Este fin de semana se estrenó, por fin, la nueva propuesta de Pixar, Inside OutDesde el 2000, podíamos esperar religiosamente una película del afamado estudio cada año; pero, en 2014, con los problemas de producción de The Good Dinosaur, nos quedamos esperando en vano. Y las dudas continuaron después del fracaso crítico que representó Monsters University (y de que todos repitieran como mantra que Pixar se estaba agotando y que no hacía una película original, fuera de sus probadas franquicias, desde la increíble Up de Pete Docter).

Así que no parece casualidad que el mismo director tomara las riendas de un proyecto que nació de sus experiencias personales, que pasó un arduo proceso de conceptualización y producción y que, finalmente, se ha ganado el corazón del público y de la crítica. Todos cantan ahora las alabanzas por el regreso de Pixar a terrenos desconocidos, a tramas complejas, lejanas de lo que uno esperaría en una película animada. Y sí, aquí también nos queremos unir a la celebración de un nuevo clásico contemporáneo en la animación. Porque Inside Out es una bellísima sorpresa que, seguramente, les robará también una que otra emoción furtiva, la lágrima del recuerdo y la increíble capacidad de volver a sentirse niños.

El adentro y el afuera de una trama inteligente

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Como bien dijo Docter, más que una película para niños, Inside Out es una cinta familiar. O, como diremos nosotros, ésta es una experiencia para todas las edades que no trata de infantilizar a sus espectadores, una propuesta tan arriesgada como ingeniosa y maravillosamente realizada con la capacidad única de Pixar para contar historias a través de la animación computarizada. Tenemos aquí, de nuevo, una película que rompe convenciones, que no es fácil caracterizar en género, que se mueve grácil como el baile de Alegría, entre el drama y la comedia, la metáfora filosófica y el entretenimiento luminoso de un musical de Broadway.

La cinta nos cuenta la historia de Riley, una niña de Minnesota, entre dos mundos que interactúan complejamente: el mundo de su entorno, desde que abre por primera vez los ojos, hasta que comienza a forjar su propio carácter mediante juegos infantiles, una afición prematura por el hockey y experiencias familiares con dos padres cariñosos (interpretados por los queridos veteranos Diane Lane y Kyle MacLachlan); y el de su mente, un mundo controlado por Alegría (Amy Poelher), la emoción que manda en su niñez y otras entrañables personificaciones de emociones como Temor (Bill Hader), Desagrado (Mandy Kaling), Furia (Lewis Black) y Tristeza (Phillis Smith).  La historia tomará un giro repentino cuando, al mudarse la familia a un ambiente particularmente hostil en San Francisco, las emociones de Riley comienzan a desestabilizarse: Alegría pierde el control, Tristeza se apodera de muchas situaciones y pronto ambas emociones terminarán perdidas en la mente de Riley dejando a cargo de su comportamiento a las inestables personificaciones del temor, el desagrado y la furia. Toda la película cuenta entonces la aventura de Alegría y Tristeza quienes tratan de regresar a la sala de mando recorriendo los lugares más recónditos de la mente de Riley mientras ésta lucha por adaptarse a un nuevo ambiente en la gran ciudad californiana.

Como pueden notar, de entrada, ésta no es una premisa sencilla y está cargada de implicaciones reflexivas bastante complejas que, sin embargo, maneja con fluidez e imaginación el grandioso Pete Docter. Y digo, no podíamos esperar menos del director que nos trajo dos enormes películas como Monsters Inc. y Up y que escribió ese bellísimo cuento de ciencia ficción distópica que fue Wall-E. Como era de esperarse, la genialidad de Docter está presente desde la elección y dirección de un maravilloso elenco. No me malentiendan, el doblaje de la película es bastante bueno y puede disfrutarse muy bien en español, pero la personalidad que imprimen las voces originales es única.

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Cada una de las emociones queda retratada con maravillosa precisión por actores que recuerdan bien su procedencia. En un elenco compuesto por muchos comediantes surgidos de Saturday Night Live se nota la química lograda y el recuerdo de sus roles más característicos. El optimismo desbordado de energía organizadora de Alegría señala el rol de Amy Poelher en Parks and Recreations; la pedantería asqueada y obsesiva con la moda y el “qué dirán” de Desagrado recuerda con fuerza el papel de Mindy Kaling en The Office; de la misma manera en que, siguiendo el papel que representó en la icónica serie de mitología Godínez, encontramos a Phillis Smith haciendo un increíble trabajo como Tristeza. Por su parte, Bill Hader imprime en Temor toda la personalidad que lo hizo uno de los más brillantes integrantes masculinos de SNL; y Lewis Black es inmejorable como Furia recordándonos sus apariciones en stand up o en el maravilloso segmento que llevaba en The Daily Show, Back in Black.

La mano del director se nota también en la manera profundamente orgánica en que interactúan los mundos internos y externos alrededor de Riley. La niña de once años es la razón de toda la cinta sin ser, en realidad, su protagonista, porque todo lo que le ocurre se traduce inmediatamente en la forma en que sus emociones reciben los estímulos externos. Y esto crea un ir y venir del interior al exterior en el que se podría perder la eficacia de la trama pero que, en realidad, da lugar a situaciones cómicas de ingeniosa inventividad y reflexión intrigante.

Para lograr este vaivén constante, Docter creó un mundo externo más oscuro, con movimientos de cámara menos vivaces, más anclados en la realidad, más estables; y el contraste permanente con un mundo interior de colores exaltados y movimientos ágiles, continuos, enérgicos. Todo en el mundo interior es luminoso y de contornos imprecisos, como la muestra misma de la abstracción en una representación de la mente opuesta a la frialdad oscura del mundo exterior, mucho más concreto, mucho más monótono. En esta forma peculiar de filmar la película encontramos una representación de dos mundos en constante contacto que no confunden al espectador y que lo atrapan desde la primera secuencia.

Y poco a poco, conforme avanza la cinta, este ir y venir entre mundos se vuelve cada vez más complejo, integra cada vez más cosas, se permite otros atrevimientos. Es así como pronto pasamos de la mente de Riley a las caracterizaciones de la mente de sus padres (y ahí encontramos, en particular, la gloriosa escena en que la familia se pelea mientras cena comida rápida), a la mente de otros personajes y, ¿por qué no? para cerrar la película, a la mente de un perro y de un gato. Este progresivo atrevimiento muestra que la cinta establece con firmeza las bases de un funcionamiento inventivo de la mente en su relación con el mundo. Todo parece tener su lugar en esta representación colorida del sitio en donde ocurren pensamientos, se esconden pesadillas y renacen los recuerdos.

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Al principio de la película Alegría explica a grandes rasgos –ella misma dice: “no me quiero poner muy técnica”- el funcionamiento del cuartel central de la mente que crea los recuerdos del día para luego almacenarlos durante las horas de sueño. La mente aquí funciona de forma mecánica, sencilla, colorida, de una manera simplificada para que podamos entenderla pero lo suficientemente compleja para darnos cuenta de que hay mucho más detrás de lo que vemos. Hay pesados manuales de uso en algunas estanterías, trabajadores mentales con una distribución jerarquizada de labores, lugares en la mente custodiados por guardianes uniformados (que siguen muy bien la idea del superyó de Freud manteniendo a raya al poderoso subconsciente); hay cuartos de control y máquinas de abstracción, laberintos de memoria, islas de la personalidad y basureros del olvido. En este vastísimo mundo siempre quedan rincones oscuros, lugares insospechados y mecanismos incomprensibles. Y, sin embargo, entendemos algo de su topografía, podemos pasar, al final de la cinta, de una mente a otra y, cuando regresamos a nuestra realidad, seguimos sintiendo, después de presenciar estas maravillas, que tal vez en nuestra mente haya algún personaje iracundo golpeando controles mentales cuando nos enojamos.

En contraparte con este complejo mundo interno, la representación del mundo externo es completamente realista. Y aquí, cuando digo realista, me refiero a algo muchísimo más elaborado y muy distinto a la realidad humana de Toy Story o de Up. Tenemos aquí un San Francisco completamente real y emplazado, con sus edificios insignes, sus avenidas torcidas y sus casas apretadas de varios pisos. Tenemos por ahí estaciones de autobuses reales, carteles que indican bien las direcciones hacia Oakland para salir de la ciudad y los colores monótonos de un día lluvioso. Encontramos escenas de hockey con gran dinamismo, movimientos reales sin ninguna exageración en donde la protagonista pierde el pot y lo recupera; en dónde se juega, como pasa en realidad, sin que nadie sobresalga particularmente.

Y el mundo infinitamente rico de la mente nunca se cruza con el mundo real por completo, la única pantalla para observarlo son las sensaciones que procesamos en memorias coloreadas según las emociones que activan. Estos dos mundos están en constante conexión, en relación perpetua sin nunca cruzarse por completo fuera del límite de nuestras percepciones. El mundo externo enriquece con su complejidad a esa vida interna –no es por nada que la consola de comando va creciendo con la edad de Riley-, mientras que el mundo de la mente irradia sus locuras a la monótona existencia del universo exterior. Aquí no hay romanticismo inocente que canta las glorias de la imaginación sobre la podredumbre del mundo, sino una apología a la compleja interrelación que establecemos con el mundo y la importancia de todo lo que nos rodea para constituirnos como personas. En Inside Out se habla de la mente particular de una persona pero se exalta, más allá del oscuro ensimismamiento, la importancia de explorar al mundo con curiosidad y la influencia de los otros en nuestra búsqueda diaria por encontrar una identidad.

Una representación extraordinaria de lo cotidiano

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Toda la película de Docter contiene entonces reflexiones bastante profundas sobre nuestra relación con el mundo. Y estas reflexiones no tienen que pasar por la solemnidad o la complejidad para desplegar una enorme cantidad de significados. En algunos lugares se decía incluso que iba a resultar imposible identificarse con personajes que representaban emociones: el hecho de que un personaje principal se llamara Alegría podía reducir considerablemente la complejidad de su construcción interna. Pero, contrariamente a lo que muchos esperaban, esta cinta logra imprimir una personalidad única, coherente e intrigante a cada una de las emociones. Desde el vestuario encontramos la ligereza volátil de la ropa de Alegría, la incomodidad segura y angulosa de Temor, la vestimenta de oficina para el exasperado Furia (creado como un ladrillo golpeador) y la condescendencia elegante de Disgusto. A cada emoción corresponde también un sentido bien trazado: mientras Alegría se preocupa por el optimismo propositivo, Disgusto sirve para evitar cualquier envenenamiento –social o físico-, Temor tiende hacia la seguridad constante y Furia se preocupa por un sentido de la justicia exasperado.

Y la especificidad lograda de estos personajes se traduce en interacciones de hilarante comedia además de una gran profundidad emocional. Todo esto se propaga en la película como un todo en el que encontramos una enorme cantidad de detalles increíblemente efectivos para crear empatía entre el público y la cinta. No nada más son los personajes centrales los que se encargan entonces de llevar la batuta emotiva en el asunto: por ahí tenemos al fabulosamente extraño personaje de Bing-Bong, amigo imaginario de la infancia de Riley, que se sacrifica para que su creadora pueda volver a sentir alegría. (Y, ya dirán ustedes, pero la escena de este personaje entrañable desvaneciéndose en una última promesa es de las cosas más conmovedoras que he visto en una película animada desde los primeros minutos de Up.) Ahí escuchamos también la bellísima suite de piano que compuso Michael Giacchino y que funciona a la perfección para mantener una cierta tonalidad emocional con sencillez y elegancia.

Además, encontramos una buena cantidad de detalles que nos llevan a aceptar este mundo mental como propio. Porque la película se construye en suficientes generalidades culturales para que todo espectador termine  identificándose con su mundo. Así, al narrar la historia de Riley, Inside Out nos recuerda constantemente la tristeza necesaria que representa el abandonar la niñez y entender la fealdad del mundo que nos rodea. La pérdida de la inocencia queda aquí coloreada por todo lo que recordamos en nosotros mismos: el olvido de los amigos imaginarios, el fin de la diversión inocente e infantil, la destrucción de viejos reinos de la imaginación en los que jugábamos, el fin de viejas amistades, de viejos pasatiempos, de añejos cariños. Y ahí está la función del olvido representada por un grupo de trabajadores que limpia las estanterías de la memoria –“¿números de teléfono? ¿Para qué guardarlos si ya los puede anotar en el celular?”-, el abismo de los recuerdos olvidados y las puertas custodiadas del inconsciente.

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Y por ahí también se acumulan todos esos detalles adorables que nos suenan tan familiares: el hecho de no poder olvidar la canción pegajosa de algún comercial que recordamos aleatoriamente, de vez en cuando; la idea de un tren de pensamientos que construye sus propias vías mientras destruye el camino pasado; la graciosa referencia a cómo solemos tomar las opiniones por hechos; el complejo funcionamiento de los sueños recurrentes, (como los sueños de vuelo, de perder dientes, de estar desnudos frente a un público que nos ridiculiza, de contar ovejas o sentir que algo nos persigue); el miedo común a los payasos; la imaginación y su constante movimiento inventivo (representado, por ejemplo, con la máquina generadora de romances ideales); o los procesos de pensamiento abstracto que tienden a desconstruir lo objetivo para convertirlo poco a poco en razonamiento no figurativo.

Todo esto es entrañable en las relaciones que crea con el espectador. Y, tal vez, con lo que más terminamos identificándonos es con la representación de la complejidad progresiva de nuestras emociones. Empezamos la vida con un marco bastante restringido de placeres y disgustos que varían entre alegría y tristeza (todavía no llegamos al refinamiento de entender el “guácala-qué-rico”); después todo se vuelve más complejo y anexamos otras emociones a nuestro catálogo (Docter se queda aquí con cinco emociones básicas siguiendo los primeros estudios del Dr. Paul Eckman); y, finalmente, terminamos combinando toda clase de sensaciones que nos muestran al mundo de forma más compleja, menos maniquea, más difícil. Encontramos la furia alegre y el disgusto placentero, la tristeza miedosa y el temor disfrutable; encontramos, finalmente, la melancolía como esa mezcla perfecta de felicidad y congoja.

Porque, a fin de cuentas, lo que esta película nos señala es que la tristeza es fundamental para la interacción social y que nos encontramos cariñosamente con los otros a través del dolor compartido. Si hay algo que me parece loable de Inside Out es que cambia completamente el cliché de las películas de Disney en el que “vivieron felices para siempre” es contantemente la conclusión buscada. Y no, al contrario, esta película señala el despotismo de Alegría que quiere comandar todo según la felicidad que recordamos en la infancia o en algún agradable momento del pasado mientras se acumula la evidencia de que esta vida no es sencilla y de que todo está lleno de decepciones. Ésta es una película de Disney que destroza los mitos de la alegría con princesas rescatadas, las facilidades del cuento de hadas, el confort de los finales felices que piensan en un “para siempre”. Un brillante cantante brasileño lo dijo mejor: “la tristeza no tiene fin, la felicidad sí”.

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Esta cinta es, con todo su optimismo, un canto a la tristeza y a la necesidad de aceptarla como parte constitutiva y esencial de lo que somos. Aquí no hay ingenuidad de cuento de hadas ni promesas de eterna felicidad sino la evidencia de que todo viene en tonalidades complejas y que las emociones interactúan siempre acompañadas del mundo que las estimula. Sin tristeza no sentiríamos ni compasión, ni cariño, ni amor; finalmente, sin tristeza no seríamos jamás felices, no podríamos encontrar los límites cariñosos del otro, no tendríamos abrazos, ni logros, ni ilusiones. Inside Out es un homenaje sentido a la complejidad de nuestras emociones y a la manera de narrarlas: porque todos caricaturizamos lo que sentimos, porque todos nos contamos la historia que queremos oír, porque todos vivimos nuestra vida como una aventura de proporciones épicas. Aquí no nos queda más que agradecimiento para Docter que nos regaló, con maravilloso cuidado, la posibilidad de volver a vernos como héroes de la historia fabulosa que es la vida de cualquiera. Una vida necesariamente triste, sí, pero que vale la pena experimentar apasionadamente, con ojos siempre maravillados.

Lo bueno

  • Toda la película que es una verdadera joya contemporánea de la animación.
  • Las profundas reflexiones que permite con gracia y alegría.
  • La dirección de Docter y Del Carmen que es maravillosa.
  • Las actuaciones.
  • La animación (como siempre con este increíble estudio).
  • La osadía de hacer una película tan diferente y tan rica en ambiciones.
  • El regreso de Pixar con todo el esplendor de sus primeros logros.

Lo malo

  • Que las siguientes producciones de Pixar pueden decepcionar en comparación.
  • El corto del principio que, si bien es tierno, no tiene un ápice de la fuerza inventiva de la película.
  • Que hay pocas salas para verla en el idioma original.

Veredicto

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Inside Out es un clásico animado instantáneo. Docter logró confirmar aquí su enorme talento con soltura e inventividad. Porque esta película se catalogará dentro de las grandes creaciones de Pixar, esas creaciones complejas que cuestionaban aspectos cotidianos de nuestra vida volviéndolos extraordinarios, desde el despertar de los juguetes hasta el monstruo vivo en el armario, desde la soledad en la vejez hasta la destrucción de nuestro planeta por la basura. Esta cinta extraordinariamente bien realizada, con una animación estilizada, un concepto creativo, original, complejo y elocuente, con actuaciones impecables y una dirección apasionada es un verdadero lujo en el entretenimiento hollywoodense actual. Si no tuviera su simpatía y esa poderosa fuerza emocional, Inside Out todavía ostentaría el gran mérito de hacernos reflexionar sobre la forma en que observamos la vida y nuestro entorno, sobre cómo vivimos en nuestra propia ficción, sobre cómo, a pesar de los recuerdos perdidos, siempre habrá algo que nos recuerde el infinito placer curioso de la infancia y de la nostalgia.

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Título: Inside Out

Duración: 94 min.

Fecha de estreno: 19 de junio de 2015

Director: Pete Docter, Ronnie del Carmen

Elenco: Amy Poheler, Lewis Black, Mandy Kaling, Phillis Smith, Kyle MacLachlan, Diane Lane, Bill Hader

País: Estados Unidos

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