Por fin se estrena el segundo de los grandes regresos nostálgicos del cine de ciencia ficción. Ya se proyectó, con todos los elogios, Mad Max: Fury Road recordándonos viejos tiempos ochenteros en el desierto australiano. Ahora es tiempo de regresar a los primeros años de los noventa, a momentos de Nuevos Pesos y otros cines, a las loncheras de dinosaurios y el amor por las teorías locas de la paleontología especulativa: señoras y señores, regresamos al Parque Jurásico.

Después de las dos cintas que siguieron al gran clásico de Spielberg, algo había quedado adolorido en ese fanatismo que nos sigue empujando a las salas de cine. Yo no sé ustedes pero me sentí vendido con la franquicia (algo así como cuando Lucas remasterizó las de Star Wars para jinetear más boletos de cine): pasamos de una primera parte magistralmente realizada, dotada de enorme fuerza emocional y gran inteligencia, al puro espectáculo de terror frente a criaturas cada vez más sobreexplotadas, cada vez más banalmente formuladas. Y la emoción fue menguando: los niños cambiaron sus loncheras de dinosaurios por algunos otros intereses; Goldblum y Sam Neil no pudieron meter las manos por esas historias sosas; y Steven Spielberg se marchó para realizar otras locuras.

Entonces, ¿qué nos deja esta cuarta entrega? ¿Superó los insultos que fueron la segunda y la tercera parte? ¿Regresó a los preceptos de Crichton y a los cariños familiares de Spielberg? ¿Volvió a matizar la acción para hacer un drama para todas las edades o regresó a aprovechar el terror de muertes violentas y brazos cercenados? Pues, como dijo alguna vez el gran Samuel L. Jackson, agárrense a sus traseros y sigan leyendo algunas opiniones sobre una cinta que no le llega ni a los talones a la primera pero que guarda muchas sorpresas agradables. (Para comentar la película tendré que añadir unos cuantos SPOILERS, así que si quieren toda la acción sin anticipación, regresen a leer después de disfrutar la película).

Una premisa conocida

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Jurassic World regresa a la premisa de la primera película: no se trata aquí de nuevas expediciones en islas paralelas o del regreso a Nublar por cuestiones de rescate de adolescentes insoportables. No, aquí el asunto es el parque en todo su esplendor, el parque que soñó John Hammond y que nunca vio nacer: un enorme zoológico monstruoso de animales prehistóricos con todo automatizado, tiendas de recuerdo, diferentes diversiones interactivas y, ¿por qué no? para dar fe al realismo, un Starbucks en cada esquina y algunos Margaritaville de mofa. Alguien dijo por ahí: “no se debe reparar en gastos”.

En esta película, después de 20 años del fiasco en el primer establecimiento de InGen, Simon Masrani, un excéntrico millonario, hereda los derechos del parque y la isla que lo contiene. Masrani es fiel a los preceptos del fallecido Hammond: quiere construir exactamente el parque que soñó su entusiasmado creador. La cosa es que han pasado dos décadas y ahora sí es posible la completa automatización, la contratación de los mejores ingenieros y creativos, la implementación de cruceros continuos y la capacidad para recibir a más de 20,000 personas a la vez. Además, con el éxito de la clonación de dinosaurios, cada vez hay más especies en el parque (que ya cuenta con 14 tipos de herbívoros y 6 carnívoros).

Es en el ambiente de este parque renovado, que los jóvenes Gray y Zach Mitchell van a visitar la temible isla Nublar en Costa Rica. El emocionado niño acompañado de su apático y calenturiento hermano adolescente, visitan el parque para reencontrarse con su tía Claire (Bryce Dallas Howard), ejecutiva y administradora del lugar que sigue las operaciones comerciales y logísticas con la frialdad implacable de un contador robótico. La mujer es despiadada, lejana y obsesiva con su trabajo. Sobra decir que es una fanática del control a la que las circunstancias empujarán a salirse de sus habituales casillas de la ley humana y del orden administrativo…

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Aquí el asunto es el parque en todo su esplendor, el parque que soñó John Hammond y que nunca vio nacer.

Porque todo va muy bien hasta que nos enteramos de que, en el lapso de esta visita, Claire tiene unos días laborales difíciles: el parque está sólo a algunas semanas de develar la creación de un nuevo dinosaurio. Se trata de una especie que no existió nunca, un híbrido que toma ADN de numerosos animales (tanto dinosaurios y especímenes de nuestra era) para ser más grande, más fuerte, más temible y más inteligente que el T-Rex. Las razones para la creación de este híbrido monstruoso son evidentes: la gente se acostumbra poco a poco al contacto con dinosaurios, la sorpresa se diluye y la codicia corporativa busca crear nuevas y mejores atracciones. Más dientes igual a más billetes.

Cuando el enorme animal (de más de 15 metros) escapa de su precaria guarida, el ex marine y experto en comportamiento Velociraptor (algo así como la evolución natural del genial Robert Muldoon de la primera película) Owen Grady (Chris Pratt) acaba enrolado por la desesperada Claire para rescatar a sus sobrinos perdidos en medio del parque. La película se desarrolla entonces en la frenética persecución de un depredador temible antes de que capture a los niños perdidos y llegue a las puertas de un parque atiborrado. En medio de esto tenemos la espectacular presencia de un reptil marino gigantesco, viejos conocidos como los Velociraptors y el T-Rex, nuevas especies de dinosaurios (como la increíble aparición de los bellísimos Ankylosaurus que, en lo particular, me emocionó bastante), la misma codicia corporativa con el añadido de algunas terribles truculencias por parte de la rama militar de InGen (personificada aquí por un acertado Vincent D’Onofrio), algunos romances y momentos chuscos, mucha trama familiar y enfrentamientos espectaculares.

Un sentido homenaje

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Con esta síntesis somera que acabo de realizar, más de uno se habrá dado cuenta de que esta película quiere borrar el recuerdo de las pasadas dos entregas para rendir un sentido homenaje a la cinta de Spielberg. Porque eso fue exactamente lo que quisieron hacer, desde un principio, el director Colin Trevorrow (creador de la genial comedia de ciencia ficción, Safety not Guaranteed) y su coguionista Derek Connolly. Al retomar este proyecto, los dos jóvenes creadores quisieron regresar, con el formato (la película se filmó en 35 y 65 mm), la trama y un nuevo título (antes la cinta tenía el poco inspirador nombre de Jurassic Park IV), a la creación original de Spielberg distanciándose de las otras películas de la franquicia. En realidad Trevorrow y Connolly lucharon contra una enorme maquinaría de producción para moldear esta película a su visión del reboot: tuvieron que bajarle mucho al tono del guión original que quería más dientes y menos historia, siguiendo un poco lo hecho en 1997 y 2001.

Y sí, la trama retoma mucho, paso por paso, de la premisa de Jurassic Park. Tenemos, de nuevo, a dos niños perdidos en medio del parque después de que su vehículo es atacado por un dinosaurio gigante (entonces el más terrible T-Rex, ahora es la nueva especie, el Indomitus Rex). Encontramos también todos los problemas que surgen de la codicia corporativa: en la primera película personificada por la perversa presencia de Nedry y el sueño ambicioso de Hammond y aquí, tomando tintes más extremos, mediante la manipulación genética y la intromisión ambiciosa del desarrollo militar (que nos recuerda a la Weyland-Yutani de Alien). Por ahí están, con la misma cercanía, el regreso de un carismático cuidador de parque que entiende perfectamente a los Velociraptors; las persecuciones espectaculares con un conductor observando, en el retrovisor, los dientes de un depredador; los sustos y los despedazamientos; todo el gore, algo del sentimiento…

A diferencia de las dos secuelas, aquí no se diluye nada de la brutalidad: vemos a hombres comidos por enormes quijadas, descuartizamientos, sangre salpicada y escenas de increíble violencia y suspenso. En particular, disfruté, como no disfrutaba desde la primera cinta, una escena de muerte violenta que implica a una muy desagradable asistente inglesa, un tanque de agua gigante, un pterodáctilo y un reptil marino de proporciones inimaginables echándose un bocado fuera del agua. Cuando vi esa toma sí me dije que esto iba en serio: aquí no se midieron para matizar el espanto, se regresó con creces al viejo terror que logró Spielberg con momentos sugerentes, como el del brazo cercenado de Samuel L. Jackson sobre el hombro de Laura Dern.

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A diferencia de las dos secuelas, aquí no se diluye nada de la brutalidad.

Y ahí están todas las demás coincidencias en forma de guiños para fanáticos: el lugar tal y como lo soñó Hammond, las mismas puertas, decorados similares; el regreso del genetista Wu (BD Wong); un recuerdo genial, al principio de la cinta, de las teorías del Dr. Grant en cuanto a la relación de los dinosaurios con las aves (cosa que se ha confirmado con el tiempo); un paseo por las antiguas instalaciones del primer parque (incluido el hall de entrada en donde termina la pelea entre el T-Rex y los raptors); apariciones holográficas del gen animado que usa Hammond como material didáctico y del increíble Dilophosaurus; una toma excelente en la que un militar despiadado observa plácidamente a un Pterodáctilo volando a la par de su helicóptero (a diferencia de Grant, sin embargo, aquí el mercenario no se enternece y le pega un tiro al reptil volador)…

Pero, sobre todo, notamos el regreso a la fórmula básica del cine de acción y aventura que siempre quiso Spielberg (desde Jaws hasta War of the Worlds). Porque para el afamado cineasta, no hay película de entretenimiento veraniego que no conjunte las tomas espectaculares y movidas con una construcción más profunda de los personajes para lograr empatía con el público. Al final de Jurassic Park te encariñas con todos los que sufrieron la locura del desmantelamiento del sueño de Hammond: todos tienen una historia diferente que se une, en cariño familiar, en el último helicóptero, al final de la cinta, con el alivio del espectador. Sin tener, claro está, la misma capacidad que Spielberg imprime a sus cintas, esta cuarta entrega trata de regresar a la trama familiar en medio de la acción desparpajada.

Y claro que todo esto viene con su dosis de actualización (no en balde han pasado 20 años). Las guías automatizadas del parque ya funcionan con video (en los que aparece, no podía fallar, Jimmy Fallon); las instalaciones ya no se pueden hackear tan fácil y dependen de todo un grupo de profesionales en la materia (no se puede hacer lo mismo que hizo Nedry en la primera); los avances tecnológicos permiten mayores juegos con la genética; y, a nivel de la trama, los niños ya no son estas figuras endebles que no tienen idea de cómo arreglárselas solos en el mundo: saben de tecnología y mecánica básica, tienen celulares y son, en general, menos crédulos.

Un giro torpe por momentos pero finalmente interesante

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Con todo esto, vemos que Jurassic World quiere ser un regreso nostálgico a los inicios de la franquicia. Y, a pesar de sus deficiencias, lo logra en más de un sentido. Porque, es cierto, ésta no es una gran película como la que nos impactó tanto allá en el 93. Aquí hay errores de guión con escenas que no cuadran muy bien entre el alivio cómico y el suspenso; hay elementos increíbles y ajenos a toda lógica; hay momentos de puro desparpajo narrativo en donde se modifica lo que sea necesario para hacer avanzar el argumento. Ésta es una película de acción dominguera, a la que se va para buscar unos cuantos sustos (que sí logra) y pasar un rato agradable.

Sin embargo, en medio de todos sus errores y del aspecto dominguero, la película retoma algunas de las mismas preocupaciones de la original y las replantea en un nuevo marco. Así, encontramos que la aparición del Dr. Wu tiene un sentido mucho más profundo que el de crear una coincidencia de viejas referencias. Después de 20 años y de la muerte de Hammond, las investigaciones de InGen han continuado y el personaje de Wu señala una cuestión genial cuando el dueño de la compañía le reclama por el monstruo asesino que creó. En ese momento, el científico simplemente responde con un razonamiento de autorreferencia: si se hubieran apegado al realismo, otros dinosaurios hubieran salido; el parque no es la representación de una era sino la creación anti-natural de lo que queremos ver en los dinosaurios. Tal vez estos animales eran muy diferentes, tal vez los colores que les atribuimos son una construcción basada en los avances científicos de una época en que creíamos que eran reptiles; tal vez hubieran tenido otro comportamiento, creado sociedades distintas, convivido en relaciones mucho más complejas de las que imaginamos.

Con todo esto, lo que nos dice la respuesta de Wu, como también la trama de la película, es que la recreación en pantalla de dinosaurios es puro espectáculo, que no hay que buscar en estas películas el realismo sino la gustosa especulación de la ciencia ficción. Y, como bien escribió Edmund Lee para 48 hours, la creación de un nuevo dinosaurio responde a las críticas de las películas anteriores: la gente se aburre de lo mismo, desde el 93 ya no responden igual a la aparición en pantalla de monstruos espectaculares, el impacto se gasta y todos buscan más acción, más emociones fuertes, mayor realismo. Como el parque, la franquicia de Jurassic Park cayó en la lógica peligrosa del entretenimiento por el entretenimiento sacrificando la cordura y el sentido común para crear escusas de monstruos más grandes, más temibles, más abigarrados.

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La creación de un nuevo dinosaurio responde a las críticas de las películas anteriores: la gente se aburre de lo mismo.

En este sentido, Jurassic World es una cinta completamente consciente de sus mecanismos de impacto. Así, se entiende que pusieran a un tiburón para ser devorado espectacularmente por un Masosaurus en el tráiler. La idea es enfrentar al público con marcos de referencia propios: si lo ponen a comerse una Orca, el espectáculo sería una referencia a Keiko; si lo ponen a comerse al depredador más temido del océano, el espectáculo hace una referencia a nuestro ecosistema y la forma en que interactuamos con él. La idea es sencilla: “si te da miedo un tiburón, imagínate enfrentarte con este asesino prehistórico”. Y si, desde el tráiler, este mecanismo parecía completamente burdo y banal, después de ver la película puedo entender su punto: esta cinta quiere confrontarnos, como lo hizo la primera, con nuestro lugar en el mundo natural y las condiciones de nuestra supervivencia.

La creación artificial de especies extintas muestra, justamente, a los humanos con el deseo prometeico de convertirse en dioses, de desalterar los planes de la evolución para crear ellos mismos vida desde una probeta. Y las implicaciones éticas de todo esto son un tema difícil, que será cada vez más debatido (y que ya el personaje de Golblum había tratado a través de la teoría del caos en Jurassic Park). Aquí, la reflexión continúa de forma refrescante porque se cuestiona, de nuevo, todo el proceso antinatural de la clonación asistida: ¿es menos aberrante recrear una especie ya extinta –según los parámetros que nos parecen más cómodos a la vista– que crear un nuevo monstruo espectacular a partir de una mezcla sin precedentes de genes?

Al final de la cinta, Claire, que dejó la frialdad de la administradora para convertirse en heroína de acción, le pregunta al personaje de Chris Pratt: “¿Ahora qué hacemos?”. Con una coqueta respuesta que incluye toda la lógica de la cinta, Owen responde: “nos mantenemos juntos… para sobrevivir”. Claro, diciendo esto, el personaje de Pratt le está proponiendo, en broma, empezar una relación sexual. Pero la respuesta está cargada de una importante implicación. En efecto, los humanos forjamos nuestra supervivencia a través de la reproducción irracional que nos ha llevado a sobrepoblar el planeta convirtiéndonos en su máximo depredador, la cabeza de la cadena alimenticia.

Cuando crean al Indomitus Rex en el laboratorio, los científicos cambian la relación con todos los otros animales del parque: hay un nuevo depredador alfa, un nuevo espalda plateada para los Velociraptors y un nuevo oponente al Tiranosaurio que deja de ser Rey. Con esto, de nuevo, los hombres están jugando con un ecosistema creado para fabricar nuevas cadenas alimenticias; y, claro, observarlas, tras el cristal, como patio de juegos de los dioses. Así, al final de la película, la respuesta de Pratt apunta a que los humanos seguiremos jugando peligrosamente con nuestra supervivencia, reproduciéndonos y creando nuevos peligros hasta que alguno nos alcance… y tal vez nos muerda.

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Al final de la cinta, Claire, que dejó la frialdad de la administradora para convertirse en heroína de acción.

También es por eso que, cuando llegamos al desenlace de la cinta, vemos la lucha de todas las especies de depredadores, desde los carnívoros chicos hasta los reptiles marítimos gigantes contra el nuevo animal fabricado que está buscando la destrucción de todos ellos. Si el meteorito que precipitó la extinción de los dinosaurios puede ser atribuido al azar de las circunstancias cósmicas –por así decirlo, a la “mano de Dios”–esta nueva creación monstruosa del humano permite a los dinosaurios vengarse de algo fabricado para su destrucción. Algo así como los viejos habitantes prehistóricos volteándose contra el azar de una nueva destrucción y atacando a este meteorito de carne y hueso. Justamente, no es por nada que la mina de la que sacan el primer mosquito en ámbar –“écheme la luz… ¡qué bonito eres!”– se llamaba, en la primera película, Mano de Dios: el espectáculo de dinosaurios comiéndose al humano, como de dinosaurios atacando al nuevo depredador creado por el hombre-dios, es una venganza de las especies naturales contra la lógica de la extinción. El Indomitus Rex, como el humano, encuentra que no es tan indomable como creía y que el ecosistema al que se trata de implantar puede acabar aniquilándolo.

Con todos estos juegos que se prestan a la interpretación, Jurassic World mezcla elementos inteligentes de trama para justificar la aparición de enormes creaciones espectaculares. Así, la película hace una crítica a las secuelas para regresar, como homenaje, a la primera cinta: por un lado acepta con gusto que es puro entretenimiento palomero; por el otro, intenta, al menos, hacer una justificación, en la trama, de sus efectos espectaculares y persecuciones alocadas. Así, regresando a los viejos preceptos del 93, con un giro interesante de reflexión, volvemos a presenciar una película que ya no es sobre dinosaurios (como las secuelas) sino sobre el humano jugando, nuevamente, a ser el ordenador del caos, el generador de suerte controlada, el dios de su era decadente.

Lo bueno

  • Que la película se mofe de las dos entregas anteriores y haga un homenaje sentido a la primera.
  • Que la acción sea espectacular pero justificada en reflexiones interesantes sobre la manipulación genética y la ambición militar.
  • Que se haya adaptado a los tiempos queriendo revivir una franquicia sumida en el desprecio del público.
  • Que haya regresado al gore controlado pero impresionante de Jurassic Park.
  • Que logre crear unos cuantos momentos de verdadero suspenso terrorífico.
  • Que conjugue, con cariño a Spielberg, el marco familiar con la situación extraordinaria.
  • Que permite volver a oír el magnífico score de John Williams para la original en pantalla grande.
  • Que Trevorrow promete en serio como director de ciencia ficción.
  • Que hace extrañar la infancia.

Lo malo

  • Que la trama no siempre es tan ágil como la pensaron.
  • Que el guión tienen bastantes errores toscos.
  • Que, por momentos, la química entre los protagonistas es mediocre.
  • Que hayan regresado al asunto de la comunicación entre Velociraptors y hombres que, en lo personal, me parece de lo peor de las secuelas (recuerden la horrible escena de Sam Neil con una ocarina en la tercera).
  • Que todo parece indicar que planean hacer más películas mediante el escape del Dr. Wu (y eso sería terrible: líbranos señor de algo así como Jurassic Wars).

Veredicto

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Jurassic World es el único esfuerzo que se ha realizado hasta ahora por revivir la franquicia de Jurassic Park con algo de dignidad. Es una película de homenaje que tiene su propia dosis de reflexión, su propia locura espectacular de acción desparpajada, sus propios errores y sus propios méritos. Nunca vamos a tener una nueva película que alcance la revelación que causó la cinta de Spielberg en los noventa –y eso lo tenemos claro–, pero tampoco hay que cerrar filas para impedir la diversión con un reboot como éste que intenta un homenaje sincero y divertido. Aquí hay juego y conciencia del mecanismo espectacular y de la ficción que quiere retratar: la película sabe de sus excesos y los explota con carisma. En eso, por más que sepamos que nos están vendiendo diversión palomera, uno nunca se siente traicionado como espectador: Jurassic World muestra, con su propia manera convulsa y por momentos torpe, que en verdad aprecia al público. Si esto sirve para regresarnos algo de lo que Spielberg brindó; si nos hace volver a ver cosas a través de la curiosidad emocionada de los ojos de la infancia, entonces podemos sentirnos más que satisfechos con el resultado. Para eso buscamos ilusiones; eso es lo que nos hace engullir palomitas a una velocidad exorbitante; lo que nos lleva a soñar con otras eras; lo que nos mueve, finalmente, a sentir que siempre seremos los mismos niños emocionados con un View-Master imaginando otros mundos sobre la misma Tierra.

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Título: Jurassic World

Duración: 124 min.

Fecha de estreno: 12 de junio de 2015

Director: Colin Trevorrow

Elenco: Criss Pratt, Bryce Dallas Howard, Omar Sy, Vincent D’Onofrio, B. D. Wong

País: Estados Unidos

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