La responsabilidad de un gran poder, y el poder de la individualidad.

La ley de Godwin dicta que en el ámbito del Internet cualquier discusión que se alargue lo suficiente tarde o temprano terminará en una mención de Hitler o del nazismo. De forma paralela, podríamos enunciar un símil menos nocivo que de momento llamaré la ley Batman: casi cualquier discusión entre tres o más lectores de cómics tarde o temprano deriva en una pregunta que, de tan legendaria, ya es un chiste: ¿Qué sería de los superhéroes sin sus superpoderes? La llamo ley Batman porque invariablemente alguien alega: “Batman no tiene poderes y si dejara de ser Batman de todos modos sigue siendo rico”. Es curioso que en esas discusiones casi nadie repare en Spider-Man: si perdiera sus poderes, lejos de ser millonario, encima tendría que seguir lidiando con todos los problemas que ya tenía por el simple hecho de ser Peter Parker.

Desde el año de 1962 en que apareció por primera vez, en el número 15 de Amazing Fantasy, Spider-Man se ha caracterizado por ser el superhéroe que más apela al doble problema de cargar con una doble identidad.

La historia ya se sabe: un adolescente nerd y huérfano, sin amigos y mucho menos una novia, es picado por una araña radioactiva y en consecuencia adquiere las habilidades que distinguen a los arácnidos: una agilidad homérica, un proverbial sexto sentido, la capacidad de adherirse a la paredes gracias a un velcro microscópico. Sin embargo, en lugar de convertirse en un héroe instantáneo, se decanta por el dinero fácil que provee el espectáculo. Toma el camino del héroe sólo en el momento en el que afronta la tragedia: su tío Ben pierde la vida en manos de un asaltante que el mismo Parker pudo haber detenido.

Spider-Man-1

La lucha de Spider-Man se verá marcada por el intento siempre inútil de revertir en cada aventura la irreparable tragedia que le dio origen. Visto así, el traje de Spider-Man es solamente el conducto que utiliza Peter Parker para librarse de una omisión fatal por la que se sentirá culpable siempre. Por desgracia, no pasará mucho tiempo antes de que Parker comprenda que su labor heroica influye nocivamente en su entorno: su compromiso con la máscara (y con la culpa subyacente) le impide relacionarse con los demás sin que estos salgan perjudicados; cuanto mayores son las proezas de Spider-Man mayores son las tragedias personales de Parker. Por supuesto, cargar con una gran responsabilidad no es sinónimo de cargar con una gran culpa; de ahí que los grandes dilemas del hombre arácnido siempre se reduzcan a decidir entre seguir el deber heroico o atender su atribulada cotidianidad.

Todo lector de cómics en algún momento llega a una serie de preguntas cruciales sobre la vida común de los superhéroes: ¿nunca van al cine?, ¿nunca comen?, ¿nunca van al baño? Sólo Parker alza la mano como ese personaje que nunca llega temprano, que abandona las citas a la mitad, que nunca ve completa una película, el que sacrifica toda felicidad mundana en pos de un deber que no da reconocimiento y ni tregua. En un nivel político, la eterna tensión entre el deber social de Spider-Man y la individualidad de Parker representa la lucha constante entre el compromiso con una comunidad y la responsabilidad individual: no es que sea imposible salvar el mundo y tener una vida propia; es que muy probablemente el mundo no te dé las gracias y en el camino pierdas trabajo o la pareja o ambas.

Spider-Man-5
Cuando los pasajeros acuerdan mantener a salvo la identidad de Parker no están reconociendo a Spider-Man; están subrayando el heroísmo de Peter.

Pero incluso el destino conoce algunas formas del reconocimiento y de la piedad: En Spider-Man 2 cuando un tren se descarrila (acaso como una metáfora de la actividad del héroe en oposición a una sociedad incontrolable) los pasajeros, incluso ante peligro, ven en el lance de Spider-Man un rescate que, dentro de sus parámetros, apenas rebasa lo rutinario. Sólo hasta que reconocen al muchacho inconsciente detrás de la máscara el verdadero azoro se hace presente: “Es sólo un chico”, se escucha. “Podría ser mi hijo”, alega otro. Cuando los pasajeros acuerdan mantener a salvo la identidad de Parker no están reconociendo a Spider-Man; están subrayando el heroísmo de Peter. De forma semejante, Mary Jane desde el principio se siente atraída hacia Spider-Man pero, al levantar la máscara, a quien besa es a Peter Parker.

Como todos sabemos, el devenir de Spider-Man gira alrededor de una frase que no hubiera desagradado a Tolstoi: “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Sin embargo, Dostoyevsky bien hubiera señalado la culpa subyacente en el ejercicio de esa máxima y las circunstancias que le dieron sentido: acaso, una de las mayores aportaciones de Spider-Man al mundo del cómic fue no usar a Parker y sus enemigos para representar la vieja lucha entre el bien y el mal sino, por el contrario, situar esa lucha dentro del mismo hombre araña; los enemigos de Parker son meras variaciones de su destino. Doctor Octopus, por dar un ejemplo, tiene todo en común con Parker: la genialidad y la tragedia; un accidente y una culpa; incluso, cabe resaltar, los pulpos tienen el mismo número de extremidades que las arañas. La diferencia radica en cómo lidiaron con los percances.

En el número final de The Amazing Spider-Man un moribundo Doctor Octopus urde un plan que parece perfecto: con el último de sus inventos (que roza el prodigio de la inmortalidad, máxima aspiración de tantos científicos ficticios) logra transplantar su mente al cuerpo de Spider-Man. Así asegura su supervivencia y, de paso, asesina a su mayor enemigo, que muere en la cárcel de un cuerpo enfermo. Su plan, sin embargo, tiene una fisura que a la larga se volverá fatal: como bien se lo advierte Peter Parker antes de morir, Doctor Octopus, al ocupar el cerebro de Parker, también adquiere su memoria. En un instante conoce todas las circunstancias, experiencias y vivencias que forjaron al héroe arácnido; entiende que Spider-Man no nació el día en que adquirió sus poderes sino el día en el que adquirió conciencia de los mismos.

Spider-Man-2
El Doctor Octopus entiende que Spider-Man no nació el día en que adquirió sus poderes sino el día en el que adquirió conciencia de los mismos.

Como bien alega Rüdiger Safranski, “el mal comienza sólo cuando la conciencia se estrecha a pesar del conocimiento creciente”. Esa frase, que retrata con precisión espeluznante los peligros tecnológicos de nuestro tiempo, describe a la perfección al enemigo cefalópodo de Spidy: Doctor Octopus siempre se distinguió como una mente brillante, un científico de prodigio, pero es un villano al carecer de conciencia. Esta variación del mito del villano, que posee una mente superior pero carece de escrúpulos, es rastreable hasta al mismo Albert Einstein: independientemente de las acciones y pensamientos que tuvo Einstein tras colaborar en la creación de la bomba atómica, cuando legó su cerebro a la ciencia selló, en palabras de Roland Barthes, el mito de la mente brillante como una máquina diseñada para resolver problemas matemáticos pero no dilemas éticos.

Al morir, Spider-Man confronta nuevamente las razones que le dieron origen: “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”: Octopus, en el cuerpo de Spider-Man, admite la máxima del tío Ben no sólo como cierta sino como ineludible; y en ese momento se propone seguir con la labor heroica de Parker bajo un mote carente de modestia: The Superior Spider-Man.

Sin embargo, la historia de Parker no acaba ahí. Muchos años después, un gordo y viudo Peter debe enfrentar que su tataranieto se niegue a creer que aquel anciano que lo cuida los fines de semana alguna vez haya sido un super héroe. La incredulidad del chico radica en una duda: ¿por qué abandonó el traje? La respuesta del anciano ubica la heroicidad en los terrenos de la misma cotidianidad donde se originó: Ya una vez casado y con hijos, los problemas y los villanos no cedían. Una noche, mientras golpeaba a otro supervillano más, se percata de un matiz en la frase del tío Ben: hay responsabilidades intransferibles; cualquier Spider-Man puede continuar la encomiable labor de perseguir a delincuentes, pero sólo Peter puede velar por la familia Parker. En consecuencia, abandona la máscara gracias a esa particular variante de la valentía que rara vez reconocemos como tal: la sensatez. Así, Spider concluye su historia entregándose al que siempre fue el mayor de sus problemas: el reto de ser él mismo. Cualquiera puede ser Spider-Man; la proeza es ser Peter Parker.

Spider-Man-4

Por: Eduardo de Gortari (@edegortari)

temas