La eterna vida en rosa: La importancia de La vie en rose

Jorge "Coy"Ringenbach está de regreso, ahora para hablar de La Vie en Rose y Édith Piaf.
(AFP)

Nadie puede negar que todos los mexicanos se saben “Cielito Lindo” y que, donde hay dos mexicanos -y a veces uno solo basta- y tienen el mínimo pretexto, se avientan como si la vida les fuera en ello a cantarla, lo mismo si viene un Papa de Roma que si hay que rescatar a alguien de algún derrumbe. Da igual si es porque llegó el compadre de un larguísimo viaje de dos semana a Los Cabos que si ya los echaron de la boda que tiene una hora que se terminó, porque todas esas cosas son parte de la mexicanidad, las grandes y las pequeñas.

Hay música así, que se canta porque representa algo, y particularmente algunas canciones que guardan momentos y valores; algunos que corresponden a ciertos sectores de la sociedad o de determinada cultura. “Amazing grace” no nos dice lo mismo a un estadounidense que a un mexicano.

Algunas tonadas nos llevan a cadenas de memorias y se convierten en mensajes complejos para quienes saben leerlos como “Moon River”, que nos remonta a Audrey Hepburn y de ahí a la resistencia durante la segunda guerra mundial o bien a “Desayuno en Tiffany” y de ahí a la mejor época de Hollywood y a Truman Capote y de ahí, en fin, a la literatura. Cadenas interminables por notas que ya están clavadas en la memoria de la cultura occidental.

Algunas canciones alcanzan niveles, digamos, mitológicos. No son muchas, pero traen consigo el sabor oculto de lejanas épocas con toda la carga de su historia, trascienden el idioma porque es su letra lo de menos, sino sus imágenes resguardadas, su textura de lo antiguo y valioso; canciones que valen más por su mito que por su propia forma musical. No necesita conocer París para sentir la ciudad cuando resuena “La vie en rose”, su poder de evocación es tal que puede incluso inventar memorias y construir sensaciones que no se han experimentado, desde su carga dramática hasta el peso de la historia de su intérprete, es tal que la canción es una literatura en sí misma.

(Bibliothéque Nationale de France)

A Francia, hacia 1947 no le queda más que la dignidad de los que resistieron; su participación en la Segunda Guerra Mundial comenzó como una cadena de irremediables errores, Daladier y Petain, eran la marca de la deshonra y el desaseo frente a una resistencia gloriosa que había echado a los nazis de París calle por calle, que se había apoderado de los pueblos y que heroicamente había preparado el terreno para que el día D fuera posible. Édith Piaf se encontraba entre aquellos vencedores, junto a Jean Moulin y a los franceses libres de DeGaulle. La ciudad luz todavía está apagada, aún no termina de resucitar, pero esa voz inmensa contenida en el cuerpo de una mujer diminuta se ha ganado la calle, es cierto que hace mucho que no tiene que hacer la ronda de los cafés para ganarse el pan, ya la han acogido los existencialistas para hacerla su voz y su música; ella, el ruiseñor, se ha convertido tan joven en un mito viviente que, aún después de muerta, desprecia la investigación histórica que se haga sobre ella y los datos puntuales no alcanzan la grandeza de cuanto ella y otros dijeron sobre sí misma.

En ese año, Édith trae una tonada en la cabeza que le da vueltas y más vueltas, no se puede liberar de ella pero, como no tiene la menor idea del arte y la técnica de la composición, tiene que acercarse a su compositora de cabecera, su amiga Marguerite Monnot. Pero la madre de muchos de los grandes éxitos de Piaf, esta vez, no ha correspondido a la emoción de la cantante; simplemente no le ha gustado la tonada. Louis Guglielmi, al contrario, escuchó a Piaf tararear su composición y fue el primero en quedar electrizado, completó, arregló y pulió lo que a la musa de las calles le estaba brotando y la canción se dio a conocer con la firma de ambos. El éxito fue rotundo desde que salió del estudio de grabación.

Guglielmi se había dado cuenta del secreto, está esa sutil melancolía de las calles parisinas a media tarde que apenas estaban volviendo a la vida, era el reclamo de la mujer de la calle que no le queda más que el consuelo de los brazos del hombre que ama, era la historia, al fin, de la mujer que era el Paris de la resistencia, el Paris resistente, que se levantaba de sus derrotas y sus horrores para aparecer así, de nuevo, viva y honrando su blasón “Fluctuat net mergitur”, se sacude pero no se hunde, refiriéndose al navío fluvial del Sena que llega siempre a su destino.

La Piaf lo decía siempre, su voz era la de los que no la tenían, de los anónimos hombres y mujeres del día a día de su capital, que no anhelaban más que el café o el trago de la tarde después de la jornada, que pudieran llegar a casa con una barra de pan y cenar con sus hijos y saber que al día siguiente ahí estarían todos de nuevo.

En 1947, Édith Piaf se lanzó a una gira por los Estados Unidos, fue la sensación y la locura, años después, afirmó que no la había seducido especialmente Nueva York, acaso porque la Gran Manzana, entonces más que nunca, era el anti París, la ciudad que no había sufrido el asedio ni el hambre, que se había mantenido intacta durante los duros años de la invasión y que se conservaba como una chica siempre joven y atractiva, mientras que los bulevares parisinos mostraban belleza de la dama vieja, sí, pero eternamente hermosa y llena de misterios, seductora y sensual: la francesa reivindicaba el derecho a reconstruirse desde el dolor y la esperanza, volvía a los valores tradicionales de su patria pero al mismo tiempo lo hacía traduciéndolos en términos de la expresión universal del lenguaje amoroso. No había escapatoria a la formula, la canción había llegado para convertirse en el himno popular de la Francia que, como su capital, no se hunde.