Encuentros Cercanos del Tercer Tipo: la película que vio nacer las teorías de conspiración

Para celebrar el aniversario de Close Encounters of the Third Kind, recordamos la cinta de Spielberg como la madre de toda la ufología..
(Columbia Pictures)

Maussan no me dejará mentir, Close Encounters of the Third Kind (Encuentros Cercanos del Tercer Tipo) de Steven Spielberg es la más grande obra de paranoia conspiracionista que se haya hecho en Hollywood. Esta cinta es la madre de las conspiraciones modernas, un hito cultural irrebatible, una oda grandilocuente al amor por la duda, la curiosidad infantil y la compasión científica.

Para celebrarla, queremos explorar sus entrañas paranoicas y demostrar cómo le dio nueva vida a la pseudociencia más hermosa del mundo; esa que sueña con la amistad de otras galaxias, la que no deja de mirar al cielo: la hermosa y polémica ufología.

La mítica escena de la abducción de Barry ha sido recordada por Spielberg como la mejor escena que ha filmado.

Objetos culturales identificables

En 1978, el Centro de Estudios Espaciales de Francia estableció la unidad GEIPAN para el estudio de objetos voladores no identificados. Un año antes, los conspiracionistas de la ufología alertaban sobre la resolución en la ONU para la observación de fenómenos inexplicables. Según ellos, algo se estaba cocinando en las altas esferas de poder, algo encubridor y perverso.

El GEIPAN, fuera de toda paranoia, existe y se dedica a comprobar las entrada a la atmósfera de entidades no identificadas para dar los resultados de manera transparente al público. Pero el 9% de sus casos no ha sido explicados. Esto ha dejado la puerta abierta a diferentes teorías de conspiración, entre las cuales se encuentra, claro, esa famosa resolución 33/426 de la ONU que no está archivada en ninguna página oficial de la institución.

En esta resolución, según las páginas más paranoicas del salvaje internet, se propone lo siguiente:

La Asamblea General invita a los Estados Miembros interesado a tomar medidas apropiadas para coordinar, en un nivel nacional, el estudio científico e investigativo de la vida extraterrestre, incluyendo objetos voladores no identificados e informar al Secretario General las observaciones, investigación y evaluación de dichas actividades.”

Ufólogos en el desierto de Nevada.

Lo que resulta interesante de esta supuesta resolución y del nacimiento del GEIPAN es que ambas sucedieron justo después del estreno de Close Encounters of the Third Kind. No digo que ambas cosas sean un resultado directo del impacto que causó la película de Spielberg. Pero la paranoia nos sugiere una relación interesante.

En su momento, todas las instituciones de cine más prestigiosas de Hollywood condecoraron Encuentros Cercanos del Tercer Tipo con los más altos honores técnicos: un Oscar especial por edición de sonido y nominaciones por efectos especiales en los Oscar, los Golden Globes y los premios Bafta.

Claro, también fue nominado Spielberg, el fotógrafo Vilmos Zsigmond y la actriz Melinda Dillon. Pero la cascada de reconocimientos por efectos especiales tuvo un efecto cultural peculiar. Lo que se reconocía aquí, más que la dulzura familia, más que el mecanismo del blockbuster, más que el éxito en taquilla, era el realismo apabullante de la cinta. El lado humano, familiar, cotidiano, se mezclaba aquí con una idea bastante clara de cómo funcionaban las instituciones científico-militares del gobierno y un retrato verosímil de lo imposible: los OVNIS mismos.

Close Encounters es un retrato vívido de lo que podría ser un encuentro con extraterrestres.

Todo esto llevó entonces a considerar Encuentros Cercanos del Tercer Tipo como un retrato vívido de lo que podría ser un encuentro con extraterrestres. El título mismo hablaba ya de una clasificación de encuentros, y la película parecía un manual de acción científica y gubernamental para el contacto pacífico con seres de otro mundo.

La contraparte directa de la cinta será, entonces, años después, la alta burocracia de Men In Black. Es por eso que las fotografías donde aparece Tommy Lee Jones joven entregando flores a los extraterrestres son un recuerdo de la película de Spielberg: Encuentros Cercanos del Tercer Tipo fue el mapa del primer encuentro; Men In Black, el resultado de las operaciones efectivas del gobierno para implementar una burocracia de la presencia alienígena en la tierra y su intervención en los asuntos cotidianos de los hombres.

Si Close Encounters perdió el premio Hugo a mejor película de ciencia ficción fue porque se lo entregaron a Star Wars ese año. Pero la cinta de Spielberg, al no ganar el más prestigiado premio de la ciencia ficción, creó un estatuto de culto a medio camino entre la imaginación y el realismo. Mientras que Star Wars se desplazaba de la ciencia ficción dura hacia la fantasía y el space opera, Encuentros Cercanos del Tercer Tipo creaba otra forma de realismo especulativo.

Este estatuto de culto, esta relación con la realidad y esta representación vívida de las maquinaciones burocráticas del gobierno encubriendo verdades fueron las que también alimentaron nuevas paranoias.

La relación con la realidad y las maquinaciones burocráticas del gobierno encubriendo verdades fueron las que también propulsaron una cultura popular de la ufología a niveles nunca antes vistos

Si bien las teorías de OVNIs se remontan a los años 50, los proyectos serios de la CIA para observar estos fenómenos -como el famoso proyecto Blue Book- estaban completamente datados por la paranoia de la guerra fría y se fueron diluyendo con los años. Después de la crisis de los misiles del 62, el interés gubernamental y científico serio decreció. Ya para la década de los ochenta, la ufología había establecido sus propios mitos y fetiches que poco o nada tenían que ver con los rusos: Roosevelt, Área 51, el panel Robertson, el sistema Hynek y un largo etcétera.

Pero no fue, de alguna manera, hasta que Spielberg le dio color a una creencia popular medio olvidada y la sublimó más allá de la Guerra Fría que, verdaderamente, nació la ufología.

La explosión popular de este fenómeno terminó con la llegada de los X-Files en los albores del nuevo milenio. El programa de Mulder y Scully llevó a sus últimas consecuencias las premisas que fundamentó Spielberg con su cinta: existe el contacto con extraterrestres, es necesaria una curiosidad científica despierta y una fe ciega para descubrir qué hay detrás de abducciones misteriosas, encubrimientos abigarrados y agentes del gobierno que fuman demasiado.

Claro que la cinta de Spielberg tenía esa mezcla tan spielbergiana, valga la redundancia, de miedo y fascinación familiar amable que no existe, de la misma forma, en los X-Files. Porque sus cintas sobre extraterrestres hablan más de la necesidad de tolerancia en el contacto con el otro que del miedo al otro. Para Spielberg todo es una cuestión de acercamiento amoroso a la otredad temida (y no sorprende así su posterior obsesión fílmica con el Holocausto).

Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, no tenía el lado más sexy y violento de los X-Files. De hecho, fue el lado lado humano, compasivo y familiar de  Spielberg que devolvió una fuerza tan poderosa a la olvidada ufología. Porque, a diferencia de Mulder y Scully, los personajes de Spielberg son una construcción planeada y efectiva de la normalidad estadounidense.

La ufología no ha dejado de crecer en el mundo. Aquí unos creyentes verdaderos en un evento en Roosevelt.

El matrimonio de lo extraordinario y lo común

¿Cuál es el trabajo de Roy Neary, el personaje interpretado por Richard Dreyfuss?

Es un técnico electricista. Tiene tres hijos hiperactivos en un pequeño suburbio de un pequeño pueblo estadounidense. En su casa hay un jardín en el que se pasea en bata para recoger el periódico. Tiene un televisor en la sala. Está casado con su compañera de toda la vida que, probablemente, fue su novia de secundaria. Los fines de semana lleva a la familia a jugar golfito o a ver películas clásicas de Disney. Juega con trenes eléctricos como hobby y ayuda a sus hijos, a regañadientes, con tareas de matemáticas.

El retrato de la familia Neary, como lo fue con la familia de Elliot en E.T. The Extraterrestrial, es el de la típica familia americana de clase media suburbana. En esta familia está impresa hasta el tuétano la idea de una normalidad en el sueño americano. Este es el contexto, para Spielberg, del hombre promedio.

En el otro extremo, tenemos al personaje de Lacombe interpretado por el legendario director dfrancés François Truffaut. Lacombe necesita un traductor porque apenas habla inglés. Es, en ese sentido, un hombre exótico del que no sabemos nada: no sabemos de dónde salió y por qué está a cargo de una misión claramente dirigida por el estado americano; no sabemos de qué es experto; no sabemos qué lo lleva a sus descubrimientos…

Lacombe es la contraparte de Neary porque da internacionalidad a la localidad estadounidense.

Lacombe es la contraparte de Neary porque da una imagen internacional al problema local estadounidense. Es soltero, o eso parece, es exótico, viaja en el mundo, sabe muchas cosas pero nunca se sabe qué tanto sabe, qué sabe o por qué lo sabe. A diferencia del hombre común que no tiene nada que ocultar, Lacombe es todo un misterio.

La primera secuencia de la película -que pasa, de hecho, en el norte de México- nos muestra una entrevista entre un anciano traumado por el encuentro de los extraterrestres hablando en español y una persona traduciendo simultáneamente al traductor de Lacombe. Hay aquí una línea de misterio impresionante que se repite en las conversaciones al norte de la India y en el lenguaje físico de los nómadas del desierto de Gobi en Mongolia. Múltiples idiomas que confluyen en un solo hombre. El destino del mundo que se transporta entre los pliegues de las gabardinas de Lecombe para llegar al patio trasero del hombre común; perfumes de lo vasto que es el mundo.

China, India, México. Las coordenadas del mundo, de lo internacional y de lo exótico que conocemos a través de Lacombe, son las coordenadas de lo exótico para la cultura estadounidense. El exótico inmediato cruzando la frontera sur, el exotismo lejano del hinduismo espiritual (que Spielberg vuelve a retomar, al borde del antropocentrismo racista, en Indiana Jones and the Temple of Doom) y el exotismo siempre presente del continente chino como pradera de los sueños lejanos de rutas de seda.

Todo esto nos muestra exactamente la intención de exotismo que canaliza Lacombe en contraparte con la normalidad suburbana en el vecindario de Neary. Es por eso mismo que, al final, estos personajes se encuentran y, por lo insólito del momento, Lacombe le dice a Neary: “Lo envidio Sr. Neary”. La cortesía y el apelativo no son en vano: uno es doctor, el otro es señor nada más. Así, el consagrado sabio que trae las confesiones del mundo en su cartera, debe rendirle homenaje al hombre común norteamericano.

El exotismo que canaliza Lacombe es la contraparte de la normalidad de chisme suburbanos de Neary.

Lacombe acaba envidiando la suerte del hombre común porque fue elegido para el viaje extraordinario que dará todas las respuestas a lo desconocido. Cuando los créditos corren con la nave partiendo lentamente, Spielberg nos deja, como a Lecombe, imaginando lo que Neary está viendo en ese momento.

No son, entonces, las capacidades humanas las que nos hacen importantes, sino las aleatorias elecciones de los visitadores superiores. Y este es un tropo recurrente de las teorías de conspiración actuales. En Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, los que revelan la verdad son extraterrestres; en las creencias de terraplanismo o Qanon, los que revelan la verdad son Dios o, algo mucho más difícil de encontrar, los políticos honestos.

Spielberg alimentó todas estas creencias paranoicas porque desecha, de alguna forma, el conocimiento de Lacombe: no importa qué tan doctos seamos, que tanto sepamos de las estructuras secretas del gobierno, los que acaban perforando el misterio del cosmos son los hombres comunes que mantienen su fe a pesar de los estatuos sociales, la pérdida de vínculos familiares, y la amenaza de ser confinados a instituciones mentales o prisiones.

La sensación con la que queda el espectador, entonces, es la de haber presenciado algo extraordinario a través de los ojos de un hombre ordinario. Y eso tiene un poderosísimo efecto emocional comprobado, una y otra vez, por los mitos del héroe común. Aquí, sin embargo, la historia de Luke Skywalker o cualquiera de las miles de máscaras del héroe, tiene un impacto certero en la realidad. Porque hay una relación cultural viva entre lo que hizo Spielberg en Encuentros Cercanos del Tercer Tipo y las creencias de los hombres que irrumpieron, hace unos meses, en el Capitolio de Estados Unidos.

El velo perforado

Nunca podremos conocer los secretos del universo en los recuerdos de Barry, el niño, y en los ojos para siempre lejanos de Neary. Pero vimos, en el camino, cómo un hombre común perforó el velo para llegar a la verdad.

Todos le dijeron a Neary que estaba loco, su familia lo abandonó, perdió su trabajo y a todos sus amigos; lo amenazaron, lo trataron de drogar con gas, lo persiguieron militares… Pero él persistió en el sueño obsesivo de una montaña. Neary buscó encontrar, como sea, respuestas a las preguntas más apremiantes del hombre.

Es por eso que Neary representa la venganza del conspiranoico. Es Mulder diciendo “se los dije”; es el ñoño encerrado en el sótano de su madre siendo recompensado por una inteligencia superior; es el premio a los tenaces frente al resto imbécil de los humanos que los marginaron. Es el prototipo soñado de la aspiración y la meta conspiracionista, es el maldito El Dorado.

Neary llega al colapso mental para convertirse en un completo paria. Y en ese gesto simbólico de martirio, destruye la normalidad con la vandalización violenta del núcleo familiar. Cuando el padre de familia pierde la cordura y rompe lo cotidiano de la rutina, cuando su comportamiento se vuelve errático, toda la certeza de lo que es hogareño se rompe. Y luego, en el colapso completo, el mismo proveedor suburbano destroza el símbolo mismo de la familia al vandalizar la sala de estar.

El mismo proveedor suburbano destroza el símbolo mismo de la familia vandalizando su propia sala de estar.

Neary sacrifica, así, ritualmente a su familia, a la sociedad y a su especie. Luego, cuando llega a Wyoming, a la Torre del Diablo, literalmente debe romper las barreras del gobierno para perforar el velo y llegar a la verdad. Neary va venciendo así, una tras otra, las pruebas que la sociedad le impone: familia, sociedad, estado. Porque lo cotidiano quiere aprisionarlo, hacer que se quiebre, que desista en su búsqueda, que tema por su cordura. Pero Neary va dejando a los incrédulos en el camino: los otros invitados en el helicóptero, los pobladores que huyen bajo las amenazas del gobierno, el hombre con el que escala la montaña e, incluso, a su nuevo interés romántico.

La obstinación de Neary nos muestra así, en contraparte, la obstinación de la sociedad por mantener una normalidad y la obstinación del gobierno por ocultar lo que no es normal. Esa es la otra cara de la apología del conspiracionista que vemos en Neary. El hombre común puede intentar perforar el velo, pero este trabajo siempre tendrá que enfrentarse con las fuerzas del orden. Principalmente, las instituciones psiquiátricas que hablan de cordura y el imaginario de un estado omnipresente, burocrático y militar.

No es casualidad lo que muestra esta representación y los efectos que ha tenido en la realidad. Podemos dar un ejemplo. El Unabomber, uno de los terroristas internos más infames de Estados Unidos visitó, en 1994, un año antes de perpetrar su mortífero atentado, el Área 51 en Nevada.

Cuando lo iban a ejecutar pidió ver la película Contact (1997) basada en el libro de Carl Sagan sobre la relación posible con seres de otros mundos. El Unabomber, habló también frecuentemente con Milton William Cooper un famoso conspiracionista de la ufología antes de morir.

No estamos diciendo que Spielberg haya creado al Unabomber. Las relaciones de causalidad directa no tienen lugar aquí. Ni que fuéramos conspiranoicos. No, lo que decimos es que la ufología, después de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo tuvo una explosión enorme en la cultura popular que encontró su nicho en periodistas oportunistas y personas ya predispuestas a la paranoia que alimentaban un profundo recelo al gobierno.

Ted Kaczynski, el Unabomber al ser detenido.

El maravilloso libro sobre teorías de conspiración de Michael Barkun expone todos estos datos que sirven para mostrar la fuerte conexión entre el odio antisistémico y las teorías conspiranóicas de la ufología. Porque el pensamiento común aquí es que el gobierno es un enemigo maligno que conoce la verdad, pero que se la niega a su pueblo.

Encuentros Cercanos del Tercer Tipo dio forma, en su retrato del gobierno, a la idea poderosa de un sistema opuesto a la ciudadanía que crea un velo de desinformación. La siguiente década, Carpenter caricaturizará, finalmente, esta misma idea en They Live! (1986).

Los camiones en los que los científicos y militares se dirigen al sitio del encuentro en Wyoming están pintados con necesidades del confort normal americano: Baskin Robbins y Coca Cola. Disfrazados de la normalidad chatarra, el gobierno miente, se inventa una fuga de gas venenoso y desaloja una área habitada de 400 millas para tramar sus planes secretos.

Detrás de lo evidente, detrás de la normalidad aparente, se esconde una verdad que, perversamente, se le oculta a la ciudadanía. El gobierno controla e impone verdades.

Hay, incluso, una escena maravillosa en la que vemos a militares y personal gubernamental discutiendo cómo encubrir un desalojo masivo tan enorme: ¿Ébola? ¿Ántrax? ¿Fenómeno natural? Y terminan eligiendo un error en la experimentación militar. Ese mismo error que atormenta los sueños de los americanos y que se cataliza en The Mist (2007) y Stranger Things (2016).

El gobierno es tan insidioso que cubre una conspiración con la idea de otra. Se echan la culpa para causar más miedo, para distraer la curiosidad hacia otros, inexistentes, secreetos. Son retorcidos, perversos, astutos, manipuladores y todopoderosos.

Cuando llega Neary a Wyoming a la Torre del Diablo, literalmente debe romper las barreras del gobierno para perforar el velo y llegar a la verdad.

Entre la normalidad del hombre que perfora el velo y la extraordinaria fuerza del gobierno que cubre sus huellas, está el sueño húmedo de los conspiranoicos.

Los tres pilares de todas las teorías de conspiración estadounidenses están definidos por Michael Barkun y representan también los pilares de la cinta de Spielberg: nada pasa por accidente (ni los accidentes militares); nada es lo que parece (ni siquiera un camión de helados); y todo está conectado (detrás de todas las imágenes, los sonidos, los fenómenos, las desapariciones, se encuentra una verdad).

Lo importante en el legado de esta cinta de ciencia ficción está entonces en que perforó otro velo para llegar a nuestra realidad y alimentar los sueños más paranoicos de una generación. Por eso decimos que Close Encounters es la madre de todas las teorías de conspiración, el ying y el yang de la cultura paranoica americana.

La verdad paranoica

Spielberg logró que la imaginación llegara al mundo para convertir toda luz en el cielo en una nueva ficción colectiva. Y ahora, esos mismos imaginarios está regresando al primer plano de la política americana.

Después de las imbecilidades de David Icke, QAnon es una nueva teoría de conspiración estadounidense que se autoalimenta de la paranoia. Cree que hay una cábala satánica en las altas cúpulas del poder en Washington que mantiene un círculo pedófilo que sacrifica bebés para drogarse con secreciones de adrenocromo.

Todos estos simbolismos desconexos y complejos tienen sentido, sin embargo, en las mismas estructuras que planteó Encuentros Cercanos del Tercer Tipo. Todo se basa en la idea de que el hombre común puede encontrar la verdad interpretando las pistas correctas. Todo se mezcla con una desconfianza frente al gobierno, las verdades admitidas y los hombres de ciencia.

También, al igual que sucedió con el personaje de Richard Dreyfuss en la película, los seguidores de Qanon se han enfrentado, una y otra vez, a la reprobación social, el abandono familiar y los problemas con la autoridad. La creencia se convierte en algo tan obsesivo que no hay forma de parar su camino autotélico.

En junio de 2020, Alpalus Slyman secuestró a sus cinco hijos y se enfrascó en una persecución policial que duró horas y que atravesó dos estados. Al mismo tiempo, Slyman transmitió lo que sucedía dentro del coche en Facebook Live. El hombre, claramente transtornado, dijo que sus vecinos eran espías, que el coronavirus fue creado por el hombre y que John F. Kennedy había fingido su muerte. También, empezó a suplicar a Q, el supuesto informante dentro del gobierno que alimenta las creencias de QAnon, y al presidente Donald Trump para que lo salvaran.

Cuatro años antes, el 4 de diciembre de 2016, Edgar Maddison Welch trató de disparar dentro de una pizzería en Washington porque creía, previendo lo que sistematizaría QAnon, que ahí se juntaban políticos pedófilos a explotar niños en el sótano.

El surgimiento de estos grupos que no dejan de tomar fuerza en Estados Unidos, tiene orígenes diversos y complejos. Kurt Andersen en un excelente artículo para The Atlantic, los relacionó con el pensamiento New Age, las herencias del posestructuralismo continental en Estados Unidos y  las creencias más radicales del individualismo americano. Pero todo eso también se cristaliza en la cultura popular y por eso es tan interesante regresar a Close Encounters of the Third Kind.

La película seminal de Spielberg nos enseña cómo los mecanismos narrativos más efectivos de los blockbusters pueden impactar, cambiar y destronar, incluso, a la realidad factual. Desde el nacimiento de la ufología contemporánea hasta QAnon, esta película es una clase sobre las ansiedades de una era que ve la realidad como espectro difuso y que sigue necesitando creer, como si se tratara de una ficción coherente, que la vida tiene un solo sentido, pulcro, alcanzable, comprensible.

El exotismo lejano del hinduismo espiritual (que Spielberg vuelve a retomar en Indiana Jones and the Temple of Doom)