La historia del llamado “núcleo del demonio” muestra los peligros de la radioactividad y la valentía loca de los científicos que la desafiaron. 

Pasando las 11 de la mañana del 9 de agosto de 1945, estalló, sobre una pequeña cancha de tenis, la bomba nuclear de Nagasaki. Ese no era el fin de la guerra; ese día, en la cabeza de todos los americanos, la invasión de Japón comenzaba. Para muchos, incluyendo al presidente Harry S. Truman, la guerra continuaría hasta que todo Japón acabara bajo cenizas nucleares y las tropas americanas tomaran posesión de la isla.

Si Japón no hubiera capitulado seis días después, si el emperador no hubiera aceptado la rendición incondicional de un pueblo hasta entonces dispuesto a todo para no caer en la deshonra, Japón no sería el mismo. El emperador entendió muy bien los hechos históricos que se le presentaban y frente a la aniquilación completa de enormes poblaciones civiles, pronunció un discurso que hablaba a la perfección del horror nuclear.

“El enemigo posee ahora una nueva y terrible arma con el poder de destruir muchas vidas inocentes y de hacer daños incalculables. Si continuamos la pelea, no solo resultaría en el colapso total y la aniquilación de la nación japonesa, sino también llevaría a la extinción completa de la civilización humana”

Para Hirohito ya no estaba nada más en juego la vida de los japoneses sino el futuro de la humanidad. El miedo a la bomba nuclear no venía nada más del poder masivo de devastación instantánea sino también de la muerte silenciosa, lenta y dolorosa de decenas de miles de personas por las quemaduras infectadas y el envenenamiento radioactivo. Porque nadie había medido aún las consecuencias verdaderas de la exposición al material radioactivo, ni las consecuencias inmediatas de las quemaduras por el flash atómico.

La primera víctima americana

Para comprender más a fondo los secretos de la masa ultra crítica en núcleos de plutonio, poco tiempo después de Nagasaki, en el mismo laboratorio en donde nacieron las dos bombas detonadas en suelo japonés, los más prominentes físicos al servicio de los militares americanos conducían experimentos. Eran los años salvajes de la experimentación nuclear y el grupo de científicos de Los Álamos, Nuevo México, parecía no temerle al demonio invisible, al dragón dormido que sufrieron, a través de leucemia, cáncer, quemaduras y ámpulas, los japoneses en esa fatídica mañana de 1945.

En el laboratorio del Proyecto Manhattan quedó listo, comprimido y recubierto de placas de níquel, el tercer núcleo subcrítico después de las bombas detonadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Esta esfera radioactiva de 6 kilos estaba pensada para construir otra bomba y continuar la devastación de Japón. Pero ahora sólo serviría para experimentos. El revestimiento de níquel evitaba que se escapara la radiación y el núcleo se podía tocar sin miedo a consecuencias. Se le llamó “Rufus” y decían que emanaba calor por la enorme concentración radiactiva de su interior.

Los científicos que empezaron a experimentar con Rufus querían observar ciertos datos arrojados cuando el núcleo se aproximaba a un estado supercrítico. El estado de masa crítica de un núcleo se alcanza, en la bomba atómica, al crear una reacción en cadena en la que neutrones se desprenden de un átomo para desprender otros neutrones de otro átomo. La rápida reacción libera una fuerza devastadora.

Esfera de plutonio utilizada en la recreación del incidente. (Foto: Los Alamos National Laboratory)

En los experimentos a los que sometían a Rufus, en 1945 y 1946, la masa supercrítica se alcanzaría en condiciones controladas: no podría llegar a una explosión masiva pero, de no tener cuidado, podría llegar a liberar una enorme cantidad de radioactividad en segundos.

Así, los científicos estadounidenses querían comprender más a fondo qué era lo que hacía que un núcleo alcanzara el estado supercrítico. Y había varias maneras de lograrlo. Un prominente físico de sólo 24 años ideó entonces un experimento: Harry K. Daghlian Jr. propuso utilizar bloques de carburo de tungsteno para reflejar los neutrones alrededor del núcleo hacia el interior de éste. Ya que Rufus estaba solamente un 5% debajo del estado de masa crítica, el experimento requería la máxima delicadeza.

El 21 de agosto de 1945, dos semanas después de la explosión en Nagasaki, Daghlian experimentaba con sus bloques de tungsteno. Alineándolos de cierta forma y en cierta cantidad, el físico llevó al núcleo muy cerca de la masa supercrítica. Detuvo entonces el experimento. Sin embargo, por necesaria curiosidad científica, obsesión o simple afición a su trabajo, Daghlian regresó solo, esa misma noche, para volver a reproducir los resultados del día. Al desplazar cerca del núcleo un último bloque de tungsteno, Daghlian se dio cuenta, por un contador Geiger, que el plutonio estaba ya muy cerca de alcanzar una masa crítica. Trató de retirar el bloque pero éste resbaló de su mano y cayó, fatalmente, al lado de Rufus.

El efecto fue instantáneo. El núcleo alcanzó masa supercrítica y Daghlian tuvo que pegarle a un bloque de tungsteno para impedir que el accidente llegara a circunstancias más desastrosas. El daño, sin embargo, estaba hecho. La enorme cantidad de energía radiactiva liberada era absorbida por los gases alrededor del núcleo y expulsada en forma de fotones de luz: así, el físico pudo observar el destello azul que marcaría su suerte fatal. Porque, a diferencia de los gases, el cuerpo humano no puede expulsar la radiactividad. Y Daghlian, al sentir la ola de calor y ver la llamarada azul, supo que su suerte estaba sellada.

La mano quemada y con ampollas de Harry K. Daghlian después recibir una dosis fatal de radiación durante el accidente en 1945. (Foto: Wikimedia Commons)

El joven físico recibió una cantidad instantánea de 200 rad o, aproximadamente, 2 gray. Los síntomas por esa dosis de radiación son terribles: vómito severo, diarrea, náusea, dolor constante, jaquecas agudas, síndrome purpúrico (sangrado subcutáneo que crea llagas y manchas moradas en la piel), fiebre, infecciones, y hemorragias. Finalmente, Daghlian murió después de 25 días de agonía.

El soldado Robert J. Hemmerly estaba cuidando el laboratorio en el momento del accidente, y recibió menos de la mitad de la radiación que absorbió Daghlian. Aún así, falleció 33 años después debido a complicaciones derivadas de la exposición radioactiva; en este caso, leucemia. Con la exposición del soldado, el desastre del experimento y la muerte de Daghlian, todos podrían suponer que se impusieron medidas más estrictas de seguridad para impedir que Rufus matara a más gente. Sin embargo, ese no fue el caso…

La terrible muerte de Louis Slotin

Los científicos Louis Slotin y Herb Lehr del Proyecto Manhattan. (Foto: Los Alamos National Laboratory Archives)

Nueve meses después del incidente que le quitó la vida, horriblemente, a Harry Daghlian, el físico canadiense Louis Slotin empezó a experimentar, de nuevo, con Rufus. El mismo núcleo de plutonio que había cobrado la vida del joven físico sería sometido ahora a otras rondas de experimentos. Para probar cómo podía llegar nuevamente a una masa crítica, Slotin puso el núcleo dentro de una media esfera de berilio. El experimento consistía, entonces, en bajar la otra mitad de la media esfera sin cerrarla completamente. Si se cerraba la esfera, el núcleo alcanzaría una masa crítica.

Conocido por su afición al peligro y su carácter desenfadado, la imagen clásica de Slotin es la de un hombre joven y apuesto parado, sin camisa y con lentes oscuros, junto a la primera bomba nuclear. Ahora, para lograr su experimento, Slotin, vestido con jeans vaqueros y botas, bajaba la tapa de berilio sosteniéndola a través de un hoyo en su parte superior y separando las dos mitades, únicamente, con la lámina de un desarmador plano.

El gran físico Richard Feynman, llamó a estos experimentos, por el riesgo que significaban, “hacerle cosquillas a la cola de un dragón”. También, otro gran físico italiano, Enrico Fermi, le dijo a Slotin: “si sigues haciendo eso, vas a estar muerto en menos de un año”. Ambos tenían razón.

Slotin realizó su arriesgado experimento más de doce veces con éxito. Y el éxito en el riesgo aumentó su bravura. El 21 de mayo de 1946, exactamente 9 meses después del accidente de Daghlian, Slotin conducía tranquilamente el experimento que dominaba mientras otros siete colegas lo observaban y tomaban medidas. Sin embargo, ese día algo salió mal: el desarmador se resbaló y las dos mitades de berilio se cerraron sobre el núcleo.

Recreación del incidente de Louis Slotin. (Foto: Los Alamos National Laboratory)

El efecto, de nuevo, fue instantáneo: el núcleo llegó a un estado de casi criticalidad liberando una enorme cantidad de radioactividad. Los científicos observaron un destello de luz azul y sintieron una ola de calor antes de que Slotin tumbara, con la mano expuesta, la tapa de berilio, parando instantáneamente la reacción. En ese momento, como atestiguó el físico Raemer Schreiber, Slotin dijo, simplemente, “Bueno, pues eso es todo.”

Sin embargo, a pesar de saber que su suerte estaba echada, Slotin tuvo un último gesto de intuición científica. Todos los físicos que se encontraban en el cuarto con él corrieron despavoridos en el momento del accidente pero Slotin los llamó de regreso al cuarto y les pidió que marcaran el lugar exacto en donde estaban en el momento del incidente. Así, todos marcaron su posición exacta con latas de refresco e instrumentos de medición y determinaron así la cantidad de radiactividad recibida.

Alvin C. Graves recibió la peor parte entre los siete otros científicos, fotógrafos e ingenieros presentes en el cuarto al absorber un total de 166 rad. Vivió otros 19 años sin grandes complicaciones. Los demás recibieron una dosis menor a 20 rad y sólo uno de ellos falleció de leucemia. Todo porque Slotin se llevó la peor parte y absorbió, en segundos, la máxima cantidad de radioactividad que ha jamás recibido un humano: más de 1,000 rad, una dosis cinco veces mayor a la que recibió Daghlian; es decir, cinco veces más que la dosis letal para humanos.

Mientras Daghlian agonizó durante un mes, la muerte de Slotin fue brutalmente rápida. Todos los testigos del accidente fueron llevados en ambulancia al hospital de Los Álamos y Slotin comenzó a vomitar en el camino. Siguió vomitando en las siguientes horas y la mano con la que tiró la tapa de berilio comenzó a entumirse y a cosquillear antes de producirle un dolor intenso. Pronto, los doctores tuvieron que ponerle el brazo en hielo para apaciguar el dolor y la hinchazón. Pero la mano comenzó a ponerse azul y luego morada, con la consistencia de una estatua de cera. En poco tiempo comenzaron a producirse grandes llagas en la piel.

Manos de Louis Slotin poco después de entrar al hospital de Los Álamos. (Foto: New York Public Library)

Al parecer, Slotin llamó rápidamente a sus padres: sabía muy bien que no tenía mucho tiempo. La armada pagó los costos del transporte y llegaron cuatro días después del accidente. Pero sólo fueron a despedirse de su hijo: las células blancas del físico cayeron en picada, su temperatura corporal bajaba y subía drásticamente, empezó a sufrir náuseas permanentes y agudísimos dolores de estómago antes de caer en un estado de completa confusión mental. Slotin presentaba quemaduras radiactivas internas; es decir que tenía el equivalente a quemaduras solares graves… pero en los órganos. Imaginen esa sensación por un instante. En sólo nueve días, Slotin cayó en coma y murió.

***

En esos años de experimentación atómica salvaje, los valientes físicos no se escondían detrás de placas de plomo a una distancia razonable. Y las consecuencias fueron graves. Rufus causó las únicas dos muertes por radiación dentro del laboratorio estadounidense que creó la bomba. Y, después de la horrenda muerte de Rufus, dejó su nombre inocente para ser bautizado como “el núcleo del demonio”.

De cualquier manera, en los secretos de los antros militares, el horror de las muertes desafortunadas de Daghlian y Slotin fueron sólo una imagen de lo que podía hacer la radiación. Y tal vez sirvieron de espejo para que los militares estadounidense comprendieran el máximo horror que vivió la población civil de Hiroshima y Nagasaki.

Por cierto, en 1989 Hollywood llevó a la pantalla grande la historia del núcleo del demonio con Fat Man and Little Boy, una película sobre el Proyecto Manhattan en la que un joven John Cusack interpretó a un personaje inspirado en Louis Slotin, que de la misma forma que el físico canadiense encontraría su fatídico destino con el núcleo del demonio.

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