Ma es una película que nunca atina el tono adecuado entre crítica social y banalidad adolescente.

Tate Taylor no es un narrador particularmente sutil. Digo, a la academia estadounidense le encanta la idea de un blanco condescendiente que sabe utilizar todo tipo de recursos emocionales para hacerlos sentir menos culpables. Y eso está muy bien. Pero, en lo personal, creo que el cine de este director es efectivista, mediocre y, en momentos, francamente espantoso. No disfruté nada de Get on Up (a pesar del tema), no disfruté nada de A Girl on a Train (a pesar de Emily Blunt) y no puedo soportar la horrenda película que es The Help (a pesar de Jessica Chastain). Como se imaginarán, entonces, no estaba particularmente entusiasmado en que Taylor incursionara al horror.

Sin embargo, había algo muy apelativo en la idea de Ma. De entrada, ver a Octavia Spencer salir de su papel de matrona bien intencionada para convertirse en una villana vengativa de slasher sonaba bastante interesante. Luego, esto parecía, desde los trailers, un intento más de lectura social estadounidense a través del terror; algo que no es completamente ajeno a Blumhouse, a pesar de su tendencia al horror barato, y que vimos con cintas como Get Out, Cam, Whiplash y The Purge. Pero ninguna de estas esperanzas se concretó en algo interesante.

Ma es una película que se queda torpemente atorada en medio de dos tonos. A medio camino entre la denuncia social y el horror adolescente más choteado, Taylor nunca toma control de su película. Así, a pesar de todos los magníficos esfuerzos de Octavia Spencer, el resultado es una cinta banal que ni siquiera permite, por el peso de su solemnidad, alguna diversión pasajera.

(Universal)

La historia de un sótano

Erica Thompson (Juliette Lewis) creció en un pequeño pueblo de lo que aparenta ser Mississippi. Tenía muchos sueños y anhelos, era popular en la preparatoria y todo marchaba perfecto. Un día, se casó, tuvo una hija, fue abandonada por su esposo y el sueño se acabó. Sin dinero ni prospectos, Erica decide regresar, con su hija adolescente, Maggie, al pueblo de su infancia.

Maggie ingresa a la escuela local y, rápidamente, se hace amiga de un grupo de chicos populares. Porque, supongo, así se dice: “chicos populares”. Como buenos adolescentes americanos sin figuras paternas y abandonados en un pueblito sin diversiones, este grupo de “chicos populares”, pasan sus tardes tratando de conseguir alcohol y tomando y fumando marihuana en un lote baldío.

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Un buen día, en la entrada de una licorería, Maggie le pide a una extraña que le compre una lista de licores. La extraña se niega primero, pero al ver quienes son los amigos de Maggie -y admitir que fue a la escuela con los padres de algunos de ellos-, decide acceder a sus ruegos. La señora se presenta como Sue Ann y les propone, además del licor, un lugar en donde pueden tomarlo sin repercusiones. Hartos de ser hostigados por la policía, los adolescentes aceptan.

De pronto, ya tienen un hermoso sótano privado, alejado y perfectamente seguro para hacer fiestas; fiestas amenizadas por las colosales cantidades de trago que Sue Ann, ahora apodada “Ma” les compra todos los días. Pero, conforme Ma se vuelve más obsesiva e insistente, el grupo de adolescentes comienza a sospechar que algo no está del todo bien. Y pronto se encontrarán atrapados en una espiral de recuerdos violentos y revanchas desquiciadas.

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Los recursos gastados

Hasta aquí, la película parece tener un argumento particularmente original: la idea de un home invasion invertido con adolescentes, venganza y el regusto de una crítica social aguda. Sin embargo, la idea es mucho menos original de lo que parece. De entrada, el director Tate Taylor quiere situar su película en un tono perfectamente reconocible: el del horror de slasher adolescente que se popularizó en los noventa y que, con tanta fineza, elevó al grado de ensayo Wes Craven con Scream.

Todos los recursos cinematográficos apuntan, con todo descaro, al horror noventero: elementos musicales que van de choteado a choteado en la elección evidente de canciones como “Kung Fu Fighting” y reminiscencias del estilo; los movimientos de cámara son absolutamente previsible y la panoplia de personajes es rígida y evidente. Como bien lo apuntó Drew Goddard en otro maravilloso ensayo de horror, Cabin in the Woods, los personajes se escogen por el tipo de carácter sacrificado al dios del horror adolescente: la chica mala y mal hablada, Haley (McKaley Miller); su novio jock, insolente y un poco idiota, Chaz (Gianni Paolo); el joven negro bien intencionado, Darrell (Dante Brown); la recatada y pura heroína blanca, Maggie (Diana Silvers); y su interés amoroso, el joven blanco que no es pesado a morir, Andy (Corey Fogelmanis).

En estos roles estereotípicos, el guión no elabora mucho: escenas de presión social que hemos visto hasta el hartazgo; tretas por amores que en verdad son calentura; problemas minúsculos de adolescentes frente a figuras de autoridad mal explicadas… Y este tono repetitivo se balconea, aún más, con el uso flojo y absolutamente trillado de recursos cinematográficos y narrativos como el flashback (siempre para entender la maldad explicable por causalidades) y los montajes para resumir la diversión decadente de las fiestas (porque no tuvimos suficientes de esos en los últimos treinta años y, por supuesto, también hay más de un baile del robot).

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Por otra parte, esta cinta parece tomar tropos de otras figuras recurrentes en los noventa como la idea de la mujer amable que se torna peligrosa (Single White Female, Misery y The Hand that Rocks the Cradle), hasta la idea ominosa más reciente de los home invasions trastabillados (como The Gift o The Invitation) y de algunas ideas difusas sobre el síndrome de Munchausen que ya habíamos visto en cortos de Ari Aster. Pero, sobre todo, esta película parece querer acercarse al tipo de horror genial de Fede Álvarez en Don’t Breathe.

Don’t Breathe presenta un argumento básico de home invasion distorsionado para darnos una lectura social y política de enorme impacto y brutalidad. La diferencia está en que Álvarez eligió bien el terreno en el que quería que respirara su película: nunca retiene los golpes y acierta en crear un ambiente absolutamente violento y grotesco para hablar de pobreza en ciudades abandonadas como Detroit. Ma, en cambio, justo cuando puede hacer un comentario social, se retiene para mantener la película en el rango del slasher adolescente. Y es ahí en donde se descalabra completamente.

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Las ideas perdidas

En medio de toda esta melcocha de ideas tomadas de todas partes, de recursos gastados, de fotografía mediocre y movimientos de cámara espantosos, la cinta de Tate Taylor hubiera podido rescatar el orgullo con las interesantes ideas que maneja. Ahí tenemos algunas pistas sobre la sobreprotección materna, problemas raciales, una crítica al abuso de alcohol en jóvenes, un retrato del bullying que fomenta el odio americano, al aislamiento de los pueblos de estados marginales, la soledad, la tristeza, los trastornos mentales mal tratados… Pero Taylor insiste en fijarse en lo banal.

El enfoque de su película, de nuevo, está puesto en Mississippi y, como en The Help, la intención de comprender un problema racial, pasa aquí por los ojos de una chica blanca. En ese sentido, nunca acaba de darse el peso necesario a la diferencia materna entre la madre que interpreta una Juliette Lewis totalmente desperdiciada y la figura desquiciada de Octavia Spencer. Una es la madre cercana a los adolescentes, que conoce sus límites y es cómplice de su hija; la otra, crea un reino grotesco en donde se mimetiza con los adolescentes solamente para descargar viejas rencillas.

Las dos son figuras del “fracaso” americano: en vez de triunfar y salir de su pequeño pueblo, acaban atrapadas en sus miserables pasados, con familias rotas y trabajos humillantes. Pero las dos representan una forma distinta de lidiar con las humillaciones de la vida. El problema aquí es que, cuando vence la madre blanca y templada, todos los traumas que causaron la locura de Ma parecen perdonados. En la última secuencia de la cinta, encontramos una catarsis entre víctima y victimario, entre la mujer acosada y humillada sexualmente y el depredador que caza. Acostados en una cama, bañados en sangre, mientras el fuego los consume, Ma encuentra la paz.

¿Qué está diciendo todo esto?

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En esta cinta, parece haber un extraño morbo por el abuso hacia minorías raciales y por problemas serios en las instituciones de educación americana en torno al bullying y sus consecuencias. Pero todo termina diluído en una catarsis. Cuando Maggie se enfrenta a Ma, dice que ella no se va a quedar de lado, que ella va a enfrentar a los abusadores, que ella va a reparar los errores del pasado. Y lo hace matando a la mujer que abusó de ellos. Si el enfrentamiento fue solamente simbólico, lo que se dice aquí no es menos grave. La idea es que, al enfrentarse con violencia a la violencia, se superan los traumas de la violencia. Es una idea difusa en una película de ideas difusas y, aún así, es una moraleja completamente problemática.

La muerte catártica de Ma, cuando todos se libran de ella a través del valor blanco y el peso destructivo de su propia locura, nos muestra la absoluta falta de valentía de un director que no supo utilizar el género de horror para hacer un comentario social. Ésta película es el opuesto de Don’t Breathe: una cinta mal hecha, mal dirigida, visualmente pobre y que, además, tiene tanto miedo de enfrentarse a verdaderos problemas sociales que los sobrevuela hasta disculparlos.

El cuidado de Tate Taylor muestra bien que no está muy seguro de un liberalismo que roza, constantemente, con el racismo bien intencionado. Y el uso de Octavia Spencer como un opuesto a los constantes roles de matriarca que la caracterizan, se desperdicia por un guión mal llevado y lleno de dudas. Ante todas las preocupaciones de los serios planteamientos que levanta la película, Taylor decide acobardarse y llevar el tono de la película hacia el barato slasher adolescente. Pero todos los montajes, todas las canciones choteadas y todos los guiños noventeros no pueden borrar la verdad sencilla de un director que quedó muy por debajo de sus propias ambiciones. El horror es un género serio y es buen tiempo que todos los directores que quieren maltratarlo entiendan sus riesgos y sus inciertas recompensas.

(Universal)

Lo bueno
  • La actuación siempre sólida de Octavia Spencer.
  • Algunos momentos divertidos de slasher.
  • Que se demuestra que el horror no es un género fácil.
  • Que ya no vamos a ver otra película Tate Taylor en este año.
Lo malo
  • La oportunidad fallida de comentario social.
  • Las actuaciones desperdiciadas de Juliette Lewis y Luke Evans.
  • La pobreza cinematográfica y la pobreza musical.
  • La pobreza de las ideas y del reparto principal.
  • La pobreza de película.
Veredicto

Ma es un completo desperdicio. La premisa de la película tenía ideas críticas interesantes, el casting prometía mucho y, en estos tiempo de horror social, parecía que un director como Tate Taylor podría darnos algunas reflexiones importantes. Pero nada de eso se cumple y Ma termina siendo una melcocha diluida, sin gran originalidad y completamente alejada de los logros valientes de Don’t Breathe. Frente a la cinta de Fede Álvarez, sólo podemos notar que esta película quiso proponer temas serios mientras, al mismo tiempo, mantiene el tono adolescente para jalar público joven. Al final, no nada más tira al traste los temas serios que se propuso, sino que termina por darnos una cinta confusa, sosa, pretenciosa y llena de vulgares errores. Totalmente olvidable.

Título: Ma.

Duración: 100 min.

Director:Tate Taylor.

Elenco:Octavia Spencer, Diana Silvers, Juliette Lewis, Luke Evans.

País: Estados Unidos.

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