Poster oficial de X-Men Dark Phoenix

X-Men: Dark Phoenix es una absoluta falta de respeto para los fans de los personajes y un final gris para la saga de X-Men.


Hace casi 20 años, Bryan Singer empezó la saga más longeva de superhéroes en la historia. Era un inicio complicado en un momento donde no se producían buenas películas de superhéroes (por favor, que nadie hable del Daredevil de Ben Affleck). Pero el innegable talento de un elenco perfectamente bien escogido y de guiones interesantes logró darle nueva vida al género.

Esta vida se agotó, en 2006, con la salida de Singer del universo de X-Men y con la llegada de Brett Ratner (un pozo sin talento disfrazado de director). Así, tuvimos un bodrio llamado The Last Stand. El final de la primera trilogía quiso acabar con nota alta retomando el arco de Chris Claremont y John Byrne, Dark Phoenix, y adaptarlo, de forma bastante peculiar, a este universo. El resultado fue patético.

Sin embargo, la historia de esta franquicia tendría un giro más: cinco años después, con la llegada de un nuevo espíritu fresco: Matthew Vaughn. El productor de las únicas dos películas buenas de Guy Ritchie, le regresó la vida a los ídolos favoritos de la infancia noventera con un recambio generacional tremendamente acertado. Con paletas de color llamativas, una fotografía y un diseño interesantísimos, y la adaptación amorosa de arcos narrativos complejos, First Class y Days of Future Past se encuentran entre las películas más originales e interesantes en el cine de superhéroes. Pero, de nuevo, la felicidad no podía durar y a Bryan Singer se le ocurrió regresar a este universo para darnos una película aún peor que The Last Stand: Apocalypse. Pero, ahora sí, no todo fue su culpa.

(Fox)

X-Men-Dark-Phoenix-Reseña-Fenix-Jean-Grey-Estreno-Opinion-Review, 7 de junio 2019, Ciudad de México

El escritor de Apocalypse, encargado de tomar un gran arco de la historia de los X-Men y transformarlo en una enorme pila de basura choteada y redudante fue nada más y nada menos que el director de Dark Phoenix, Simon Kinberg. ¿Y adivinen qué? Él también coescribió The Last Stand. ¿Y adivinen qué más? Él también escribió la última de Fantastic Four. Estamos, pues, contra el opuesto del Rey Midas, un genio del desastre, que todo lo que toca lo convierte en estiércol.

Pudieron quedarse con el Logan de Mangold, pudieron acabar la saga con una nota alta… pero no, trajeron al peor guionista de la década para acabar la saga. Y, así, esta última cinta, una cinta que debía cerrar todo el arco narrativo de los mutantes en pantalla, que debía hacerle justicia al enorme arco narrativo que vio el apogeo de los cómics de Uncanny X-Men a principios de los años ochenta, es la película más gris, poco inspirada, llana, banal y absolutamente ajena a todo encanto que se haya hecho en esta saga.

Así que, en esta reseña, me voy a tomar el tiempo para comentar, sin spoilers, por qué creo que Dark Phoenix es una película tan fallida. Y, de nuevo, anticipándome a los comentarios de odio habituales, recuerden que esto es mi opinión y que es enteramente subjetiva: si ustedes disfrutaron la película, qué mejor. Yo aquí, sólo cuento mis desgracias.

(Fox)

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Una adaptación peculiar

Dark Phoenix empieza con una escena de contexto: vemos el choque que, de niña, causó con un berrinche Jean Grey y que, aparentemente, acabó con la vida de sus padres. En un adelanto rápido de veinte años, llegamos, de pronto, a la década de los noventa. El profesor X (James McCavoy) ya está bien calvo; las relaciones de los X-Men con la humanidad son, por una vez, excelentes; Magneto vive como buen hippie en una granja; muchos mutantes jóvenes como Quiksilver, Nightcrawler, Storm y Jean Grey parecen estar listos para la acción; y los viejos remanentes de la primera generación, Mystique (Jennifer Lawrence) y Beast (Nicholas Hoult), son profesores responsables.

La trama principal empieza con una llamada del presidente de Estados Unidos a Charles Xavier: un transbordador de la NASA parece haber sido golpeado por una llamarada solar y está girando fuera de control. Los X-Men se viste con uniformes de misión y emprenden un complejo rescate en el espacio. Sin embargo, la fuerza que golpeó al transbordador parece no ser una simple llamarada solar y, después de un sacrificio increíble, Jean Grey termina absorbiéndola.

De regreso a la tierra, los X-Men son recibidos como héroes y todo parece resultar muy bien. Sin embargo, Jean muestra síntomas peculiares: un deseo incomprensible por Scott Summers; un carácter violento; una necesidad compulsiva de beber como springbreaker en Cancún; y unas reacciones de enorme poder psíquico al recordar el traumático episodio del espacio. Pronto, con la llegada de extraterrestres que roban cuerpos humanos, los poderes aumentados de Jean y la errática personalidad de la mutante comenzarán a convertirse en un peligro para los X-Men y para todo el mundo.

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Un origen torcido

Como pueden ver, esta cinta toma prestadas algunas líneas argumentales de la conocida saga de Dark Phoenix, creada por Chris Claremont y John Byrne a finales de los años setenta y principios de los años ochenta. De entrada, tenemos el elemento de la erupción solar y el transbordador que vimos en los números 100 y 101 de Uncanny X-Men y que son, verdaderamente, el principio de la saga. Además, reconocemos a un equipo compuesto por Scott Summers, Jean Grey, Storm y Nightcrawler como la segunda generación de X-Men en la que sólo falta, por razones obvias de producción (y edad), Wolverine.

Después, las referencias se ponen un poco más confusas. Al parecer, Simon Kinberg quiso tomar el marco general de la historia de Claremont y Byrne y darle otro sentido. De entrada, quita muchas de las cuestiones cósmicas. En realidad, nadie esperaba que apareciera el cristal M’Kraan y todo entrara al tono lisérgico de los cómics… Pero, de cualquier forma, nadie esperaba tampoco que la historia de Dark Phoenix se convirtiera en algo tan pedestre.

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Mucho del desarrollo del personaje de Jean Grey intenta retomar las premisas de Claremont en la creación de Dark Phoenix: la tristeza, el odio sin frontera y, por supuesto, el deseo. Sin embargo, a diferencia de la profunda exploración de los cómics (que logran uno de los retratos más intensos del nacimiento de una diosa), aquí Kinberg se limita a algunas líneas de guión y una brutalmente banal química sexual entre Sophie Turner y Tye Sheridan. Y lo pedestre aquí está en que, fuera de estas explicaciones sosas, la exploración del enorme poder de Phoenix se limita a destruir una casa y una patrulla.

En ningún momento vemos muestra alguna del verdadero peligro que representaba Dark Phoenix; un ser que, de sólo existir, llamaba la atención de Silver Surfer y los Watchers; un ser que podía devorar una estrella y matar a cinco mil millones de personas sin el menor remordimiento; un ser que se equipara, para los Shi’ar, a Galactus. El poder de Dark Phoenix en los cómics es cósmico. Aquí, no es nada mucho más preocupante que lo que vimos con Apocalypse o los centinelas de Bolivar Trask.

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En esta cinta, la locura de Dark Phoenix se justifica por la presencia de una fuerza alienígena y el resentimiento que tiene Jean hacia Charles Xavier por haberle ocultado traumas de la niñez. Es decir que Kinberg volvió a utilizar el argumento de The Last Stand de las barreras mentales y volvió a dejar de lado algo importantísimo en los cómics: la idea de que el poder absoluto corrompe absolutamente. En el material original, el ascenso de Dark Phoenix es un ascenso brutal, sensual, desmotivado, caprichoso; es algo indomable porque no tiene sentido, porque no puede aplacarse con disculpas y un té; se trata de una necesidad cósmica voraz, de una satisfacción más allá de lo sexual, de una liberación de poder en alguien que nunca se sintió tan poderosa. Y aquí, todo eso se transforma en un capricho.

En ese sentido, cabe preguntarnos, si iban a hacer una demostración tan mediocre de las capacidades de Jean Grey (que, en serio, se echa un duelo patético con Magneto para levantar un helicóptero), ¿era necesario tomar la saga más amada por los fans de X-Men? ¿Por qué no utilizar otro argumento? ¿Para qué adentrarse con miedo a un arco narrativo tan importante? ¿Por qué no pensar en algo menos arriesgado?

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No podemos responder a estas preguntas, lo que sí podemos decir es que todo lo que se tomó del cómic se diluye en Dark Phoenix. Y no me refiero nada más al poder de la protagonista. No, también los villanos inventados como extraño reemplazo maligno de los Shi’ar, se parecen más a los enemigos de barro estúpido de Suicide Squad que a la contraparte de los cómics. Sombras feas que se convierten en humanos y tienen unas ideas muy extrañas de supervivencia de la especie; villanos hechos a modo para lograr algunas escenas de pelea interesantes y ya. Por eso, por más que Jessica Chastain se rompe el lomo, no tiene nada que hacer con un papel tan mediocre y tan por debajo de sus capacidades.

Ni siquiera los cameos son satisfactorios aquí. En Deadpool 2, una película con muchísimo menos presupuesto y con muchísimas más trabas, vimos a Juggernaut en su hermosa forma original junto a Black Tom Cassidy; tuvimos a Cable, a Colossus y, en ese sentido, nos dio muchas más alegrías de X-Men que las últimas dos películas de X-Men. Aquí, en cambio, tenemos unos cameos terriblemente insulsos. No les voy a decir todos los detalles, pero por ahí aparece Dazzler en la más desplazada y aburrida introducción de un personaje secundario en toda la saga. Es, en serio, horrible.

Todo esto nos muestra el primer error fatal de Dark Phoenix: el guión de Kinberg es una basura. Desde ahí, la realización sólo muestra la absoluta falta de interés que todos tenían en una película tan gris como informe.

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Una oda a lo intrascendente

Una de las cosas más interesantes de las creaciones conjuntas de Claremont y Byrne está en la profundidad que lograron darle a los personajes. Con páginas cubiertas de escritura y detalles íntimos y reflexivos, estos dos escritores formaron, verdaderamente, los personajes que ahora conocemos tan bien. A través de sencillas líneas de diálogo interno podemos saber cómo se siente Colossus en la opulencia americana, o cómo vivió Ororo una infancia muy dura; podemos entender la religión de Nightcrawler, la altiva presencia millonaria de Angel, las dudas de un líder carismático como Charles Xavier, o la profunda relación que se forja entre Scott Summers y Jean Grey.

Por eso, al ver la película de Kinberg, lo primero que me saltó a la vista fue un contraste con la escritura de Claremont y Byrne. Y no hablo aquí de las virtudes de la adaptación, sino de qué tanto se apoya el guión de Dark Phoenix en lo que ya conocemos de los personajes. Este guión parece tan flojo porque muchísimos detalles de creación de personajes los deja a lo que sabemos previamente como ñoños espectadores. Todo en esta película depende de construcciones previas: para entender a Magneto y sus motivos, a Nightcrawler y su miedo, a Xavier y su enorme ego bañado en whisky, el cariño de Bestia por Raven y la relación entre Summers y Grey, tenemos que llenar muchísimos huecos.

(Fox)

Aquí los personajes aparecen como maniquíes que nosotros dotamos de personalidad con referencias previas. Porque el guión es una serie de situaciones sin gran consecuencia, sin ninguna intención de construcción de personajes y con diálogos francamente espantosos. Kinberg, incluso, inventa excusas para la pobreza de sus personajes. La villana que interpreta Jessica Chastain, explica, en algún momento, que no habla más porque acaba de aprender el inglés. Bueno, maravilloso, pero eso no explica que haya intercambios como éste:

“Vuk: Tus emociones te hacen débil

Jean Grey: No, me hacen fuerte”

Digo, ¿quién escribió esta mierda? ¿Un niño de cinco años? La enorme banalidad de la película de Kinberg empieza desde ese guión que se apoya demasiado en el conocimiento de la saga y en la lectura de la obra de Claremont y Byrne. Porque nunca entendemos completamente los motivos de estos personajes unidimensionales. Y, una cosa más, al hacer que los villanos sean los D’Bari (que, en realidad son las víctimas, en los cómics, de la locura de Dark Phoenix), Kinberg está pervirtiendo toda la esencia del personaje y la tragedia de Jean Grey (que, sin quererlo necesariamente, es una genocida). Un error craso e innecesario.

Por otro lado, el enorme colorido de las viñetas de Byrne se convierte aquí, por la virtud de un diseño más que torpe, en una paleta de colores gris que ni siquiera trata, como sí sucede en Apocalypse, de emular la sensación de una época. Esta película pasa en los noventa, pero bien podría pasar en cualquier momento actual. Y la hueva con la que se hizo el diseño de Dark Phoenix es abismal. Una figura tan poderosa no pasa aquí de rayitos en las mejillas, el pelo suelto y una gabardina ondulante. Misma cosa para el uniforme negro, sin ningún sentido, de Magneto. Todo en esta película se mantiene en los mismos tonos opacos para contrastar con las llamas de Phoenix; pero, en vez de resaltar a un personaje pobre, lo hacen mezclarse con el fondo.

(Fox)

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El terriblemente flojo diseño se acompaña, claro, de una fotografía muy poco inspirada que tiene que luchar contra la redundancia. Lo importante aquí no es cómo darle vida a este guión original, sino cómo convertir en algo visualmente original un guión que toma tropos demasiado gastados. Magneto deformando la infraestructura urbana, check; una pelea en un tren especial para transportar mutantes, triple check; un último enfrentamiento con un villano poderoso en medio de un paisaje desolado rodeado de llamas, cuádruple check. Y, hay que decirlo, por más que Mauro Fiore (el pionero fotógrafo de Avatar) se rompe la cara tratando de encontrar algún apelativo visual en esta masa informe, no vemos nada más interesante en pantalla que la ausencia de cejas de Jessica Chastain.

También, como otro enorme gasto de recursos innecesarios, Hans Zimmer hace el score de esta película. Y se mata por encontrar el camino épico de sus más tremendos scores (como la genialidad que hizo en The Dark Knight de Nolan). Pero Dark Phoenix es el contrario de lo épico: aquí no sentimos el peligro inminente y terrible de Avengers: Endgame; aquí no existe la construcción de personajes y el diseño meticuloso de First Class o Days of Future Past; aquí no avanzamos hacia un clímax, no hay lectura política, no hay pérdida y no hay empatía. Esta película carece de todos los elementos que queremos en una película de X-Men y, al mismo tiempo, cree que nos engañó integrándolos todos.

En cualquier caso, si le perdonas todas estas aberraciones a Dark Phoenix, tienes que aceptar algo: ésta no es la manera de acabar con una saga de veinte años. Kinberg tomó uno de los arcos narrativos de cómics más popular de la historia, lo banalizó y lo convirtió en una arremedo patético y nos lo entregó como la obra que finalizaría todas las películas del universo fílmico de X-Men. Y no sé si fue un capricho contra Disney (el equivalente a escupirle a tu Gansito para no compartirlo en el patio de primaria) o si fue una completa inexperiencia como director o si fue su enorme ineptitud como guionista. El punto es que si Dark Phoenix no es la peor película de la saga, es, sin duda, la más dolorosamente inocua y olvidable. Y nadie que creció con estos personajes merecía esta falta de respeto.

(Fox)

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Lo bueno
  • Que McCavoy, Fassbender y Chastain hacen lo que pueden con lo que les dan.
  • Que hay una secuencia de pelea con Nightcrawler que vale la pena.
  • Que no tiene escena post-créditos.
  • Les anciens copains.
  • Que Hans Zimmer siempre trata de rifarse.
  • Que no dura ni dos horas.
Lo malo
  • Todo lo que tiene que ver con Kinberg: producción, dirección y el aberrante guión.
  • La patética introducción de Dazzler.
  • La tristísima actuación de Jennifer Lawrence (tenga tantita madre, señorita).
  • El horrendo diseño de producción.
  • La fotografía tan poco inspirada.
  • Tengo que decirlo de nuevo: el guión.
  • Toda la falta de alegría por hacer cine.
  • Que costó 200 millones hacer esta basura.
  • Que desperdicia los cómics de Claremont y Byrne.
  • Que insulta a los fans con un final mediocre.
  • Que es la cosa más anticlimática del mundo.
  • Que existe.
Veredicto

(Fox)

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Si contamos las películas de Deadpool, ésta es la quinta película de X-Men que me toca reseñar para Código Espagueti. Es un privilegio hacerlo y siempre es un gusto. Pero nunca, ni siquiera con lo horrenda que me pareció Apocalypse, me había sentido tan molesto con una película de X-Men como con esta cinta. Al menos Apocalypse era ridícula y grandilocuente, al menos The Last Stand tenía pretensiones de elencos imposibles en momentos en donde sólo soñábamos con Avengers. Dark Phoenix, en cambio, es una película informe, mal hecha y que demuestra un nulo compromiso con la franquicia. Un final olvidable e intrascendente, una adaptación burda y acalambrada dan como resultado una de las películas más innecesarias de la historia. Es una verdadera vulgaridad pensar que se gastaron 200 millones de dólares haciendo tamaño bodrio. A veces, muchachos, menos es más.

Título: X-Men: Dark Phoenix.

Duración: 114 min.

Director: Simon Kinberg.

Elenco: Sophie Turner, Jessica Chastain, Jennifer Lawrence, James McAvoy, Michael Fassbender, Nicholas Hoult, Tye Sheridan, Alexandra Shipp.

País: Estados Unidos.

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