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El Miedo a ser controlados en la era del internet

Jorge Luis "Coy" Ringenbach regresa, ahora para seguir hablando de los nuevos miedos de la era digital.
(Barbara Quinn)

El infierno digital no se limita a nuestro natural temor a ser observados, más allá de eso, lo que nos aterra es ser controlados, una especie de paranoia nos acompaña cuando tenemos una luz de conciencia de que si han tomado nuestros datos, si saben… ellos, los desconocidos, los amos de esos misteriosos entes llamados “algoritmos”, dónde estamos, cuánto tenemos y en qué lo gastamos, qué nos gusta y qué nos molesta, entonces, ellos sabrán que hacer con esa información y de alguna manera, que no alcanzamos a comprender, podemos ser utilizados, manipulados, controlados de muchas maneras.

El poder en la nueva era

Y es que el poder no es lo que era, hace algunas décadas, el poder consistía en imponer las decisiones, aún contra nuestra voluntad, durante milenios – y todavía – el súmmum del poder consistía en la fuerza física, en la violencia material; sin embargo, esos tiempos han pasado, nos atemoriza mucho más lo que se pueda saber de nosotros, donde danzan nuestras imágenes, quién conoce el estado de nuestras cuentas bancarias, a quién aplaudimos y a quién vituperamos. El natural ejercicio de la maledicencia, tan humana, se ha vuelto un deporte de alto riesgo. No es ya poco común que nos tiemblen un poco las rodillas cuando entregamos nuestro pasaporte en el área de migración de algún país y el oficial mire su pantalla, nuestro rostro, la pantalla, los papeles, nuestro rostro, la pantalla y así en un juego en el que nos ponemos a repasar lo memes enviados y recibidos sobre Donald Trump, el presidente o una inocente broma de humor negro y si de plano hemos estado leyendo a Philip Dick o a George Orwell, que resulte que alguien nos ha incluido en una lista non santa de la cual no tenemos ni idea. El suspiro cuando nos dejan pasar es un gesto habitual en los viajeros de nuestros tiempos.

Formas sutiles de manejarnos se van tramando a nuestro alrededor y solo cuando hay una erupción escandalosa en los medios nos enteramos que se utilizaron para tal o cual cosa. Los antiguos teóricos de las conspiraciones palidecen cuando se nos informa que las elecciones en Estados Unidos, la situación del medio oriente o las bandas de secuestradores, juegan con nuestros datos y nos hacen parte de sus enjuagas sin que podamos tener forma, ya no de defendernos, sino siquiera de comprender. Sobre todo, porque no tenemos ningún parámetro para saber cuánto de ello es cierto. Dicho de otro modo, las evidencias superficiales nos indican que de muchas maneras nuestro paso por el mundo digital deja rastros útiles que no podemos controlar y que nos hacen vulnerables y que, de varias formas, hay quienes están medrando con ello y controlando buena parte de lo que hacemos.

Por otra parte, la propia noción del poder se transforma, durante muchos siglos, desde que las sociedades organizadas crearon el Estado como forma política dominante, el gobierno fue el gran poderoso, convivía y convive, si con otros poderes, como la prensa o los sindicatos, como la delincuencia organizada o las asociaciones ciudadanas, pero los hombres de a pie veíamos aquellas batallas desde fuera, hasta que alguna crisis económica o una guerra nos alcanzaba y, aun así, la cosa no iba personal pero ahora, todo tiene nombre y apellido, el control se ha vuelto fino, finísimo, de una delicadeza propia de una tortura china – por cierto, nunca he sabido en realidad cómo torturan los chinos -, y en todo ello, la mancha obscura de quienes lo manejan siempre es lo que se ha vuelto indefinido, abstracto, si antes un ser definido, al cual temíamos controlaba ciudadanos absractos, hoy, con precisión nos controla una sombra que nadie parece conocer.

(Boingboing)

El temor a las palabras

Hay dos temores escondidos en esta misma cáscara, uno, es el temor natural a sufrir un daño directo, a que nuestros secretos se conozcan y ello nos traiga problemas, por ejemplo; a ser mal interpretados y que una broma termine con nuestra carrera profesional, cosa que no es nueva si lo pensamos, ahí está La broma, el que puede ser el mejor libro de Milan Kundera y, el otro, el de verdad, es el temor irracional frente a lo que no alcanzamos a comprender; con el agravante de que no se trata de una situación extraordinaria sino de la manera en que parece que tendremos que vivir el resto de nuestros dìas.

Acabo de hacer una pausa para releer lo que estoy escribiendo, me parece una narrativa obscura, apocalíptica, pero me asomo a la habitación de junto y mis hijos juegan tranquilamente, mi mujer lee en paz y en la calle no pasa nada; me pregunto porqué no corre la gente presa del pánico destruyendo sus teléfonos celulares y entonces es cuando me doy cuenta de dónde esta la nuez de todo este asunto; nuestro temor profundo deviene, no sólo de la manera en que estamos siendo controlados, de algún modo u otro siempre lo hemos estado, sino de que nos ha tocado en suerte vivir una época en la que las cosas cambian a enorme velocidad, y esto no es novedad en la historia humana, así lo vivieron quienes presenciaron la invención de la imprenta, o quienes estuvieron presentes en la revolución industrial, el hecho es que ahora todo es más rápido, todo está personalizado y no hay una autoridad centralizada que certifique donde está la ficción, donde la verdad y hacia donde nos dirigimos. Eso es un temor que podríamos llamar, lento, apacible, envuelto en mil y una delicias, el nuevo temor a lo desconocido. El temor final al que pronto nos referiremos.