Por fin llegó a México a través de Ediciones B la traducción al español de The Martian, la espectacular novela de Andy Weir que tiene al mundo de la ciencia ficción en completo enloquecimiento geek.

Quisimos esperar hasta que esta increíble novela se publicara en nuestro idioma para reseñarla y transmitirles la enorme emoción que nos causó al leerla. Para poder hacer exactamente eso, voy a intentar comentar aspectos más generales de la novela evitando cualquier tipo de spoiler mayor. Porque este relato está lleno de recovecos inesperados, acción trepidante y suspenso de alto octanaje. Y créanos cuando decimos que no queremos arruinarle esa primera lectura alucinante a nadie.

Así que, sin más introducciones innecesarias, les dejo mi opinión sobre una novela sorprendente, simpática, intrigante, curiosa, increíblemente bien escrita y que, sobre todo, tiene el enorme mérito de hacernos soñar de nuevo con eso que alguna vez hizo sentir a todo común mortal como parte integrante de una gran empresa humana: los viajes espaciales.

Una historia de Cenicienta editorial

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Ilustración: Markmolchan

The Martian cuenta la historia del astronauta Mark Watney quien, tras apenas seis días de misión en Marte, es atrapado en una tormenta de arena y abandonado por sus compañeros que lo consideran muerto. Cuando el astronauta abandonado se despierta y se da cuenta de su situación es demasiado tarde: está atrapado en un planeta inhóspito con sólo el soporte necesario para sobrevivir, a lo mucho, unos meses. Considerando que la próxima misión tripulada a Marte llegará en cuatro años y aterrizará a más de 3,000 kilómetros de distancia de donde se encuentra, se podría decir que Watney está en serios problemas. Pero es ahí en donde interviene todo su entrenamiento, su optimismo desbordante, su creatividad de ingeniero y los recursos combinados de la humanidad entera que se desvive por salvarlo. Ésta es la historia de un náufrago contemporáneo, de un viajero interplanetario en circunstancias increíblemente precarias, de una aventura espacial realizada con impecable realismo científico.

Pero ¿de dónde salió esta historia increíble? ¿Cómo se le ocurrió desarrollarla a su intrigante autor? ¿Cómo se convirtió en la novela más comentada de ciencia ficción en años? ¿Por qué hay tantos debates sobre los planteamientos teóricos que han llevado a describirla como la novela más pura de ciencia ficción dura en décadas?

Todos aquellos que curiosean por Internet buscando nuevos relatos de ciencia ficción, se habrán dado cuenta de la enorme cantidad de cosas que se están escribiendo en nuestros días. Ésta es la era de la creatividad amateur, de la auto-publicación, de la experimentación con literatura digital y de la convivencia de nuestras omnipresentes pantallas con el viejo polvo acumulado en las solapas de nuestros libros amarillentos: en esta época un escritor puede tener un trabajo normal de oficina y, por las noches, convertirse en el creador de sueños espaciales. Y esa fue, en un principio, la historia de Andy Weir.

Weir empezó a trabajar desde los quince años como programador en una importante empresa digital. Ya para cuando tenía veintitantos años, lo despidieron de AOL justo cuando la compañía estaba viendo sus mejores épocas. Esto fue providencial para la carrera de Weir: al despedirlo lo obligaron a tomar una decisión financiera brillante pues tuvo que vender las acciones que tenía en la compañía justo cuando éstas alcanzaron sus niveles más altos. Con ese dinero inesperado, Weir pudo dejar atrás su entrenamiento en ciencias computacionales para seguir su sueño de convertirse en escritor de ciencia ficción. Pero nadie quiso publicarlo y, después de tres años de intentos vanos, tuvo que regresar a los trabajos habituales.

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Andy Weir

Con el tiempo, Weir regresó a su pasión por la escritura a través de las herramientas que le proporcionaba el Internet. Empezó a publicar cuentos cortos en su página y a crear una buena base de lectores constantes. Hace un par de años una historia suya llamó la atención de muchas personas: se trata de The Egg (2013), un increíble cuento corto sobre los orígenes del hombre que tiene mucho de locura universal Lemniana. Su base de lectores creció considerablemente y Weir empezó a publicar con regularidad los capítulos de lo que luego sería The Martian. La forma folletinesca de publicación –que recuerda las épocas lejanas de Verne, Dumas y Dickens– creó una enorme expectativa y, cuando la novela se acabó, el público lector exigió un formato más amigable de lectura completa.

Así que Weir puso su libro en Amazon y cobró 99 centavos por cada descarga sólo porque el sistema no le dejaba regalarlo. Y vaya que vinieron las descargas. A un ritmo de más de 300 al día, The Martian se posicionó en las listas de mejores ventas de la página y empezó a alcanzar notoriedad internacional. Crown Publishing, una filial de la enorme Random House, finalmente publicó el libro en versión física y la locura mundial no se hizo esperar. Fue uno de los libros más leídos en el mundo el año pasado y contribuyó a generar una enorme atención pública hacia la ciencia ficción. Y claro, la novela fue tan universalmente alagada, alcanzó tales niveles de venta que la misma semana en que Weir cerró el trato para la publicación del libro, Fox compró los derechos para hacer la película que ya se cocina en las legendarias manos de Ridley Scott.

Ahora bien, lo que resulta impresionante de esta historia de Cenicienta editorial es la maravillosa posibilidad de ver cómo una publicación gratuita, sin fines de lucro, por entregas, en una humilde página de Internet, se ha transformado en un fenómeno literario mundial. Hay algo del regreso a lo folletinesco que me parece fascinante: un regreso a las entregas por capítulos que se nota enteramente en la estructura del libro y en la tremenda adicción que provoca. Porque, como lo dicen varias citas en la solapa de la versión original de Crown, hay que despejar completamente la agenda personal una vez que se abre la novela: es prácticamente imposible no leerla de un tirón, con adrenalina en la pupila, sin poder quitar los ojos del renglón.

Un libro único de ciencia ficción dura

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Ilustración: Luis Peso

La facilidad de la lectura y el suspenso que provoca no son nada más encomiables por la increíblemente fluida y simpática prosa de Weir. Es verdaderamente impresionante que un libro tan lleno de datos duros, de cálculos matemáticos, de consideraciones en física, de soluciones ingenieriles, de fórmulas químicas pueda ser leído con tanta facilidad. Porque Weir es un geek completo. Y lo digo no nada más porque es un fanático de Star Treck, porque tiene una enciclopedia mental impresionante de todos los documentales americanos sobre exploración espacial o por el hecho de que fue un programador que trabajó en Blizzard haciendo Warcraft 2. No, Weir es un consumado curioso de cuestiones científicas. Hijo de un físico de partículas y de una ingeniera en electrónica, Weir siempre estuvo rodeado de ciencia. Y su hobby, para que vean a qué grado llegaba esta curiosidad, era aprender de física y, en particular, de dinámicas orbitales.

The Martian empezó siendo entonces una pregunta en la mente de un curioso: ¿cómo sería posible lograr un viaje de exploración a Marte tripulado por humanos con la tecnología actual? Y Weir comenzó a desarrollar numerosos esquemas con trayectorias orbitales posibles, con impulsos necesarios de propulsores iónicos y consideraciones anatómicas esenciales para lograr tal misión. Pronto, se encontró considerando cuáles serían los más grandes riesgos a los que se enfrentaría la tripulación en su trayecto y en su estadía en el Planeta Rojo. Una cosa llevó a la otra y la investigación curiosa llegó a un punto en que Weir estaba pensando, en teoría, los problemas a los que se enfrentarían los ingenieros de la NASA en una hipotética misión espacial.

¿Recuerdan esa memorable escena de Apollo 13 en que un grupo de ingenieros deposita objetos cotidianos en una mesa y tiene que resolver cómo hacer un filtro de CO² para salvar a los astronautas desesperados? Bueno, pues Weir hizo de esa escena el argumento central de una novela… con Marte de trasfondo. El relato extendido de la supervivencia de Mark Watney en el Planeta Rojo es una constante cascada causal de problemas en apariencia irresolubles, de situaciones fatales, errores humanos y violencias naturales que, aislado en Marte o en comunicación con la Tierra, el ocurrente astronauta tiene que resolver con los elementos a la mano. Y la realización de esta historia de un MacGyver espacial, de un Robison Crusoe interplanetario, de un superviviente que dejaría a Bear Grills babeando por sus meados, es tan minuciosa, tan rebuscada y tan teóricamente coherente que parece casi improbable que alguien la haya creado.

La cantidad de investigación que tuvo que realizar Weir, durante tres años, para lograr el realismo apabullante de su relato fue impresionante. Comenzando por el cálculo de las trayectorias orbitales de los planetas para establecer un calendario coherente en la misión y en todo el desarrollo de la novela. Sí, cada tiempo de comunicación entre Marte y la Tierra está pensado exactamente calculando las distancias que, en un momento particular del relato, hay entre los dos planetas. Todas las trayectorias en los viajes fueron verificadas por simulaciones computacionales considerando las posiciones orbitales, la atracción de los planetas, la velocidad adquirida por los propulsores iónicos en cada momento de la misión, etc. Y digo, por si quieren verlo ustedes mismos, Wired publicó las simulaciones originales que programó Weir para calcular todo el marco temporal de su novela.

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The Martian empezó siendo entonces una pregunta en la mente de un curioso: ¿cómo sería posible lograr un viaje de exploración a Marte tripulado por humanos con la tecnología actual? (Ilustración: Francisdrakex).

En este rígido esquema de tiempo, Weir estableció también una serie de artefactos necesarios para lograr una misión tripulada a Marte. Basándose en las teorías de Robert Zurbin y David Backer para el proyecto teórico del Mars Direct, Weir imaginó una misión que necesitaría una buena cantidad de preparación anterior con viajes no tripulados. Así, según sus especulaciones, se depositarían previamente en Marte buena parte de los instrumentos necesarios para la supervivencia de los astronautas y se implementaría un recolector químico que transforma la leve atmósfera de Marte en el combustible necesario para impulsar un módulo de regreso a la estación orbital. Y sí, por más alocado que parezca, todos estos procedimientos teóricos, como los consideró Zurbin, están basados en tecnología que actualmente existe.

En ese sentido, la novela de Weir busca demostrar, con singular entusiasmo, que este tipo de viajes está al alcance del conocimiento humano. Es verdad que todavía no tenemos un propulsor iónico de tal tamaño (algo lo suficientemente grande para mover una enorme nave con aceleración constante de 2 milímetros por segundo por segundo durante más de cien días en el espacio con un mínimo de materia y un reactor nuclear), ni trajes de exploración espacial que puedan colocarse los astronautas en solitario. Pero estos son avances menores que no requieren un gran salto conceptual a partir de la tecnología que actualmente poseemos. Así, Weir está mostrándonos la posibilidad teórica cercana de una exploración de esta envergadura y, al hacerlo, proyecta un realismo apabullante en una novela que siempre se siente como algo que podría estar ocurriendo.

Y es verdad que vientos en Marte no podrían causar la catástrofe inicial que provoca el abandono de Watney; es verdad que la manera química en que produce agua lo hubiera cocinado vivo por la rapidez en que ejerce la conversión de partículas de hidrógeno; es verdad que hay maneras más simples de librarse del dióxido de carbono que no implican maquinarias tan complejas como las que retrata la novela. Pero estos detalles son realmente insignificantes; son errores naturales de una concepción teórica que podría fácilmente corregirse; son mínimas licencias poéticas que permitían encaminar la batalla central de la novela entre un hombre y los elementos naturales de un planeta inhóspito que, sin conciencia, encuentra siempre formas increíbles de llevarlo al borde de la muerte.

Una novela de optimismo humano sin cursilerías

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Ilustración: RHADS

Una buena cantidad de astronautas han elogiado el logro de Weir (entre ellos el insigne comandante de la Estación Espacial Internacional, Chris Hadfield), físicos, matemáticos y químicos han discutido ampliamente sus teorías de supervivencia y la NASA ha hecho una buena cantidad de acercamientos amistosos privilegiados con el autor (hace un par de meses, incluso, lo llevaron a conocer todas las instalaciones del mítico Johnson Space Center y le asignaron dos especialistas para ayudarlo a promocionar el libro). Y esto no proviene nada más del increíble esfuerzo de realismo científico que logró Weir.

En esta novela encontramos una verdadera conexión emocional con personajes que se sienten cercanos y reales. Al principio de la obra, sólo leemos las entradas diarias al log de vuelo del pobre Mark Watney abandonado en Marte: todo comienza, incluso, con esa célebre frase que ha dado vuelta al mundo: “I’m pretty much fucked” (Estoy bien jodido). Esta introducción en primera persona es particularmente eficaz: comenzamos a conocer la historia de este astronauta abandonado en Marte a través de su propia voz; una voz consciente de su situación que quiere dejar constancia de su tragedia para disculpar a sus compañeros y servir la siempre despierta necesidad científica de un explorador espacial profesional. Pronto, los diarios de Watney se convierten en su única compañía y, mientras pasan los largos días de Marte, su escritura se vuelve más rutinaria pero también más íntima: sin comunicación con la Tierra por un largo periodo de tiempo, el diario es lo único que le da una sensación de compañía… y todo lector se convierte en su interlocutor privilegiado.

Cuando la novela cambia de voz narrativa a la tercera persona, encontramos narraciones bastante desapegadas, descripciones de puntos de vista testimoniales y fríos que dan amplio espacio a las discusiones en estilo directo. Así, cuando Weir narra en tercera persona, sólo lo hace para rellenar un contexto y dejar libre voz a los otros protagonistas de la novela: los encargados de la NASA en la estación de control, los reporteros que hacen comunicaciones especiales en las más grandes cadenas de televisión, los astronautas que dejaron a Watney atrás y que se encaminan a la Tierra, desconsolados, en su vuelo de regreso. Conforme avanza la novela, crece la sensación de estar experimentando algo de primera mano, a través de la única voz de sus protagonistas, desde la posición privilegiada de un espectador impotente. Y así, sentimos una enorme empatía por las personas en la Tierra que ven la pantalla del televisor y se preocupan por la historia extraordinaria de este superviviente fuera de serie: somos, básicamente, un par más de ojos en el drama planetario.

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Comenzamos a conocer la historia de este astronauta abandonado en Marte a través de su propia voz; una voz consciente de su situación que quiere dejar constancia de su tragedia para disculpar a sus compañeros y servir la siempre despierta necesidad científica de un explorador espacial profesional (Ilustración: Oleg Zherebin).

Cada personaje está construido con minuciosidad eficiente: entendemos la seriedad solemne del director de la NASA, la ansiedad de la encargada de las comunicaciones, la necedad indignada del director de la misión, la culpa de los compañeros de Watney y claro, la desesperación paradójicamente optimista del solitario rey autoproclamado del Planeta Rojo. Para lograr la transmisión agradable de tantos datos científicos, Weir creó en Watney a la personificación perfecta del geek sabiondo y burlón: sus logs están plagados de referencias a cultura popular (como la intrigante pregunta de cómo se comunica Aquaman con las ballenas que son mamíferos y no peces), de humor científico, de referencias ñoñas. Y esto se suma a la comicidad desesperada de un ingeniero-botánico privado de contacto humano y que sólo puede escuchar la interminable colección de música disco que abandonó otro astronauta. El vocabulario grosero de Watney y su falta completa de respeto hacia los protocolos de la NASA sólo son la cereza del pastel en la construcción de un personaje completamente empático de simpatía inigualable. Nada más para que se imaginen su desfachatez de superviviente, cuando restablece contacto con la Tierra a través de breves mensajes escritos y NASA le pide que modere su lenguaje, él les responde: “¡Miren! ¡Un par de tetas! –> (.Y.)”.

Finalmente, esta pelea épica del hombre contra la naturaleza tiene mucho del optimismo perdido, desde los años setenta, por la exploración espacial. Hay algo aquí de remanentes de la Guerra Fría, del pensamiento constante de que podemos superar nuestras diferencias ideológicas a través de la empatía mundial por una persona en una situación particularmente desesperada. Y este optimismo no es, en lo absoluto, inocente: Weir no está olvidando aquí la inherente maldad del alma humana, su capacidad para la destrucción y la crueldad. No, lo que se propone en esta novela es que la humanidad puede mirar hacia otros horizontes como una forma de reconciliar diferencias: la exploración espacial ya no nos divide en una carrera entre bloques ideológicos sino que nos puede unir en la sensación compartida de una empresa que se realiza en conjunto, como especie. Y no necesitamos llegar a los extremos de Interstellar para considerar de nuevo esta posibilidad; no necesitamos pensar en el fin de nuestro planeta para volver a mirar las estrellas. Hay algo de humildad fundamental en la ambición descomunal por descubrir otros mundos fuera de nuestro alcance natural: al sentirnos en la cúspide del progreso tecnológico humano también observamos nuestra propia fragilidad.

Es por eso que la NASA está tan entusiasmada por el éxito de esta novela y su pronta adaptación al cine: este fenómeno literario ha sido su mejor acto de publicidad en décadas. Esta novela ha logrado despertar un nuevo interés por el potencial elemento humano de exploraciones tan maravillosas como las ya realizadas con el Pathfinder y el Curiosity. Porque The Martian, con todo y sus cálculos fríos, con todo y sus minuciosas consideraciones teóricas, es una novela profundamente humana que nos cuestiona sobre la necesidad que tenemos el uno del otro, la importancia del conocimiento humano acumulado y la realidad de nuestra capacidad de supervivencia a pesar de la vastedad de un universo inclemente y de la pequeñez destructiva de nuestros pensamientos más egoístas.

Lo bueno
  • La prosa rápida, eficiente y humorística de Weir.
  • La increíble creación realista de la NASA a través de los astronautas, técnicos y directivos.
  • La titánica investigación detrás de un impecable marco temporal y de todos los detalles científicos que incluye.
  • Que está sirviendo como propaganda a la NASA para instigar a nuevos viajes espaciales tripulados.
  • Que revivió las viejas polémicas genéricas sobre la ciencia ficción dura.
  • Que es un viaje trepidante para devorar con placer absoluto.
Lo malo
  • Que se puede confundir el entusiasmo optimista de Watney con el del escritor, aunque sean dos figuras muy distintas.
  • Que una primera novela tan importante puede ser una traba para la posterior carrera de Weir.
  • Que Ridley Scott puede embarrarla completamente. (¿Alguien se acuerda de Exodus?)
  • Que se acaba.
Veredicto

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La descripción precisa del espíritu cooperativo y profesional de los astronautas, el realismo científico y los increíbles desplantes teóricos de esta novela no son más que una parte de sus logros. La prosa de Weir es exacta para transmitir lo que ambiciosamente pretende sin nunca cansar, divirtiendo, intrigando hasta el suspenso más enganchador. Ésta es una verdadera rendición contemporánea de la novela de folletín en los medios digitales, una increíble historia editorial en donde se mezcla el mundo del Internet con el del papel impreso. Un logro en todos los sentidos, un placer certero y una fuente de reflexión profunda sobre los límites del conocimiento humano, The Martian llega a explorar las fronteras de la ciencia ficción dura con una inigualable capacidad especulativa. No se priven del placer de leer este excelso relato, de ver con Watney los inmensos paisajes del desierto marciano, de sentir, cuando finalmente cierren el libro, que sólo les queda limpiarse el sudor y escupir algunos granos de arena roja.

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Título: The Martian

Páginas: 416

Fecha de publicación: 2012/2014

Autor: Andy Weir

Editorial: Crown Publishing Group/Ediciones B

Idioma Original: Inglés

País: Estados Unidos

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