La viruela negra o la bomba biológica que destruyó Tenochtitlán

Además del hierro español, fue un virus lo que determinó la caída del imperio azteca.

Mucho se ha dicho ya sobre La Conquista de México. Que los españoles violaron mujeres, saquearon aldeas, y que los mexicas los veían como dioses de cuatro patas ungidos con hierro: monstruos impenetrables que todo lo devoraban. Pero la Historia insiste en matizar algunos hechos. Entre ellos, la ferocidad con la que los españoles arremetieron contra la futura República Mexicana.

Es cierto que la Malinche sirvió de intermediaria entre Hernán Cortés y Moctezuma Xocoyotzin. Y que incluso existió una especie de amable convivencia entre ambos. Pero también habría que considerar el suceso a la luz de diversos factores que, en su conjunto, provocaron la caída del imperio mexica. No se están negando todos los actos de violencia que se les atribuyen a Hernán Cortés y sus hombres, pero –digamos que– ellos no hicieron el trabajo solos, otras tribus que vivían sometidas bajo el yugo mexica y algunos fenómenos de orden biológico permitieron que los españoles crearan la Nueva España.

Grabado que muestra la relación entre Moctezuma y Hernán Cortés

Una bomba biológica con forma humana

Corría el año de 1520 cuando, un 5 de marzo, una pequeña flotilla española al mando de Pánfilo de Narváez abandonó Cuba para dirigirse a la Nueva España. Las naves transportaban caballos, armas, y 900 soldados españoles. Pero lo que nadie había previsto es que uno de estos oficiales traía consigo un arma mucho más letal que toda la caballería y el armamento que transportaban esas naos.

Cuando las naves desembarcaron en Zempoala, Veracruz, traían consigo, una bomba biológica cuyo nombre era Francisco de Eguía y el cual transportaba dentro de su cuerpo billones de células que contenían el virus de la viruela negra.

Parte del Códice Florentino en el que se retrata la infección de viruela en México.

Según el artículo “Perspectiva histórica de la viruela en México: aparición, eliminación y riesgo de reaparición por bioterrorismo”:

“La viruela resulta de la infección aguda del virus Variola, que pertenece al género de los Orthopoxvirus. Se considera que el virus emergió para afectar a las poblaciones humanas cerca del año 10,000 AC. La viruela ha tenido un impacto profundo en la historia de la humanidad y en el establecimiento de las sociedades actuales, destacándose como una de las enfermedades con mayor potencial devastador.”

Considerado el primer caso del virus en tierra azteca, Francisco de Eguía fue trasladado a la casa de una familia de nativos en la ciudad de Cempoallan. Al poco tiempo, los miembros de la familia adquirieron el virus y, en cuestión de diez días la ciudad ya era un cementerio. Y aquellos que decidieron mudarse, llevaban el virus consigo.

La Biblioteca Universitaria de Oza conservó esta imagen de La Expedición Balmis (1803-1814) que muestra a una persona infectada con viruela.

Para septiembre de 1520, la viruela se había expandido por el Valle de México y un mes después, en octubre, llegó a Tenochtitlán. En aquel entonces en la capital azteca habitaban alrededor de 250 mil personas, pero cuando llegó diciembre, al menos un tercio de la población había sido víctima del virus. Incluyendo al emperador Cuitláhuac.

En el octavo volumen de su Historia de las cosas de la Nueva España, Fray Bernandio de Sahagún describe con notoria claridad este terrible episodio:

“Antes que los españoles que están en Tlaxcala, viniesen a conquistara México dio una grande pestilencia de viruelas a todos los indios, en el mes que llamaban tepeilhuitl, que es al fin de Septiembre. Desta pestilencia murieron muchos indios; tenían todo el cuerpo y toda la cara y todos los miembros tan llenos y lastimados de viruelas que no se podían bullir ni menear de un lugar, ni volver de un lado a otro, y si alguno los meneaba daban voces. Esta pestilencia mata gentes sin número; Muchas murieron de hambre porque no había quien pudiese hacer comidas; los que escaparon de esta pestilencia quedaron con las caras ahoyadas y algunos ojos quebrados. Duro la fuerza desta pestilencia sesenta días, y después que fue aflojando en México, fue hacia Chalco.”

Los mayas pensaron que la enfermedad era obra de los dioses Ekpetz, Uzannkak y Zojakak, que volaban de noche por el pueblo e infectaban a la gente. Los aztecas culparon a Tezcatlipoca y Xipe, e incluso se hablaba de la magia negra que utilizaban los hombres blancos. Así, la viruela era llamada en lengua náhuatl como tomonaliztli, cocoliztli, o huey zahuatl, que significa algo así como “granos grandes”. Estas denominaciones todavía pueden encontrarse en los libros parroquiales de defunción de los primeros años del siglo XX.

Imagen que muestra la huey cocoliztli siendo tratada por un médico azteca.

Pero la viruela no fue el único virus que diezmó la población de México. Recientemente, un grupo de investigadores alemanes del Instituto Max Planck ha obtenido pruebas que indican que aquello que mató a los aztecas no fue sólo la viruela, también la salmonela y las cóleras. Aun así, la viruela puso a prueba el temple físico de los indígenas e inició la epidemia que se propagaría por todo el imperio.

De acuerdo con el historiador israelí Yuval Noah Harari, en México existían 22 millones de personas, pero para finales de 1520, sólo quedaban 14 millones. La viruela había cobrado factura y su costo contribuyó a la conquista de México. Pero ese fue sólo el principio. A la viruela siguieron oleadas de sarampión, gripe y otras enfermedades infecciosas que no habían tocado nunca suelo americano. En su libro Plagues and People, William H. McNeill’s estima que para 1620 sólo quedaban 1.6 millones de indígenas en México.

La viruela se instauró en México y aunque se fue controlando con el paso de los siglos, hasta que en 1980 la Organización Mundial de Salud declaró que el virus había sido erradicad. En 1915 hubo un brote que mató a 70 mil personas y, todavía en 1947, un mexicano viajó a Nueva York e inició ahí un pequeño brote de viruela, que si bien, no tuvo grandes repercusiones, se suscribe en la historia como testimonio de las armas biológicas humanas.

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