En mayo de este año se cumplieron 35 años del estreno de la icónica obra de Ridley Scott: Alien.

Eso quiere decir que, cosa inaceptable, se nos estaba pasando el año sin hacer un humilde homenaje a esa gran película de ciencia ficción que marcó tan profundamente el género. El otro problema es que resulta imposible discutir todo lo que uno querría sobre Alien en algunas páginas. Pero bueno, qué mejor forma de hacerle un homenaje que con una lista de cinco cosas que nos parecen únicas y memorables de la gran cinta del Xenomorfo.

1. Crear un mitología

Alien-1

Ciertas películas, ciertos libros, ciertos cómics, tienen una irresistible capacidad para convertirse en mitos y engendrar mitologías. Una vez liberados parecen ejercer un poder propio sobre la cultura, la infectan con su genial originalidad y esa única capacidad de asombro. Pasó con Star Wars (1977), claro; pero también con Dune de Frank Herbert, por dar un par de ejemplos. Y Alien es un caso particular que se une a los anteriores con relaciones más estrechas de lo esperado: sin el éxito de Star Wars, 20th Century Fox jamás hubiera aceptado una nueva película de delirio espacial; sin la desintegración del proyecto de adaptación de Dune por Jodorowsky, jamás se hubiera reunido un equipo creativo que juntara al tan querido –y recientemente difunto– H.R. Giger con el guionista Dan O’Bannon y Ridley Scott.

De ahí la historia es conocida: no hay, en la existencia fílmica de la ciencia ficción, un monstruo más icónico que el de la cinta de Ridley Scott. Podrán patalear por ahí Jabba y Depredador en categorías muy distintas de maldad, podrán asomarse todo tipo de humanoides reptileanos, pero nadie en realidad se acerca al carisma involuntario, a la elegancia discreta y el puro terror del Xenomorfo gigueriano. En uno de sus últimos momentos, el androide Ash declara su admiración por ese “sobreviviente, no ofuscado por conciencia, arrepentimiento o ilusiones de moralidad”.

Alien-5
H.R. Giger trabajando en el diseño del Alien

El octavo pasajero, contrariamente a Predator (1987), no muestra motivos complejos, no tiene fines: es la cadena alimenticia coronada, pura voluntad de vida, aquél que se adapta a todo y consume todo para reinar solo. El increíble diseño tomado del célebre Necronom IV de Giger, la figura esbelta y desproporcionadamente larga de Bolaji Badejo abajo del traje de látex, la gracia única de Scott que decidió evitar los trucos habituales y esconder su gloriosa criatura la mayor parte de la película, todo se conjuga para crear ese ser único y eterno.

Las secuelas –una peor que la otra después de la muy querida locura de Cameron– siempre se quedaron con la vista fija en el fetiche del Alien y tuvo que llegar nuevamente Ridley Scott para agregarle vida al misterio del olvidado Space Jockey. Y si Prometheus (2012) no es una joya comparable–aunque hay que revalorarla mucho– o una explicación siquiera, al menos nos vuelve a mostrar las capacidades míticas de la película original. Nada más mitológico: del primer extraterrestre llegamos, en unos treinta años entre cintas, a tratar de explicar el origen de la humanidad.

Y todo esto se dice fácil, pero Alien dio vida mítica al horror en ciencia ficción. Más allá de lo que podríamos agradecerle, digamos que, sí, el Xenomorfo siempre seguirá vivo… en el pecho de cada uno.

2. La originalidad de robar de todo

Alien-9

En algún lugar dijo Dan O’Bannon, el guionista estrella de la cinta: “no robé Alien de ningún lado. Lo robé de todos lados”. Y claro, esta obra maestra de Ridley Scott toma influencias de una cantidad enorme de películas, desde la evidente conexión a Dark Star (1974) de Carpenter hasta The Thing from Another World (1951) y la increíble Forbidden Planet (1956), pasando, claro, por Star Wars (1977). De una saca la idea del alienígena a bordo, de otra el aislamiento, de la siguiente el encontrar a una tripulación varada en un planeta particularmente misterioso y hostil; de la gran saga de Lucas, finalmente, se inspira la idea de que el porvenir no tiene que ser bonito, reluciente y plateado, que en el futuro hay cantinas y briagos interestelares, mecánicos espaciales y grasa cósmica.

En esta mezcla está la tremenda originalidad de Alien: tomó de todas partes para conseguir algo genuinamente auténtico. Es una película de terror en ciencia ficción (“The Texas Chainsaw Massacre en el espacio”, dirá Scott) y, en el horror, es el ejemplo mismo de suspenso construido, lejano a los sustos burdos, paciente, como buena bomba que tarda en explotar debajo de una mesa.

Alien-8
El reparto de la película encabezado por Sigourney Weaver

Para lograr con contundencia este efecto Scott echó mano de algo muy poco común para la época: actores experimentados, mayores, para roles en ciencia ficción. La tripulación del Nostromo –y el guiño a Conrad es interesante– está compuesta de una serie variada de hombres y mujeres que pertenecen a diferentes culturas, con puestos precisos y resentimientos en jerarquías de pago. Cada uno de los personajes en este encierro constante es único y se dibuja bien frente a los otros: el poder firme de Dallas, la fragilidad emocional de Lambert, la seriedad valentona de Ripley, la exaltación quejumbrosa de Parker, la complicidad de Brett, la curiosidad madura de Kent, la frialdad médica de Ash y la ternura pachona de Jonesy.

Este grupo, mezclado y diverso, pero tan bien definido, crea una sensación única de gente ordinaria en situaciones extraordinarias. El futuro es vagamente familiar, como lo son los géneros y las influencias de la película; y es, en esa cercanía precisamente, que todo funciona en conjunto, con singular originalidad, para lograr algo completamente inquietante. 

3. Ciencia ficción diferente

Alien-2

Este futuro cercano, familiar y trabajado, banal y cotidiano, es una representación muy original para la ciencia ficción del momento: todo pasa en esta galaxia y en este tiempo, aquí no hay ópera espacial sino realismo crudo de mundos inventados. El aventurado diseño de arte une la tecnología desgastada a un futuro que mantiene las mismas condiciones explotadoras de compañías –ahora ya transgalácticas-; los monitores viejos se apilan frente a teclados duros; todo parece oler a aceite y óxido, a uso rudo de sudor viejo. (¿Serían así las minas si pudieran volar?) Scott, en todo caso, lo entendió muy bien: entre más avanzado el futuro, más vieja se hace su tecnología, más banal, más común y chatarresca –y si no, pregúntenle a Rick Deckard.

Pero no paran ahí las extrañas innovaciones para la ciencia ficción del momento. No hay un solo humano en los primero 5 minutos de película, la claustrofobia es total a través de largos corredores y espacios cerrados, los efectos de sonido son discretos y los momentos de silencio se multiplican… La premisa era real: Scott no hizo una epopeya espacial de alcance y distancia, hizo un cuento de terror de encierro y oscuridad ahí en donde nadie te puede oír gritar. El futuro espacial no es en Scott espacioso; no está hecho a la medida trascendente de un Kubrick, ni a la enormidad medieval de un Lucas. Aquí el espacio es hostil, apretado, oscuro y silencioso: el infinito no es para nuestra especie. Igual, no hay suspiros científicos: la exploración es de quién la paga; y mucha lástima para todos si los que tienen medios son Weylan-Yutani.

Con un presupuesto limitado –a pesar de conseguir, a punta de storyboards, que se lo duplicaran– Scott logró fabricar un mundo, un ambiente, que no vive de efectos especiales, que se crea solo, a lo discreto, constante y sutil. Un mundo envolvente y realista que no necesita de grandes exaltaciones para ser sincero. Ésta es ciencia ficción fabricada con cariño por gustosos del género: es más ingenio e improvisación que recursos comprados. En esto también, Alien nos sigue dando lecciones: viendo en retrospectiva, no hay mucho de lo que se hace ahora que logre tal calidad con tan poco –honor y reconocimiento a la insigne excepción que es Moon (2009).

4. La profundidad psicológica

Alien-4

Todo en Alien retumba en un ambiente de encierro y silencio pesado. Ahí adentro, entre el metal y el vapor, se aprecia tanto al monstruo porque, justamente, se tarda en aparecer. Como dijimos antes, Scott logró ese suspenso tan eficaz, tan provocador, mezclando el terror de la aparición alienígena con todo el sombrío interior del Nostromo. La nave, de pronto, frente a este temible superviviente, se convierte en refugio, se presta al camuflaje. Y el alienígena la adopta como arma. Colgado entre sus cadenas, escondido en sus ductos o confundido con sus cables, el depredador perfecto se oculta en este nuevo ambiente con criterio y genialidad.

Y claro, de pronto, todo aquello que era familiar –como cantera para los trabajadores–, se convierte en algo terriblemente peligroso. Todo pasa por esta transformación tan típica del suspenso y, sobre todo, del horror psicológico: la extraña irrupción de un elemento mínimo ominoso hace que lo familiar se convierta en algo singularmente hostil. (Para tirarle tantito más a la pedantería, Freud llamaba a esto el Unheimlich, o la perturbación del calor hogareño por un pequeño elemento anormal). Porque todo se organiza así: en cuanto se reanuda la escena típica de familia, el momento de felicidad, relajación y convivio alrededor de la comida, se desencadenan las situaciones más aterradoras. Así reciben la primera inquietante noticia de la señal de emergencia (¿o era advertencia?) que deben investigar. Así también le vuelan el pecho al pobre de Jon Hurt en una de las escenas más memorables del horror moderno. Todo esto pasa entre café y risas, leche y cereales para astronautas, cigarrillos enrollados a mano y la discusión cotidiana sobre bonos.   

Y todo lleva a este terror psicológico. La nave, lugar de reposo, trabajo y alimento, se convierte en el resguardo del monstruo: engulle en sus tripas al querido capitán, en las bóvedas desaparece al ingeniero, en la cocina tortura a un oficial; en sus fondos negros, sudorosos y abultados esconde al enemigo obsesivo. Pero también los tripulantes pasan de lo familiar a lo hostil: el médico, encargado de la salud de todos, de cuidar la humanidad de los tripulantes, resulta no ser humano, ni protector, sino todo lo contrario.

Alien-3
El monstruo sale de las entrañas de su húesped humano

Y comprendemos la revelación de la naturaleza robótica de Ash a cuentagotas, poco a poco, con pequeños indicios a lo largo de la cinta, pequeñas pistas que se introducen en lo familiar y convierten lo normal en peligro. Finalmente, se viola el último santuario, el último refugio de lo propio, hogareño y conocido: el cuerpo. El ciclo reproductivo de la famosa bestia espacial necesita del humano para hospedar su metamorfosis. Así, en la frontera de nuestra intimidad violada, todos somos, potencialmente, las madres del enemigo. Aquí está lo más inquietante de The Thing (1982), pero también está Hitchcok bien enseñado, Carpenter y, luego, las continuaciones de lo ominoso en cosas tan lejanas como el cine de Cronenberg y Lynch.

Todos le han echado algo de su propia paja a las interpretaciones psicológicas de Alien. Entre los interminables comentarios sobre la naturaleza fálica de la criatura y las formas vaginales del imaginario de Giger, me quedo con la opinión del guionista. Porque, en este caso específico, parece bastante simpático el comentario. O’Bannon dijo, en algún momento, que Alien era una película sobre la violación. Y esto con todos sus tintes: penetración forzada del cuerpo, violencia y subyugación, huevecillos en la garganta y toda la cosa (no miento, así lo dice él). Pero, para lograr la máxima incomodidad en una audiencia que está poco acostumbrada a este tipo de violencia –pregúntenle al primer público de Deliverance (1972)–, dirigió toda la carga sexual hacia los hombres. En Alien, y de esto no hay duda, las víctimas incomprendidas, que nunca tienen una oportunidad, no son la colegiala semidesnuda del slasher sino el comandante viril, el tosco mecánico y el valiente líder. A cada quién sus conclusiones.

En todo caso, Giger era maravillosamente incómodo en la privacidad artística de su estudio en Zurich. De ahí, Jodorowski lo tentó y luego Scott le permitió liberar, para el público inmenso, todas esas obsesiones sublimadas en momentos memorables de pantalla.      

5. Que no ha sido superada

Alien-10

Queda decir lo evidente y para esto no hace falta mucho espacio: Alien estableció un género y, hasta ahora, nadie la ha superado en su reino. La influencia de esta película es enorme, la simplicidad genial del “Jaws para el espacio” estableció un tono y una continuidad. Pero ni sus secuelas, ni los intentos disparejos de terror espacial, se han acercado siquiera a la claustrofobia, la complejidad psicológica y el diseño inmaculado de esta joya de la ciencia ficción. Tres años después, Ridley Scott filmaría ese otro gran hito del género, Blade Runner (1982), basado libremente en la bellísima novela Do Androids Dream of Electric Sheep? de Phillip K. Dick. Y bueno, desde entonces ha tenido idas y vueltas, un par de logros discretos y muchas cosas que todavía nadie entiende (¿o les quedó algo de Russel Crowe echando el Robin Hood?). Tal vez también, como estrella muriendo, la energía creativa brilla más cuando termina por consumirse. En todo caso, Alien marcó a una generación, inauguró la genialidad de Scott y, de un mismo golpe, casi acaba con ella.

Al parecer, nadie se salva del depredador perfecto.

Volviendo a ver Alien, desde un cariñoso recuerdo, hay que admitir que esos 35 años le han venido bien y que la cinta sigue guardando, inmaculada, su fuerza. Mientras siguen pasando esos años, nos quedaremos siempre a bordo del Nostromo, en su peligrosa belleza, como espectadores aferrados: nosotros y todos los novenos pasajeros.

temas