¿Quieres recibir notificaciones de nuestro sitio web?

Ciencia ficción y crueldad humana: 10 años de Moon

Para celebrar el décimo aniversario de la joya de Duncan Jones, Moon, reflexionamos sobre su retrato despiadado de la crueldad humana.
(Sony Pictures)

En efecto, muchachos, la vejez nos ha pegado. Ya podemos empezar a contar los días para acabar la segunda década del siglo XXI y empezar a sentir que los noventa son un páramo lejano. En este momento histórico en el que nos sentimos más emocionados por el Omeprazol que por las chelas, es hora de pensar las grandes películas que forjaron el imaginario de nuestro nuevo siglo. Y no hay mejor joya para empezar que Moon.

La mítica ópera prima de Duncan Jones cumple 10 años y no podemos pasar de lado este aniversario. Porque Moon es, sin duda, una de las más importantes películas de ciencia ficción del siglo XXI. En ella se expresan los miedos más recientes; los miedos que no persiguen por la destrucción del planeta, la creciente soledad del individualismo, los avances científicos sin freno y la falta de ética en la voracidad capitalista.

Aquí se juntan los viejos sueños de otras décadas y los nuevos terrores que heredamos. Esta cinta es un hito de reflexión sobre la condición humana en nuestro siglo; un regreso único al género en peligro de la ciencia ficción dura; una clase en filmación de bajo presupuesto; y una cinta entrañable que apachurra corazones al mostrarnos, sin tapujos, la enormidad de la crueldad humana.

Dejémonos llevar, entonces, por el encanto aturdidor de Sam Rockwell y evoquemos todos los recuerdos cariñosos de la ciencia ficción setentera y ochentera para aplaudir, una vez más, a esta obra de arte que habla con tanta sinceridad de la tortuosa condición humana.

Ciencia ficción dura

Los fanáticos de la ciencia ficción se han peleado, por décadas, alrededor de definiciones: ¿Ciencia ficción o fantasía? ¿Ciencia ficción dura o ciencia ficción suave? ¿Ciencia por delante de la ficción? ¿O ficción antes que ciencia?

Por supuesto, estas preguntas siguen sin respuesta… a pesar de algunas concesiones en los extremos. Porque los ejemplos más radicales de ciencia ficción dura parecen ineludiblemente anclados en un extremo del espectro: son identificables por su apego científico, su método, su imaginación en mundos posibles. Es el caso de The Martian de Andy Weir, para un ejemplo reciente, o Solaris de Stanislaw Lem, en un ejemplo clásico.

Por el otro lado del espectro, los ejemplos más clásicos de ciencia ficción suave son fácilmente reconocibles: plantean mundos inexistentes o leyes físicas ajenas para hablar de problemas sociales reales y limitaciones físicas propias. Es la ciencia ficción que se revela en el comentario político, en la crítica del presente, en la mirada oblicua de una realidad cercana. Los ejemplos más conocidos son muchos, pero podemos citar como ilustración las obras mayúsculas de Frank Herbert, Dune, y de Ray Bradbury, Farenheit 451.

En esta vieja disputa con extremos visibles, Moon se sitúa en el centro de la balanza. La intención de Duncan Jones siempre fue la de escribir y filmar una cinta para personas letradas en ciencia ficción. Nunca como pedantería, sino como conversación. Porque su cinta dialoga con la ciencia ficción dura y con la ciencia ficción suave. Estos dos aspectos se manejan, además, con tal cordura, con tal balance, que casi parece un logro imposible.

Por un lado, tenemos una anécdota científicamente posible: en un mundo futuro -sin ninguna precisión cronológica-, la tierra se asfixia bajo los gases de efecto invernadero, la contaminación y toda nuestra constante podredumbre. Pero una compañía encuentra la salvación de la tierra y de la humanidad monopolizando un nuevo recurso: el Helio-3, un isótopo no radiactivo que, en la vida real, se teoriza como el posible futuro de la energía limpia.

Lunar Industries Ltd. se convierte entonces en la compañía más importante del mundo al minar Helio-3 en el lado oscuro de la luna. Este páramo bombardeado constantemente por los rayos del sol (tiene dos semanas de sol seguidas por dos de sombra) y los meteoritos, es el lugar más cercano y accesible de la tierra en donde, teóricamente, existen concentraciones de Helio-3. Y, es cierto, suena mucho más factible minar la luna que irse a meter a un gigante de gas como Saturno o Júpiter.

Moon crea entonces un contexto ecológico y energético absolutamente plausible que entra, de lleno, en la lógica de la ciencia ficción dura. Y, a partir de este marco contextual, abre la posibilidad a toda una reflexión social de ciencia ficción suave.

La amalgama de estos dos registros se da en el subsuelo de la base de Sarang, ahí en donde se esconden, como nichos de cementerio, ciento de clones de Sam Bell.

Para una reflexión social

La despiadada revelación de los clones de Bell al descubrir que no son únicos, que no tienen recuerdos y que nunca han conocido el contacto humano abre la puerta para una reflexión ética. Es ahí en donde vemos más la influencia de Alien en Duncan Jones. Porque ésta es otra gran película de sci fi que habla sobre los peligros del capitalismo desenfrenado.

Aquí, como en Alien, tenemos a una enorme corporación que no se somete a ningún escrutinio externo y que no conoce ningún límite ético. No sabemos si las leyes de la tierra todavía prohíben la clonación, pero eso en realidad no importa: todos los problemas humanos y morales que plantea la forma programática en que tratan a los clones de Sam Bell es horripilante.

Al final de la cinta, cuando Bell se despide de su amigo y compañero, el robot Gerty (con la voz del entonces no tan infame Kevin Spacey), tiene un momento de duda: le pregunta al robot si no le molesta que lo desconecte. A esta extraña duda, muy humana, el robot responde: “No te preocupes, mañana reiniciaré mi programación y el nuevo clon reiniciará la suya”. En la mente de este robot, entonces, los clones de Sam no son más que otro tipo de superficie programable, reprogramable y desechable.

El sacrificio constante de Sam Bell está previsto para cientos de generaciones, no nada más para una, dos o las seis que finalmente logran despertarse. Es un sacrificio cíclico hecho en un altar al sol para mantener viva a la tierra. Y los responsables de hacerlo no se sienten más culpables de lo que llegaba a sentir un sumo sacerdote azteca al destripar un tlaxcalteca. Por supuesto, aquí también media el dinero… pero la salvación de la tierra es algo difícil de rechazar: ¿Cómo puede oponerse la humanidad a este oprobio moral si es lo que permite que la humanidad misma sobreviva?

Aquí la pregunta es: ¿Qué tanto somos capaces de conceder, dentro de nuestra propia humanidad, para sobrevivir? Y la respuesta de Jones es: todo. Los hombres convertimos a la tierra en una prisión cuando la destruímos, cuando le dimos una fecha de colapso. Es más, la convertimos en la celda en la que esperamos que se cumpla nuestra condena de muerte. Para evitar esta condena, la milla verde que todos recorremos, los hombres intercambiaron su humanidad, mediaron un sacrificio renovado cada tres años y se voltearon para ver a otra parte.

La base de Sarang tal vez está en el lado oscuro de la luna porque nadie quiere ver de frente lo que tuvo que hacer para sobrevivir. Sam se convierte en una suerte de Prometeo sin querer: le regaló a los hombres el fuego para ser castigado por los dioses, encadenado a una piedra para ser devorado una y otra vez hasta la eternidad. Pero es un Prometeo que nos avergüenza, el Prometeo incómodo, el creador abandonado por su obra. Nunca fue su elección y los hombres harán todo para olvidar que decidieron por él.

Obsolescencia inhumana

Nunca vemos cuando Sam Bell regresa a la tierra (y voy a ignorar, a propósito, lo poco que nos toca en Mute). Pero, con el buen estilo contextual de Verhoeven, Duncan Jones deja algunas retahílas de noticiarios que nos dan una pista sobre su recibimiento.

En particular, me interesa la última frase que escuchamos, presuntamente, de un analista político:

“¿Le tenemos que creer a ese tipo? ¡Claramente es un loco… y, si no lo es, es un migrante ilegal!”

Lo que me parece tan interesante de esta frase no es la habitual xenofobia americana sino otros detalles. Primero, que los hombres no están dispuestos a aceptar la verdad de lo que plantea Sam Bell. Por supuesto, era de esperarse: él es el sacrificado que se niega al sacrificio, es Teseo que quiere acabar con el tributo a Minos, es la prueba de que la humanidad fue demasiado lejos para salvarse. El rechazo es evidente y muy humano… pero no por eso deja de ser pequeño y triste.

Lo segundo es que el estatuto de los clones no está, en lo absoluto, regulado: ¿Cómo es posible que Sam Bell sea un migrante ilegal si no viene de ningún país? ¿Si, legalmente, es estadounidense? ¿Si ya existe en el país pero ahora, también, es otra persona?

La llegada de Sam Bell a la tierra rompe todo un orden establecido en el que el clon, como el robot, eran entes puramente utilitarios. Y el peligro de este pensamiento, que se asume como un nuevo esclavismo, está en que se utilizan a humanos de forma programable, se les atribuyen facultades, rencores, razones de vida, de frustración y de trabajo para que sean eficientes en tareas muy específicas que aún no se automatizan.

En un mundo en el que la robótica parece más avanzada, todavía no se puede reemplazar la espontaneidad frente a problemas de la mente humana. Y Sam Bell se convierte en una llave de tuercas con vida, en un ratón entrenado para labores superiores o un robot con iniciativa propia. La idea suena, en sí, riesgosa para una compañía que se encuentra a 384 mil 400 kilómetros de distancia… Pero para eso entra, claro, otra distinción entre el robot, la máquina y el hombre: la más cruel e inhumana obsolescencia programada.

El motor de la esperanza

El hecho de que los clones sólo puedan vivir tres años es un giro totalmente macabro que nos muestra la radical crueldad de Lunar Industries. No nada más porque mueran los clones y vuelvan a nacer… sino porque la muerte es el único horizonte de esperanza que tienen. La cámara en la que los incineran es la cámara en la que les prometen que serán transportados de regreso a casa. Y si eso no parece la máxima crueldad eficiente, no sé qué lo sea.

Cuando estuvo en prisión, en Siberia, Dostoievski se encontró con un hombre condenado de por vida que llevaba cuatro años amarrado a una cadena de un metro contra una pared. El hombre soñaba aún con que lo liberaran de la cadena, no para ser libre, sino para poder caminar en el patio de la prisión. Lo que decía Dostoievski al ver este terrible espectáculo, es que la esperanza mantiene vivo al hombre en prisión:

“Él sabe que los encadenados al muro permanecerán en el penal a perpetuidad, hasta su muerte, y con grilletes. Lo sabe y sin embargo ansía cumplir cuanto antes el tiempo que ha de permanecer encadenado al muro. Porque, sin este deseo, ¿acaso podría pasar cinco o seis años encadenado al muro sin morirse y sin volverse loco? ¿Acaso otro podría?”

La programación del término del contrato sirve como promesa para los clones porque nadie podría sobrevivir sin un horizonte de esperanza a una cadena perpetua… o eterna. Necesitan creer que van a salir de ahí para seguir viviendo y esa es la máxima crueldad de la empresa: los programan para que esperen este regreso, para que rueguen por su propia muerte y para volver a empezar el ciclo absurdo.

Lo que es más, no cambian en nada el ciclo inicial: mantienen las mismas conversaciones con la esposa a pesar de que no siempre son buenas noticias las que se intercambian. Lo hacen sentir aislados, pero mantienen vivo en él el deseo de contacto (que es lo que le da fuerza a cualquier persona aislada). Sueña con tener relaciones sexuales con su esposa, como si alguna vez las hubiera tenido; sueña con abrazar a su hija, como si alguna vez la hubiera abrazado; sueña con tomar el aire libre, como si alguna vez lo hubiera respirado.

Aquí vemos la relación fundamental de la crueldad de Outland y del aislamiento humano en Silent Running, dos películas de evidente influencia en Moon. Pero aquí la compañía de Sam Bell, a diferencia de la más nutrida flora y los androides de Freeman Lowell, es de sólo algunos helechos con nombre y una computadora que reacciona con emojis.

A pesar de que Gerty es el absoluto contrario de HAL -con la que comparte, sin embargo, el mismo tono de voz pasivo-, a pesar de que tiene gestos de consuelo que remedan cariño, todo lo que rodea a Sam es frío y estéril. La luna está totalmente desprovista de colores primarios, sus habitaciones son tan blancas que duelen y las pocas plantas que tiene, lo único verde y vivo que observa, se mantienen silenciosas cuando les habla. Todo este aislamiento, toda esta monotonía sirven para que Sam, progresivamente añore más la tierra.

Cuando, finalmente, después de tres años, empieza a enfermarse, este ser energético se va apagando mientras ruega, desesperado, que lo manden al planeta que piensa extrañar pero que nunca ha conocido. Ruega, entonces, por que lo maten y vuelva a iniciar el ciclo eterno de su martirio. Prometeo y Teseo… ahora también, Sam Bell es Sísifo. Pero ninguno de estos roles lo encierra…

El clon que rompe sus cadenas, que se libera del yugo eterno de la rutina repetida puede decidir algo único. Cuando el penúltimo Sam Bell escapa, se da vida a sí mismo despertando un clon y se da muerte dejando el cuerpo maltrecho de la copia cinco en el rover externo. Por un giro único, el clon logra lo que ningún robot y ningún humano han hecho: se da vida y se da muerte para, finalmente, seguir viviendo.

El camino de Sam Bell hacia la liberación de los clones (un espejo de los robots de Assimov) es el camino hacia la superación de su rol instrumental y es la muestra de que cada uno de los despertados puede desarrollar una personalidad única… El camino hacia su liberación dice mucho sobre cómo podemos cambiar, de cómo podemos ser diferentes a lo que creemos que somos. Teseo puede poner otras velas, Prometeo puede desencadenarse y, finalmente, rompiendo la barrera del absurdo, rompiendo la programación que le legaron, el ciclo de lo propio y de lo mismo, al verse finalmente como se ve a los otros, Sísifo puede ser feliz.