Ahora es el documento más antiguo de América.

En 1965 un grupo de saqueadores encontró y robó de una cueva de la serranía chiapaneca el códice Grolier. Diez hojas pintadas sobre papel amate, con iconografía maya que representa el movimiento del planeta Venus sobre el firmamento y que se especula que sólo son un fragmento de un libro mucho más grande.

Su destino quedo en el extranjero. Fue a parar a las arcas del coleccionista Josué Sanz y posteriormente fueron exhibidas por el antropólogo estadounidense Michael Coe en el Club Grolier de Nueva York (1971). Tiempo después, Sanz donó el documento al gobierno de nuestro país. Desde entonces quedó oculto en algún oscuro sótano del Museo Nacional de Antropología, sin que realmente a nadie le interesara saber qué onda con él.

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Desde su descubrimiento hace más de 4 décadas, éste códice (considerado uno de los documentos más raros del mundo) había pasado por apócrifo. Hoy, gracias a un estudio de la Universidad de Brown, Estados Unidos, sabemos que es real y que data del siglo XIII, por lo que se ha convertido en el manuscrito más antiguo del continente americano y uno de los 4 códices mayas que sobreviven de la época precolombina.

El estudio, publicado en la revista Maya Archeology, estudia los orígenes del manuscrito, la naturaleza de su estilo y la iconografía, el significado de sus tablas del planeta Venus. “Las líneas rojas finas de boceto subyacentes a las pinturas y el pigmento azul maya utilizado en ellos son totalmente convincentes” afirman los científicos.

El códice fue descubierto junto a otros seis objetos, entre ellos una pequeña máscara de madera y un cuchillo de sacrificio con un mango con forma de puño cerrado. Todos los objetos fueron aceptados como auténticos, excepto el códice.

Lo contundente de su autenticidad quedo demostrado con las pruebas de carbono, que fecharon el documento en 1230.

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En el estudio, de 50 páginas, los científicos afrontan las críticas formuladas por los estudiosos durante los últimos 45 años y describen cómo el Códice Grolier difiere de los otros tres manuscritos antiguos mayas conocidos (Madrid, Dresde y París, nombres de las ciudades en las que se conservan ahora), aunque se une a sus rangos.

Stephen Houston, codirector del programa de las primeras culturas de la Universidad de Brown e investigador principal del estudio, afirma que ahora las autoridades mexicanas deben decidir qué hacer con el códice, si lo expone al público o lo deja donde está, en lo que el investigador llama exilio interno. 

fuente El País

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