No es un fenómeno reciente. La historia literaria más antigua está plagada de elegidos. Héroes que fueron seleccionados dentro del común de los mortales para alguna hazaña increíble, para una aventura extraordinaria, para un destino único y digno de contarse.

Sin irnos hasta la Biblia o anteriores epopeyas, de Grecia a Babilonia, podemos pensar la ciencia ficción reciente en relación con sus elegidos: Luke Skywalker, un hombre común con una desconocida, brillante y sombría herencia; Mad Max, el policía común transformado, por el dolor y la pérdida, en un vengador anónimo; el prisionero cualquiera elegido por una imagen grabada en la memoria de La Jetée de Marker; y todos los demás ejemplos que se atropellan en la memoria cultural.

Ahora bien, en los últimos años hemos visto una clase reanimada de elegidos. Estos nuevos héroes son los hijos inmediatos de una necesidad narrativa y del gusto por un mecanismo épico que funciona increíblemente bien. Y no hay nada que guste más a Hollywood que los mecanismos sencillos y efectivos de identificación. Se repite entonces el patrón: héroes –generalmente niños o adolescentes- que salen de sus vidas cotidianas, repentinamente, al ser convocados, por alguna dimensión secreta de magia, aventura y maravilla, a realizar un destino increíble.

Tenemos claro a Katniss Everdeen de Los Juegos del Hambre: pequeña chica de un distrito pobre, es sólo una cazadora, nadie da un clavo por ella; y llega a gestar una revolución. También está la adolescente incómoda Lena Duchannes y su pretendiente en Beautiful Creatures: joven que llega a un pequeño pueblo donde nadie la quiere porque sospechan de su adoración por el diablo y, repentinamente, el joven desprevenido que la busca en sueños se ve inmerso con ella en un mundo de magia posible. En la televisión, está la porrista de Heroes que descubre, de un día a otro, las maravillosas capacidades que la llevan a salvar al mundo junto a un peculiar grupo de dotados anormales. Y Bella Swan de Twilight, que no es una adolescente que sufre, no se enfrenta a todos en su nueva escuela, pero sí vive en un pueblillo común y se considera una persona normal hasta que un vampiro le salva la vida y la lleva a ser parte de una aventura amorosa, bélica y trascendente.

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Estos nuevos héroes son los hijos inmediatos de una necesidad narrativa y del gusto por un mecanismo épico que funciona increíblemente bien. (Imagen: Harry Potter)

Desde que Peter Jackson realizó El señor de los anillos y ahora El Hobbit, nos volvemos a encontrar con dos personajes acorde al modelo: Bilbo, un hobbit maduro y testarudo de la Comarca, ser de poco impacto, olvidado, junto con su raza, por el mundo que habita; y Frodo, un hobbit joven que sueña con las aventuras de su tío y que, seleccionado para continuar con sus andanzas, duda a cada paso de su capacidad. Ambos personajes son llevados a destinos fantásticos excepcionales que se realizan completamente con su partida final a la tierra de los inmortales. Por último, está el más querido y paradigmático de estos ejemplos: el pequeño y maltratado huérfano con la cicatriz de rayo en la frente. Harry Potter, claro: un niño en apariencia normal al que se le descubre un mundo en el que se espera mucho de él y en el que cumplirá su anunciada leyenda.

Tal vez exista la necesidad, para la meca de la cultura popular americana, de reconfortar con cuentos increíbles a personas completamente ordinarias. Se podría decir incluso, que los sujetos elegidos, los héroes, se dirigen particularmente al grupo desprotegido que la narración considera afectado: el huérfano, el maltratado, el bulleado, el raro, el inseguro o, por lo general, el hombre, chamaco, adolescente o señorita normal, destinado al –según parece- terrible destino de vivir la vida común que todos vivimos, intrascendentes hasta el tuétano. No digo, por supuesto, que El señor de los anillos esté particularmente dirigido a los hobbits amantes del tabaco, ni que Harry Potter sólo crea identificación con los huérfanos torturados por abusivos obesos. El asunto es que, en esta cultura de sueños construidos y rápidamente frustrados, ¿qué adolescente no se siente huérfano, maltratado o injustamente infravalorado? ¿Quién no se sintió en algún punto inseguro sobre su apariencia, sobre su peso en el mundo, poco valorado por los cánones de belleza o excelencia? ¿Quién no sobrevive con el pequeño resquicio de ego materno que dice, a cada paso, lo especiales y únicos que en realidad somos?

Sea como sea, el punto de esta larga desviación de desviaciones con apariencia de lista informe, es llegar a otro tipo de elegido que pronto será llevado a la pantalla: el niño elegido, el próximo comandante, el violento y retraído Ender de Ender’s Game. Este libro narra la historia de un elegido que no encaja perfectamente en estos patrones inmediatos de identificación y que, en eso, vuelve más profunda e interesante, tal vez, la lejanía siempre cercana de la ciencia ficción. El libro que Orson Scott Card publicó en 1985 y que ganó el Nebula ese mismo año y el Hugo al año siguiente, es un pequeño clásico de la ciencia ficción contemporánea que, a lo largo de la subsecuente saga de novelas, ganó numerosos adeptos. “Ciencia ficción militar”, como le llaman, que se sitúa años después de una invasión alienígena que prácticamente elimina a la raza humana. La tierra se salva, casi por azar, gracias a las maniobras audaces de un comandante de poca monta que termina salvándole el pellejo a todos. Tal vez este personaje, MazerRackham, encaje bien en el patrón del elegido salvador; aunque esa es otra historia.

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Fotograma de la película de Ender’s Game

Después de la debacle, los líderes humanos, tras la casi completa obliteración de nuestro modo de vida, se unen para crear un sistema militar poderoso que destina todo el esfuerzo humano al entrenamiento de nuevos comandantes capaces de repetir la hazaña de Rackham en caso de una nueva, y posiblemente inminente, invasión alienígena. Ender es un niño normal que asiste al colegio monitoreado de cerca, como tantos otros, por los instructores militares. Sus hermanos mayores (el cruel Peter y la amorosa Valentine) fueron promesas descartadas por el programa de entrenamiento y Ender parece ser la nueva esperanza que todos buscan. Llevado joven a la estación de entrenamiento, la novela sigue a Ender durante su duro aprendizaje; mientras en la tierra, sus hermanos confabulan para crear personajes políticos en la red que podrán, en un futuro de paz, reconfigurar el orden mundial.

No puedo decir mucho más del libro sin arruinar por completo su secreto y su sorpresa. Lo que sí puedo decir es que Ender no encaja en la identificación rápida. Es un ser entrañable en el fondo, místico tal vez, pero que muestra la más certera crueldad cuando se le arrincona; una crueldad violenta y exenta de compasión: la crueldad inhumana de todo gran comandante frente al cálculo frío de la victoria necesaria. No hay nada común en la vida de Ender, el sistema político-militar en el que se juega su cotidiano es cercano, como lo es toda posibilidad de ciencia ficción, sin ser inmediatamente trasladable: este estado de excepción es un supuesto lejano para la mayoría de los posibles receptores de la película que se avecina.

Ender es más un elegido renegado, el que, por sus capacidades, se encuentra en donde no quisiera, sometido a las más terribles torturas psicológicas, al más duro entrenamiento. Es cierto que Harry Potter y Frodo y tal vez todos ellos, se quejan de su destino único, de su responsabilidad frente al poder concedido –pensando en los términos arácnidos de un elegido accidental-, pero ninguno de ellos termina tan radicalmente maltratado como Ender: su posición de elegido queda lejos de ser deseable.

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Ender es un ser entrañable en el fondo, místico tal vez, pero que muestra la más certera crueldad cuando se le arrincona

Éstas son sólo algunas de las cosas que diferencian al personaje de Ender del mecanismo narrativo habitual en los últimos éxitos hollywoodenses citados. Suficientes, tal vez, para decir que Ender no es un elegido como los otros. Y lo digo sin paternalismo vicioso: no tengo nada contra el niño de la cicatriz ni ninguna de las sagas citadas, solamente me voy por las observaciones perversas que todos podemos tener. O eso espero. Lo que sí es que a Hollywood le gusta implementar mecanismos narrativos que le funcionaron anteriormente; llega incluso a traducir películas extranjeras para que se acoplen a sus pretensiones genéricas, como tanto hemos visto con el terror asiático.

Algunas traducciones excepcionales se han salvado de este duro escrutinio: Starship Troopers de Verhoeven, por ejemplo. Esta película entró y se mofó por dentro de estos mecanismos narrativos y genéricos sin que nadie, al parecer, se diera mucho cuenta. Digo, hasta canal 5 la compró pensando que sería otro churro que poner en horas incómodas de superestreno viejo para cada dos semanas.

No se puede leer Ender’sGame sin que te quemen la película y viceversa. No paso entonces los límites decentes para este parloteo. En todo caso, sería raro que Hollywood dejara pasar la oportunidad de crear otra saga de elegido. Esperemos que, al menos, por una vez, que no lo maltraten tanto. Cuando la vean entonces, estén atentos a las diferencias: en la novela no existe la dulce identificación y Ender no quiere ser, en principio, otro Harry Potter.

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