El cuadrilátero de las ideas: una breve reflexión sobre They Live de John Carpenter

En este breve ensayo, reflexionamos sobre They Live, el clásico de culto político del gran maestro del horror, John Carpenter.

They Live de John Carpenter es una de las películas de culto más comentadas de la historia. Una película que, más de tres décadas después sigue dejando enseñanzas.

Toda historia del pensamiento humano regresa siempre a un punto: la búsqueda de la verdad detrás de las apariencias.

Las teorías de conspiración toman fuerza con explicaciones sencillas que producen atracción mórbida y alivio intelectual: nos dicen que existe una verdad allá afuera, una verdad que puede ser comprobada, corroborada, palpada y que nos espera, latente, detrás de todos los engaños aparentes de la falsa realidad. Como Mulder persiguiendo conspiraciones gubernamentales; Dan Brown escribiendo interminables tomos sobre simbólicos traumas cristianos; como Jaime Maussan viendo a las estrellas. Creer que existe una verdad única es más reconfortante y sencillo que encontrarla: ahí está la fuerza de la fe en nuestras poderosas religiones monoteístas contemporáneas.

Pero, a veces, todas estas teorías se olvidan de algo fundamental: la búsqueda puede ser una gratificación en sí.

They Live es una película sobre la verdad aparente y la verdad escondida. Pero también es un comentario brillante en torno a la búsqueda de verdades. Y eso es lo que nos sigue pareciendo tan revolucionario en ella.

Los lentes oscuros revelan, a un obrero frustrado con un sistema que lo aplasta, que el sistema es inhumano. Literalmente inhumano: todo el sistema económico y político está dominado por una especie alienígena fascistoide. Tomando la premisa del cuento Eight O’Clock in the Morning de Ray Nelson, John Carpenter creó la culminación perfecta de la paranoia estadounidense del cine de los setenta. They Live, como se ha comentado extensivamente, es una respuesta a la pesadamente ideológica era de Ronald Reagan y las políticas económicas que implementó durante su muy conservador mandato. Al mismo tiempo, y de manera más general, es un señalamiento gráficamente poderoso de las mentiras del mito capitalista.

Lo que John Carpenter señala es que vivimos engañados por un mundo de símbolos que consideramos vacíos y que, en realidad, tienen una carga simbólica compleja y seductora. Es lo mismo que explicó Roland Barthes, treinta años antes, con sus Mythologies (1953): existe una ideología pequeño-burguesa que puede leerse en símbolos aparentemente inocuos y que crea símbolos secundarios, mitos de una cultura. Todo significa algo más, los juguetes no son inocuos, sino que enseñan a los niños el trabajo que tendrán como adultos. Las portadas de las revistas no son puro diseño, sino que venden deseos románticos. La lucha libre crea un espectáculo para mostrar la irrealidad de todo espectáculo (sobre todo aquellos que se afirman como reales).

They Live tiene mucho que ver, en su construcción política superficial y su alocada trama transparente, con esta lectura barthesiana de la lucha libre. Barthes dice que lo interesante de este tipo de espectáculos es que se admite como simulacro: nadie en la audiencia piensa verdaderamente que alguien puede salir herido, todos saben que los golpes están arreglados y que se sigue un guión preestablecido. Todos pueden ver que el ganador está dado de antemano y, aun así, se enojan con El Tirantes por apoyar a los Rudos.

Este espectáculo funciona como espectáculo porque se señala como espectáculo. El público abandona la sospecha en la entrada y se entrega al puro juego de las significaciones. Los luchadores y todo el engranaje de la producción fingen mostrando la verdad, actúan señalando sus máscaras con el dedo, producen símbolos que se admiten como transmisión ideológica, cultural, y literaria.

En el mismo sentido, el clásico de John Carpenter juega con una doble evidencia. Por un lado, es una película sobre los peligros de la ideología subliminal en el capitalismo ochentero. Por el otro, They Live señala su propia falsedad, su propia factura, su propio ridículo. John Carpenter escogió a un luchador como protagonista. Alguien físicamente imponente y muy poco histriónico como Roddy Piper.

Poner a un luchador de lucha libre como protagonista principal, dejarlo ser un pésimo actor, mostrarlo insistentemente sin camisa y hacerlo disparar lo más posible, muestra esta intención aguda de Carpenter. El uso que hace de los actores es tan autoconsciente como el de Verhoeven en los noventas (vean nada más a Denise Richards en Starship Troopers).

Con este protagonista grotesco y genial, el legendario director se esforzó por mostrar un mundo maniqueo. Todo aquí se divide en buenos y malos, oprimidos y opresores, terrestres y extraterrestres. Un mundo maniqueo y grotesco.

Lo espectacular se exagera por el coolness ochentero de los personajes que posan, de los mullets, de los músculos y el hecho de que, por el mismo guión, los buenos tienen que
luchar siempre con lentes oscuros. Todo esto, claro, es también un comentario a la acción ochentera que John Carpenter mitificó con Assault on Precinct 13 (1976), Escape From New York (1981), y Big Trouble in Little China (1986). Y esta mitificación es un espectáculo en sí.

Nada mejor para mostrar este espectáculo evidente que la pelea entre el héroe y Keith David. Esta secuencia es algo tan falsamente maravilloso, tan lleno de guiños de humor, de one-liners, que significa, en sí misma, la gloria de un dedo medio contra el mundo. Esto es lucha libre: puro espectáculo que se muestra como espectáculo.

Al mostrarse como espectáculo y hacer transparentes sus costuras, They Live admite las manipulaciones a las que se entrega y los trucos que mueven su trama admiten un contenido ideológico propio. Por eso, esta es una creación tan incómoda para lo que representaba el Hollywood de la era Reagan.

John Carpenter tomó todos los elementos de las cintas de acción más mercadeables para revertirlos. Y la fuerza política de esta cinta no está en hablar de cómo nos hemos tragado el mito de la superación personal capitalista, sino en mostrar cómo todo producto cultural que pretende desenmascarar una verdad está creando, con ese mismo movimiento, un nuevo velo, otro engaño ideológico. Lo que muestra pues, es que no podemos escaparnos de los símbolos y que todo, absolutamente todo, transmite una ideología –consciente o inconsciente-.

Carpenter muestra que existen símbolos cargados, que en todo anuncio de revista hay un mensaje de obediencia. Pero, al mismo tiempo, muestra que su propia película está cargada de símbolos, de ideología, de falsedad manipulada cinemáticamente. La cinta, como Roddy Piper, se sube al cuadrilátero para señalarse como espectáculo, para funcionar literariamente con símbolos sobre símbolos, para balconear sus propios mecanismos de manipulación y liberar así un significado que va más allá de las lecturas habituales.

They Live es el espectáculo de lucha libre al que nos entregamos siempre que estamos frente a una película autoconsciente: todos nos damos cuenta de los engaños y todos estamos fascinados por ellos. La lectura de esta cinta implica la lectura de muchas otras películas, porque nos muestra la incomodidad de querer señalar verdades a través de mentiras y la paradoja de alcanzar siempre a rozar una realidad creando mecanismos de abierta falsedad.

They Live es tan poderosa y duradera porque termina, de alguna forma, con toda la paranoia setentera de Hollywood, termina con los Body Snatcher y las teorías de conspiración después de la era Nixon. Esta cinta marca el fin de la sospecha con una duda suprema: podemos señalar los mecanismos ideológicos, pero no podemos escaparnos de la ideología; podemos mostrar cómo funcionan los símbolos pero no nos podemos escapar del imperio semiótico; podemos señalar que somos presas del lenguaje pero no podemos crear una exterioridad lingüística.

Esta película es mucho más de lo que aparenta, mucho más que el culto que representa, mucho más que el trauma de la era Reagan y la ciencia ficción distópica. Aquí tenemos la historia de un mártir, el hombre-nada, que se sacrificó para liberar a la humanidad del yugo de los marcianos-capitalistas-totalitarios. Es la historia de un trabajador que, al despertar de su sopor, puede destruir a todo el sistema a punta de pura valentía. Pero, mucho más allá, también es la historia de una película independiente, de una producción de acción-nada, que se sacrificó para señalar, con sus propias trampas, que no hay escape ideológico inocente, que no hay una verdad sencilla detrás de las cosas, que no hay una explicación maravillosa que unifique, en una conspiración, todos los hilos que nos mueven diariamente.

Como Roddy Piper, esta cinta vino a mascar chicle y patear el trasero de nuestro deseo de verdad. Tantos años después, They Live sigue pateándonos el trasero y, hasta el día de hoy, todavía no tiene chicle.

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