Para celebrar el enorme legado de Bowie como figura que trascendió la música, les dejamos una sentida selección de películas para los amantes de la ciencia ficción y la fantasía.

Esta semana nos enteramos de la muerte de uno de los más grandes iconos populares de la historia, el inigualable David Bowie. Y el fenómeno de su muerte fue también, a pesar del silencio último sobre su terrible enfermedad, un evento teatral.

Todos escribimos epitafios, todos relacionamos su muerte con algún momento íntimo: hubo quien lo escuchó por primera vez en un casete familiar; quien se sorprendió con esa actuación serena, enterrado en la arena, en Happy Christmas Mr. Lawrence; quien no pudo superar a las arañas de Marte; quien lo vive todavía poniéndole lápiz labial al rock más solemne; quien lo ve todavía huyendo de Trent Reznor y los americanos; quien lo recuerda juguetón entre Mick Jagger, Lou Reed, Iggy Pop, Peter Frampton, Freddie Mercury, Annie Lennox, Brian Eno y Robert Fripp; quien lo escuchó por primera vez con corbata negra haciendo ruido blanco o como el músico complejo que disfrazaba de sencillez sus sinfonías… Todos estos son Bowies personales, porque todos vivimos un Bowie propio.

Ese es el impacto de un ícono tan amplio que se volvió dolorosamente íntimo, de un hombre que recorrió cinco décadas de música y cultura pop como brillante observador. Y sí, como bien dijo un sentido comentario de Vice, Bowie no era un camaleón: simplemente tenía esa capacidad increíble de escuchar lo que sucedía a su alrededor. Eso sirvió también para darle un aura de ser extraterrestre: Bowie parecía escuchar el presente cultural y musical como un curioso venido de otro mundo.

Ahora que se fue, inesperada y abruptamente, nos queda para siempre su sonido y su influencia, más allá de los estudios de grabación, los barrocos escenarios y esa apariencia que oscilaba entre el despilfarre de colores y la más recta elegancia sobria de un inglés viajando sobre las nubes. Aquí lo recordamos por esos momentos en pantalla grande que, desde el cariño de su primer cortometraje, nos traen de vuelta al hombre de las pupilas disparejas.

Les dejamos entonces un recuento de los personajes que marcaron nuestra alma geek en la intermitente carrera como actor de un icono que siempre se sintió honesto en la máxima teatralidad. Nada mejor que verlo en estos peculiares papeles para recordar un encanto único, una sensualidad natural, una vibra de otro lugar que dejó huella imborrable en el celuloide. Esperemos que nuestro recuento pueda contribuir en algo para que todos sigamos recordando, como celebración nostálgica del otro radical que fue tan nuestro, al Bowie que le pertenece a cada quién.

5. Twin Peaks: Fire Walk With Me

La breve aparición de Bowie al principio de la extrañísima cinta de David Lynch es particularmente significativa dentro del universo de Twin Peaks. De alguna manera, la película es un prólogo a la serie, un recuento de los últimos momentos en la vida atormentada de Laura Palmer. Pero, antes de que la trama se sumerja en pleno dentro del pequeño pueblo claustrofóbico que dio título a la serie, hay un prólogo al prólogo. Se trata de ese breve momento introductorio en el que, años antes, desaparece sin dejar rastro Chester Desmond, el agente del FBI que investigaba el asesinato misteriosamente similar de Teresa Banks en Deer Meadow. El día que desaparece Desmond, en las oficinas de Philadelphia, el querido agente Cooper (Kyle MacLachlan) está tratando de recordar un sueño protagonizado por otro agente desaparecido años atrás, Phillip Jeffries. Y este extraño personaje que encarna Bowie, marca la primera intromisión cronológica de los sueños de Cooper en el mundo de Twin Peaks.

En ese momento, se establece un juego extraño entre realidad y ficción, movimiento y estatismo, vigilia y sueño, como si se cruzaran dos dimensiones: mientras que Cooper se sueña inmóvil frente a una cámara, Jeffries aparece, espectral, y se mueve; mientras que todos portan trajes oscuros y la oficina se desdibuja en colores monótonamente burocráticos, Jeffries aparece en un extravagante traje blanco con una colorida camisa; mientras que todo apunta a que lo que vemos es un sueño, interviene por primera vez el cuarto rojo y una inquietante reunión de personajes de la otra dimensión oscura.

Así, la breve aparición de Bowie marca la historia cíclica de agentes que investigaron asesinatos de mujeres jóvenes en pueblos pacíficos y retirados; asesinatos envueltos en misterios de drogas y con extrañas implicaciones sexuales que terminan en la misteriosa desaparición de los mismos investigadores. Como si, al encontrar algo en estas muertes se abriera otra dimensión; una dimensión oscura que los persigue y de la que no pueden escapar. Bowie, en la cinta de Lynch marca el regreso espectral, como extraña advertencia, de un agente perdido en esa dimensión paralela. Su apariencia única sirve como pivote para enraizar la historia de Twin Peaks en terribles eventos anteriores que amenazan con repetirse: él es lo viejo en lo nuevo, lo cíclico de la historia, la ficción en la realidad y el sueño cuando estamos despiertos. En ese sentido, no hay mejor personaje para interpretar ese papel: Bowie siempre jugó peligrosamente, en su propia locura, con el sueño en la realidad y con la confusión de ficción y vida.

4. The Hunger

Recuerden a Bowie besándose lentamente con Catherine Deneuve en la ducha. Es un beso interrumpido por la caída de agua que une labios y senos, manos y espaldas, que cierra los ojos de los protagonistas y hace que parezcan beberse el uno al otro. Es la imagen perfecta para iniciar el relato erótico de dominación vampírica del también fallecido Tony Scott (hermano de nuestro querido Ridley). Bowie interpreta aquí a un vampiro convertido por la milenaria Deneuve; un vampiro al que se le prometió la vida eterna y el romance eterno y que, de pronto, se da cuenta de que envejecerá siglos en una semana. La idea es terriblemente cercana: se nos promete el amor monogámico eterno y de pronto envejecemos, perdemos el antiguo atractivo, se desvanece el deseo dejándonos con una nostalgia que se evapora mientras nos remplazan, en la fantasía, cuerpos más jóvenes y amores renovados.

Frente a la impasible sensualidad de Deuneuve, Bowie hace un papel perfecto, sereno y desesperado: en los ojos de ambos vemos el cansancio de los siglos y el miedo a la muerte que también sienten las criaturas a las que se les prometió la eternidad. Aquí, de nuevo, Bowie hace una película de género en la que encarna a un ser ajeno a la humanidad, que la observa como extraño, que pertenece a ella pero que se aleja de sus cotidianos pesares… hasta que estos lo alcanzan. Hay una escena increíblemente bella y terrible en que un Bowie envejecido le pide a una joven y bella adolescente que toque el violín. Como era su alumna de música, ella lo ve sin reconocerlo por las canas y la calvicie. Violando todo lo sagrado, en un momento de desesperación y lujuria por la juventud, el personaje de Bowie le corta la yugular a la joven alumna y bebe, hambreado, la sangre fresca de sus cortos años. Pero la cura nunca viene, a pesar de la promesa de inmortalidad, nada puede salvarlo: como con todos, su suerte está echada. Creo que no tengo que decir más, esta película pega fuerte ahora con la muerte de alguien que siempre creímos inmortal. Los murciélagos dejaron la torre, las víctimas sangraron, las líneas de terciopelo rojo siguen en la caja negra: Bela Lugosi también está muerto.

3. The Prestige

Una de las últimas apariciones de Bowie en una película fue su interpretación de Nikola Tesla en la poco apreciada pero increíble película de Nolan: The Prestige. La elección de Bowie para interpretar al genio incomprendido de la electrónica es bastante singular. La película quiere mostrar a Tesla en su época de Colorado Springs cuando estaba experimentado con conducción atmosférica de electricidad, estableciendo esas vistosas torres que compartían largos intercambios de relámpagos artificialmente creados. Ésta es una época singular en la historia de Tesla. En ese momento, sus experimentos estaban financiados por inversiones privadas después de su disputa con Edison. Pero también es un momento cargado de misterio que fundamentó mucha de la apreciación que se tiene hoy, en la cultura popular, del curioso personaje.

De Colorado Springs comenzaron a surgir extraños reportes: las mariposas tenían un halo eléctrico cuando volaban; las bombillas se prendían de la nada; los caballos, en las proximidades del laboratorio de Tesla, se volvían locos por la conducción eléctrica que sentían en sus herraduras; se escuchaban extraños ruidos de truenos y la gente podía ver, a la distancia, los rayos que emanaban del misterioso laboratorio iluminando la noche. Todo esto contribuyó a crear un mito alrededor de Tesla, el científico loco que espantó durante años a la población incrédula de un remoto pueblo de Estados Unidos. Pero eso no fue todo. En esa época, Tesla alegó haber interceptado algún tipo de comunicación inteligente que no provenía de la Tierra. Al parecer había encontrado, en alguno de sus experimentos de comunicación a distancia, una señal con un patrón coherente que sólo podía ser característico de alguna forma de vida pensante. La idea volvió loca a la prensa que se apresuró a concluir que Tesla estaba recibiendo mensajes directamente de Marte. A pesar de que esto pudo ser causado por muchas cosas, el científico de origen Serbio no negó las especulaciones periodísticas porque, hay que decirlo, le dieron cierta notoriedad y un nuevo influjo de recursos. De alguna forma, Tesla fue también Ziggy.

En la cinta de Nolan, Bowie interpreta a este Tesla envuelto de misterio, encerrado en su montaña con un enorme laboratorio y un extravagante asistente. La idea entonces es jugar de nuevo con la ficción y la realidad, con la apariencia probable de lo imposible y la improbabilidad aparente de lo posible, con la cercanía de magia y ciencia. Y aquí el Tesla de Bowie es fantástico. Lleno de misterio, sereno y sabio, hablando de las limitaciones del hombre como las limitaciones de su propia imaginación, las limitaciones de su orgullo y las fronteras que imponen la avaricia, la fama y la sed de reconocimiento público. De nuevo, Bowie aparece como un ser excepcional, revestido de sabiduría y oscuridad, un ser incomprendido que legó un misticismo particular alrededor de su figura de genio y de loco. Inventor de lo imposible, constructor de lo improbable, figura sobria y extravagante, este personaje refleja también lo que Bowie, en nuestro mundo, siempre fue.

2. Labyrinth

¿Quién no recuerda ese gran clásico de culto bizarro ochentero en que Bowie apareció con peinado glam y mallitas bailando alrededor de marionetas? Sí, esta película marcó la infancia de muchos y, después, su recuerdo continuó persiguiendo algunas apresuradas e interrumpidas transmisiones de Canal 5. Y Labyrinth es una película de fantasía mucho más oscura de lo que aparenta en primer lugar. Digo, si lo piensan, aquí, como en muchos otros papeles de Bowie, hay una enorme implicación sexual. De acuerdo, éste es un cuento que parece ser una simple fábula de niños inspirada en Oz y The Never Ending Story, elementos de folklore popular y la idea, repetida hasta el cansancio, de que, frente al final de la niñez, todavía nos podemos escapar a mundos maravillosos con la imaginación. Así, la moraleja de la película, vista superficialmente, nos mostraría cómo, una niña malcriada que no quiere compartir sus juguetes, aprende, en un viaje fantástico, a apreciar el verdadero valor de las cosas y de las circunstancias que no puede controlar.

Pero, como en el laberinto en que se pierde Sarah, aquí no todo es lo que parece. Hay una extraña relación de atracción y repulsión entre Jareth y el personaje de Jennifer Connelly: todo parece indicar que el Rey Goblin sólo utiliza al bebé raptado como una excusa para conquistar a Sarah y convertirla en su compañía dentro del mundo fantástico que habita. En múltiples ocasiones Jareth le ofrece un lugar junto a su trono, le ofrece su reino y la seduce a través de extraños trucos y manipulaciones emocionales. Es por eso que la escena del baile de máscaras resulta tan ominosa: es el momento en que Jareth, decepcionado por sus avances rechazados intenta drogar con un durazno (fruta de piel tersa mucho más sensual que la manzana de Blancanieves) a la desprevenida y famélica Sarah. Atrapada dentro de una burbuja, Sarah tiene que sortear la prisión de un baile de máscaras en la que se insinúa, apareciendo y desapareciendo, la figura seductora de Jareth. Mucho antes en la cinta, hay una imagen fugaz en la que Sarah se ve bailando rendida en los brazos del Rey, una anticipación, tal vez, una advertencia, seguramente, pero también el extraño remanente de un deseo.

Al final de la película Sarah rechaza todas las pretensiones de Jareth recitando un poema con el que rompe un hechizo: la última línea que nunca puede recordar dice “No tienes poder sobre mí”. El personaje de Connelly se da cuenta entonces que, a pesar de todas las seducciones, de todas las manipulaciones y de todos los deseos ocultos, ella sigue siendo la dueña de sus intenciones y que nadie puede forzarla a ceder en este extraño juego de seducción fantástica. Y hay aquí un aprendizaje sexual de emancipación en el mundo fantástico que ella misma creó. Por supuesto, con todo este subtexto sexual extrañamente integrado a la trama, Bowie hace un papel fantástico escribiendo cinco canciones ochenterísimas y bailando en el reino de las desenfrenadas y temerosas marionetas de Henson. Él es la única figura humana que pertenece a este mundo, una encarnación bizarra de un ser solitario y sin edad que vive en el reino de la fantasía y que observa el mundo real, perchado en una rama, como la solitaria y nocturna lechuza. Un observador seductor, un ser de provocadores gustos, un estrafalario bailarín entre mecanismos teatrales: Bowie, finalmente, en toda su esencia.

1. The Man Who Fell to Earth

Si he logrado lo que pretendo, a través de todas las otras películas que describo aquí aparece una figura de Bowie como un actor que jugó mucho, en sus papeles más geek, con los límites de la realidad y de la ficción, de lo cotidiano y lo mágico. En todas estas cintas, Bowie aparece siempre como el elemento fantástico que irrumpe en la realidad, alguien con forma humana pero de procedencia extraordinaria. Y bueno, en ninguna parte como en el primer largometraje que protagonizó el querido músico, The Man Who Fell to Earth, aparece esta imagen de forma tan contundente y maravillosa. Porque Bowie actuó con las tripas en esta película. Él mismo admitió, mucho después, que era una etapa peligrosa de su vida, antes de ir a Berlín a grabar el fantástico disco Low. En ese entonces consumía, en promedio, diez gramos de cocaína al día y estaba completamente alienado de lo que sucedía a su alrededor. Curiosamente entonces, en esta película aparece un Bowie sin ningún manierismo de actuación, es él, en su más inexperimentada forma, completamente desquiciado, hundiéndose poco a poco en la terrible maldad humana.

La película cuenta la historia de un extraterrestre que maquilla su figura alienígena para parecer humano e infiltrarse en nuestra sociedad. Su fin último parece ser el de encontrar la manera de regresar para salvar a su especie: el mundo que habitada se ha quedado sin agua. Para lograrlo, crea, con su conocimiento tecnológico avanzado, numerosas patentes geniales que lo vuelven un multimillonario poderoso y la extravagante figura genial al frente de la más importante compañía tecnológica del mundo. El extraterrestre aprende rápido de nuestro planeta, sufre con los cambios de gravedad, absorbe todo lo que puede de la cultura popular en televisión, juega con los mercados bursátiles… Pero pronto, desilusionado, comienza a experimentar con el alcohol y precarios encuentros sexuales con una camarera que se enamora obsesivamente de él. Finalmente, agentes del gobierno terminan por capturarlo y experimentan sin piedad con su cuerpo, torturándolo con experimentos y la reclusión en una extravagante mansión llena de botellas de ginebra.

Cuando los agentes del gobierno toman una radiografía de sus ojos, terminan por fijar unos extraños pupilentes que utilizaba para esconder la fisionomía de sus verdaderas pupilas. También destruyen la nave con la que quería regresar a su planeta y, sin quererlo ni saberlo, vuelven imposible que pueda demostrar su procedencia alienígena. El visitante se metamorfosea con todos nosotros y se convierte entonces en músico, entonando canciones de amor para su esposa extraterrestre para siempre perdida. Tomando mucho de la mitología personal de Bowie esta película logra retratarlo en pantalla de una forma única. Y su actuación es impresionante. Siempre parece estar pensando en otra cosa, siempre está disperso, perdido o enajenado en alguna actividad bizarra. Es algo así como el Nosferatu de Murneau: parece tan real que no se distingue la actuación de lo que podría ser un extrañísimo documental. En este momento, Bowie estaba saliendo de su etapa como The Thin White Duke, una etapa provocadora y complicada en la que su personaje causó extrañas polémicas. Así, las drogas y la pérdida de una identidad propia sirven de forma perfecta para este papel y el resultado completo de la cinta es una verdadera joya bizarra de la ciencia ficción.

Aquí Bowie explora todo el rango de su locura obsesiva por ciertas formas musicales, sus tendencias sexuales oscilantes y su peculiarmente atractiva sensualidad andrógina; aquí se muestra como observador cultural y progresivo experimentador de placeres terrenales; aquí aparece en desnudez de cuerpo y espíritu como un ser complejo que se distingue, física y temperamentalmente, de todo lo que lo rodea; aquí se fundamenta el mito que comenzó con la teatralidad de Ziggy mezclándose con el temperamento frío y cínico del duque blanco y delgado. The Men Who Fell to Earth no es entonces solamente una gran película, sino que es un documento precioso sobre un momento cúspide en la carrera de Bowie: ese tiempo en que sus personalidades se confundían hasta la paranoia esquizofrénica, esa época antes de Berlín en donde se formaba todavía una figura artística entre ocurrentes performances y la realidad de una persona oculta bajo capas profundas de teatralidad. Una bellísima muestra de la complejidad de Bowie y de la particularidad de ese momento cúspide del fin de los setentas en donde el músico se perdió en sus propias creaciones.

***

Así llegamos, con toda tristeza, al final de nuestro conteo. Espero que les haya servido para recordar algunos de los grandes momentos del maestro Bowie desde la ñoñés. Espero también que podamos apreciar siempre con detenimiento, en cada una de sus incursiones al cine, el enorme reflejo de una personalidad única que conquistaba a través de las pantallas.

Ojalá nos vuelvas a visitar pronto, bello hermano de otros mundos.

Para nosotros, no te fuiste nunca.

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