Por fin se estrenó Pixels, la adaptación del increíble corto de Patrick Jean que tomó por sorpresa a YouTube hace cinco años. Y bueno, todos sabían que podía ser una película particularmente mala en su alocada premisa y su buscado sinsentido, pero nadie nunca esperó que se convirtiera en una cosa tan acartonada, tan mal realizada y tan dependiente del humor gastado de un agotado Adam Sandler.

La idea de la película es regresarnos una sensación de nostalgia por una era pasada; en particular, por la era que estableció el término nerd como un insulto, que dividió en bandos cada vez más específicos a los jugadores de futbol americano y a los jugadores de videojuegos con lentes de pasta, acné y dependencias maternales, a la era de los terribles e increíbles años ochenta. Esta película es una fiel hija de su momento: éste es el año de la nostalgia (como hemos dicho una y otra vez) con remakes y reboots de grandes clásicos de ciencia ficción de las últimas tres décadas –desde Star Wars hasta Jurassic Park, pasando por Mad Max– y películas que claramente quieren hacer referencias directas a un pasado mejor –desde la pésima continuación de la nostálgica Hot Tub Time Machine hasta la nueva joya de Pixar, Inside Out.

Y claro, uno esperaría que, en una película dedicada a la nostalgia y que se centra específicamente en la temática de los videojuegos clásicos de 8-Bits, encontraríamos, al menos, referencias inteligentes relacionadas con el regreso vengativo de los llamados nerds a un presente que premia con millones de dólares competencias cada vez más serias de eSports, que se adueña de las taquillas con adaptaciones de cómics clásicos de Marvel y DC, y que ha creado toda una estética amorosa alrededor de la figura del geek que controla al mundo desde Sillicon Valley. Pero no, todas nuestras decepciones se triplicaron en este peculiar bodrio de humor gastado, referencias mal emplazadas y buscado desconocimiento de la cultura geek. Como bien dijo Chris Suellentrop para Kotaku: no me preocupo por los spoilers, porque quemarles mucho es ahorarles molestias.

Una premisa insostenible

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La idea de la película es simple y comienza cuando un grupo de amigos viaja a la primera competencia internacional de videojuegos de 1982 (que no parece tener nada de internacional) y compiten por el primer premio. Sam Brenner –el joven personaje que después será Adam Sandler–, pierde el primer lugar en un enfrentamiento mano a mano con el joven personaje de Peter Dinklage, Eddie Plant, también auto-apodado “Fireblaster”, en una batalla de Donkey Kong. Y bueno, la idea es que Brenner no puede ganar en Donkey Kong porque, en los niveles superiores, los barriles comienzan a caer de forma más errática y no puede adivinar los patrones del videojuego. Así que su nivel en Pac-Man y otros juegos, sus récords casi perfectos que rozan con el prodigio de Billy Mitchell, se deben a su extraordinaria capacidad innata, de talento puro, para detectar patrones en los videojuegos clásicos de principios de los ochenta.

Treinta años después, resulta que la NASA envió al espacio una cinta de la competencia internacional de videojuegos que fue interpretada por una raza alienígena como una afrenta mayúscula, como una declaración de guerra a la cual responden –“porque Aliens”– enviando versiones en Voxels de los clásicos juegos pixeleados para destruir la tierra. El asunto entonces es que los alienígenas tienen cierto respeto por la competencia leal –a pesar de tener tecnologías mucho más avanzadas y recibir un mensaje que interpretan como una afrenta intergaláctica– y le dan a los humanos tres vidas para sobrevivir a diferentes ataques de videojuegos clásicos materializados en Voxels de luz que pixelean todo lo que tocan reduciéndolo a nada.

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El viejo amigo de Brenner (Kevin James) que apestaba en todos los videojuegos acaba siendo presidente–¿por qué no?– y, desesperado, reúne al viejo grupo de Arcaders –como diferencia marcada del Gamer– para que se enfrente a la terrible invasión alienígena que parece más una broma pesada. En medio de todo esto, Adam Sandler logra convertir la película en una de sus típicas y cansadas comedias románticas con una Michelle Monaghan completamente despistada; sale la figura del proto­-geek conspiracionista (Josh Gad) que se enamora de la protagonista de un videojuego mítico (creado para la película) llamado Dojo Quest; hay interminables referencias ochenteras que van desde Madonna hasta Fantasy Island pasando Hall and Oates; y todo se convierte en un desbarajuste incomprensible hasta el evidente final en el que los nerds transformados en héroes salvan al planeta y consiguen realizar específicamente todos sus deseos sexuales (que van desde, no miento, hacer un trío con Martha Stewart y Serena Williams hasta reproducirse con Qbert).

Y bueno, ¿qué les puedo decir? No es que espere una trama completamente libre de incoherencias cuando estoy a punto de ver una película en la que videojuegos alienígenas invaden la tierra; no es que vaya a ver una cinta actuada por Kevin James y Adam Sandler esperando encontrar a Bergman resucitado; no es que me ponga los moños del fanático incrédulo de realismos desabridos, pero es que mucho de esta premisa no tiene ningún sentido.

Los sinsentidos que se acumulan

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En primer lugar, el ataque de los alienígenas está lleno de referencias que no corresponden a 1982 y que, más bien, se refieren a hitos populares de mediados de los ochenta (como Duck Hunt o la señora de Where’s the beef? De Wendy’s). Y esto puede parecer como un error menor de simple flojera investigativa por parte de los guionistas. El problema es que se junta con todas las demás incoherencias que llegan a ser particularmente molestas. Digo, más allá de que se repite el esquema de Independence Day en el que los gringos salvan a todo el mundo y el máximo hito del exotismo es la destrucción de un Taj Mahal en pantalla verde; que los invasores alienígenas quieren jugar videojuegos destructivos en la tierra y que se enojan cuando el Fireblaster utiliza unos códigos incomprensibles en sus lentes de sol para derrotar a un Pac-Man gigante en Manhattan (¿?); que un jugador increíblemente dotado para los videojuegos tenga que ser necesariamente un genio que puede “crear tecnología en vez de usarla”; encontramos una enorme falta de respeto hacia el mundo de los videojuegos. Y esto es particularmente impactante en una película que te restriega un poster gigante de Pac-Man devorando San Francisco.

Porque, en un pequeño grupo de amigos, el que acaba siendo presidente (en una parodia burda a George Bush hijo) es el que no sabe nada de videojuegos; como si fuera evidente que, al no desperdiciar tu tiempo en maquinitas, vas a llegar a ser el hombre más poderoso del mundo. O porque hay referencias bastante arcaicas al concepto mismo del gaming.

En un momento parece como si los guionistas de esta película nos estuvieran regañando con un pasado mejor de los videojuegos en el que sí se socializaba alrededor de las maquinitas: en el siglo XIX madres regañaban a sus hijos por no socializar y leer novelas de aventuras, en los años veinte por no socializar y leer tiras cómicas, en los años cincuenta por no socializar y ver televisión, en los años ochenta por no socializar y jugar maquinitas y ahora, con el retorno de Adam Sandler, son los escritores de esta cinta que nos regañan por no socializar y encerrarnos a jugar Last of Us.

Y esto, que me disculpen, pero no tiene ningún sentido en una película dedicada –aparentemente– al amor por los videojuegos. En algún momento también se menciona que la diferencia entre los juegos de Arcade clásicos y las nuevas joyas como, justamente, Last of Us, es que antes había patrones reconocibles que tenías que dominar para pasar el juego y que ahora todo se basa en la empatía que siente el gamer con el personaje que controla. Pero los videojuegos siguen funcionando con patrones que se descubren (aunque se complejicen muchísimo o se vuelvan autoparódicos como sucede en The Stanley Parable) y siempre ha sido una cuestión de empatía y supervivencia: desde el famosísimo Pong el jugador se ha sentido representado por algo en la pantalla; algo tan sencillo como una línea blanca le decía ya quién era en el otro mundo virtual, a quién se enfrentaba y el precio de la supervivencia para la victoria final. Así que toda esta comprensión de los videojuegos, más allá de los errores evidentes (como poder subir una escalera con el martillo en Donkey Kong o derrotar al temible changote aventándole el susodicho martillo a la cara (¿?)), parece escrita por personas que no están realmente implicadas en el mundo que intentan retratar.

La ceguera frente al mundo geek

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El Kevin James presidente dice bastante sobre el regaño de “aprovechar tu vida para convertirte en alguien importante”, pero ese regaño no se queda ahí. En algún momento el personaje del mandamás americano le dice a Adam Sandler, literalmente, que es una lástima que en este mundo el jugar videojuegos no sea una profesión que te haga ganar dinero y que es algo tan inútil como un herrero medieval. Y bueno, no sé mucho de herrería pero con sólo voltear la cara tres microsegundos al mundo de Twitch o a los torneos en estadio de League of Legends, puedo decir, con toda certeza, que el mundo de los videojuegos ha convertido, de hecho, lo que se consideraba un hobby pasajero por las madres ochenteras, en una carrera en pleno derecho. Y todo va mucho más allá, hay análisis literarios de los videojuegos, refinamientos máximos en la investigación que conllevan y su relación con los avances tecnológicos, hay estudios enormes de mercado sobre sus potencialidades, hay grandes firmas de abogados luchando por copyrights para poner canciones de Guitar Hero y cantidades masivas de estudiantes brillantes de ingeniería o análisis de datos que afluyen diariamente a las casas productoras más grandes del entretenimiento virtual. Así que, por el amor del señor, no me digan que los videojuegos son una profesión que no tiene salidas monetarias: al hacerlo, en una película sobre juegos de Arcade, están mostrando una completa falta de interés sobre lo que está sucediendo en la cultura geek de nuestros días.

Y si todo esto podría ser imputado a la nostalgia evidente de la película, no creo que baste la excusa de extrañar videojuegos clásicos (que puedes seguir jugando en una enorme variedad de simuladores o desenterrando consolas), para justificar estos regaños desplazados. Tampoco creo que basten las excelentes secuencias de acción con grandes videojuegos encarnados a la perfección en Voxels (y la lista es larga y gozosa: Pac-Man, Tetris, Donkey Kong, Jumping Man, Galaga, Centipede, Froger, Space Invaders, Paper Boy, Burger Time, Joust, Dig Doug) para justificar estos desplantes moralinos de desconocimiento a la cultura geek. Porque todo lo que parece reivindicarse aquí es el derecho de los nerds a ser tratados como personas heroicas, que merecen la atención del mundo, el derecho a no ser bulleados o separados de la sociedad y, finalmente, el derecho a enamorarse, besar (porque, al parecer, los nerds besan mejor por desearlo más) y reproducirse sexualmente.

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Toda esta historia parece ser un gran cuento de metáfora evidente sobre los bullys que controlan al mundo y los pobres nerds vírgenes (o perversos) que se esconden en el sótano de la casa de sus padres esperando, entre viejas aptitudes marchitas, a que el mundo los reconozca finalmente por lo que son: genios incomprendidos. Pero no necesitamos de otra comedia romántica gastada de Adam Sandler para darnos cuenta de que este estereotipo muy vivo en los ochenta ya no tiene ningún sentido en nuestra era; para saber que la reivindicación de la cultura geek se dio sola y con sus propios méritos, entre aciertos y desaciertos, que la revolución tecnológica nos envuelve a todos y que no se necesita a nadie que nos defienda, como pobre nerds de antaño en National Lampoon’s, de los embates de un mundo controlado por atletas despreciativos.

Lo bueno

  • El esfuerzo que hace Dinklage –más afín a Knights of Badassdom que a Game of Thrones– por sacar adelante un papel insulso.
  • Los enormes efectos visuales que hacen honor al corto de Jean.
  • Ver en pantalla grande la destrucción de un edificio con líneas de Tetris y a Max Headroom en las nubes.
  • Que en algún momento la película se acaba.

Lo malo

  • La terrible incomprensión del mundo geek que quiere retratar con nostalgia.
  • Los errores de investigación en el guión.
  • Adam Sandler y Kevin James. No se necesita decir más.
  • Que no tiene ningún sentido y que desperdicia una premisa que pudo lograr mucho.
  • Que apareza Toru Iwatani tres segundos como reparador de consolas y que después un actor tenga que representar su papel.
  • Que Chris Columbus siga cayendo en picada después de sus clásicos de comedia noventera.
  • Que Qbert meándose de miedo sea la mejor broma de la cinta.

Veredicto

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Mucho antes del corto de Patrick Jean, en el episodio 18 de la tercera temporada de Futurama, habíamos podido observar un regreso nostálgico a los juegos ochenteros de 8-bits y a Fry salvando al mundo con sus poco requeridas aptitudes de gamer. Con esta película se trató de regresar a ese concepto utilizando las apabullantes imágenes de Jean en una película que Adam Sandler transformó en comedia romántica y justificación innecesaria de una cultura que no entendió en lo absoluto. No es que te la pases mal viendo esta película, ni que no logre momentos espectaculares de acción, sino que el resultado es totalmente insultante para la cultura gamer y el mundo geek en que vivimos. Todo parece un regaño arcaico y la defensa innecesaria del derecho de los nerds a acostarse con alguien y seguir el camino de la felicidad americana. Si eso no basta para entender que la película es un desastre, quedan muchísimos otros momentos de comedia cebada y referencias mal emplazadas para convencernos de lo mismo. En pocas palabras: para nostalgias ochenteras podemos regresar a Seth Macfarlane y ahorrarnos mucho sufrimiento.

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Título: Pixels

Duración: 105 min.

Fecha de estreno: 24 de julio de 2015

Director: Chris Columbus

Elenco: Adam Sandler, Kevin James, Josh Gad, Peter Dinklage, Michelle Monaghan

País: Estados Unidos

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