños detalles; detalles como la piel de los protagonistas…

El personaje de Kane (Oscar Isaac), antes de entrar al Shimmer, tiene un tatuaje en el pecho. La forma (que, al parecer, es un oso) se retuerce en espiral alrededor de su corazón. Y cuando sale del Shimmer tiene un nuevo tatuaje.

Un tatuaje que vemos también aparecer en el brazo de Lena, en el soldado que tiene tripas movedizas y en Anya Thorensen (Gina Rodriguez). Este tatuaje es otra forma sugerente, junto a la espiral, de la muerte como principio y de la vida como eterna renovación.

Es una serpiente comiéndose su propia cola en una figura eternamente renovada que forma el símbolo de infinito. El Ouroboros como figura que significa la vida y la muerte, la eterna renovación, una serpiente que necesita alimentarse de sí misma (es decir, autodestruirse) para poder vivir. Una serpiente que, como nuestras células, es autofágica.

El Ouroboros como figura que significa la vida y la muerte, la eterna renovación, una serpiente que necesita alimentarse de sí misma (es decir, autodestruirse) para poder vivir.

Cuando Lena se mira el tatuaje por primera vez en el Área X, después de salir del Shimmer, dice: “corrupción de la forma, duplicación de la forma, ecos”. Con esto se refiere a la manera en que se está creando algo nuevo dentro de la extraña frontera, nuevas formas de vida, nuevas formas de transformar la vida.

El nuevo creador que llegó a la Tierra y se incrustó en un faro, como beacon, como luz guiadora, como estrella que llama a los peregrinos, está experimentando con lo que lo rodea. Cuando vemos la cinta, siempre tendemos a ponernos del lado de la humanidad que comprendemos. Olvidamos que nosotros no somos, necesariamente, los observadores científicos.

Tal vez somos, para este nuevo Dios-científico-extraterrestre que llegó a la Tierra, unos conejillos de indias, como todo lo que lo rodea. El Dios del Shimmer está dividiendo nuevas formas celulares, combinando ADN, duplicando, corrompiendo, creando ecos. Y estos ecos van mucho más allá de formas biológicas.

De hecho, cuando las exploradoras son atacadas por esa extraña fusión de oso con humano, se encuentran en una réplica exacta de la casa de Lena. Eso quiere decir que el Dios del Shimmer, como el Dios marítimo de Solaris, explora también en los recovecos de los recuerdos y reproduce formas, memorias físicas, lugares, sueños…

No podemos saber si la experimentación de este Dios tiene un fin, un punto, algún final. No podemos saber si su experimentación es empírica, si es una forma de comunicación, si es un ataque, un juego o un regalo. Es un Dios y, por lo tanto, es incomprensible. Como bien lo señala la psicóloga en su hermoso monólogo final: se trata de una “mente inimaginable”.

“Es la última fase. Desaparece en la sombra. Mente inimaginable. Ahora faro, ahora mar. No es como nosotros. Es diferente a nosotros. No sé qué quiere o si quiere. Pero no va a acabar hasta absorberlo todo. Nuestros cuerpos y nuestras mentes quedarán fragmentadas en las partes más mínimas hasta que no quede nada de nosotros. Aniquilación.”

¿Qué quiere decir todo esto?

Aniquilación

La aniquilación pasa aquí por dos cuestiones autodestructivas en el centro mismo de nuestra comprensión de lo humano. Por una parte, está la cuestión celular que comentamos anteriormente. Por otra parte, está la cuestión psicológica.

La psicóloga le dice a Lena, en algún momento:

“Pocos se atreven a acabar con su vida, pero todos nos autodestruimos de alguna manera. Fumamos, bebemos, desestabilizamos un trabajo estable, un matrimonio estable…”

Con esto le está diciendo que, en efecto, sabe la razón por la cual su esposo se aventuró a una misión suicida. Kane quiere ir a esa última misión porque se da cuenta de que su esposa lo engaña. Ella, mientras tanto, se odia por engañarlo. Lena en verdad lo ama, pero no puede impedir la tendencia natural humana, psicológica, de la autodestrucción.

Como todas las otras científicas en la expedición, Lena acepta esta misión suicida porque tiene una clara tentación por la autodestrucción. Curiosamente, al entregarse a esta autodestrucción termina por salvar a su esposo. O a algo que, de alguna forma, reemplazó a su esposo.

Esta cinta es entonces una parábola sobre la forma destructiva en que nos relacionamos. Destruimos una relación hasta empujar al otro a abandonarnos, nos destruimos buscando lo que perdimos y, si lo recuperamos, volvemos al mismo ciclo de estabilidad, desestabilidad, construcción y autodestrucción.

La inmortalidad de las células se dobla aquí con la inmortalidad del amor romántico: no es una construcción lineal, progresiva, acumulativa, eterna, sino un ciclo siempre renovable de autofagia, de construcción y destrucción cíclica. Estamos inmersos en la lógica de las pulsiones de amor y de muerte, de la necesidad de la muerte para la renovación de la vida. Muere una relación para que sigan vivos otros lazos afectivos y destructivos con el mundo; muere un ser para que se renueve la especie.

La inmortalidad de las células se dobla aquí con la inmortalidad del amor romántico: no es una construcción lineal, progresiva, acumulativa, eterna, sino un ciclo siempre renovable de autofagia, de construcción y destrucción cíclica

Annihilation funciona entonces como una reflexión sobre cómo aceptamos el ciclo de la vida y el ciclo de nuestras relaciones afectivas; cómo nos casamos por creer en el amor eterno y nos divorciamos porque no podemos vivir nada eterno; cómo investigamos los errores de Dios por creer que podemos corregirlos y nos encontramos con que la proliferación eterna de la vida necesita de la muerte y que somos ajenos a la inmortalidad.

Al final de la cinta, Lena mata al otro Dios para darle nueva vida en sí misma, para integrarse con él en una nueva forma de vida. La misma, en apariencia, pero distinta.

Cuando la están interrogando, Lena voltea a ver un vaso de agua que tiene junto. Con prudencia lo toma y da un trago difícil. Cuando toma el agua, respira, de alguna manera aliviada. Ese es exactamente el mismo gesto que hizo su esposo al regresar a casa: la prueba última de la fusión con ese ser, que también duplicó a Kane, fue tomar agua. Al probarla, el esposo de Lena se descompone: la copia falla a la prueba orgánica de duplicar el cuerpo humano, rechaza el agua y tiene hemorragias masivas, fallos internos de todos los órganos.

Esa primera réplica que mata al Kane original y parte hacia el mundo controlado de los humanos, es un experimento fallido en este nuevo ciclo en el que dos entes se fusionan. El Dios extraterrestre, el científico de otro mundo, falla en su primer experimento simbiótico.

Pero con Lena, acierta. Toma una muestra de ADN, esa gota de sangre que sale de su ojo como una lágrima, para hacer, finalmente, la fusión perfecta de dos organismos, una nueva criatura, un experimento del cual desconocemos el fin.

El Dios extraterrestre destruye su antigua forma porque acaba de crear una nueva especie simbiótica entre él y el ser humano, una pareja en otro jardín del edén, los nuevos Adán y Eva de ojos fulminantes,

Al tomar agua y no descomponerse, sabemos que este Dios acertó por fin en su fusión. Por eso, el personaje de Kane se recupera mágicamente: el Dios extraterrestre destruye su antigua forma porque acaba de crear una nueva especie simbiótica entre él y el ser humano, una pareja en otro jardín del edén, los nuevos Adán y Eva de ojos fulminantes, de iris incandescentes, que empezarán un nuevo ciclo de construcción y destrucción.

Con esta nueva especie que nace, queda la pregunta paranoica que también hizo Alex Garland en Ex Machina: ¿Puede nuestra vieja especie sobrevivir al segundo advenimiento de Adán y Eva? ¿Podemos subsistir frente a una nueva especie inteligente, humana sólo en apariencia, lista para procrear?

Los esposos se reencuentran, se perdonan, listos para un nuevo ciclo. Las especies se encuentran, se fusionan, listas para una nueva partida del Edén. Nace un nuevo mundo con el miedo por el viejo mundo: el advenimiento de un nuevo ser híbrido deja una oscura sensación de miedo en nuestra vieja especie.

Porque sabemos bien qué pasa con las células en decadencia durante el proceso de autofagia: una cosa reemplaza a la otra, lo nuevo se alimenta de lo viejo, lo que llega mata a lo existente, se transforma nuestra relación con el mundo, se transforma el mundo y lo que nace crea y vive a costa de nuestra futura aniquilación.

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