A Quiet Place es un efectivo thriller que, a pesar de ciertas evidencias, es sorprendente.

Todos se acuerdan de John Krasinski por The Office, como ese tierno empleado de Dundler Mifflin que se obstina en voltear a ver a la cámara y crea con ella una de las relaciones más hermosas de la televisión contemporánea.

Ahora todos saben quién es este actor de cara afable, pero en esos años salvajes, Krasinski era un nombre que no despertaba gran curiosidad. Pero su ascenso a la fama fue meteórico. Después de The Office le llovieron papeles, y el buen Jim Halpert empezó a aparecer hasta en la sopa: comedias románticas (Away We Go, It’s Complicated), películas de animación (Shrek the Third, Monsters vs. Aliens, The Wind Rises), dramas de guerra (13 Hours: The Secret Soldiers of Benghazi) y hasta locuras de Gus Van Sant, Kathryn Bigelow y Sam Mendes.

En ese breve tiempo, Krasinski se casó con Emily Blunt y empezó a dirigir dramas, con tonalidades intimistas, cintas como Brief Interviews with Hideous Men (2009) y The Hollars (2016). Pero estos primeros intentos de Krasinski en la silla de director no acababan de cuajar… y tampoco demostraban completamente su talento.

Con A Quiet Place, sin embargo, Krasinksi encontró su tono. A pesar de que se trata de una historia que ya hemos visto en muchos otros lados y que está plagada de recurrencias narrativas gastadas, esta cinta es verdaderamente sorprendente. Porque Krasinski logra hacer una difícil mezcla de ciencia ficción, suspenso y horror en una historia familiar, íntima y, finalmente, conmovedora. Es la fórmula de Spielberg aprendida a la letra… y realizada como un alumno con futuro de maestro.

La invasión genérica

Más o menos conocemos la historia: cae un meteorito en México (porque parece que somos faro de meteoritos) y pronto empiezan a aparecer “Ángeles de la Muerte” en todas partes. Se trata de criaturas hipersensibles al sonido, ciegas, irritables y terriblemente violentas.

Antes del colapso del gobierno, algunos humanos entienden las capacidades de estos cazadores despiadados y comienzan a articular una nueva vida. Esta vida está basada en una regla muy sencilla: si haces ruido te matan.

La película nos introduce en este mundo con una escena familiar, al parecer habitual y casi bucólica: los tres niños de la familia Abbott y sus dos padres saquean un supermercado desierto. El niño más chico corre acelerado pero con delicados pasos; la hija mayor es sorda y parece tener una responsabilidad tierna con sus hermanitos; la madre busca antiansiolíticos para calmar los tensos nervios del hijo medio y el padre, un hombre marcado por la preocupación, trata de enseñar lecciones de seguridad silenciosa.

En estos primeros minutos de la cinta, Krasinski ya te hace sentir la problemática situación en la que vive esta familia: a pesar de que se construye una normalidad, de que los humanos tienen una enorme capacidad para adaptarse, hay algo brutalmente difícil en mantener callados a niños pequeños, juguetones, hiperactivos y, sobre todo, completamente inconscientes de los peligros que los rodean.

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Con la amenaza constante de una muerte violenta, la vida apacible, armónica y ordenada de la familia Abbott se rodea de una tensión constante.

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Por suerte para la familia Abbott, al tener a una hija sorda, todos parecen estar familiarizados con el lenguaje de signos. La comunicación fluye, entonces, bajo el manto del silencio. Y esta quietud comienza a tener un lugar preponderante en la cinta. Esto se convierte, de hecho, en un personaje más; un personaje caprichoso frente al que todos se someten.

Para establecer los riesgos que se corren, en esos primeros minutos vemos, de forma bastante cruel, las consecuencias de no respetar el silencio… Y así se comprende bien el riesgo constante al que está sometida esta pobre familia. Más adelante, para acabarla de fregar, la madre queda embarazada. Y un bebé es una bomba de tiempo porque ¿cómo se puede parir en silencio?

Con la amenaza constante de una muerte violenta, la vida apacible, armónica y ordenada de la familia Abbott se rodea de una tensión constante. Toda normalidad parece amenazada por la inevitabilidad del sonido. Y, siguiendo las enseñanzas del maestro Hitchcock, las relaciones se viven como si todos estuvieran sentados sobre una bomba…

Con este argumento, vemos que A Quiet Place tiene reminiscencias fuertes del videojuego The Last of Us (que también se enfoca en el silencio y que, definitivamente, influenció el diseño de monstruos en esta cinta) y The War of the Worlds (especialmente la versión más reciente de Spielberg). Sin embargo, la forma en que Krasinski dirige da seriedad a la cinta y crea un lenguaje propio que es innovador, coherente e inquietante.

¿Quién lo hubiera dicho? La ñoñería era lo que lo único que le faltaba al buen Jim Halpert…

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El logro de Krasinski

A Quiet Place utiliza muchos recursos típicos del horror contemporáneo: tenemos ahí los famosos jump scares apoyados por el score, las apariciones de reojo, la claustrofobia, la búsqueda del sentido en la maldad… Sin embargo, la película es impresionantemente efectiva al crear un suspenso que no depende solamente de estos trucos gastados.

Todos han visto una película de James Wan (SawInsidiousThe Conjuring) en donde el manejo de cámara ambicioso hace que desconozcas todos los procesos del horror convencional. Como un gran productor de visión afinada, Wan mezcla viejos mecanismos de horror, los vuelve a empaquetar y crea algo nuevo (aunque muchas veces sean cintas bien hechas con un trasfondo bastante imbécil).

Aquí, Krasinski toma la premisa de su cinta para darle otra textura a estos efectos clásicos del horror hollywoodense. Así, toma la idea inquietante del silencio como refugio para volver absolutamente hostil todo aquello que pueda crear un ruido fuerte: armas, explosivos, cascadas, hojas en el piso, juguetes de pilas, vidrios, neonatos…

Así, el director le da otra amplitud a los jump scares que se convierten en algo casi insoportable. Parece como si el cine quisiera estar doblemente callado y la gente empezara a masticar palomitas con cuidado. Para lograr este efecto contribuye también, claro, la excelente banda sonora de Marco Beltrami (Hellboy, Logan).

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En esta cinta, Krasinski reflexiona sobre la labor de los padres con sus hijos y, por extensión, del hombre con su especie.

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El resultado del experimento de Krasinski, de su enfoque en los detalles, de su breve pero eficaz exposición, del diseño de las criaturas, es el de un suspenso como no se había visto desde hace mucho tiempo en una cinta veraniega de terror. El control del director sobre todo el contenido sonoro de la cinta crea un ambiente absolutamente ominoso que se prolonga en los breves 90 minutos de la cinta.

Como las viejas cintas noventeras de terror y suspenso, A Quiet Place no tiene nada de sobra ni nada que le falte: es un ejercicio de precisión, concisión y efectividad narrativa. Además de que, con toda su precisión formal, permite una reflexión íntima.

En esta cinta, Krasinski reflexiona sobre la labor de los padres con sus hijos y, por extensión, del hombre con su especie. Es una cinta que reflexiona sobre la manera de sobreponerse a los miedos del mundo, sobre la importancia de la comunicación y sobre la absoluta fuerza de subsistencia del ser humano, siempre buscando salvar los siguientes eslabones de la especie frente a un mundo sin futuro.

Aquí se habla de la importancia de ciertas estructuras amorosas, del apoyo comunitario y del lenguaje que crea todo, mucho más allá de las palabras. Con esto, A Quiet Place es una sorpresa grata que muestra a un Krasinski maduro, talentoso y sensible detrás de la cámara.

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La guerra de los mudos

A Quiet Place tiene algo más que unos buenos sustos y algo de suspenso para arrancarse las uñas. John Krasinski retomó aquí las nociones spielberguianas del drama familiar para volver mucho más inquietante la película. El principio es sencillo: como espectador sufres mucho más el suspenso si tienes algún tipo de empatía por los protagonistas.

Y, en esta cinta, la familia Abbott es impresionantemente cercana. Es fácil relacionarse con la dificultad de controlar a un pequeño hiperactivo y a una niña adolescente sordomuda; es aún más fácil relacionarse con la constante ansiedad que sufre el hijo de en medio y comprender el terror de traer una nueva vida a este mundo.

La relación entre los esposos es, también, tierna sin necesitar aspavientos. Con una sola secuencia en la que intercambian bromas, con miradas cruzadas al azar, con un pequeño baile al sonido de Harvest Moon de Neil Young, se entiende perfecto la enorme dificultad de amar en situaciones tan espantosas. Y la idea central aquí es la de derrotar al miedo.

La vida de esta familia está marcada por la amenaza inminente. Es algo que tienen que recordar en todo momento: cuando pierden de vista la amenaza, cuando se dejan ir al ocio (jugando Monopoly), cuando quieren dispersión (con un cohete de juguete) o cuando se olvidan de las convenciones de silencio (en la cascada), cosas malas suceden y los monstruos despiertan. El miedo reina y, frente a la imposibilidad de hablar, sólo queda callarse.

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John Krasinski retomó aquí las nociones spielberguianas del drama familiar para volver mucho más inquietante la película.

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Pero este punto conformista no representa el pensamiento final de la película. La idea de Krasinski es, al contrario, hablar de una elección parental sobre el miedo y la rebeldía. El asunto aquí es que, ante el terror a la palabra, los padres inculcan un valor rebelde en los hijos: la capacidad de no temer la respuesta, de enfrentarse al horror, de hacerle cara a los monstruos… de irse ante el silencio con bocinas, cohetes y estruendo.

Frente a un pensamiento conservador de protección que busca aislar a los niños de todo sufrimiento, que busca  ocultarles el mundo, estos padres les muestran a sus hijos la vida como es: espantosa, violenta, agresiva, amorosa, dulce y, siempre, al mismo tiempo, deliciosa y atemorizante.

En realidad, A Quiet Place es una cinta sobre superar el miedo. Por un lado, el miedo, como padres, a perder a un hijo al dejarlo solo en un mundo despiadado. Por el otro lado, como hijos, humanos, hermanos, el miedo a enfrentarse a los monstruos, el miedo de romper el silencio cómodo de la supervivencia para aceptar el grito necesario de la vida.

Por eso, reproducirse en ese mundo de silencio es un acto rebelde: ante la extinción de la especie, arriesgan todo para seguir viviendo. No se puede controlar el impulso de un niño que grita para estrenar sus pulmones, no se puede controlar la curiosidad de un niño o el desprecio de un adolescente, no se puede vivir en la comodidad protegida del silencio, con todas las superficies limadas y las esquinas acolchonadas. No basta sobrevivir con lo que se puede, también hay que vivir lo que alcance.

La idea de Krasinski es hablar de una elección parental sobre el miedo y la rebeldía.

En una época en la que el terror busca silenciar voces, en la que se asesina a caricaturistas por caricaturizar a un profeta, en la que uno de los hombres más poderosos del mundo quiere callar toda prensa negativa, es interesante ver este tipo de mensajes.

A Quiet Place es, en realidad, una adaptación del más grande clásico de invasiones extraterrestres: The War of the Worlds de H. G. Wells. Y como en la versión de  Steven Spielberg de 2005, y como en la versión –tropicalizada– de M. Night Shyamalan que es Signs, esta cinta tiene ciertos elementos esenciales: una especie agresiva que se alimenta de humanos, un drama familiar en el centro de la invasión y una solución sencilla a la debilidad de los invasores.

El final de la película pone en perspectiva lo que Wells siempre quiso: reflexionar sobre nuestra condición humana en la lucha contra lo extraño. Esto le da sentido y peso a la adaptación libre de The War of the Worlds. Y eso hace que, siguiendo la línea de Spielberg, A Quiet Place sea una eficaz película de suspenso con un argumento previsible pero tremendamente filmado y que tiene, en su centro, un drama familiar que dice mucho más de lo que parece a primera vista.

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Lo bueno
  • Las enormes actuaciones de los niños, en especial de Millicent Simmonds (que es, en la vida real, sordomuda).
  • Las entrañables actuaciones silenciosas de Krasinski y Blunt.
  • Las silenciosas expresiones de Blunt.
  • La manufactura precisa y la dirección apasionada.
  • La capacidad de Krasinski de crear suspenso.
  • El maravilloso score.
  • El encantador diseño de producción bucólico y acogedor.
  • La inspiración familiar y curiosa de Spielberg.
  • La reflexión final sobre un mundo silencioso y la necesidad de expresarse.
Lo malo
  • El diseño de las criaturas que es una mezcla de Cloverfield y The Last of Us sin mucho carisma.
  • Todo lo que tiene que ver con el CGI que sigue siendo extraño en las cintas de mediano presupuesto.
  • Los mecanismos de susto fácil que no siempre son muy elegantes.
  • La conveniencia de ciertos sucesos inexplicables para hacer avanzar la trama.
  • El final que es un poco caricaturesco.
Veredicto

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A Quiet Place es un thriller efectivo, de concisa narrativa, con personajes entrañables y una reflexión interesante detrás de las evidencias. Ésta es una cinta divertida, de disfrute veraniego que habla de su época. No llega a los niveles de insolencia crítica de Don’t Breathe o Get Out, pero aun así es una entrega que se agradece en esta nueva corriente del horror social americano.

Además, A Quiet Place nos trae la promesa de un director joven que parece tener un ojo privilegiado para el género, y un recuerdo de Spielberg con narraciones desde la íntima incomodidad de una familia promedio. Con todo, esta cinta es un bello homenaje a H. G. Wells que logra una merecida independencia creativa por su innegable carisma. Digamos que no hay nada más que decir: quedémonos, pues, con la promesa de que muchos más romperán el silencio.

Título: A Quiet Place.

Duración: 90 min.

Director: John Krasinski.

Guión: Bryan Woods, Scott Beck.

Elenco: Emily Blunt, John Krasinski, Millicent Simmonds, Noah Jupe.

País: Estados Unidos.

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